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viernes, diciembre 27, 2024

Escena

Es la escena más bonita que retengo de estas Navidades.

Mis hermanas nos daban los regalos a los tres hombres de la familia, mi hermano David, mi sobrino Iván y yo.

Cuando este recibió el suyo, se abrazó a Raquel, su madre, y luego fue, gateando por el sofá, hasta su tía Mónica, en quien se desparramó con sus enormes 21 años, como si fuera un crío.

Iván ha tenido la suerte de contar con dos madres y él no para de mostrar, con toda su inocencia, que las quiere, muchísimo, a las dos.

domingo, marzo 03, 2024

El bienestar personal tiene mucho que ver con cómo tenemos compartimentada la cabeza.

Si tu mente es un solo espacio donde todo se confunde, es difícil manejarte con soltura por el mundo. Los traumas y los proyectos se juntan y de esa ensaladilla no puede salir la calma que requiere el sentirse bien en la propia piel.

Las pérdidas, que todos arrastramos, deben tener su sitio en nuestro cerebro, pero deben estar bien separadas de las preocupaciones del día a día, y éstas deben tener un sitio apartado de aquél donde están nuestras ilusiones de futuro. El amor, el deseo sexual, la ternura, la reflexión. Debemos poder abrir esos cajones en cada momento preciso.

Si una muerte de alguien querido causa estragos en cada uno de nosotros, tenemos que encontrar el modo de acudir a ella cuantas veces lo necesitemos, pero sin que todo nuestro pensamiento se llene para siempre del aroma negruzco del dolor.

Eso no es traicionar a nadie, sino vivir con dignidad.

domingo, noviembre 05, 2023

Borracho

A mí me resulta entrañable ese niño que llegaba a casa borracho, tambaleándose contra las paredes.

Ese jovencito enclenque que buscaba olvidar tragedias familiares y renacer, pero que no sabía, que tenía ganas de que le abrazaran, que le besaran, que se bebía los chupitos de dos en dos para meterle mano a las niñas que se agarraban a él, cuando lo que él quería eran otros besos.

Recuerdo con ternura esa casa huérfana ya de mujeres, con la nevera medio vacía de palitos de merluza y croquetas congeladas, donde ese universitario brillante, y perdido, llegaba a trompicones a las tantas de la madrugada, tras un intento más de disfrazarse del joven feliz que no era.

Entonces me recibía Luka, medio dormida, que se subía a mi regazo ofreciéndome su barriga. Yo encendía la tele, sin sonido, para acariciarla, acurrucarla, mientras los dos nos quedábamos dormidos.