martes, marzo 10, 2026
Dientes
sábado, septiembre 20, 2025
Erdogan
Muleta
domingo, agosto 03, 2025
Estambul
Caída
Lo que los alumnos occidentales estudiamos como la Caída de Constantinopla, ocurrida en 1453, cuando las tropas otomanas se hacen con la ciudad bizantina y acaban con siglos de predominio cristiano, para los alumnos turcos la lección histórica se llama la Conquista de Estambul.
El mismo hecho narrado con relatos contrapuestos.
Así es la historia del hombre.
Por eso es bueno viajar, leer, escuchar, reflexionar sobre las realidades que hemos heredado, tratando de obviar el lugar en el que hemos nacido para tener una visión objetiva de las cosas.
Nadie nunca tiene toda la verdad.
sábado, junio 14, 2025
Alevi
domingo, septiembre 15, 2024
Préveza
Aprovechando una cena relajada la última noche de la semana de trabajo en Bucarest, Fernando ironizó con nuestro compañero Ahmet, turco, acerca de la batalla de Lepanto.
—¿Te suena de algo ese nombre? —le preguntó, con la alegría que dan dos copas de vino—. Os dejamos sin barcos.
Ahmet puso cara rara y se metió en internet para leer un resumen de lo que ocurrió en ese gigantesco conflicto naval junto a la ciudad griega.
Entonces, sin levantar el tono, nos preguntó si no conocíamos el combate de Préveza.
Fernando y yo nos miramos, perdidos, antes de lanzarnos a descubrir en nuestros móviles que los turcos nos dieron una buena tunda en esa batalla, unas décadas antes de nuestra más llamativa victoria.
A cada pueblo nos educan para que memoricemos todas nuestras hazañas y nos esconcen bajo la alfombra aquello que no hicimos tan bien.
Lo hermoso es que podamos hablarlo, hoy, entre risas, entre turcos y españoles.
viernes, agosto 30, 2024
Internacional
Puede parecer tonto, pero llevar trabajando desde hace décadas en direcciones formadas por gente de infinidad de países distintos me ha proporcionado un montón de herramientas mentales para ver el mundo con ojos menos condicionados que a quienes no han tenido la oportunidad de enfrentarse a situaciones intensas con japoneses, turcos, mexicanos o rumanos.
Se te quitan las tonterías acerca de las razas y los credos, todos tenemos gripe antes o después, a todos nos puede nuestra familia, no hay ninguno que no sufra por sus padres, ni te encuentras con aquel al que no le haga bien una sonrisa.
Creerse el ombligo del mundo por haber nacido en un lugar es no tener ni idea de en qué consiste el mundo.
Nadie es tan extraño.
martes, noviembre 28, 2023
Breaking bad
miércoles, noviembre 15, 2023
Pollo
jueves, julio 27, 2023
Musulmanes
Los prejuicios se parten por la mitad cuando uno se interesa por las cosas.
Venía de vuelta en el AVE tras unos días de trabajo en Madrid y coincidí con un compañero turco que tenía programado visitar la fábrica de Sevilla.
Entablé una conversación para interesarme por él. Era la primera vez que viajaba a Sevilla y me permití comentarle algunas cosas.
—Allí vas a encontrar muchas muestras de su pasado musulmán —le sugerí.
—Estoy hasta el gorro de musulmanes —me respondió.
Tragué saliva. No era una respuesta prevista.
Entonces me soltó todo un discurso contra el gobierno islamista de su país y yo me puse las orejas de escuchar.
jueves, febrero 01, 2018
Chií
lunes, abril 17, 2017
Vivir
Son oportunidades, también, para compartir horas de charla, cenas, aeropuertos y paseos con compañeros de trabajo. Tengo en mi cabeza momentos memorables, como cuando fui con mi amigo Rivo a París y me tiré las copas de bourbon por encima con un resbalón, o el accidentado viaje con Elisa a Eslovenia en que entramos en Venecia sin saber que era carnaval, o el divertidísimo con mi tocayo Salva, recién casado, a Japón, cuando nos llevaron a un bar de alterne y él no hacía más que tocarse su anillo recién estrenado, o el mes circulando por todo Asia con Pablo, comiendo serpientes en China y untándonos de pintura en la India.
Hay una persona con la que, especialmente, resulta divertido viajar. Se llama Fernando. De hecho, es una bendición trabajar con gente que siempre tiene una sonrisa en la boca y predisposición a solucionar los problemas que se presentan sin plantear excusas.
En el último viaje con él, hace pocos días, me vino a decir que había cosas que no le gustaban de mí como jefe, que no me quiso contar, aunque yo las intuya. Sin embargo, sí insistió en decirme qué admiraba de mí. Yo, azorado, le pregunté qué era.
-Tus ganas de vivir, Salva.
viernes, julio 11, 2014
Ramadán
A pesar del evidente progreso constatado durante los más diez años que llevo visitando esta ciudad, los niños tirados en las calles tocando la flauta o las manadas de perros salvajes corriendo de un lado a otro me hacen recordar que hay dolores viejos e irresueltos en esa urbe inmensa, que se debate, a ojos de un occidental, entre mundos radicalmente opuestos.
Llegar a Estambul en su primer día de ramadán y encontrar a familias enteras en los jardines de Sultanahmet con las bolsas llenas de barras de pan y bebidas esperando la caída de la noche es un espectáculo en sí. Al mismo tiempo, paseando entre ese pueblo devoto en torno a mujeres pertrechadas de hyjabs, se pasean ejecutivos y tribus de jóvenes ignorantes de restricciones que parecen no ir con ellos.
En la fábrica de Bursa donde estuve trabajando la cantina estaba a medio llenar a la hora del almuerzo, y me apetecía preguntar a mis anfitriones, que comían con nosotros, cómo se llevaba esa dualidad, que parece tan abismal, en la sociedad turca. El desconocimiento y la precaución me hicieron, sin embargo, hacer preguntas más sutiles que no me aclararon la existencia, o no, de barreras de comunicación entre las dos formas de ver el mundo que componen el alma turca.
Oír el canto del almuecín a las 4 de la mañana, ver las ojos negros de mujer asomando de trajes negros que lo cubren todo, espiar sus esperas para disfrutar de la caída de la noche me hizo creer que yo vengo de un mundo menos rígido, obviando las procesiones incansables embadurnadas de incienso por el centro de mi ciudad.
Esta misma semana, en una comida de trabajo, hablamos del Vaticano y su visión de la nueva iglesia por venir. Un compañero afirmaba, con tono solemne, que un cura, aunque sea apartado del sacerdocio por haberse casado, 'siempre tendrá el poder para convertir el pan en la carne de Cristo'.
Yo lo escuchaba tomando mi salmorejo, acongojado por una frase tan rotunda, y me vinieron imágenes de las abluciones al entrar en las grandes mezquitas de Estambul.
Qué repeluco me dan las religiones.
miércoles, julio 02, 2014
Confort
No hace tanto que yo me pateaba medio mundo en avión, con una maleta pequeña y un portátil de Renault, para trabajar en ciudades enormes de culturas muy diferentes a la mía. Me divertía, aprendía, no tenía pudor para conocer gente, tomar cerveza a solas y recorrerme barrios desconocidos sin temor.
Llevo años, sin embargo, en un puesto que me gusta, anclado a mi ciudad, con un ritmo de vida intenso pero manejable y el placer de sentirme muy bien en mi propia piel.
De pronto se me presenta un viaje de trabajo de una semana en Turquía y mi cuerpo, olvidadizo, sólo recuerda el día en que un taxista me timó en Estambul, dejando de lado las copas en Taksim, las horas en el palacio de Topkapi o las cenas en restaurantes sobre azoteas con vistas al Bósforo.
El hombre, el que yo soy, se vuelve asustadizo, se oxida, cuando pierde el ritmo de una vida sin inercias.
Me obsesioné con cambiar en billetes pequeños imaginando al futuro taxista como un ogro y pensaba en las calles de Estambul como un laberinto agresivo de sensaciones que no estaba seguro de querer reencontrar.
Y así me monté en el avión para llegar aquí, con el cuerpo alerta como un niño chico, asomado con los ojos como platos a la ventanilla del avión.
Luego vino un aterrizaje en un país soleado, un taxista simpatiquísimo y de nuevo el maravilloso Estambul de siempre; sin embargo, el hombre aburguesado en que uno se convierte sin quererlo, se asustó de su pasado.
Mi vecino de asiento en el avión me preguntó por mi nacionalidad, tras verme torpe con la bandeja de la comida de la Turkish Airlines y después de aclararme, sin yo pedírselo, que él era kurdo. Yo, harto de estudiar inglés y de escuchar de mi hippy profe londinense halagos sobre mi pronunciación, no supe más que responder a lo Chiquito de la Calzada:
-D’Echpáin.
¡Tengo que salir de la zona de confort!
domingo, enero 11, 2009
Emociones caducas
Cada persona tiene estampas fijas de emociones intensas.
En unos de mis viajes a Turquía compré un tarro de un perfume olvidado en el tiempo que, al abrirlo, me hizo volver tantos años atrás, que paseé junto al mar del Mármara henchido de una melancolía que me llenaba.
Con dieciocho años llegué por primera vez a París, en tren, con dos amigos del colegio, con una mochila a la espalda. Cuando bajamos en la estación de Austerlitz en una ciudad que despertaba a las siete de la mañana, recuerdo que hicimos un trayecto largo, equivocado, a pie hasta Place d’Italie, confundiendo el paso hacia el centro. En las farolas había colocados carteles que anunciaban un concierto de Madonna en Bercy. Yo no sentía el peso de la mochila, ni el sueño de una noche de paliza en tren. Yo, literalmente, flotaba.
En 1984 leía a George Orwell tirado en la arena de la playa con Mariló a mi lado. La novela era 1984. Ella leía un párrafo, yo el siguiente, ella después hasta el próximo punto y aparte. Después yo. ¿Podía ser más hermosa la vida?
La primera vez que tuve sexo recuerdo volver a casa de mis padres, una noche fría, dando gritos desde mi vespa al aire de Sevilla por la avenida de la Palmera.
La puerta del ascensor que se abrió en el Virgen del Rocío para ver por vez primera a mi sobrino Iván en los brazos de mi hermana Raquel; el día que llegué de unos campeonatos de España de remo y me esperaba mi madre con unas zapatillas de deportes nuevas, a pocos meses de morir; el momento de verme en la lista de aprobados de Mecánica de Fluidos, cuando realmente fui consciente de que podría ser ingeniero; la aparición sorpresiva de Montse en la presentación de mi última novela; el abrazo de mi padre tras confirmarme por teléfono Renault que me había fichado; la conversación con Mariángeles en el Café Europa; la primera llegada de Fran a Orly.
¿Por qué, con el tiempo, pienso que las emociones se hacen menos fuertes?, ¿qué hace que nos vayamos haciendo más duros al entripado que produce la felicidad de los momentos puntuales?, ¿por qué el olor que antes nos llevaba al cielo ahora nos resulta casi indiferente?
Entiendo que el descubrimiento de la vida va acompañado de esos momentos cumbre de felicidad en que nuestra sensibilidad se pone a flor de piel.
¿La madurez implica pérdida?
Es posible que el ser humano esté concebido de ese modo, que la experiencia vaya instalando en nosotros una costra de dureza menos receptiva a las emociones explosivas que creemos que no volverán. En cambio, siento que con los años el bienestar personal crece, quizás porque vamos comprendiendo las claves. Sería duro ir viendo acercarse nuestro final y mantener la misma capacidad de asombro y de ansias de comerse el mundo. La felicidad se define en otros parámetros.
Soy de los que creo que con el tiempo se gana. Puedo recordar momentos de emoción inmensa cuando yo era un niño o un adolescente, pero si apago la luz y echo la vista atrás, yo no era una persona feliz, las inseguridades, los miedos, los complejos eran tan fuertes que tal vez por ello reforzaban la grandeza de los pasos adelante.
Con los años crece la experiencia y con ella debe venir la palabra justa, la comprensión amplia de las cosas, de las personas, la sabiduría, la calma, las risas sentidas, los abrazos sinceros.
Emociones de más calidad.