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lunes, junio 07, 2021

300 hilos

Fran llegó a casa un día con una bolsa, su energía de siempre, la sonrisa de oreja a oreja y una noticia:

¡Ya tenemos una sábana de 300 hilos!

Lo decía con tanta ilusión que me planteé qué había sido de nosotros antes de ese momento, asombrado de no habernos hecho antes con una sábana así.

Entonces él me explicó que eran telas con mucha más densidad, que provocaban un efecto sedoso y que con ellas dormiríamos en la gloria.

Yo soy pura sugestión, así que esa noche de estreno con la sábana recién comprada fue una auténtica fiesta para los sentidos. El tacto con la piel era suavísimo. Y, de no haberlo sido, mi mente lo habría provocado.

De vez en cuando me acuerdo, y le pregunto qué sábana tenemos puesta.

La de 300 hilos.

En ese momento ya sólo quiero dormir a su lado.

(Y si tuviese menos hilos, también)

jueves, noviembre 12, 2020

Sugestión

¡Cuántas veces no somos víctimas de nuestra propia imaginación!

No recibimos la llamada que esperamos e inmediatamente se nos desatan resortes para explicarnos las causas. Una lleva a la otra, nos radiografiamos en unos minutos, visualizamos los porqués, las sombras, las deudas pendientes, los agravios pasados y conseguimos que nuestro ánimo se vaya a los suelos por pura sugestión el tiempo preciso hasta que la llamada llega y todo vuelve a su cauce.

Somos, por lo general, poco capaces de asumir escenarios extraños. La mente se recrea en volar alto, y a lo loco, cuando lo esperable se hace de rogar, los días en que alguien de habitual amable nos tuerce mínimamente el gesto.

Como lecheras del cuento, vamos presagiando futuras escenas equivocadas a partir de pistas endebles.

Tal vez sea que la felicidad la dé la certidumbre, el escuchar la llave de la puerta cuando corresponde, el recibir el mensaje de amor a la hora de siempre; necesitamos el gracias habitual del jefe, que nuestros amigos se dejen ver con la frecuencia de siempre.

Una tos rara, una tristeza súbita, la mirada atravesada de un vecino, un despiste impropio, lecturas que no nos llegan al alma, emociones que se desatan, un olor que nos desborda, alguien querido que no responde a nuestro mensaje... y la máquina de programar fantasmas comienza a fabricar escenarios de los que somos los únicos protagonistas.

Sugestionamos nuestro futuro al albur de vientos imprevistos que aparecen porque sí.

sábado, noviembre 04, 2017

Chelsea

Abandonábamos el mercado de Chelsea tras pasearnos el High Park Lane y enfilábamos las viejas calles de ladrillo visto que llevan a la Octava Avenida desde la Novena. Iván dijo que estaba cansado. Hacía días de nuestra llegada a Nueva York, habíamos pateado la ciudad de arriba abajo. Intenté explicarle quiénes habitaron en esas casas que íbamos a visitar. Pero él estaba cansado. 

Dicen que ante dos cuadros exactamente iguales en apariencia, uno obra maestra y el otro imitación, alguien con sensibilidad artística consigue emocionarse ante el que certifican como auténtico. Es sugestión, sí; la bendita capacidad para interpretar con el alma la grandeza de lo humano.

No es lo mismo tocar una piedra restaurada que una milenaria, aunque estén igual de frías.

Es necesario vivir mucho, leer mucho, viajar mucho para entender la emoción del lugar, y hay que tener el corazón abierto.

Mi sobrino Iván sólo veía una calle más y quería sentarse a jugar con su móvil. Yo me reconocía a miles de kilómetros de distancia, en uno de los epicentros del mundo más rompedor, consciente de que la admiración y el disfrute están en lo intangible, en eso que nuestra curiosidad trabaja dentro de nosotros mismos para colocarnos en alerta ante lugares, objetos o situaciones excepcionales.


Sé que Iván volverá a esas calles, será entonces cuando entienda aquello que un día su tío le quiso explicar.