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jueves, junio 04, 2026

Mequinenza

Hay lugares que ocupan un espacio inamovible de tu memoria y que solo necesitan un clic, normalmente el olor, para mostrarse.

Yo no sé qué combinación de aromas, seguro que mucho de hierba, algo de humedad, quizás bosque, probablemente polen de primavera, hacen que, de golpe, estando en cualquier paisaje perdido, me encuentre en Mequinenza. Un pueblecito zaragozano donde de jovencillo participaba en los campeonatos de España de remo.

No me ocurre a menudo, ni siquiera cada año, es un ataque desprevenido, quizás no solo el olor.

Es el clic y me veo en Mequinenza, con esas patillas escuálidas y un zumo de pera en la mano.

Atún

Salí con idea de comprar unos filetes empanados congelados de un ultramarinos y me atreví a meterme en la pescadería. Me apetecía pegarme un homenaje tras el éxito de la presentación de mi novela del día anterior.

Sin tener muy claras las cantidades me interesé por el atún, tras ver cómo se manejaban con un trozo enorme, rojo bermellón, recién llegado del mar.

Es tarantelo me explicó.

Tiene buena pinta le dije. Deme dos filetes me animé.

¿Para qué los quiere?

Para comer le respondí, despistado.

¿Para qué otra cosa los iba a querer?, pensé.

Un ataque de risa generalizado inundó la pescadería.

Ya luego me explicaron que era una forma de hablar.

Para la plancha, para un sashimi, para guisarlo…

Ahá ─admití─. Para la plancha, por favor.