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domingo, abril 22, 2018

Zazie

Una de las primeras cosas que hice tras instalarme en París, allá por 2001, fue la de preguntar por cantantes y escritores. Los segundos me los escribieron en una servilleta en una cena veraniega en Niza, y de casi todos permanece algo. Me quedé con Anna Gavalda, Amélie Nothomb y Emmanuel Carrère. De los cantantes me hice fan de Calogero, Pascal Obispo y, por encima de todo, de Zazie.

Una cantante pop compositora de sus propias canciones, con hechura de modelo y comprometida con la sociedad. Recuerdo las noches bailando en el desgraciadamente famoso Bataclán al ritmo de Adam et Yves.

Hay, sin duda, una letra que me toca especialmente el corazón, porque tiene mucho que ver con todos los que componemos historias, con mayor o menor acierto: Je n'écris pas sur ce que j'aime.

Es cierto, yo también escribo sobre aquello que me desespera, o lo que me sorprende, o acerca de mis fantasías, del lugar el hombre en el mundo, del miedo y la fascinación por el futuro, de la vida buena, de las enfermedades de la sociedad.

Pero, como dice Zazie, je n'écris pas sur toi.

A pesar de que lo eres todo para mí, de que mi mundo tiene todo el sentido desde que apareciste tú; que me cuidas, me proteges, me deseas y me admiras tanto como yo a ti; no se escribe del amor que se tiene, de los días soleados, de la alegría de sentirse profundamente amado y de saber que mi vida es lo que es gracias a ti.

Por siempre tuyo, amor.


jueves, febrero 25, 2016

Lorca

Con García Lorca pasa como con El Quijote, que todo el mundo dice, y cree, que lo ha leído.

Yo, que no soy de poesía, recuerdo tomar con una enorme ilusión un ejemplar de 'Poeta en Nueva York' hace muchos años. Era verano, estaba de vacaciones y los días eran largos.

Mi primera reacción fue de sorpresa. No entendía nada. El surrealismo lo invadía todo. Era castellano y los términos sí podían tener relación con la Gran Manzana, pero cada poema se desbordaba en construcciones imposibles contra las que mi intelecto luchaba. Había negros, hormigón, óxido, marineros y mucho cielo que me transportaban a un mundo insólito al que no me quería adaptar.

Dice Amélie Nothomb en una de sus novelas que el hecho de asomarte a una obra de arte es una manera de ponerte a prueba: alguien ha construido algo y te lo quiere mostrar.

Amar el surrealismo es mucho más difícil que hacer lo propio con la belleza diáfana de lo previsible, aunque el proceso de eliminar tabúes y liberar barreras autoimpuestas para interpretar mensajes a veces indescifrables es una forma de crecimiento personal.

Terminé el poemario de Lorca, como lo hice con Aleixandre y 'la destrucción o el amor', con la inexplicable sensación de que mi cerebro no está desarrollado al máximo ni mi sensibilidad es lo exquisita que yo quisiera.

Yo sí quiero artistas transgresores que me muestren sus universos sin filtros ni explicaciones, quiero cuadros de colores únicos y líneas divergentes, poesías que se enreden para reírse de mí, fotografías realizadas desde ángulos contradictorios que me hablen de lo retorcido y sugerente que es el ojo que fabrica las perversiones del hombre.