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martes, septiembre 22, 2020

Pensar

Es precioso pensar.

No como un acto reflejo paralelo a mil actividades cotidianas en que las ideas avanzan en tropel, desordenadas, sino como actividad central buscada.

Dejar bien lejos el móvil, apagar luces, si acaso programar algo de música, bajita, y elegir un tema.

Pensar sin tener sueño, en posición cómoda, sin tareas pendientes que urjan. Sin hambre ni cansancio.

Tomar un tema y desbrozarlo, quitarle ramajos, limpiarlo por fuera, observar el andamiaje, alejarse para verlo completo, acercarse para ver los detalles. Recrearse.

Anoche me dediqué a pensar acerca de Japón. Había escrito un texto sobre una anécdota y los comentarios de aquéllos que me leen me habían provocado muchas sensaciones que debía organizar. Recordé mi llegada al aeropuerto de Narita, los libros leídos, las explicaciones de cómo beber el té, la forma de no tocarse, su vida grupal, el pasado guerrero, su miedo al extranjero, la capacidad analítica, sus desastres naturales. Me fui a sus escritores, disfruté de sus cocinas abiertas, vi risas con mofletes colorados, labios temblones de timidez, cervezas congeladas y metros limpios como patenas. Entré en un templo de Kyoto y me forcé a encontrar sus aromas.

Pensar como única actividad, pensar en algo concreto, disfrutar un largo rato. Dejarse llevar por sensaciones y hacerse preguntas. Querer construir respuestas, intentarlas resumir, formarse una opinión, plantearse retos nuevos. Olvidarse del mundo.

Es precioso pensar cuando se hace de forma consciente, entregada, donde no hay más que tú y tus pensamientos.

sábado, diciembre 30, 2017

Verbo

Glorieta de los Marineros Voluntarios, Clío blanco, media tarde, primavera. Girábamos hacia los Remdios y Bárbara me dice que adora nuestro silencio. Saber que era el Clío me confirma que hace 20 años.

Veníamos no sé de dónde, pero el momento se quedó grabado.

Ahora no sería posible la misma frase. La veo un par de veces al año, nos mensajeamos de vez en cuando y nos queremos con menor intensidad.

La conexión humana, cuando se produce, arroja silencios. El nivel de comunicación alcanza extremos de perfección que te permiten escoger sin titubeos los momentos en que la palabra es precisa. Cuanto menos confianza hay con nuestro interlocutor más hablamos, más incómodo se hace el no decir nada.

Paseaba este martes por la Alameda con Pepe, dieciocho años viviendo ya en Múnich, y buscaba la próxima historia que contarle antes de terminar la que él me estaba escuchando. Porque no sé cómo piensa ya, no sé dónde quedó aquel tímido químico que un día cogió las maletas para no volver.

En mi relación con Fran, en cambio, los silencios son placer. Conocer cada gesto en el otro da incluso miedo. De vez en cuando lanzamos un grito cariñoso al aire para saber que el otro está vivo, en su mundo, por cualquier rincón de la casa.

Me he propuesto, sin embargo, verbalizar más mis emociones. Tengo la sensación de que la vida me lleva por un tobogán de ensimismamiento en mis reflexiones que deshace los hilos que me unen al día a día del resto de los mortales, incluido Fran.

Y descubro que es fácil. Pienso en lo buena que estaba la cena de ayer y lo digo:

-Qué rica estuvo ayer la cena.

Porque podemos conocernos mucho, pero no está de más compartir más a menudo las películas que se reproducen en nuestras cabezas.

jueves, marzo 09, 2017

Péndulo

Los mayores beneficios se consiguen de aquellas terapias a las que uno llega, que incluso construye, a partir de las experiencias propias; entendiendo por terapias aquellas rutinas a las que nos abrazamos para encontrar nuestro equilibrio personal.

No sé cómo se ha producido en mí, pero hay una cierta metamorfosis en mi forma de enfrentar los tiempos que me lleva a practicar, sin haberlo pretendido, la tan cacareada meditación venida de la cultura oriental, asociada al yoga o al budismo. Sin imposiciones externas ni reglas de funcionamiento, mi cuerpo, encabezado por mi mente, busca espacios de silencio en los que encontrarse, en una huida involuntaria de cualquier factor externo. Adorar el silencio como mantra motivador, bucear en lo más recóndito de mí para establecer una armonía imprescindible para tener una vida coherente.

La sociedad, como sujeto, acabará también encontrando sus terapias. Está sometida a tal revolcón de estímulos que debe reaccionar por mera supervivencia. No puede crecer exponencialmente el tantán de la cotidianidad sin que acabemos desestructurándonos como pueblo. Tengo la certeza de que la pervivencia de la especie humana debe venir de una reacción colectiva, en una evolución natural, innata, sutil y espontánea, contra el torbellino de excitaciones que sustraen al colectivo del necesario espíritu reflexivo para admitir que no podemos seguir aumentando la escalada tecnológica sin saber hacia dónde caminamos ni para qué.

El péndulo tendrá que girar.

sábado, octubre 15, 2016

Silencio

Soy un apasionado del silencio. Lo busco y protejo los espacios donde lo encuentro.

No renuncio a nada por ello, sigo siendo una persona sociable a la que la comunicación le parece esencial. Me gusta la calle, el jaleo, la música, la charla y, sobre todo, la risa contagiosa.

El silencio no debe, a mi entender, circunscribirse a los minutos previos a conciliar el sueño. Estoy convencido de que es necesario enfrentarse a él a menudo, con todos los sentidos, y regodearse; tenerlo como compañero de paseo, en el sofá, frente al ordenador, haciendo deporte, cocinando.

Hace tiempo que no corro por esas inmensas playas de Conil con auricular. Escuchaba canciones escogidas de entre mis listas de favoritas, pero me perdía el sonido de la naturaleza, el rugir del mar, el viento siempre presente en Cádiz. En casa, a determinadas horas de la tarde, mientras escribo, se escuchan las golondrinas a través de la ventana.

Nunca existe el silencio absoluto, ése dicen que sería insoportable, pero sí podemos elegir el silencio de la introspección, nuestra dosis diaria de clausura, el dejar venir los fantasmas y sudarlos, el soñar la consecución de nuestros proyectos y sonreírnos, el pensar en la vida de los que queremos, con calma, dedicando horas a sentir como sienten ellos; encontrar el espacio para imaginar el mundo entero o a trozos.

Bucear hacia dentro para sincronizarnos con la naturaleza a la que pertenecemos y entender, aunque sea por ínfimos instantes preciosos, esa parte de nosotros que es inmortal.

viernes, abril 24, 2015

Silencio

En esta irrefrenable evolución, cada día más rápida y menos disimulada, a la que nos conduce el progreso tecnológico, hay elementos de nuestra cotidianeidad que van cambiando tal vez de forma definitiva, algo que no debe ser bueno ni malo, pero que seguro que nos llevará en algún momento a pensar dónde se quedaron nuestras vidas anteriores.


Hay un factor intangible que a lo mejor no tiene sólo que ver con el progreso, sino con mis propios condicionantes personales, pero que yo noto que se va haciendo cada vez menos presente: el silencio.


Silencio entendido como pausa, como espacio para la reflexión o como estado de ánimo de la sociedad. Silencio en cuanto a hacer las cosas de una en una, silencio de escuchar, o de entretenerse en bucear en nuestros miedos o en nuestros sueños, a los que no les dedicamos el tiempo necesario para conjurarlos o construirlos.


Los flashes de información continua nos tientan para quitarnos de las manos un libro, para no ver una película de principio a fin, para cenar con algún móvil vibrando, para no observar un paisaje sin fotografiarlo, para ocultarnos el rugido de las olas al correr, con unos cascos puestos, a la orilla del mar.


Me asusta tanto ruido, del que no sé cuánta parte anida en mí.

jueves, julio 17, 2014

Estímulos

Cada vez leo menos, y me jode.

Nuestra generación, la que está pasando del papel a la pantalla, está sirviendo de conejillo de Indias para sí misma en su propia curiosidad por progresar, en estos tiempos en que las armas del conocimiento son imprevisibles y la tecnología acelera como zanahoria provocadora de nuevos comportamientos que afectan al núcleo de la sociedad y de la persona.

Depende del día o del estado de ánimos, vemos esta avalancha de estímulos con optimismo o cerrazón; aunque sí somos conscientes de que no hay marcha atrás, de que los dispositivos que nos rodean y se cuelan entre nuestras conversaciones ya vinieron para quedarse, ganar poder y reducir nuestros espacios vacíos, sea añorable o no ese vacío que ocupa una parte de la existencia.

En ese futuro más o menos próximo en que se analice la reacción humana a esa explosión de la tecnología de la comunicación, seguro que se documentarán con datos precisos enfermedades de nueva generación y tratamientos asociados, de hecho ya existen; pero, además, se observará con distancia cómo de fuerte es el hombre para lidiar con el chorreón de estímulos externos. Si sucumbió la estructura social o mejoró, si nació un nuevo ser humano, si se perdió capacidad de análisis, si el hombre ganó en rapidez mental o perdió en inteligencia, si se volvió más frágil o menos perspicaz.

Es seguramente batalla perdida buscar estratagemas para no sucumbir a esta dulce muerte de los hábitos pasados; aún así soy partidario de encontrarlas, de salir a pasear sin móvil, de forzarme a no mirar emails a determinadas horas, de obligarme al placer de comprar el periódico en papel los fines de semana y entregarme a ellos, de intentar convencer a mi pareja para alternar las noches de tele con las de lectura, de no compartir cada foto maravillosa con el mundo entero.

Hace diez años desayunaba entre semana viendo las noticias tomando corn-flakes en actitud pasiva, hace cinco ya lo hacía buscando titulares con avidez en las principales páginas web de la prensa de medio mundo. Desde hace meses, sin embargo, desayuno lentamente, en silencio, observando el amanecer del horizonte de tejados de mi ciudad.

martes, enero 14, 2014

Batiburrillo

Sucede que hay momentos, cuando estamos con las defensas bajas, al despertar por las mañanas o en días tontos en que nos atrapa la soledad, en que nuestra mente comienza a girar como una lavadora, sin orden ni concierto, llevándonos a escenarios o pensamientos perversos en que nos acorrala, bloqueando toda salida hacia lugares menos oscuros.

Nuestra mente como enemiga.

Leí a Viggo Mortensen explicar cómo cada mañana, al abrir los ojos, sudaba sus diez o quince segundos de terror ante la muerte.

En instantes como ésos, seguro que fragilizados por un chorreón de sueños incontrolados, despertamos con nuestra cabeza como un batiburrillo dando cornadas a un lado y a otro; momentos, que no todo el mundo sabe controlar, en los cuales no conseguimos centrarnos en nada ni apartarnos de aquellos desasosiegos que nos machacan a traición.

Creo que una de las claves de las personas más felices es el saber escapar de esas loterías que conducen a nuestro más profundo interior a territorios indeseados, el conocer la tecla que hace que sepamos sortear ese mal fario de regodearnos en la miseria propia.

Hay que sudar los miedos como terapia sana, pero sabiendo encontrar el camino hacia nuestra realidad vital en que somos nosotros los que gestionamos el foco de atención del mundo que nos importa.

martes, octubre 11, 2011

Volumen

No dejar hablar levantando la voz es un fenómeno muy hispánico que suele venir potenciado por el estrés y, en muchos casos, por la mala educación.

No somos conscientes de hasta qué punto es incómodo y despreciativo el subir el volumen de tu voz cuando tu interlocutor intenta preguntar, aportar alguna idea o rebatir.

Los franceses, cuando se sienten interrumpidos de forma abrupta te dicen con calma y con la sequedad que les caracteriza: 'déjame terminar'.

Tendríamos que hacer un ejercicio de diagnóstico interior en nuestras relaciones con los demás, porque hay veces en que da la sensación de que no escuchamos cuando dialogamos sino que nos comportamos como monolitos que sólo saben meter baza y subir el volumen como argumento.

Si alguien nos habla, no está de más respetar sus tiempos, escuchar sin dedicarnos en exclusiva a buscar razonamientos que defiendan nuestras posiciones.

No tengo la fórmula mágica para hacer que mi interlocutor no levante la voz como estrategia, a no ser el hecho de no hacer lo mismo y, tras aguardar a que baje de las cimas de lo extemporáneo, decirle con todo el afecto: 'permíteme hablar'.

Aunque no está científicamente probado, creo que en ocasiones la buena educación es contagiosa.

viernes, julio 31, 2009

Solo

Una de las mejores señales de que se está madurando positivamente como persona lo marca, a mi entender, la capacidad para estar solo.

Puede resultar sencillo decirlo para alguien que, como yo, lleva tantos años de vida afectiva plena, estable, de amor intenso y correspondido.

Tal vez una de las claves para el éxito de mi vida en pareja es la oportunidad que nos damos mutuamente para encontrarnos en nuestras burbujas de soledad.

Cada cierto tiempo necesito pasearme la ciudad por la noche, vagabundearla, a solas.

Se me vienen a la mente muchos nombres de gente a la que quiero que no sabe estar dos horas seguidas sin coger el móvil y llamar a alguien. Para contarse nada.

Es duro y purificante que pase un fin de semana completo sin que suene el teléfono, sin que te escriban un correo.

No me gusta llenar el silencio con conversaciones huecas.

Adoro el silencio, los espacios abiertos para caminarlos, los libros cuando se leen en una cama amplia, prepararme un gintónic con música de Suzanne Vega, conducir oyendo las noticias y dejar que tu mente razone con presteza, que profundice, que digiera cómo va el mundo.

Esta terriblemente compleja vida se ve con otros ojos, más llenos, cuando tenemos la fortaleza de mirarla de frente sin confirmar, de reojo, si tenemos ángeles guardianes protegiéndonos.

Cuando te descubres feliz en un asiento aislado de una sala de cine, sin pensar en qué dirán, tienes mucho ganado para conquistar el cariño de los demás.

Poca gente más atractiva que aquella que sabe manejarse por ella misma.

No hay mejor seducción que la fortaleza de saberse capaz de por sí, mejor amor que el dado por una persona serena.

Por mucha gente que tengamos alrededor, sea triste, duro o no, pasamos el noventa y mucho por ciento de nuestra vida nosotros con nuestros pensamientos, nosotros con nuestras miedos, cavilando, hablando con nuestro interior, dándole vueltas a lo más nimio y a lo que no. La cabeza siempre dando vueltas, sin compartir con el exterior más que una mínima parte, siempre con los límites del lenguaje, las trabas de saber expresar qué hay aquí dentro.

La felicidad es paz interior. Complicada de luchar.