Cuando iba a trabajar a Normandía me gustaba aparcar en pueblos de tres casas y una iglesia.
Por entonces vivía en París, en pleno cogollo del Barrio Latino, donde todo era excesivo. Así que programaba mis viajes a la fábrica de Cleón con tiempo para parar en el camino. Salirme de la autopista antes de tiempo y recorrer varios kilómetros por pleno campo, entre árboles frondosos que flanqueaban los caminos hacia pueblecitos fantasma en los que se veía alguna luz.
Miraba la hora y aparcaba allí. Dejaba el coche al lado del único café del pueblo y paseaba bien abrigado.
Me atraía ver cómo la naturaleza se metía dentro de las casas, y no al revés.
No sabría vivir en sitios que me gustan tanto.
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