sábado, octubre 22, 2022
Impaciente
miércoles, abril 20, 2022
Malhablados
domingo, octubre 24, 2021
chocos
sábado, octubre 23, 2021
Interruptores
viernes, octubre 01, 2021
Pata
martes, agosto 17, 2021
Insoportables
martes, abril 06, 2021
Perfección
sábado, febrero 06, 2021
Estrabismo
miércoles, diciembre 09, 2020
Conexión
viernes, agosto 21, 2020
Rayado
Una de las personas que más me quiere en este mundo vive en Huelva.
Se llama Mariángeles y nuestro amor es incondicional. Nos queremos, nos escuchamos, nos protegemos.
El otro día, apurada, me escribió. Ella lee mis textos en las redes sociales y no se manifiesta. Ella sabe en todo momento dónde estoy, pero no lo dice. No hace falta pensar igual para quererse mucho. Somos planetas diferentes en un universo sólo nuestro.
'Salva, no quiero molestarte, pero has escrito esto...'
Y me enviaba un pantallazo de uno de mis textos con una falta de ortografía como una casa.
'Creo que pan rallado no es con y'.
Pues claro que no. Se me había pasado. Me entró un cierto acaloramiento y lo corregí rápidamente.
Son muchos los despistes, pero no quise excusarme. Menos ante ella. Uno se equivoca y corrige.
Tendemos a buscar excusas. Son las prisas, soy medio disléxico, es el corrector... No. Me he equivocado y punto.
Admitir los errores sin matices es una forma sana de sudar nuestras imperfecciones.
'Gracias, Mariángeles', le contesté, 'ya está corregido'.
Aproveché entonces para decirle que me alegraba saber que me leía. Y que seguía cuidando de mí.
viernes, febrero 16, 2018
Dentro
No se suele narrar la vida de gente plana, mis novelas se llenan de protagonistas con aristas, los conflictos al límite se entrecruzan y acabo por preguntarme, como un lector más de mí mismo, inmerso en la construcción de esos mundos que objetivamente no son los míos, dónde encontré la chistera de donde sacar tanto conejo.
No dudo que todos los defectos están en mí, y todas las virtudes; todas las perversiones están en mí. Los intentos de gritar, de abandonar, de amar; la vanidad, el remordimiento, el viejo que aún no soy, el niño que fui; los complejos, la desfachatez, la bondad perfecta y el rencor. Todo está en mí y en el grado en que yo lo quiera encontrar. Sólo tengo que concentrar todas las lupas, hacerme con los más precisos audífonos, buscar la calma absoluta, olvidarme del mí actual, conseguir bisturís de extraperlo y maniobrar por ahí dentro a la captura de esos infinitos personajes que tengo por ahí danzando; darles su espacio, acariciarlos, reírme con ellos y de ellos al tiempo que me río de mí, me condeno y me perdono, dejo los pudores arrumbados entre cerrojos para concentrarme en el pomposo disfrute de construir frankensteins creíbles con retazos del volcán que todos llevamos dentro.
viernes, enero 05, 2018
Orejitas
Si a eso le añadimos, en mi caso, lo poco dado que soy a la frivolidad, se conjura en mí la receta perfecta para mantenerme totalmente ajeno a personajes, programas y tendencias que abundan en el recurso al esperpento.
Ser así no implica querer serlo, porque los miedos al ridículo seguro que están cargados de prejuicios y la crítica interiorizada a quien no tiene vergüenza puede que implique cierta envidia por tener tantos fantasmas en la cabeza.
Una vez en mi vida decidí ir a una fiesta de disfraces, temática para más inri. La fiesta del terror. Hace más de diez años. Como sólo consiguieron convencerme en el último minuto, no había disfraz para mí. Fran se acercó a Pichardo antes de que me arrepintiese y se hizo con el traje de 'la muerte eterna'. Le costó diez euros e implicaba un kit de maquillaje. Cara blanca con trazos rojos.
Hice por liquidar todas las fotos de esa noche en las que yo aparecía, porque me lo pasé tremendamente bien hasta que me vi retratado. Entre todos los monstruos aparecía Sara Montiel. Y ese ser pálido de túnica negra no era ella, sino yo.
Ahora veo en las redes sociales a la gente poniéndose orejitas y narices de chimpancé, o de cerditos. Y sigo sin entender la gracia. Aparto las imágenes rápido con cierto sonrojo ajeno, intentando olvidar quiénes son para no grabarme estampas que no quiero retener.
Hasta que el otro día abrí Instagram y apareció mi sobrino Iván con las orejas y la nariz de lo que debía ser un conejo.
¿De dónde ha salido este niño?
miércoles, diciembre 13, 2017
Gamberros
Hay actitudes que dan la vida y entre ellas está la poca vergüenza. Siempre me he sentido atraído por gente gamberra, de risa fácil y pudor escaso. Una forma inconsciente, tal vez, de cómo querría ser yo y no alcanzo a imaginar.
No tiene que ver con faltas de respeto ni frivolidades, sino con la íntima convicción de que la vida es más sana cuando se vive sin complejos. Hay algo en mí, por ejemplo, que me hace parecer, sin ser cierto, emocionalmente distante de las personas que más quiero. Esa barrera estúpida del autocontrol que, llevada a extremos, tanto daño hace al intangible del cariño verdadero.
Porque no sólo basta con querer, que yo quiero mucho, sino mostrar en gestos aparentemente sencillos, y siempre gratis, la devoción real por aquéllos que me importan.
Quitar esa coraza es tarea ímprova, pero saber que te constriñe ya es un paso clave para buscarle las costuras.
Recuerdo hace muchos años que Anchoa, mi entrenador de remo, me dijo:
-Borete, qué gracioso eres cuando te sueltas.
Pero el Borete se suelta poco, aún consciente de lo que gana abriendo la sonrisa escondida de los mejores momentos.
miércoles, julio 19, 2017
Azul
Tiré de vuelta por esa misma calle dirección a la Campana. A cien metros vi un grupo de mujeres con petos azules sacando material de una maleta. Me fui acercando y comprobé que eran tápers con comida. Las mujeres, por su vestimenta y el cardado del pelo, parecían de clase alta. Superaban los sesenta años.
Al avanzar, descubrí que bajo los soportales había un grupo de indigentes tendidos sobre mantas y plásticos. Ellas les repartían comida, ofrecían vasos de plástico con agua. Justo al pasar a su altura, uno de estos hombres, viejo, ajado, malhumorado, les tiró el táper, que estalló, contra los pies de las señoras.
Ellas se miraron sin rechistar y, glups, me miraron a mí.
Yo pasaba por ahí, como invitado de piedra, sin derecho a opinar, infiltrado, sintiéndome muy pequeñito al lado de esos inmensos petos azules.
miércoles, abril 05, 2017
Indulgencia
Es cierto que en la vida estamos, casi todos, en una carrera loca por escapar del influjo de lo negro, lo dañino, de las personas que sabes que te la pueden jugar porque necesitan hacer sangre para saciar su odio a la vida. ¡Pero son pocas! Ocurre que, cuando algún hecho lamentable se produce, miramos al colectivo como envenenado, cuando son dos los que ponen las bombas.
Yo he conocido gente mala, no sé si malísima. He construido mis relaciones evitando la compañía de este tipo de personajes esquizofrénicos, que se regodean en las disculpas de los males cometidos para volver a pegártela en cuanto vuelves a su redil. Me vienen al menos dos caras a la cabeza. Pero no más.
Con el resto, donde me incluyo, practico la indulgencia. Me enternece, en cierta medida, la imperfección humana. Cuando coges una mentira, o te cogen en un renuncio; los sentimientos contradictorios, las promesas incumplidas, los falsos propósitos sinceros, la mentira piadosa; el creerte más de lo que eres, en nuestros millones de particulares centros del universo; las lágrimas de cocodrilo, los golpes en el pecho exagerados, las maldiciones de boquilla.
Nos debemos un poco de indulgencia, a nosotros mismos, humanos defectuosos que nos pretendemos dioses, que vivimos nuestra existencia caduca con la dignidad propia de quien no quiere entender que somos una efímera partícula volando en lo inmenso de la eternidad.
sábado, febrero 11, 2017
Excusas
lunes, enero 25, 2016
Asumir
Es un buen principio para desentumecer los complejos el aprender a ejercitarse en el arte de la asunción.
Todos nacemos con incapacidades.
Yo hubiera querido ser un portento como deportista, tener más pelo, medir diez centímetros más, saber cantar, ser más frívolo o tener a mi madre a mi lado.
La parte más compleja de este juego es establecer la frontera entre aquello sobre lo que sí o no tenemos capacidad de interferir para hacernos más grandes como personas. Una vez que la criba está hecha, lo demás debe quedar en el campo de lo que debemos integrar como parte nuestra.
Hay condicionantes físicos, de nuestro entorno o emocionales que están con nosotros para quedarse. Siempre. La mejor forma de convivir con aspectos de nosotros que no nos gustan es aprender a apreciarlos, saber que nuestras pequeñas taras corporales o las limitaciones de nuestro círculo más cercano no deben ser óbice para no potenciar todo lo que de nosotros sí es brillante y capaz de crecer.
Asumir lo que no hubiésemos elegido no tiene por qué saber a derrota, ya que eliminar obstáculos que nos hacen ir más lentos debe convertirse en nuestra mejor victoria.
viernes, enero 15, 2016
Claxon
Mi espíritu agonía por apurar los tiempos me hace llegar más de una vez con prisas a casa, y este callejón es un lugar del mundo donde los tiempos se detienen. El hecho de ser una calle poco transitada parece dar derecho a sus vecinos para bloquearlo con sus coches y charlar, descargar o esperar a un familiar, como si fuese el peaje a pagar por aquéllos que lo profanamos.
Soy impaciente, defecto grave, pero evito mostrarlo en el coche. Mis años de conducción entre los atascos infumables de París me enseñó a ser educado, y flemático, al volante. Basta con que me hagan un gesto de disculpa para ponerme a jugar con las emisoras en el coche, organizar la guantera o trastear un rato las noticias en el móvil.
Es suficiente un guiño, una sonrisa, una mano levantada, una subida de hombros, un moverse de prisa...
Si no hay nada, ni un gramo insignificante de disculpa por hacerme pagar el peaje, entonces toco el claxon.
miércoles, diciembre 23, 2015
Defectuoso
Y en qué consiste ser defectuoso, me planteo. En no alcanzar el equilibrio de lo que uno espera de sí mismo, me respondo.
Si yo admitiera, entonces, que mi grado de perfección va unido a mi objetivo vital, podría concluir que esa idea de excelencia tendría mucho que ver con la legítima aspiración a ser feliz; lo que me plantea un nuevo dilema: quien espera poco de sí mismo tiene cercana la satisfacción personal. La felicidad de los tontos.
Cuanto más queremos crecer, más lejana colocamos la meta. Puede deducirse entonces que cuanto más nos exigimos más infelices nos hacemos o, razonado a la inversa, cuanto menos nos importe el mundo y nuestro papel en él, más fácil será vivir en paz.
Es a estas alturas de mi relato cuando me rebelo, y cuando me digo que la felicidad no está en la meta y en la consecución de los sueños, sino en disfrutar del proceso que supone vivir para tratar de convertirte en esa persona interesante, lúcida, generosa, humilde, leal, brillante y atractiva en que nunca te transformarás.
viernes, febrero 07, 2014
Manía
Admiro, por tanto, a quien tiene la capacidad de no alimentar pensamientos miserables y obvia la presencia en su mundo cercano de gente que le resultaría, de prestar atención a ella, desagradable.
Sé que con el tiempo es una sensación que consigo controlar y que en ningún caso pierdo un minuto de sueño por el tema, pero sí, hay gente a la que le tengo tirria, que me desagrada, que sólo con oírla hablar a pocos metros de distancia me repele.
No creo que se coja manía de buenas a primeras. Suele haber un motivo primero que justifica el daño, algún comentario agresivo o una pequeña traición que provoca el reproche instintivo ante su presencia. De hecho, cuando pienso en esas escasas personas que me mosquean, suelo encontrar la causa de por qué un día comenzaron a resultarme desagradables ciertas nimiedades. El problema más complejo de atacar es cuando no sabes identificar el porqué original de esa repulsa.
Lo que sé, definitivamente, es que es de tontos perder un minuto reflexionando sobre aquéllos que no te aportan nada. Y, como no me considero tonto, escribo esto como conjura para aprender a ser menos talibán y cultivar el sabio arte de ponerme filtros que me protejan de esas carcajadas falsas, voces impostadas, chistes arcaicos, comentarios casposos, miradas perdonavidas, levantamientos de cejas varios, tocamientos de nariz, frases rimbombantes, consejos no pedidos, malos humores perennes y recolocación de genitales continuos de gente muy concreta con la que me cruzo a diario.
Porque si alguien leyera mi cerebro podría pensar que soy excesivamente simple, susceptible, egocéntrico y rencoroso... Y no lo soy (tanto).