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lunes, diciembre 15, 2025

Lluvia

Me gusta escribir cada tarde con música clásica, salvo cuando llueve.

Si viviera junto al mar, quizás lo haría en silencio cada tarde, con la sola compañía del rugido de las olas.

Fue hace tiempo cuando tuve esa revelación. Corría por la arena, casi al caer la noche, entre Conil y El Palmar. La playa para mí. Escuchaba música cañera por mis auriculares y, de pronto, pensé en cómo sonarían esas olas al correr.

La lluvia me mete aun más dentro de mí.

jueves, diciembre 04, 2025

Onda

Soy un gran lector de clásicos.

Haber disfrutado de Madame Bovary, Trafalgar, La tía tula o La montaña mágica es algo que queda dentro para siempre. 

Lo que sí observo, en mis intentos actuales de acercarme a escritores de hace siglos, es cómo la onda literaria actual vibra en otra frecuencia. La falta de tiempo para el ocio que padece nuestra sociedad hace que se haga bola para muchos el poder pausar los ritmos para leer capítulos largos donde, aparentemente, no pasa nada.

No hay paciencia.

Se pide más emoción, más rápido, más golpes de efecto, menos profundizar.

Es un reto al que nos enfrentamos los escritores actuales: saber narrar en la prisa de los demás.

Cada lector mira cuánto queda para terminar una escena, cómo de largo es el texto de facebook, qué porcentaje del ebook llevo leído, qué grosor le queda aún a la novela. 

Corremos, corremos, sin saber muy bien hacia dónde. Sin pararnos a disfrutar de estar parados. De respirar.

Recomendaría vivamente a Machado: 'caminante no hay camino, se hace camino al andar'.

No hay sitio al que llegar.

lunes, diciembre 23, 2024

Luxemburgo

No hace mucho me acerqué a visitar la boulangerie que tenía abajo de casa cuando vivía en París.

En un paseo emocional, volviendo veinte atrás al lugar donde tan feliz fui, me asomé por ver si seguían vendiendo croissants de almendras. 

Las chicas que atendían no eran las de entonces, lo que tenía claro no tanto por recordar sus caras sino por su juventud.

Recordé entonces las tardes de invierno en las que bajaba casi a escondidas de mí mismo para saborear uno de esos croissants rellenos de crema recién hechos. 

Mi penitencia era correr todo el perímetro de los Jardines de Luxemburgo por cada uno que me comía. Así que, si no quería correr, no bajaba a pecar.

Veinte años después echo de menos no solo los croissants, sino la carrera de penitencia entre maravillosas alamedas bajo un frío glacial.

sábado, junio 06, 2015

Percepción

Los que tenemos grabado genéticamente el espíritu competitivo no podemos jugar ni a las palas en la playa sin contabilizar la puntuación, aunque sea con mi sobrino Iván y luego me deje ganar. Es jodido para nosotros, a pesar de que nos haga muy valiosos para llevar a cabo proyectos o seamos carne de empresa al ser medio infantiles a la hora de ser incentivados con objetivos.

Así que no sé ni siquiera correr por el parque sin mi ‘app’ para llevar el conteo de los kilómetros recorridos y el ritmo de cada uno de ellos. Tan es así que si olvido el móvil o se me cierra la aplicación a mitad de recorrido deja de tener sentido tanto esfuerzo.

Qué triste.

Cuando corro por Sevilla siempre comienzo en el mismo punto, justo en la zona del paseo Juan Carlos I frente a mi casa, entre la pasarela de la Cartuja y el puente de la Barqueta. El primer kilómetro, a una velocidad de ritmo creciente, se pasa rápido. Es el segundo el que se hace eterno; en este tramo cambia el tipo de suelo a mitad de camino, hay gran cantidad de gente, una pequeña rampa matadora, el recorrido hace una curva bajo el puente del Alamillo, donde suele aparecer una corriente fuerte de aire, y el final, una vez que te aproximas, no queda señalizado por ningún elemento el lugar que te haga saber cuándo la maquinita te va a dar por culminado ese segundo kilómetro.

En cambio el tercero se abre a lo grande, sin dificultad alguna. No hay obstáculos en el camino, puentes que atravesar ni rampas, el viento no te hace malas jugadas, hay mucha menos gente corriendo y la meta queda claramente marcada, desde el inicio, por la pasarela de San Jerónimo que se vislumbra desde el inicio en el horizonte.

Tardo el mismo tiempo en recorrer los dos.

jueves, noviembre 06, 2014

Abandono

Me gusta correr. Con todo lo que implica de sufrimiento y fuerza de voluntad. Correr por placer y en solitario, a mis ritmos, sin música e improvisando recorridos en el entorno perfecto de la orilla del Guadalquivir en la que tengo la suerte de vivir. Con todo lo que también supone de placer corporal y autoestima íntima por los pequeños logros conseguidos día tras día. Correr para evacuar estrés, pensar en uno mismo sin profundidades insanas y sudar la mala vida que presumo de disfrutar. Para beber cervezas sin mala conciencia y permitirme tartas de queso equivalentes a diez kilómetros rodeando el Alamillo. Para sentir el paso de las estaciones fuera de los cuatro muros del trabajo, para atravesar las noches frías de invierno y recrearme en las luminosas del verano sevillano.

No hay día, cuando salgo a correr, en que no haya un instante en que me plantee el abandono. Momentos en que el aire no me llega a los pulmones, en que me digo 'hasta aquí he llegado'; instantes en que mi 'yo' sensato responde al visceral que no hay ningún problema para frenarse en seco, apoyar las muñecas en las rodillas y respirar. Saberse con la libertad para detenerse en cualquier momento se convierte en el mejor acicate para seguir: ser consciente de la voluntariedad de ese placer cotidiano.

Por eso corro solo, para conservar intacta mi capacidad de sufrir y disfrutar al límite que yo decida.

El condicionante perfecto para desarrollar cualquier actividad o pasión es saberse libre para abandonarla en cualquier momento. Esa libertad de elección combinada con la fuerza de la convicción es el cóctel perfecto para un amante del 'running', o de cualquier afición que se tercie.

La libertad, bendita palabra.

Saber que uno puede retirarse es la mejor medicina para no renunciar. No recuerdo haberme parado nunca a mitad de camino, a pesar de habérmelo planteado siempre.

lunes, septiembre 23, 2013

Hogueras

En el remo, a diferencia de otros deportes, a tu esfuerzo, o desgana, le delatan las hogueras. Pegas la palada y en el agua queda una marca, un remolino de agua, que da cuenta de la fortaleza de cada empuje en función del diámetro que va dejando la estela sobre el río.

Chivatas las hogueras.

Mientras remas tú solo no hay con qué comparar, pero en cuanto tienes a compañeros sabes bien quién se escaquea, o es más débil, el que es irregular, el inconstante, el bravucón... Y te retratas tú.

Cuando se corre, en cambio, la hoguera queda en el aire. Nadie más que tú sabe si estás tirando o no, resultando sencillo dejarse ir, tranquilizando la conciencia del deber cumplido en esa obsesión moderna por controlar los kilos de más.

Es jodido el mundo de los corredores, en un continuo reto de hacer más kilómetros, más rápido, en lucha constante contra la pereza, peleándonos con los demonios que nos dicen que es absurdo ese galopar a ninguna parte, diablos que te ofrecen como espejismos cervezas, paseos, una buena cama, un libro...

En cada uno está el saber si se impulsa con los talones o sólo los utiliza para apoyarse, como en la vida misma. Cada cual encuentra su motivación última para sentirse bien en su propio cuerpo, por uno mismo, por lo que quieres ofrecer de ti, o por un poco de todo ello. Nadie es tan seguro ni tan mezquino.

En uno está saber si hay fuerza y convicción, o si trotamos para creernos vivos, o si somos simplemente mortales de andar por casa.

¡Qué duro es arrancar y qué placentera la ducha del victorioso!