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lunes, octubre 21, 2024

Ochoa

Siempre terminábamos allí cuando íbamos de compras por el centro.

¿Un carmen en el Ochoa?

A mi madre le volvía loca esa copa chata de metal donde nos colocaban bolas de helado adornadas con caramelo, servidas por camareros uniformados, en la más clásica de las confiterías de Sevilla.

Dejábamos las bolsas colgadas en la barra y nos apostábamos allí, hasta buscar con la cucharilla el último rastro de nata.

En esta media vida sin ella, cada vez que paso por la calle Sierpes miro de reojo a la confitería. Ya no quedará nadie de entonces, quién sabe si siguen sirviendo cármenes con caramelo, ni si habrá madres golosas que lleven a sus niños a asomarse al placer de los momentos que se van para siempre.

miércoles, octubre 02, 2024

Pistacho

Una feliz tarde de verano paseábamos en familia por Turín.

Había antojo de helado, así que entramos en un local clásico, donde quedaban tapados los colores y texturas tras tapas metálicas a modo de farmacia antigua.

Me decidí por el pistacho y continuamos el paseo.

No había caminado más de dos manzanas cuando me deshice de la tarrina en una papelera, tras apenas dos cucharadas. Ya había saciado mi capricho.

Hago igual, en lo posible, con todos los pecados que me tientan. Una Coca-cola, un croissant de chocolate, unas patatas fritas, unos churros. Me los pido muy de vez en cuando, los disfruto, en la dosis necesaria para satisfacer mi deseo, y me deshago de ellos sin necesidad de rematar.

Quiero cuidarme sin renuncias talibanes.