domingo, noviembre 02, 2025
Sucio
jueves, octubre 09, 2025
Claret
Sé que muchos de mis amiguillos de entonces estuvieron allí en su salsa, pero a mí no me vino nada bien estudiar en el Claret, un colegio de curas de mucho renombre en Sevilla.
No tanto por la calidad de la enseñanza, sino porque a mí me hubiera venido mucho mejor un ambiente más acorde con el espíritu de apertura de la transición y no un centro tan poco dado a abrir la mente con ideas venidas de fuera. Recuerdo a mis compañeros celebrar el golpe de Tejero y abominar de la llegada al poder de la izquierda. Pero no solo eso, era un ambiente hostil para un chaval que comenzaba a entender su homosexualidad, que sufría la enfermedad grave de una madre, que dudaba de su fe.
Cuando anuncié que no haría la confirmación me apartaron como a un apestado. En los tiempos reservados a prepararla, horas lectivas, me expulsaban al patio, pese a ser uno de los alumnos más brillantes de mi curso.
Fran me lo dice, entre bromas, a menudo.
—¡Qué daño me ha hecho el Claret!
Sí. Daño a él. Porque cuando pude abrir las alas me las tuvieron atadas con cordeles, en esa época adolescente que nunca volverá. De ahí que arrastre desde entonces pudores, miedos y conflictos que debí airear en su momento.
La otra noche, tras un comentario mío en el que me afloraban esas taras emocionales, Fran soltó.
—Si es que somos del Claret.
Yo le miré raro.
—Del Claret soy yo —reivindiqué.
Él, conmigo ya 22 años, me miró con guasa:
—No, Borete. Ya somos los dos del Claret.
jueves, septiembre 11, 2025
Música
viernes, diciembre 01, 2023
Filosofía
Pese a lo poco clerical que soy, cuando pienso en el bachillerato recuerdo al cura que nos enseñaba Filosofía. No impartía la asignatura, la enseñaba.
No podría escribir una lista del resto de profesores, sí recuerdo en cambio su semblante serio, la ironía seca, el pelo a medio teñir y su impaciencia con los perezosos.
—Sé que tu madre está mal —me dijo una mañana, tras sacarme al pasillo entre clase y clase, un aliento impagable para un chaval perdido que tenía en él un referente de poderío humanista—. Sé fuerte, Salvador.
Con él no hacía falta abrir el libro, casi ni tomar apuntes. Bastaba con escucharlo.
La Filosofía, la madre de todas las sabidurías, la ciencia que tiene su fortaleza en las preguntas, la única rama del conocimiento que no tiene respuestas.
Fue quizás desde entonces que establecí una distinción entre las personas que se interesan por el fondo del corazón.
No hay mente brillante que me subyugue si no arrastra tras de sí una preocupación sincera por el alma humana.
jueves, noviembre 02, 2023
Claret
domingo, septiembre 03, 2023
Cuesta abajo
lunes, mayo 29, 2023
Confirmación
domingo, junio 06, 2021
Mujer
miércoles, diciembre 02, 2015
Perfección
Desde esos tiempos de Antonio Sanz, don Antonio, ya tuve clara una decisión en mi vida: no quería ser profesor.
Es algo contradictorio si me analizo como amante de la enseñanza. Me he llevado años dando clases de francés a mi sobrino Iván y siempre he disfrutado preparando técnicas o juegos para enseñar en las muchas ocasiones en que me ha tocado dar clases particulares a mi hermano, mis primos, amigos o, ahora, mi sobrino.
Me encanta explicar de forma pausada y estructurada acerca de temas que domino. Tal vez tenga que ver con mi predilección por el entregar frente al recibir, además de admitir lo hermoso de ver los ojos abiertos de alguien de quien has conseguido captar la atención por completo y está entregado a introducir en su mochila conocimientos de por vida.
¿Por qué, entonces, deseché tan de pequeño la enseñanza como profesión?
Recuerdo la maldad, seguro que minoritaria, de los alumnos más conflictivos. Desde la atalaya de mi pupitre escuchaba los comentarios sarcásticos, las preguntas envenenadas y las risas soterradas ante cualquier apuro, desliz o error del profesor de turno.
Me puede la perfección, y a lo largo de mi vida de estudiante conocí pocos profesores 'perfectos'.
Abandoné la idea de ser profesor porque endiosé desde muy pequeño el oficio y su alta responsabilidad. Enseñar implicaba una ejemplaridad tan grande, un dominio de los tiempos, del trato individualizado, de la preparación de temas y traía consigo tanto de ascendencia sobre los alumnos que escrutaban con ojos llenos, que mi imaginación naif de futuro adulto no llegaba a abarcar tanta capacidad en mí para ser perfecto y soportar la presión de serlo y no fallar.
martes, noviembre 11, 2014
Judas
Es mi caso.
Mis recuerdos del Claret, todo hay que decirlo, son emotivos y alegres. La realidad de las meriendas en casas de amigos llenas de banderas de España con el aguilucho tardé tiempo en descubrirla. Haber vivido en estado de shock la muerte de Franco es disculpable porque era el sentimiento general en clase. Escuchar barbaridades sobre determinados conflictos sociales quedó atrás porque tuve la fortaleza de escoger qué era lo que me interesaba de ese entorno marcado por tradiciones, misas de domingo y mucha gomina. Encontré gente encantadora desde mis tres o cuatro años hasta los dieciocho en que salí de esas aulas que ahora veo con cariño, aunque supiese que encontrar el mundo de la universidad me iba a proporcionar un aire fresco que me alejaría para siempre de esa parte de la sociedad sevillana frente a la que me siento tan extraño.
En ese entorno se vituperaba todo lo que tuviera que ver con lo diferente; lo 'progre' entendido como piojoso y comunista, lo homosexual tratado con escarnio, las libertades entendidas como sacrilegio, con un lenguaje afortunadamente casi desaparecido a día de hoy.
Recuerdo el desprecio con el que se recibió la victoria de Felipe González entre mis compañeros. 'Diez millones de mierdas', así decían, que votaron por un cambio imprescindible en un país que necesitaba como agua de mayo un vuelco. Y ante esos insultos, a quienes eran mis ídolos, el esmirriado jovencillo que era yo asentía, ocultando así la ilusión con que con quince años vi las lágrimas de emoción de mi madre en el mitin final de Felipe en el Prado de San Sebastián dos días antes de que la izquierda por fin gobernara mi querida España.
De esa época recuerdo mi lucha casi siempre perdida por no ser un Judas más. Tiempos lejanos.
lunes, septiembre 01, 2014
Borete
En mi familia hay tantos Salvadores que decidieron ponernos nombres, a veces inventados, para distinguirnos. Mi primo Tete, mi primo Curro… A mi padre le pusieron Bori. Él cuenta que deriva de Salvadorín… Dorín… Dori… Bori… El caso es que mi padre es Bori para todos los que le conocen.
Y el primer hijo varón de Bori debía llamarse Salvador, ¡tradición manda!, y de Bori no podía nacer otro hijo que Borete.
Es el soniquete que siempre he interpretado como reclamo desde pequeñillo. Para todo el mundo yo era Borete, un niño con una infancia feliz en una familia cálida y divertida.
El nombre de Salva llegó con el colegio, aunque mis amigos seguían siendo los de siempre y Borete era un niño tímido, querido y protegido por su entorno.
El bachillerato y el instituto, como a la mayoría, me hicieron acceder a un mundo nuevo y ya en la universidad comencé a construir a mis amigos de siempre. Entonces el rastro de Borete se limitaba a mi familia y las primeras amistades de la infancia.
Un día mi hermano David decidió que mi nombre sonaba muy infantil, ¡o pijo!, no recuerdo muy bien la crítica, y que a partir de entonces tendrían que llamarme Bore.
Sea como sea, el tiempo ha pasado rápido, ya soy todo un señor y hay días en que me coge de improviso un grito inesperado de ¡Borete! que me lleva de golpe a las mismas entrañas de mi infancia y me hace sentir una emoción racial.
Y hay un momento, un preciso instante de sutil seducción, en que alguna de las personas más queridas de mi presente, de aquéllas que me conocieron en el período 'Salva', se decide a nombrarme por la palabra mágica, Borete, diciéndome así que se siente parte de mi complejo mundo interior, con toda la carga de afecto que ese gesto me transmite.
Porque como decía mi madre, 'nadie se llama como tú'.
viernes, octubre 04, 2013
Juventud
-¿Estudiaste en el Claret?
El dependiente, con su uniforme verde, pelo cano, barriga prominente y gafas de mucho aumento tomaba mi DNI como si tratase de confirmar leyendo mi nombre que yo era la persona que estudió en ese colegio. Le dije que sí.
-Sí, estaba seguro al verte. Tú eras de los mayores…
De los mayores… No sólo tenía que asumir que estaba viendo frente a mí a alguien de mi generación, sino que además yo era aún mayor que él. Su cara no me sonaba, pero eso no es algo extraño en una persona que vive en mundos paralelos, como yo.
-¿De los mayores?
-Sí. Del curso anterior al mío.
Al menos no estaba en parvulario cuando yo hacía COU.
Me metí en el coche camino de mi fin de semana playero pensando en el espejo que acababa de plantarme el azar de sopetón.
El cuerpo, sin embargo, se fue amoldando a la escena, pensando en lo bien que estoy heredando las virtudes de mi padre, al que las viejas le reprochan en el autobús que se levante para cederles el asiento.
-¡Pero si usted es mucho mayor! –protestan, presumidas, entre risas.
viernes, junio 25, 2010
Claret
En todo ello influirían dos hechos, la cercanía de los 'coles' a nuestro barrio y la religiosidad de mi madre.
En cualquier caso significaba por entonces un importante desembolso económico. Cuando llegué al Bachillerato mis padres me propusieron ir a un Instituto Público, que además era conocido por su calidad educativa, el Herrera. Yo me negué en redondo. En el Claret tenía a mis amigos del alma y suponía un drama dejarlo todo y empezar de cero, en esa época de la vida en que todo se magnifica.
El caso es que poco a poco me daba cuenta que mi mentalidad no casaba con unos compañeros que venían de familias muy de derechas, pronto decidí que no creía en Dios y mi mundo futuro no podía ser ése.
El paso del tiempo me demostró que, efectivamente, mi visión de la vida no coincide en absoluto con la que se me adoctrinó por entonces.
Recuerdo, incluso, la tristeza con la que muchos vivieron la derrota de Tejero en el famoso Golpe de Estado del 23-F.
Ahora me tengo claramente por una persona alejada de dogmas, de banderas, patrias y hermandades religiosas.
Sin embargo, hace algo más de un mes recibí un correo de la que fue mi promoción del Claret. Hace la friolera de 25 años que terminamos los estudios y proponían un encuentro para volver a vernos.
Ese correo me sirvió para volver a contactar con antiguos 'compas' de los que sí guardaba buen recuerdo: Jose, ahora médico en Badajoz, Gonzalo, arquitecto, Enrique, trabajando en una compañía de seguros y con dos niños, Francis, con el que quedé en tomarme una cerveza en unos días y que me contará si terminó definitivamente su carrera de abogado.
Tuve claro desde el principio que no iba a ir, pero eso no impedía un remover de tripas imaginando esa escena de verlos tanto tiempo después.
El encuentro, por lo que sé, fue un éxito rotundo. Yo no estuve.
Sé que los años no tienen vuelta atrás, que nadie arrancará mis años de infancia y adolescencia en el Claret, que ni siquiera quiero que lo hagan, porque esa experiencia conforma lo que hoy soy.
Me emociono en la distancia viendo fotos colgadas en redes sociales de esos niños que fuimos en épocas que, por encima de todo, fueron dulces.
viernes, marzo 19, 2010
Estaño
No sé qué o quién estableció en mí, o si eso viene dado, el espíritu competitivo que tanto me disgusta y que voy moderando, afortunadamente, con el paso de los años.
En el colegio de curas donde estudiaba ejercitaban una práctica horrible. Al final de cada evaluación el tutor leía en voz alta toda la lista de alumnos, empezando por el que tenía una mejor media de notas hasta el último, en una operación cruel para niños que no tenían ni doce años. Todo un despropósito.
Yo entraba en el juego, y siempre estaba 'picado' con un compañero por llegar al número uno. Para mí no sacar al menos cuatro sobresalientes era impensable, no digamos un suspenso, algo que no entraba ni en mis peores pesadillas.
Llegué a suspender un examen práctico de música, ¡había que tocar la flauta!, y creo que aún no me he repuesto de ello.
El caso es que ese ansia por ser el mejor, ese miedo al ridículo, a suspender, a bajar la media de mis notas, me llevaba a montar un drama por cada trabajo que no entregaba a tiempo o cada borrón de tinta china en las láminas de dibujo.
En una de las ocasiones, sin yo saber ni preocuparme por la situación económica o los problemas reales en casa, llegué con la 'exigencia' de comprar un papel de estaño para la clase de Pretecnología. Mis padres dijeron que ya me lo comprarían pero yo, agobiado de pensar en no tenerlo a tiempo, les dije que me pondrían un cero de no llevarlo al día siguiente. Tan insistente fui que cabreé a mi familia entera.
Al día siguiente, estando en clase, apareció por las ventanas exteriores el perfil de mi madre. Mi hermosa joven madre, orgullo de mi adolescencia, aparecía mostrando con una sonrisa apurada el papel estaño a través de los cristales de la clase.
El profesor preguntó quién era esa mujer y yo levanté la mano.
Mi madre me dio muchos besos en la puerta, ante la mirada de todos mis compañeros, y yo no podré olvidar esa fuerte sensación mezcla de avergonzamiento con orgullo por sentirme tan querido.
Comprendí que en esta vida no se puede ir amenazando con los 'ceros' que te van a poner.
lunes, noviembre 30, 2009
Morir un poco
Me sentí tan feliz y tan avergonzado al mismo tiempo...
Hace algo más de un mes me llamaron del Ayuntamiento de San Fernando para decirme que había entrado como finalista en el Premio Internacional de Novela Luis Berenguer. Lo organizaba la Editorial Algaida, por allí habían pasado escritores de renombre, llevaba asociada una publicación a lo grande y una importante cuantía económica.
Yo no podía ser más feliz.
Pude compartir esa felicidad con Leo Mares, Elena y Fransús en una tarde-noche que no olvidaré.
Ya me daba por satisfecho. Todos mis sueños de 'contador de historias' se me hacían realidad. Un jurado imparcial había elegido mi obra entre 74 novelas como finalista. Estaba entre los cinco elegidos...
El ser humano es insaciable.
Veía sentido a todo y consideraba que habría un antes y un después del 27 de noviembre, día de la elección definitiva del ganador.
El 27 llegó y yo ando tomando cervezas por Lille, en una semana más de trabajo por mi querida Francia. Hace un frío enorme, llueve como si alguien te tirara cubos de agua encima y soy un tío moderadamente feliz.
El mundo de los vivos, de los que han vivido, viven y vivirán, está lleno de perdedores, de luchadores, de gente que sueña la ilusión de sentir que sus vidas tienen sentido.
A cada ilusión rota, morimos un poco... No es cuestión de dramatizar, no me pondrán un cero mañana, no hay estaño que presentar en clase...
Pero morimos un poco.