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sábado, octubre 22, 2022

Impaciente

Entre las muchos defectos que trato de corregir, está mi eterna impaciencia.

Es cierto que los años ayudan a mirar las cosas con ojos más calmados, pero aún así siempre hay tics que me delatan y me llevan a reflexionar por qué me entra cierta ansiedad cuando una persona tarda más de la cuenta en pagar en la caja del supermercado o en arrancar el coche tras un semáforo en rojo.

Me he criado en una familia así, con un toque de ansiedad en el día a día que no es nada bueno para la salud.

Hay veces en las que me veo a la carrera sin ninguna necesidad de correr.

El tiempo ayuda, eso sí, a entender que los ritmos son calidad de vida cuanto menos se aceleran. Ésa es la primera condición para cambiar, saber cómo no quieres ser. La segunda condición es voluntad de actuar diferente, respirar más hondo, preguntarte a cada asalto de las prisas, qué tengo tan urgente por hacer. 

miércoles, abril 20, 2022

Malhablados

Qué miedo da quien habla mal de todo el mundo.

Más miedo aún cuando a esa persona la quieres, a ese incansable criticón.

A mí me gusta ponerles su propio espejo y explicarles el mal rollo que dan al no perdonar un defecto en el otro, pero mis intentos son vanos porque aparece la justificación.

—¿No lo has visto con tus propios ojos?

Todos vemos con nuestros ojos defectos en los demás. Muchísimos. No hay quien se salve.

A mí no me gusta llevar el ejercicio a preguntarle:

—¿Es que no te has visto tú a ti?

Porque es cruel y peca de soberbia, sobre todo cuando yo sé cuántas cosas en mí no funcionan. Y es que yo conmigo no tengo postureos que me liberen de mi mirada crítica, ni me puedo camelar a mí mismo ni mirar para otro lado. No hay un solo comportamiento básico en el que yo no haya fallado más de una vez. Y me perdono, para poder convivir conmigo.

Es sanísimo buscar las virtudes de aquel que te decepciona, contar hasta diez antes de ponerlo a parir, mirar en ti si no hay algo de eso malo que ves en la otra persona, analizar si es bueno para ti que te vean como un generador de listas infinitas de defectos con los que, seguro, alguna vez te manchaste.

Si alguien te disgusta tanto, aléjate, ignóralo, deja que desaparezca. Al criticar, con acidez, todo el tiempo, entras en el terreno de las personas que acuchillan por la espalda. Y no hay nada peor que no ser una persona de fiar.



domingo, octubre 24, 2021

chocos

Tu hermana es una enamorada de los chocos. 

¿Qué hermana? pregunto yo.

Raquel me contesta Fran, incrédulo con mi despiste.

A veces tengo la sensación de que la vida pasa a mi lado sin enterarme. Tan entrometido en mi mundo estoy que se me escapan las cosas terrenales. 

Cuando yo, además, presumo para mí mismo de lo contrario, de observar la vida con pasión. A mi hermana, a los chocos y a las lámparas del bar donde nos los tomamos.

Siento admitir que no soy tan guay como quiero ser, ni tan despierto, ni tan en el mundo. Mi universo interior emborrona muchas veces mi mirada hacia lo que ocurre ahí afuera.

Hoy tenemos setas nos decían el otro día en un bar de pueblo. 

¡Mi plato favorito! exclamó Fran.

Pero, ¿desde cuándo te han gustado a ti las setas? le pregunté. 

sábado, octubre 23, 2021

Interruptores

Tengo tres interruptores sobre mi mesilla de noche.

Uno enciende mi lámpara de lectura, el otro la luz del techo y el tercero unos grandes focos que Fran instaló para cuando necesitamos ver de verdad.

No hay noche en la que, al dejar de leer, momento en el que suelo estar grogui, dude de cuál es el que apaga mi lamparilla. 

Entonces empieza el festival de luces, porque nunca doy con el bueno a la primera, y termino por tirar el móvil, dejar caer el libro y despertar a Fran.

Es en ese momento, cada noche, cuando me duermo prometiéndome que estableceré una regla para nunca más olvidar cuál de los tres es el que debo pulsar. Tanto es así que los tres interruptores se me aparecen en sueños con los usos más inesperados, en ocasiones equivocarme implica activar la silla eléctrica de alguien que no me cae bien.

Lo cierto es que, con la luz del día, cuando me asalta la idea de cómo hacer para distinguir cada uno de ellos, me planto. No quiero. 

Me parece tremendamente tierno reprocharme cada día el ser tan torpe.

viernes, octubre 01, 2021

Pata

De nada vale arrepentirse de los cristales rotos.

Ya la copa se rompió. ¿De qué sirve martirizarte con no haber dirigido bien el giro de tu brazo al recoger la mesa?

Yo no soy de darme latigazos innecesarios, la vida transcurre sin pausa en escenarios que no son corregibles. Vamos caminando y nos equivocamos, metemos la pata, descuidamos movimientos que se supone que controlamos.

Si la copa se rompe, tomemos la escoba y recojamos los cristales. No hay que paralizarse por movimientos torpes que hubiéramos sabido controlar. 

Amemos nuestras equivocaciones, porque son nuestros defectos los que nos hacen humanos. Las copas se vuelven a comprar, aunque no sean las mismas, las manchas, más o menos, se limpian, los arañazos en el coche por un mal aparcamiento no son sino rayones. 

Si tropezamos, soltemos una sonrisa. Somos un desastre, ¿y qué?

Me aburre la gente perfecta.

martes, agosto 17, 2021

Insoportables

Tengo un problema muy serio: hay gente a la que no soporto.

Se cuentan con los dedos de una mano, pero ahí están.

El problema es real, porque son personas que no me han hecho nada malo ni han cometido ninguna tropelía.

Me siento como cuando un perro reacciona gruñendo cuando se le acerca alguien determinado. Igual. Una sensación de puro instinto que nace desde las tripas. No me gusta esa sensación.

Al ser una característica de mí que no me gusta, hago por reprimírmela y trabajarla. Me llevo mal con lo irracional. De hecho, algunas veces que a mis buenos amigos les he comentado que no puedo con tal o tal persona, ellos me han hecho ver que no hay argumentos.

Salva, de verdad, no es mal tío.

Yo trato de ser cordial, dejo los suspiros para después, pero es cierto que si estoy en la máquina de café y los veo acercarse, huyo. Cuando se sientan a charlar conmigo, me levanto para acelerar la conversación. Si me llaman por teléfono, no respondo y les envío un wasap seco. Es escucharlos reír y me pongo enfermo.

Lo preocupante es que no se dan cuenta de mi estúpida repulsión hacia ellos, lo que incrementa aún más mis ganas de tenerlos lejos.

martes, abril 06, 2021

Perfección

Para muchos la vida es una lucha continua contra la imperfección.

Yo antes me incluía en esa categoría, era de los que navegaba entre los proyectos nuevos y los propósitos de enmienda. 

Ya desde pequeñito, cada noche, me acostaba con los compromisos en mi cabeza de lo que, sí o sí, iba a hacer al día siguiente. Luego venía la pereza, las distracciones, los mosqueos, las limitaciones que hacían que me acostara con la frustración de no cumplir nunca mis metas.

Nos falta integrar nuestras imperfecciones, o nuestra realidad, en las empresas que abordamos.

Desde el momento en que asumimos que no todo va a salir bien los pulmones se abren. Y cuando la respiración empieza a ser más relajada comenzamos a ser más creativos.

Es un coñazo plantear la vida en términos de calificaciones, no debemos evaluarnos a diario ni obsesionarnos por comparaciones con otros que lo hagan mejor.

Siempre habrá quien lo haga mejor que tú en cualquier campo en el que te impliques, pero nadie hará las cosas como tú.

Nuestra vida no es una competición, ni pasamos revista ante ningún teniente coronel.

En cuanto nos quitamos esa carga, podemos volar, aunque sea a ras del suelo.

sábado, febrero 06, 2021

Estrabismo

Apenas recuerdo que yo era bizco.

Me daban, como juguete, un aparato rojo para ver diapositivas en tres dimensiones. Yo no veía esa tercera dimensión.

Debía provocar una mezcla de dulzura y tristeza en mi madre verme con ese parche en uno de los cristales de mis gafas.

Su hijo tiene un ojo vago.

Hubo un día, yo tendría diez años, en que me llevaron a un hospital para operarme. Apenas recuerdo la bata azul, un gran foco iluminándome y mi madre tomándome la mano.

Todo va a ir bien, Borete.

No entendía muy bien las conversaciones, el músculo que tenían que coser, la sangre en las curas, el ojo  rojo y los días sin colegio.

Muchas veces, cuarenta años después, me tapo los ojos alternativamente cuando leo novelas en mi cama para averiguar cuál era el ojo vago. Me miro al espejo para comprobar cuál es el más pequeño. Trato de ver una cicatriz que nunca encuentro.

Fran me dice que le erotiza verme aún bizquear cuando soplo la sopa caliente, enamorado del niño frágil que un día fui.

La anestesia perdió su efecto y ahí estaba mi madre. Ya las gafas y los complejos pasaron para siempre.

Me agarró como a un muñeco y me abrazó.

Ya todo pasó.

miércoles, diciembre 09, 2020

Conexión

Me encanta la gente que no es como yo.

Porque soy pudoroso se me cae la baba con quien no tiene vergüenza, porque soy profundo me divierto como un niño chico con la gente frívola, porque no sé contar chistes pierdo pie con quien tiene gracia.

Enumero mis carencias y busco en los otros cómo suplantarlas cuando socializo.

Llegado a una edad uno sabe lo que le hubiera gustado ser y no será. Yo lo sé sin frustraciones. Tanto como aprecio mis virtudes.

Así que me derrito con quien es valiente, con quien es gracioso, con quien no guarda rencores, con el que no se toma la vida a la tremenda, con quien se ríe de su sombra. Me maravillan los que se emocionan con un perro, quien vive con dos duros, quien pasea cada tarde, quien se disfraza, quien dibuja retratos eternos con tizas de colores; muero con los que cuidan a enfermos, con quienes pasan tardes de verano frente al sol, quienes saben de música, quienes enseñan con paciencia, quienes cocinan lento. Me enamoran las risas amplias, las caricias largas, la lágrima fácil; me vuelve loco el que presume de michelines, quien no es disciplinado, el que se deja convencer, el que lee poesía. Me chiflan aquéllos a quienes les da igual lo que yo piense de ellos.

Me enamora quien se levanta y dice ¿quieres bailar conmigo?

viernes, agosto 21, 2020

Rayado

Una de las personas que más me quiere en este mundo vive en Huelva.

Se llama Mariángeles y nuestro amor es incondicional. Nos queremos, nos escuchamos, nos protegemos.

El otro día, apurada, me escribió. Ella lee mis textos en las redes sociales y no se manifiesta. Ella sabe en todo momento dónde estoy, pero no lo dice. No hace falta pensar igual para quererse mucho. Somos planetas diferentes en un universo sólo nuestro.

'Salva, no quiero molestarte, pero has escrito esto...'

Y me enviaba un pantallazo de uno de mis textos con una falta de ortografía como una casa. 

'Creo que pan rallado no es con y'.

Pues claro que no. Se me había pasado. Me entró un cierto acaloramiento y lo corregí rápidamente.

Son muchos los despistes, pero no quise excusarme. Menos ante ella. Uno se equivoca y corrige. 

Tendemos a buscar excusas. Son las prisas, soy medio disléxico, es el corrector... No. Me he equivocado y punto.

Admitir los errores sin matices es una forma sana de sudar nuestras imperfecciones.

'Gracias, Mariángeles', le contesté, 'ya está corregido'.

Aproveché entonces para decirle que me alegraba saber que me leía. Y que seguía cuidando de mí.

viernes, febrero 16, 2018

Dentro

Una pregunta recurrente que se nos hace a la gente que escribimos es identificar cuánto de nosotros hay en las experiencias que narramos, cuántos de nuestros personajes son gente conocida, en un intento naif de justificar ante sus ojos las ganas que podamos tener de contar historias.

No se suele narrar la vida de gente plana, mis novelas se llenan de protagonistas con aristas, los conflictos al límite se entrecruzan y acabo por preguntarme, como un lector más de mí mismo, inmerso en la construcción de esos mundos que objetivamente no son los míos, dónde encontré la chistera de donde sacar tanto conejo.

No dudo que todos los defectos están en mí, y todas las virtudes; todas las perversiones están en mí. Los intentos de gritar, de abandonar, de amar; la vanidad, el remordimiento, el viejo que aún no soy, el niño que fui; los complejos, la desfachatez, la bondad perfecta y el rencor. Todo está en mí y en el grado en que yo lo quiera encontrar. Sólo tengo que concentrar todas las lupas, hacerme con los más precisos audífonos, buscar la calma absoluta, olvidarme del mí actual, conseguir bisturís de extraperlo y maniobrar por ahí dentro a la captura de esos infinitos personajes que tengo por ahí danzando; darles su espacio, acariciarlos, reírme con ellos y de ellos al tiempo que me río de mí, me condeno y me perdono, dejo los pudores arrumbados entre cerrojos para concentrarme en el pomposo disfrute de construir frankensteins creíbles con retazos del volcán que todos llevamos dentro.


viernes, enero 05, 2018

Orejitas

Soy consciente de mi amplio sentido del ridículo, quizás alimentado desde la niñez por mi padre, especialmente reacio a disfraces, desnudos y payasadas; algo que contrastaba con su carácter abierto y alegre. Que el pudor sea algo común a sus hijos debe implicar que nos inculcó esa suerte de recato en lo más interno de nuestro subconsciente.

Si a eso le añadimos, en mi caso, lo poco dado que soy a la frivolidad, se conjura en mí la receta perfecta para mantenerme totalmente ajeno a personajes, programas y tendencias que abundan en el recurso al esperpento.

Ser así no implica querer serlo, porque los miedos al ridículo seguro que están cargados de prejuicios y la crítica interiorizada a quien no tiene vergüenza puede que implique cierta envidia por tener tantos fantasmas en la cabeza.

Una vez en mi vida decidí ir a una fiesta de disfraces, temática para más inri. La fiesta del terror. Hace más de diez años. Como sólo consiguieron convencerme en el último minuto, no había disfraz para mí. Fran se acercó a Pichardo antes de que me arrepintiese y se hizo con el traje de 'la muerte eterna'. Le costó diez euros e implicaba un kit de maquillaje. Cara blanca con trazos rojos.

Hice por liquidar todas las fotos de esa noche en las que yo aparecía, porque me lo pasé tremendamente bien hasta que me vi retratado. Entre todos los monstruos aparecía Sara Montiel. Y ese ser pálido de túnica negra no era ella, sino yo.

Ahora veo en las redes sociales a la gente poniéndose orejitas y narices de chimpancé, o de cerditos. Y sigo sin entender la gracia. Aparto las imágenes rápido con cierto sonrojo ajeno, intentando olvidar quiénes son para no grabarme estampas que no quiero retener.

Hasta que el otro día abrí Instagram y apareció mi sobrino Iván con las orejas y la nariz de lo que debía ser un conejo.

¿De dónde ha salido este niño?


miércoles, diciembre 13, 2017

Gamberros

Hay actitudes que dan la vida y entre ellas está la poca vergüenza. Siempre me he sentido atraído por gente gamberra, de risa fácil y pudor escaso. Una forma inconsciente, tal vez, de cómo querría ser yo y no alcanzo a imaginar.

No tiene que ver con faltas de respeto ni frivolidades, sino con la íntima convicción de que la vida es más sana cuando se vive sin complejos. Hay algo en mí, por ejemplo, que me hace parecer, sin ser cierto, emocionalmente distante de las personas que más quiero. Esa barrera estúpida del autocontrol que, llevada a extremos, tanto daño hace al intangible del cariño verdadero.

Porque no sólo basta con querer, que yo quiero mucho, sino mostrar en gestos aparentemente sencillos, y siempre gratis, la devoción real por aquéllos que me importan.

Quitar esa coraza es tarea ímprova, pero saber que te constriñe ya es un paso clave para buscarle las costuras.

Recuerdo hace muchos años que Anchoa, mi entrenador de remo, me dijo:

-Borete, qué gracioso eres cuando te sueltas.

Pero el Borete se suelta poco, aún consciente de lo que gana abriendo la sonrisa escondida de los mejores momentos.

miércoles, julio 19, 2017

Azul

Estaba de Rodríguez la semana pasada. Con la nevera vacía, salí a pasear cuando el calor dio tregua, ya bien entrada la noche. El cuerpo me pedía algo frío y recordé un bar de la calle San Eloy donde tomar un plato de gambas y una cerveza, que me supieron deliciosas.

Tiré de vuelta por esa misma calle dirección a la Campana. A cien metros vi un grupo de mujeres con petos azules sacando material de una maleta. Me fui acercando y comprobé que eran tápers con comida. Las mujeres, por su vestimenta y el cardado del pelo, parecían de clase alta. Superaban los sesenta años.

Al avanzar, descubrí que bajo los soportales había un grupo de indigentes tendidos sobre mantas y plásticos. Ellas les repartían comida, ofrecían vasos de plástico con agua. Justo al pasar a su altura, uno de estos hombres, viejo, ajado, malhumorado, les tiró el táper, que estalló, contra los pies de las señoras.

Ellas se miraron sin rechistar y, glups, me miraron a mí.

Yo pasaba por ahí, como invitado de piedra, sin derecho a opinar, infiltrado, sintiéndome muy pequeñito al lado de esos inmensos petos azules.

miércoles, abril 05, 2017

Indulgencia

No olvidaré el artículo de una jueza en una revista dominical: 'no hay que llamarse a engaños, hay gente mala malísima'.

Es cierto que en la vida estamos, casi todos, en una carrera loca por escapar del influjo de lo negro, lo dañino, de las personas que sabes que te la pueden jugar porque necesitan hacer sangre para saciar su odio a la vida. ¡Pero son pocas! Ocurre que, cuando algún hecho lamentable se produce, miramos al colectivo como envenenado, cuando son dos los que ponen las bombas.

Yo he conocido gente mala, no sé si malísima. He construido mis relaciones evitando la compañía de este tipo de personajes esquizofrénicos, que se regodean en las disculpas de los males cometidos para volver a pegártela en cuanto vuelves a su redil. Me vienen al menos dos caras a la cabeza. Pero no más.

Con el resto, donde me incluyo, practico la indulgencia. Me enternece, en cierta medida, la imperfección humana. Cuando coges una mentira, o te cogen en un renuncio; los sentimientos contradictorios, las promesas incumplidas, los falsos propósitos sinceros, la mentira piadosa; el creerte más de lo que eres, en nuestros millones de particulares centros del universo; las lágrimas de cocodrilo, los golpes en el pecho exagerados, las maldiciones de boquilla.

Nos debemos un poco de indulgencia, a nosotros mismos, humanos defectuosos que nos pretendemos dioses, que vivimos nuestra existencia caduca con la dignidad propia de quien no quiere entender que somos una efímera partícula volando en lo inmenso de la eternidad.

sábado, febrero 11, 2017

Excusas

La dignidad es necesaria, la humildad aún más.

Somos, los humanos, expertos en excusarnos. Nos disgusta admitir el error propio. 

Tengo en mi mente numerosos ejemplos de meteduras de pata imperdonables con terceras personas en las que estuve, como poco, desacertado, en muchas ocasiones injusto; situaciones en las que utilicé la información a mi conveniencia, para jugar a mi favor.

Mi mente, cuando acudía a esos recuerdos, tendía a encontrar el argumento para justificar mi conciencia. 'Le grité porque me gritó', 'lo ridiculicé porque se lo merecía', 'lo desprecié porque me falló'.

Llevo tiempo dedicado a trabajar el perdón propio, que no pasa sino por practicar una acción bien simple, nada costosa. Cuando alguien critique algo en mí que está mal, debo admitirlo. No es cuestión de hacerlo por santidad, sino por egoísmo. Buscar los 'es que...', los 'sí, pero...', los 'déjame que te explique...' son esfuerzos que me ennegrecen, consumen mi energía y desbordan mis principios.

'Salva, no es justo cómo me has hablado'.

'Tienes razón. Lo siento'.

Es egoísta, porque lo hago principalmente por mí. Sale gratis, purificas tu corazón y sacas una sonrisa sin pliegues en la persona que se interesa, seguramente sin saberlo, por hacerte crecer.

lunes, enero 25, 2016

Asumir

Asumir es un verbo que suena mal, pero aún chirría más en los oídos cuando se conjuga en la primera persona del singular, por cuanto nos lleva a enfrentar de cara la parte de la vida que nos desagrada y sobre la que no tenemos dominio.

Es un buen principio para desentumecer los complejos el aprender a ejercitarse en el arte de la asunción.

Todos nacemos con incapacidades.

Yo hubiera querido ser un portento como deportista, tener más pelo, medir diez centímetros más, saber cantar, ser más frívolo o tener a mi madre a mi lado.

La parte más compleja de este juego es establecer la frontera entre aquello sobre lo que sí o no tenemos capacidad de interferir para hacernos más grandes como personas. Una vez que la criba está hecha, lo demás debe quedar en el campo de lo que debemos integrar como parte nuestra.

Hay condicionantes físicos, de nuestro entorno o emocionales que están con nosotros para quedarse. Siempre. La mejor forma de convivir con aspectos de nosotros que no nos gustan es aprender a apreciarlos, saber que nuestras pequeñas taras corporales o las limitaciones de nuestro círculo más cercano no deben ser óbice para no potenciar todo lo que de nosotros sí es brillante y capaz de crecer.

Asumir lo que no hubiésemos elegido no tiene por qué saber a derrota, ya que eliminar obstáculos que nos hacen ir más lentos debe convertirse en nuestra mejor victoria.

viernes, enero 15, 2016

Claxon

Llegar a mi calle Santa Clara desde Torneo es fácil si conoces un atajo que te saca por una parte de dirección inesperada en Lumbreras, giro por Mendigorría a la derecha y te introduces por Álvaro de Bazán a la izquierda, una pequeña calle empedrada donde nació ese bailarín llamado Antonio cuyo mausoleo tiene copada media entrada del cementerio de Sevilla.

Mi espíritu agonía por apurar los tiempos me hace llegar más de una vez con prisas a casa, y este callejón es un lugar del mundo donde los tiempos se detienen. El hecho de ser una calle poco transitada parece dar derecho a sus vecinos para bloquearlo con sus coches y charlar, descargar o esperar a un familiar, como si fuese el peaje a pagar por aquéllos que lo profanamos.

Soy impaciente, defecto grave, pero evito mostrarlo en el coche. Mis años de conducción entre los atascos infumables de París me enseñó a ser educado, y flemático, al volante. Basta con que me hagan un gesto de disculpa para ponerme a jugar con las emisoras en el coche, organizar la guantera o trastear un rato las noticias en el móvil.

Es suficiente un guiño, una sonrisa, una mano levantada, una subida de hombros, un moverse de prisa...

Si no hay nada, ni un gramo insignificante de disculpa por hacerme pagar el peaje, entonces toco el claxon.

miércoles, diciembre 23, 2015

Defectuoso

Es tan desagradable como sano reconocerse defectuoso.  Que te relaten tus puntos flacos mirándote a los ojos es jodido, pero si lo hace quien bien te quiere esa crítica se convierte en una palanca de crecimiento enorme. Aspirar a la perfección es humano, asumir que nunca se consigue también; de ahí que sea importante trabajar tanto el camino para llegar a ella como la asunción de nuestra realidad mundana.

Y en qué consiste ser defectuoso, me planteo. En no alcanzar el equilibrio de lo que uno espera de sí mismo, me respondo.

Si yo admitiera, entonces, que mi grado de perfección va unido a mi objetivo vital, podría concluir que esa idea de excelencia tendría mucho que ver con la legítima aspiración a ser feliz; lo que me plantea un nuevo dilema: quien espera poco de sí mismo tiene cercana la satisfacción personal. La felicidad de los tontos.

Cuanto más queremos crecer, más lejana colocamos la meta. Puede deducirse entonces que cuanto más nos exigimos más infelices nos hacemos o, razonado a la inversa, cuanto menos nos importe el mundo y nuestro papel en él, más fácil será vivir en paz.

Es a estas alturas de mi relato cuando me rebelo, y cuando me digo que la felicidad no está en la meta y en la consecución de los sueños, sino en disfrutar del proceso que supone vivir para tratar de convertirte en esa persona interesante, lúcida, generosa, humilde, leal, brillante y atractiva en que nunca te transformarás.

viernes, febrero 07, 2014

Manía

Aunque uno sabe que es de poco inteligente, a veces resulta imposible no sentir repulsión ante una carcajada falsa, un tono de voz agudo, una expresión repetitiva determinada o, incluso, unos hábitos específicos cuando de personas concretas se trata.

Admiro, por tanto, a quien tiene la capacidad de no alimentar pensamientos miserables y obvia la presencia en su mundo cercano de gente que le resultaría, de prestar atención a ella, desagradable.

Sé que con el tiempo es una sensación que consigo controlar y que en ningún caso pierdo un minuto de sueño por el tema, pero sí, hay gente a la que le tengo tirria, que me desagrada, que sólo con oírla hablar a pocos metros de distancia me repele.

No creo que se coja manía de buenas a primeras. Suele haber un motivo primero que justifica el daño, algún comentario agresivo o una pequeña traición que provoca el reproche instintivo ante su presencia. De hecho, cuando pienso en esas escasas personas que me mosquean, suelo encontrar la causa de por qué un día comenzaron a resultarme desagradables ciertas nimiedades. El problema más complejo de atacar es cuando no sabes identificar el porqué original de esa repulsa.

Lo que sé, definitivamente, es que es de tontos perder un minuto reflexionando sobre aquéllos que no te aportan nada. Y, como no me considero tonto, escribo esto como conjura para aprender a ser menos talibán y cultivar el sabio arte de ponerme filtros que me protejan de esas carcajadas falsas, voces impostadas, chistes arcaicos, comentarios casposos, miradas perdonavidas, levantamientos de cejas varios, tocamientos de nariz, frases rimbombantes, consejos no pedidos, malos humores perennes y recolocación de genitales continuos de gente muy concreta con la que me cruzo a diario.

Porque si alguien leyera mi cerebro podría pensar que soy excesivamente simple, susceptible, egocéntrico y rencoroso... Y no lo soy (tanto).