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jueves, octubre 17, 2024

Huevo

Siempre me quedo corto a la hora de cascar el huevo.

Me gusta prepararme uno para desayunar y, a pesar de ese hábito diario, no consigo romperlo a la primera de forma limpia. Si decido aplicar más fuerza, reviento la yema y se me cae toda la cáscara sobre la sartén.

Así somos los humanos, hay quien nunca llega, quien siempre se pasa y el que consigue dejar impecable el huevo en el aceite hirviendo.

Me ocurre a menudo en el trato con las personas con las que no me llevo bien. O me quedo corto, frustrado por no saber defender mi espacio, o destrozo mi mal rollo contra su sartén.

domingo, octubre 24, 2021

Juntar

Cualquier situación de éxito que imaginemos tendrá mil nombres propios de triunfadores que han conseguido alcanzar esa meta.

No hablo de premios Nobel, sino de hazañas domésticas, logros profesionales, victorias del día a día. 

Hay mucha gente que observa esos triunfos, desde su atalaya, con la impotencia de pensar que sus vidas son más mediocres a cada conquista ajena, porque se produce la falsa sensación de que todos los demás se juntan en una sola persona, el vencedor de todas las batallas.

Uno se escapa dos días de vacaciones a una playa en Canarias y la ve llena de turistas y se dice 'cómo disfruta la gente, cuando yo estaría rompiéndome los cuernos en el trabajo'; uno va a celebrar un aniversario a un restaurante de lujo y no queda una mesa libre y se plantea 'qué poderío económico tiene la gente'; uno se embarca en la compra de un coche y tiene que hacer cola en el concesionario, 'con lo carísimo que sale un coche'.

Lo que nos falta por integrar es que el de Canarias, el del restaurante y el del concesionario son fundamentalmente gente como tú, que consigue regalarse premios merecidos muy de vez en cuando.


lunes, mayo 24, 2021

Teléfono

El teléfono sonó insistente en mi despacho parisino. Por la pantalla podía ver de quién se trataba, alguien a quien debía entregar una documentación que aún no tenía preparada. Decidí dejar que sonara para llamarle poco más tarde con el trabajo hecho.

De pronto, alguien se metió en mi sitio, tomó el teléfono, lo descolgó y lo colgó.

Aunque pueda sonar infantil, lo recuerdo como una de las mayores agresiones a mi intimidad.

Ni siquiera se dignó a decir nada. Al señor le molestaba el sonido de la llamada y se permitió actuar así.

La rabia que me entró por dentro no la supe administrar bien y me la tragué, aunque más de una vez me entraron ganas de hacer lo mismo con él. Esperar a que sonara su teléfono, meterme en su despacho, cogerlo y colgarlo.

En esas situaciones, o se actúa en el momento o ya no hay nada que hacer. Ese compañero, amargado y amargante, se jubiló al poco tiempo. No le dirigí desde entonces la palabra. Ni un bonjour, ni un bonsoir. Ante él me sentía un animal herido.

Ahora, con veinte años más, tengo todo un arsenal de recursos para afrontar, con elegancia, una situación igual. Pero quizás, en el día de hoy, nadie se permitiría hacerme algo así.

Son los demonios en la tierra, que creemos inútiles, los que nos hacen aprender.