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martes, marzo 10, 2026

Dientes

Viajar a menudo y compartir horas con gente de otras culturas me hace construir teorías que no sé si se sostendrían científicamente.

Desde hace tiempo tengo una acerca de la salud buco-dental y de un indicador fiable, creo, para medir el nivel económico de un país: el uso del palillo de dientes.

Sé que en España ir al dentista es casi una actividad de lujo, pero también me consta que está en nuestras prioridades cuando la boca empieza a dar problemas.

Lo que es cierto es que, cuando termino una cena de trabajo, es más habitual ver a un portugués buscar, con educación, cómo hurgar entre sus dientes; mucho más cuando se trata de un turco; casi cotidiano si hablamos de un marroquí.

Siento que cuanto peor es la economía de un país, menos sanos son sus dientes.

sábado, septiembre 20, 2025

Erdogan

En Turquía es suficiente compartir un café para que te declaren su posicionamiento político.

—La situación está muy mal —coinciden todos.

Es cierto que el ambiente laboral en el que yo me muevo es más dado a los enemigos de Erdoğan, el actual presidente ultranacionalista e islamista.

Sí. Enemigos. Hemos llegado a un punto en la política mundial en que no se duda en usar palabras gruesas para calificar al contrario.

A mí me gustaría poder opinar con libertad sin que me tengan que meter en ningún rebaño.

Muleta

Llegué al hotel de Bursa con el coche de alquiler y en la misma puerta me indicaron que el aparcamiento era gratuito.

—En la planta menos dos, señor.

Al bajar la rampa un hombre uniformado me miró, tomó una muleta, rodeó el coche y la barrera se abrió. No me pareció verlo cojear.

No le di más importancia hasta que al día siguiente, al volver de trabajar, otro uniformado diferente se acercó, cogió otra muleta, y rodeó el coche.

Al abrirse la barrera pensé, ¿qué me estoy perdiendo?

En cuanto llegué a Sevilla, Fran me lo explicó.

—Será un artilugio con un espejo en el extremo para mirar los bajos del coche.

Y se queda tan pancho. ¿Tendría un espejito esa muleta?

domingo, agosto 03, 2025

Estambul

En Estambul, más que en ningún otra ciudad que conozca, se cumple el dicho de que hay que alejarse de la zona turística para conocer el alma de la ciudad. 

Gracias a mis compañeros turcos, conseguimos montar una ruta llena de paseos por lugares que los guiris no conocemos, porque dentro de los paseos habituales no somos para ellos sino una máquina de expender dinero.

La atmósfera en torno al turismo está maleada y es algo ya tan orgánico que será difícil de regenerar.

Las entradas a museos, mezquitas, palacios y monumentos rozan y traspasan el límite de la decencia, en una política cortoplacista de ahogar a la gallina de los huevos de oro. 50 euros Topkapi, Dolmabahçe. 30 euros visitar las Cisternas o Santa Sofía, con recorridos limitados llenos de vallas que no puedes traspasar... Aquello por lo que no preguntas el precio en los restaurantes, como el agua o el pan, se convierten en artículos de lujo en la factura.

Una sensación continua de que te faltan al respeto.

La vieja Estambul no se merece eso. No puede permitirse que la muestren así, que mires hacia todos lados por ver dónde está el siguiente timo. Cuál es el siguiente limpiabotas que va a simular que se le cae el cepillo para hacerte caer en sus redes.

En cuanto nos metimos por las callejuelas de barrios escondidos descubrimos que otra ciudad es posible. Amable, relajada, acogedora.

Nos lo hemos pasado, como siempre, en grande. Pero tardaremos en volver. Algo se ha roto.

Caída

Lo que los alumnos occidentales estudiamos como la Caída de Constantinopla, ocurrida en 1453, cuando las tropas otomanas se hacen con la ciudad bizantina y acaban con siglos de predominio cristiano, para los alumnos turcos la lección histórica se llama la Conquista de Estambul.

El mismo hecho narrado con relatos contrapuestos.

Así es la historia del hombre.

Por eso es bueno viajar, leer, escuchar, reflexionar sobre las realidades que hemos heredado, tratando de obviar el lugar en el que hemos nacido para tener una visión objetiva de las cosas.

Nadie nunca tiene toda la verdad.

sábado, junio 14, 2025

Alevi

Trabajar en ambientes internacionales es una de las satisfacciones que proporciona mi empresa.

La semana pasada cenaba en Sevilla con dos compañeros turcos a los que aprecio de corazón. Siempre se acuerdan de mí.

La conversación derivó en las ramas religiosas de las que provienen sus familias: la suní, de quien se considera ateo, y la aleví, de quien defiende su fe.

Esta última me explicaba que esa corriente religiosa es la más aperturista dentro del amplio espectro musulmán. Que prioriza el pensamiento libre y la conexión íntima con lo sagrado.

Ella me miraba para darme pie a que yo le hablara de mi religión.

—Yo no tengo ninguna —le confesé, con la paz que proporciona saber que hay muchas formas de creer, incluso cuando no se cree.

domingo, septiembre 15, 2024

Préveza

Aprovechando una cena relajada la última noche de la semana de trabajo en Bucarest, Fernando ironizó con nuestro compañero Ahmet, turco, acerca de la batalla de Lepanto.

—¿Te suena de algo ese nombre? —le preguntó, con la alegría que dan dos copas de vino—. Os dejamos sin barcos.

Ahmet puso cara rara y se metió en internet para leer un resumen de lo que ocurrió en ese gigantesco conflicto naval junto a la ciudad griega.

Entonces, sin levantar el tono, nos preguntó si no conocíamos el combate de Préveza.

Fernando y yo nos miramos, perdidos, antes de lanzarnos a descubrir en nuestros móviles que los turcos nos dieron una buena tunda en esa batalla, unas décadas antes de nuestra más llamativa victoria.

A cada pueblo nos educan para que memoricemos todas nuestras hazañas y nos esconcen bajo la alfombra aquello que no hicimos tan bien.

Lo hermoso es que podamos hablarlo, hoy, entre risas, entre turcos y españoles.

viernes, agosto 30, 2024

Internacional

Puede parecer tonto, pero llevar trabajando desde hace décadas en direcciones formadas por gente de infinidad de países distintos me ha proporcionado un montón de herramientas mentales para ver el mundo con ojos menos condicionados que a quienes no han tenido la oportunidad de enfrentarse a situaciones intensas con japoneses, turcos, mexicanos o rumanos.

Se te quitan las tonterías acerca de las razas y los credos, todos tenemos gripe antes o después, a todos nos puede nuestra familia, no hay ninguno que no sufra por sus padres, ni te encuentras con aquel al que no le haga bien una sonrisa.

Creerse el ombligo del mundo por haber nacido en un lugar es no tener ni idea de en qué consiste el mundo. 

Nadie es tan extraño.

martes, noviembre 28, 2023

Breaking bad

Buscando el pollo al sultán, mi primera noche en Bursa, di con un restaurante de techos bajos, mesas antiguas, comensales occidentales y camareras con cofia, un local con un 'charme' indiscutible. 

—Queda una sola mesa.

Allí que me senté, reventado de subir cuestas y empapado por la lluvia.

—Conocerá usted 'Breaking bad' —me comentó el camarero, en un inglés atropellado de acento turco—, ¿verdad?

—Claro —respondí, movido por la curiosidad, sin querer explicarle que no había visto ni medio capítulo de esa serie.

—Es usted uno de los protagonistas, ¿verdad?

—No —me quedé de piedra—. No soy yo.

No quise investigar con quién me había confundido por no llevarme un disgusto.

Cuando me sirvió el vino, insistió. 

—Al menos, no venderá usted metanfetaminas, ¿verdad?

—Jejeje. ¡No! —me estaba desquiciando. 

Aproveché un instante en que no me veía para tomar el móvil. "Actor, Breaking Bad, Metanfetaminas" y Google empezó a sacarme fotos del actor. Algunas me horrorizaban, otras no estaban mal. Me sorprendió que alguien me confundiese con ese hombre.

Tras pagar, fui a despedirme de él a la barra. Estaba solo, con muchos clientes, y no dudó en dejarlos a todos para acompañarme a la puerta, que, solícito, me abrió.

—Ha sido un placer, señor.

Yo le lancé una sonrisa ambigua, no todos los días uno puede darse el gustazo de venir de Hollywood.

miércoles, noviembre 15, 2023

Pollo

Cuando me preguntan cuál es mi comida preferida, respondo sin dudar.

—¡Pollo al sultán!

Estábamos en la azotea de un hotel de la ciudad turca de Bursa, en una cena de trabajo, y fui el único que se pidió ese plato. Soy tan apasionado en mis reacciones que, al terminar, todos mis compañeros estaban arrepentidos de no haber pedido lo mismo.

La semana que viene, años después de ese episodio, vuelvo a trabajar en la vieja ciudad de Bursa. En cuanto lo supe, busqué por Internet el hotel y la carta de su restaurante. 

—¡Ha desaparecido el pollo al sultán!

La leyenda se agranda.

jueves, julio 27, 2023

Musulmanes

Los prejuicios se parten por la mitad cuando uno se interesa por las cosas.

Venía de vuelta en el AVE tras unos días de trabajo en Madrid y coincidí con un compañero turco que tenía programado visitar la fábrica de Sevilla.

Entablé una conversación para interesarme por él. Era la primera vez que viajaba a Sevilla y me permití comentarle algunas cosas.

—Allí vas a encontrar muchas muestras de su pasado musulmán —le sugerí.

—Estoy hasta el gorro de musulmanes —me respondió.

Tragué saliva. No era una respuesta prevista. 

Entonces me soltó todo un discurso contra el gobierno islamista de su país y yo me puse las orejas de escuchar.

jueves, febrero 01, 2018

Chií

Al entrar en la mezquita principal del Gran Bazar de Teherán, Hamid quiso explicarme el sentido de una vieja fuente que aparecía tras cruzar la puerta.

-Kerbala es una ciudad iraquí que es santa para los chiíes. Allí murió nuestro tercer mártir, torturado por el enemigo. 
Al mártir lo mataron de deshidratación y los chiíes colocan una fuente en cada mezquita, a la que nunca puede faltarle el agua. Entendí, ya en ese momento, que el enemigo era el suní. Más que el cristiano o el judío, el enemigo siempre es el más cercano.
Ya dentro del templo, nos quitamos los zapatos y él tomó una especie de pastilla de jabón dura, marrón. Dudé si coger una… Ya fuera le pregunté el sentido de esa pieza, tras ver que chocaban su frente contra ella al inclinarse sobre la moqueta.
-Los chiíes, Salvador, no podemos tocar la moqueta sagrada con la cabeza. 
Por si no me quedó claro, prosiguió:
-Los suníes sí la tocan-
Una vez en el museo islámico, mostró interés en llevarme a la sala de los manuscritos, preciosos libros amanuenses de colores, hasta dar con el libro buscado.
-Es del siglo XII –comenzó, se trataba de un mapa-. ¿Conoces el conflicto acerca del nombre del Golfo?
Lo preguntó con tal rotundidad que me avergonzó reconocer que no.
-Sí, ellos dicen que es el Golfo Arábigo –los suníes-, pero aquí está bien claramente escrito –en persa- que ése es el Golfo Pérsico –asentí, entregado a la causa chií.
Fue entonces cuando nos acercamos a la vitrina con el original de uno de los más famosos cuentos persas, el del príncipe Rostám.
-¿Quieres que te lo cuente?
Moría por escucharlo.
‘Rostám era un príncipe famoso por su fuerza y valor, ya mató un elefante de pequeño. De joven, aventurero, cruzó a caballo la frontera con territorio turco y se enamoró de la princesa enemiga, con quien tuvo un hijo, Sohrab. Con el tiempo volvió a territorio iraní, abandonando a su familia. Y llegó la Guerra con el vecino del norte. Las fuerzas estaban tan igualadas que acabó interviniendo él, montado a caballo y con armadura. Frente a Rostám, sin poder imaginarlo, estaba su  hijo. Sohrab lo hirió primero, sin saber que era el padre, que se repuso. Entonces cargó contra el turco, sospechando ya que pudiera ser su hijo. Lo malhirió. Pidió, angustiado, que le quitaran la coraza. Se derrumbó al ver la cara de su hijo repudiado. Gritó ayuda a los suyos, medicinas… Pero murió en sus brazos antes de que pudieran llegar’.
Me dice Hamid que hay un proverbio iraní para lamentar las oportunidades perdidas. ‘Son las medicinas de Sohrab’.
Sohrab era turco, pero pudo ser suní.

lunes, abril 17, 2017

Vivir

Mi trabajo, del que tan orgulloso me siento, como no podía ser de otra forma, me ha dado muchas oportunidades de crecer como persona; entre ellas, una que no tiene precio, la de conocer mundo. Visitar una fábrica de Renault en Brasil, Eslovenia o Turquía, o una de Nissan en Japón, México o Inglaterra no es sólo practicar tus conocimientos de inglés, francés o escuchar otra forma de recitar el español, ni comprobar diferentes maneras de afrontar la misma política de empresa. Viajar por cuestiones de trabajo es una forma diferente de conocer mundo, uno se quita el traje de turista y se siente integrado como uno más, aunque sea por unos días, en otra sociedad distinta; tomas cafés en máquinas donde se habla de temas comunes; ves cómo otros te integran en su forma de afrontar tareas encomendadas similares a las tuyas.

Son oportunidades, también, para compartir horas de charla, cenas, aeropuertos y paseos con compañeros de trabajo. Tengo en mi cabeza momentos memorables, como cuando fui con mi amigo Rivo a París y me tiré las copas de bourbon por encima con un resbalón, o el accidentado viaje con Elisa a Eslovenia en que entramos en Venecia sin saber que era carnaval, o el divertidísimo con mi tocayo Salva, recién casado, a Japón, cuando nos llevaron a un bar de alterne y él no hacía más que tocarse su anillo recién estrenado, o el mes circulando por todo Asia con Pablo, comiendo serpientes en China y untándonos de pintura en la India.

Hay una persona con la que, especialmente, resulta divertido viajar. Se llama Fernando. De hecho, es una bendición trabajar con gente que siempre tiene una sonrisa en la boca y predisposición a solucionar los problemas que se presentan sin plantear excusas.

En el último viaje con él, hace pocos días, me vino a decir que había cosas que no le gustaban de mí como jefe, que no me quiso contar, aunque yo las intuya. Sin embargo, sí insistió en decirme qué admiraba de mí. Yo, azorado, le pregunté qué era.

-Tus ganas de vivir, Salva.

viernes, julio 11, 2014

Ramadán

De los lugares mágicos uno tarda en salir incluso tras haberlos dejado lejos; con Estambul siempre me ocurre.

A pesar del evidente progreso constatado durante los más diez años que llevo visitando esta ciudad, los niños tirados en las calles tocando la flauta o las manadas de perros salvajes corriendo de un lado a otro me hacen recordar que hay dolores viejos e irresueltos en esa urbe inmensa, que se debate, a ojos de un occidental, entre mundos radicalmente opuestos.

Llegar a Estambul en su primer día de ramadán y encontrar a familias enteras en los jardines de Sultanahmet con las bolsas llenas de barras de pan y bebidas esperando la caída de la noche es un espectáculo en sí. Al mismo tiempo, paseando entre ese pueblo devoto en torno a mujeres pertrechadas de hyjabs, se pasean ejecutivos y tribus de jóvenes ignorantes de restricciones que parecen no ir con ellos.

En la fábrica de Bursa donde estuve trabajando la cantina estaba a medio llenar a la hora del almuerzo, y me apetecía preguntar a mis anfitriones, que comían con nosotros, cómo se llevaba esa dualidad, que parece tan abismal, en la sociedad turca. El desconocimiento y la precaución me hicieron, sin embargo, hacer preguntas más sutiles que no me aclararon la existencia, o no, de barreras de comunicación entre las dos formas de ver el mundo que componen el alma turca.

Oír el canto del almuecín a las 4 de la mañana, ver las ojos negros de mujer asomando de trajes negros que lo cubren todo, espiar sus esperas para disfrutar de la caída de la noche me hizo creer que yo vengo de un mundo menos rígido, obviando las procesiones incansables embadurnadas de incienso por el centro de mi ciudad.

Esta misma semana, en una comida de trabajo, hablamos del Vaticano y su visión de la nueva iglesia por venir. Un compañero afirmaba, con tono solemne, que un cura, aunque sea apartado del sacerdocio por haberse casado, 'siempre tendrá el poder para convertir el pan en la carne de Cristo'.

Yo lo escuchaba tomando mi salmorejo, acongojado por una frase tan rotunda, y me vinieron imágenes de las abluciones al entrar en las grandes mezquitas de Estambul.

Qué repeluco me dan las religiones.

miércoles, julio 02, 2014

Confort

El ser humano, al menos aquél al que yo represento, tiene una memoria frágil y se habitúa, más pronto de lo deseado, a zonas de aparente confort en el devenir diario que poco tienen que ver con lo que uno fue, e hizo, en tiempos no muy lejanos.

No hace tanto que yo me pateaba medio mundo en avión, con una maleta pequeña y un portátil de Renault, para trabajar en ciudades enormes de culturas muy diferentes a la mía. Me divertía, aprendía, no tenía pudor para conocer gente, tomar cerveza a solas y recorrerme barrios desconocidos sin temor.

Llevo años, sin embargo, en un puesto que me gusta, anclado a mi ciudad, con un ritmo de vida intenso pero manejable y el placer de sentirme muy bien en mi propia piel.

De pronto se me presenta un viaje de trabajo de una semana en Turquía y mi cuerpo, olvidadizo, sólo recuerda el día en que un taxista me timó en Estambul, dejando de lado las copas en Taksim, las horas en el palacio de Topkapi o las cenas en restaurantes sobre azoteas con vistas al Bósforo.

El hombre, el que yo soy, se vuelve asustadizo, se oxida, cuando pierde el ritmo de una vida sin inercias.

Me obsesioné con cambiar en billetes pequeños imaginando al futuro taxista como un ogro y pensaba en las calles de Estambul como un laberinto agresivo de sensaciones que no estaba seguro de querer reencontrar.

Y así me monté en el avión para llegar aquí, con el cuerpo alerta como un niño chico, asomado con los ojos como platos a la ventanilla del avión.

Luego vino un aterrizaje en un país soleado, un taxista simpatiquísimo y de nuevo el maravilloso Estambul de siempre; sin embargo, el hombre aburguesado en que uno se convierte sin quererlo, se asustó de su pasado.

Mi vecino de asiento en el avión me preguntó por mi nacionalidad, tras verme torpe con la bandeja de la comida de la Turkish Airlines y después de aclararme, sin yo pedírselo, que él era kurdo. Yo, harto de estudiar inglés y de escuchar de mi hippy profe londinense halagos sobre mi pronunciación, no supe más que responder a lo Chiquito de la Calzada:

-D’Echpáin.

¡Tengo que salir de la zona de confort!

domingo, enero 11, 2009

Emociones caducas

Era un viernes de inicio de vacaciones de Semana Santa. La familia al completo llegaba al gran chalé de siempre en La Antilla. Habíamos recorrido horas antes un hipermercado en busca de provisiones para diez días. Mi madre nos organizaba para ir buscando las compras por los pasillos del Continente. Era de noche cuando entramos en esa casa fría de la playa. Yo me senté en el mármol de la cocina viendo a mi familia organizando las cosas, llenando la nevera, abriendo ventanas y pensé que no podría ser jamás tan feliz.

Cada persona tiene estampas fijas de emociones intensas.

En unos de mis viajes a Turquía compré un tarro de un perfume olvidado en el tiempo que, al abrirlo, me hizo volver tantos años atrás, que paseé junto al mar del Mármara henchido de una melancolía que me llenaba.

Con dieciocho años llegué por primera vez a París, en tren, con dos amigos del colegio, con una mochila a la espalda. Cuando bajamos en la estación de Austerlitz en una ciudad que despertaba a las siete de la mañana, recuerdo que hicimos un trayecto largo, equivocado, a pie hasta Place d’Italie, confundiendo el paso hacia el centro. En las farolas había colocados carteles que anunciaban un concierto de Madonna en Bercy. Yo no sentía el peso de la mochila, ni el sueño de una noche de paliza en tren. Yo, literalmente, flotaba.

En 1984 leía a George Orwell tirado en la arena de la playa con Mariló a mi lado. La novela era 1984. Ella leía un párrafo, yo el siguiente, ella después hasta el próximo punto y aparte. Después yo. ¿Podía ser más hermosa la vida?

La primera vez que tuve sexo recuerdo volver a casa de mis padres, una noche fría, dando gritos desde mi vespa al aire de Sevilla por la avenida de la Palmera.

La puerta del ascensor que se abrió en el Virgen del Rocío para ver por vez primera a mi sobrino Iván en los brazos de mi hermana Raquel; el día que llegué de unos campeonatos de España de remo y me esperaba mi madre con unas zapatillas de deportes nuevas, a pocos meses de morir; el momento de verme en la lista de aprobados de Mecánica de Fluidos, cuando realmente fui consciente de que podría ser ingeniero; la aparición sorpresiva de Montse en la presentación de mi última novela; el abrazo de mi padre tras confirmarme por teléfono Renault que me había fichado; la conversación con Mariángeles en el Café Europa; la primera llegada de Fran a Orly.

¿Por qué, con el tiempo, pienso que las emociones se hacen menos fuertes?, ¿qué hace que nos vayamos haciendo más duros al entripado que produce la felicidad de los momentos puntuales?, ¿por qué el olor que antes nos llevaba al cielo ahora nos resulta casi indiferente?

Entiendo que el descubrimiento de la vida va acompañado de esos momentos cumbre de felicidad en que nuestra sensibilidad se pone a flor de piel.

¿La madurez implica pérdida?

Es posible que el ser humano esté concebido de ese modo, que la experiencia vaya instalando en nosotros una costra de dureza menos receptiva a las emociones explosivas que creemos que no volverán. En cambio, siento que con los años el bienestar personal crece, quizás porque vamos comprendiendo las claves. Sería duro ir viendo acercarse nuestro final y mantener la misma capacidad de asombro y de ansias de comerse el mundo. La felicidad se define en otros parámetros.

Soy de los que creo que con el tiempo se gana. Puedo recordar momentos de emoción inmensa cuando yo era un niño o un adolescente, pero si apago la luz y echo la vista atrás, yo no era una persona feliz, las inseguridades, los miedos, los complejos eran tan fuertes que tal vez por ello reforzaban la grandeza de los pasos adelante.

Con los años crece la experiencia y con ella debe venir la palabra justa, la comprensión amplia de las cosas, de las personas, la sabiduría, la calma, las risas sentidas, los abrazos sinceros.

Emociones de más calidad.