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lunes, junio 09, 2025

Fechas

Ocurre que a menudo vienen a mi mente novelas que me ayudan a entender mi vida, porque cuando uno se hace lector no solo guarda recuerdos propios sino también los que otros inventaron para ti.

Leyendo la última novela de Millás recordé aquella deliciosa 'El desorden de tu nombre' que me transporta de inmediato a uno de esos trenes que tardaban ocho horas en llegar de Madrid a Sevilla, un compartimento estanco y un chavalito mexicano a quien destinaban a un centro de desintoxicación a Córdoba.

El 1984 de Orwell me lleva a tardes eternas tumbado en la arena leyendo con Mariló, en voz alta, cada uno un párrafo, cuando soñaba que el amor no tenía que ver con el sexo.

El psicoanalista de Katzenbach me hace viajar a la ciudad belga de Mons, en esos tiempos en los que viajaba solo por el mundo para explicar a mis compañeros cómo aplicar determinadas metodologías japonesas.

Un buen libro nunca se acaba al terminarlo.

sábado, marzo 27, 2021

Mons

Hay una catedral de piedra azul con la que viví un romance.

Era un período duro de trabajo y pasaba más tiempo en el extranjero que en casa. Al día siguiente tenía que defender un proyecto complejo frente a un auditorio exigente en una fábrica al norte de Francia que no me iba a ser muy indulgente.

Necesitaba abstraerme de todo.

Dejé las cosas en el hotel y tomé rumbo a Bélgica con mi coche de alquiler. Seguí por instinto una ruta que me llevó a la ciudad de Mons. Saqué la novela que leía, El Psicoanalista, de John Katzenbach, y me recorrí el centro histórico maravillado por sus calles empedradas, en una suerte de escapada de mi realidad.

Di con esa catedral. En sus amplias escaleras me senté para viajar a Manhattan. Tenía al doctor Starks aterrorizado con las amenazas de un psicópata y yo proyecté mis angustias en él, me solidaricé con su infortunio hasta olvidar mi jornada estresante del día después.

Entré y salí de la catedral conforme la luz se iba o el frío arreciaba, hasta que horas después cayó la noche y cerré la novela, finiquitada, con el corazón encogido. Ricky, el psicoanalista, ya no volvería a ser la misma persona. Ya se iba de mi vida para siempre.

Sólo estábamos, en esa noche en medio de tantas otras, sin un solo individuo a la vista y con unas pocas luces iluminando las ventanas, Ricky, la catedral azul y yo.

Para nosotros se nos queda.