Qué bonitas las llamadas que no buscan otra cosa que saber de ti.
Mensajes para interesarse simplemente por cómo va todo.
Un corazón sin recado, una sonrisa ausente de propósito, querer por querer.
Aún nos queda mucha gente así.
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Qué bonitas las llamadas que no buscan otra cosa que saber de ti.
Mensajes para interesarse simplemente por cómo va todo.
Un corazón sin recado, una sonrisa ausente de propósito, querer por querer.
Aún nos queda mucha gente así.
En mi empresa usamos un sistema de mensajería tan práctico como devorador de nuestra atención. No pasan más de diez minutos seguidos sin que te salte una ventanita para romper en dos tu concentración.
El viernes de la semana pasada salí por piernas para disfrutar del fin de semana en el Algarve en cuanto terminó la jornada y saltó, justo tras irme, uno de esos mensajes instantáneos, que no vi.
En la notificación había un comentario más parecido a un rebuzno que a otra cosa, cargado de resentimiento y malas palabras, no contra mí sino contra el mundo, de una persona amargada y desagradable.
De haberlo visto en directo, le habría contestado, amablemente, pero con rotundidad.
El caso es que no lo vi hasta no abrir el ordenador el lunes por la mañana. Y ahí estaba el texto, ridículo, sudando inquina, patético. Asustado de no haber asustado a nadie.
Entonces pensé, "qué bien no haberlo visto".
Qué bien haber dejado que el mensaje haya funcionado como un bumerán hacia el que lo emitió, oyendo el eco de su propio golpe, haciéndole ver lo esperpéntico de actuar con las tripas.