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domingo, mayo 05, 2024

Bondad

Sería estupendo que alguien me soplara al oído la clave para distinguir a una persona mala.

O a una buena.

Leyendo a mi querido Auster, compruebo que él lo intentó. Venía a decir que las personas que tienen el ego muy alto, que no paran de hablar de sí mismas, tienen un componente alto de maldad.

O, razonaba, quienes se hacen muchas preguntas acerca de sí mismos, no ocultan sus defectos y saben escuchar, son individuos tendentes a la bondad.

Me gusta, cómo no, su forma de pensar.

miércoles, mayo 01, 2024

En la muerte de Auster

No me perdonaría no dedicar mi texto de hoy a quien ha sido tan importante para mí.

Ha muerto Paul Auster.

Estoy en duelo por él a pesar de la distancia, de los años que nos separan, de no haber coincidido ni hablado nunca con él. 

De hecho, he recibido el pésame de mis mejores amigos, como el que recibiría tras la pérdida de un familiar. 

No sé a cuántas personas habré hecho lectoras a través de mi insistencia en que lo leyesen.

A mí me hizo escritor.

jueves, febrero 22, 2024

Redención

La risa es la redención. 

Los libros te llevan a mundos que nunca visitarlas, sí, pero también te lanzan frases que resumen toda una filosofía de vida, para apropiártela para siempre. 

Fue mi hermana Raquel quien me introdujo en la atmósfera de Kallifatides, como ya en la adolescencia me hizo descubrir a Auster o la Highsmith. 

La sensibilidad del viejo escritor griego afincado en Suecia es de una sutileza que te reconcilia con el mundo.

Sí. La risa es la redención. 

miércoles, noviembre 08, 2023

Auster

No es mi amigo, ni lo he visto jamás en persona, ni es de mi país, ni siquiera de mi generación; no sé de su día a día, ni cuáles son sus rutinas en Brooklyn, donde sí sé que tiene una casa, que comparte con otra gran escritora, Siri Hustvedt.

Sin embargo ella, admirable en su humanidad, brillante como escritora, no representa lo que su marido, Paul Auster, representa para mí.

De ahí que cuando esta semana me enteré de que publica una última novela, extraordinaria según las críticas, mientras lucha con un cáncer ya avanzado, sentí el dolor intenso que se siente por la gente cercana.

Paul Auster es más cercano a mí que mi vecino de enfrente, que mi compañero de trabajo, que mi primo hermano que vive en Madrid. Con él he vivido de forma intensa momentos inolvidables, me ha hecho madurar a través de sus historias respecto a temas que me conmovían de siempre, ha removido con fuerza mis tripas en más de una ocasión, en más de diez. ¿De cuántos individuos podría decir lo mismo?

Ahora integro que sufre, sin perder su energía creativa, y me siento aún más unido a él.

viernes, noviembre 11, 2022

Vecina

Noooooooo... se murió la vecina —me escribió mi sobrino Iván hace unos días. 

Le contesté en cuanto vi el mensaje para preguntarle de qué mujer me hablaba, porque llevo más de veinte años fuera de la casa familiar y quería aclararle que no me acordaba de quiénes vivían a nuestro lado, pero me llevé una alegría en su respuesta, llena de guasa.

Que no, que es la vecina del libro.

Le envié un emoticono de no estar enterándome de nada, y entonces él me aclaró.

Crímenes imaginarios.

Yo había escrito uno de mis textos de las cinco de la tarde en el que describí lo apasionante que me pareció esa novela de Patricia Highsmith. La alegría era doble, primero porque Iván había leído mi texto, en estos tiempos en los que se dice que la gente joven no hace caso a nada, segundo porque se había animado a meterle mano a la novela.

Esta mañana me escribió para decirme que se la había terminado y que no entendió bien el final. Le hice recordarme los momentos finales de la historia y me los explicó con todo lujo de detalles.

—Qué buen resumen —le confirmé.

Iván, como ahora sé que me lees, lánzate ahora por Brooklyn Follies, de Paul Auster.

A ti, que te gustó tanto Nueva York, te encantará.


sábado, septiembre 10, 2022

Bechamel

Me gusta tanto leer como los canelones con bechamel.

No son incompatibles.

Ayer, cuando escribía acerca de mi emoción por la muerte de la reina inglesa, hubo quien me echó en cara no lamentar la muerte de los niños bombardeados en la guerra o de los ancianos muertos por Covid. 

Además de no haber leído mis textos referidos a estos temas, que no tenían por qué, les aclararía que todos tenemos un corazón muy grande para sentir emociones. Incluso muchas al mismo tiempo. Somos así de interesantes los humanos, que tenemos grandes capacidades, muchas veces desaprovechadas, para sentir y empatizar.

Hay una minoría de lectores que, cuando yo critico, humildemente, algo que no me gusta de mis compatriotas, me dicen que me vaya de España; que si digo que algo me gusta de Japón, me piden que me saque el pasaporte japonés; que si comento que Auster es maravilloso, me acusan de no haber leído a Philip Roth; que si flipo con el arte contemporáneo, que me vaya al Museo del Prado; que si me preocupa el racismo contra los negros, estoy contra los gitanos.

Ser sensible a algo no es dar una patada a todo lo demás.

Es cansino enfrentarse a argumentaciones tan simples, cuando lo hermoso de la vida es pasar por mil mundos en un minuto mientras paseamos por la playa.


domingo, abril 24, 2022

Repetir

Que el ansia de descubrir no nos quite el lujo de repetir.

Sí, hay muchas veces en las que volver al lugar donde fuimos felices acaba por ser un desengaño, porque idealizamos situaciones en las que confluyeron circunstancias que no se pueden volver a reunir.

A mí me gusta equilibrar lo conocido con aquello por desentrañar. Cuando esto se consigue la armonía se hace más presente en tu vida. 

Hago por cuidar, mucho, de todo lo que me proporciona seguridad, bienestar, satisfacción, de esas personas, bares, escritores, ciudades, canciones que me hacen sentir bien en mi piel. Les doy su lugar, me lo doy a mí en ellos. No quiero dejar de leer a Auster, o visitar de nuevo Gante, o sentarme a oscuras en casa y escuchar sin pausa a Zazie. No quiero perder mis cenas con Elisa, los desayunos con Fernando, los viajes con amigos a Portugal.

Hago, al mismo tiempo, por integrar aires nuevos. ¡Siempre! No tengo ningún cupo lleno de nada. Quiero aventurarme en novelas de autores desconocidos, viajar a ciudades donde no sepa dónde se encuentra su catedral, apuntar en servilletas nombres de cantantes que tú me vas a recomendar.

Quiero introducir en mi vida a quienes aún no he tenido la suerte de conocer.


lunes, enero 24, 2022

América

No envidio el modo de vida americano.

Son infinitas las referencias de Estados Unidos que me conmueven, comenzando por mi amada ciudad de Nueva York, a la que siempre tengo ansias por volver. Paul Auster, John Irving, Patricia Highsmith, Philip Roth, escritores que me han marcado de por vida. O cineastas, cantantes, filósofos, actores, películas, libros, modas, propuestas, paisajes, musicales que se han metido para siempre en mis venas y forman parte de quien soy yo.

Toda esa admiración no se transforma en envidia, porque no quiero ser de allí. No me gusta no estar protegido por un seguro sanitario, no me gusta tener que ser fuerte para vivir, no quiero vivir en un país para el que sólo soy válido si soy productivo, porque me gusta pensar que algún día puedo caer y no levantarme, aunque a mi edad no haya tenido que pasar por ningún período de convalecencia ni mis ánimos se hayan visto destrozados hasta el punto de no querer vivir.

Me asusta una sociedad tan individualista, tan de los fuertes.

Yo, que soy fuerte, presumo de ser europeo. Quiero, con todos los defectos que pueda tener nuestra sociedad, vivir aquí.

Quiero pensar que un día seré débil y alguien anónimo tomará mi mano porque el sistema social en el que vivo me permite desfallecer.

lunes, agosto 22, 2016

Muero

En una de las paradas de nuestro viaje por Europa de estas vacaciones recién terminadas, mi sobrino Iván me imitaba, con risas, y repetía con voz impostada una frase mía:

-Muero por llegar a Gante y ver el Políptico de Van Eyck.

Yo simulé una cara de cabreo y él insistió:

-¡Es que tú te mueres por todo!

Sí. Desde que él me lo dijo, caí en la cuenta de las veces que uso esa expresión. 'Muero por volver a Nueva York, por pasear de nuevo por Lisboa, por volver a atravesar en camioneta la Cordillera de los Andes, o a patearme los templos de Kioto entre geishas, o a comer pollo al sultán en una azotea de Bursa, o pescado y licor de ciruelas en el mercado de Pusán, o recrearme otra vez con el retrato del matrimonio Arnolfini de Van Eyck en la National Gallery, o por bañarme al anochecer en la playa granadina de La Herradura, o por vivir de nuevo la noche ténebre del Jueves Santo en la iglesia de San Miguel y San Gaetano de Florencia, o por tomar un antojito en la Venta Esteban de Jerez, o por leer un nuevo libro de Murakami, o de Auster, o por pasear una vez más Barcelona con Rivo y Ángels, o Hamburgo con Gabi, o Ámsterdam con Fernando, o por recorrerme una mañana más cada rincón de la catedral de Sevilla...'

Muero por seguir vivo y teniendo intacta la capacidad de emocionarme.

domingo, noviembre 21, 2010

Auster

Dicen que uno busca la felicidad en repetir.

Es cierto que yo sería tendente a refugiarme en el calor de lo ya conocido, donde sé que me voy a sentir cómodo.

¡No sé cuántas veces habré comido 'huevos estrellados' en el Gallinero de Sandra!

De ahí mi esfuerzo, placentero pero esfuerzo, por atravesar nuevas fronteras, para que ese perímetro de satisfacciones personales no quede demasiado reducido y llegue a oler a alcanfor.

En no perder esa práctica ayuda el compartir la vida desde hace tantos años con una persona siempre dispuesta a abrir otros frentes.

Tiene que haber siempre un primer momento para todo y una predisposición sana a que éste llegue. Abandonar esa esfera calentita de nuestras rutinas diarias, explotar el globo para incluir otras experiencias.

No sé qué día llegó a mis manos la primera novela de Paul Auster. Creo recordar que fue a través de mi hermana Raquel.

En nuestro devenir diario nos atacan tantos cruces de información, conversaciones, series de televisión, canciones e imágenes que uno no sabe en qué proporción de cada una de esas vivencias se han ido conformando sus sueños.

Yo sé, sin embargo, que Auster ha sido un ingrediente básico en mi amor por la literatura y por Nueva York. Elegante, imprevisible pese a repetirse en cada novela, culto y de mente abierta, las historias descritas por él son un perfecto reflejo del desconcierto del hombre ante su posición en el mundo, uniendo el humor y cierta ingenuidad al hecho tremendo de la existencia.

Auster no da respuestas a nada y yo, cada cierto tiempo, necesito perderme por Nueva York, tan lejos, para reencontrarme con el calorcito que da la felicidad de lo conocido.

viernes, febrero 05, 2010

No tengo tiempo

Es la frase de esta generación: No tengo tiempo.

Es cierto que vivimos en una época paranoica en nuestro mundo occidental.

Sería duro criticar esa frase si es dicha por una madre joven trabajadora con varios niños a los que atender en casa, un marido, una lavadora, un... en esta sociedad aún tan machista.

Pero, en mi opinión, abusamos de ella, de la frase. De mostrar a los demás que no tenemos tiempo para nada, en parte para convencernos a nosotros mismos.

Nuestras vidas se construyen de proyectos, de actividades, de relaciones, de formaciones y aprendizajes. Pero también de silencios.

Hay que luchar por encontrar tiempo para nosotros. Tiempo para leer con buena música, para una siesta sin despertador, para un paseo por la playa, o en bici por el parque.

En mi caso particular, valoro como el oro encontrar esos momentos en que estar enredado tratando de leer una novela de Auster en inglés, sin prisas, o conectado al youtube buscando un aria que me guste de Anna Netrebko, escuchándolas de principio a fin, sin acelerar el vídeo, hipnotizado. La gente me pregunta cómo hago para irme a Conil casi cada fin de semana, y yo les respondo que necesito caminar por la playa, a solas o en compañía, sin más objetivo que oír el mar.

En esta vida de estreses la medicina menos contaminante para nuestro cuerpo es encontrar tiempo para nosotros, porque encontrándolo y disfrutándolo nos hacemos personas más sanas, y siendo más sanos, oxigenamos el mundo.

martes, diciembre 08, 2009

Vividor

Sé que es una descripción que puede resultar en muchos casos pedante, pero a mí me gusta definirme como un vividor, en el sentido literal de la palabra.

Si miramos el diccionario encontramos la explicación a ese tono peyorativo, porque te habla de quien vive al máximo la vida... pero a expensas de los demás.

Tendré que recurrir por tanto a otro término para describir mi actitud ante mi propia existencia y la del mundo que me rodea.

La vida es compleja y dura, el mundo un valle de lágrimas para gran parte de una humanidad que sufre, se desespera, padece; sometidos a hambrunas, injusticias, ilegalidades, represiones, miseria, despotismo, maltratos.

Sé, también, que no todo es dolor.

Soy consciente de dónde vivo y trato de que mi paso por este mundo sea coherente.

¿Cómo encontrar esa coherencia definiéndome como vividor, si trato de exprimir la vida al máximo, si no renuncio a una buena cena, un viaje largo, una ópera, un libro de Auster, un vino, una excursión, una casa confortable...?

¿Cómo hay que enfocar realmente la existencia humana?

Sé que dejo muchas cosas por hacer, reconozco que no soy un héroe, ni siquiera una persona comprometida con causas mayores. Tranquilizo mi conciencia con donativos mensuales a ONG's que se lo curran, votando a los partidos que más se acercan a mi ideal de sociedad.

Trato, simplemente, de ser una persona buena, un demócrata convencido, respetuoso con el entorno en el que vive, teniendo como guía de vida los principios éticos fundamentales.

Podría ser mucho más feliz, seguro, abandonando todo y yéndome a las misiones de Nigeria o Bolivia, compartir mis conocimientos y mi esfuerzo con los más desfavorecidos. Sé que no debe existir mayor felicidad que dar a los que no tienen.

Pero no soy así de fuerte.

Mi fortaleza está en saber posicionarme, encontrar el punto crítico para buscar mi lugar en el mundo, reconocer mis flaquezas.

Trabajar con responsabilidad, dar todo el amor posible a la gente que me rodea, ser consecuente con mis pensamientos políticos, tratar de construir una sociedad sana a partir de mi voto.

Todo eso, sin embargo, no debe estar reñido a mi entender con el querer disfrutar al máximo. Tratar de buscar la belleza del universo en las pequeñas y grandes cosas, satisfacer mi curiosidad por visitar otras culturas, ciudades y paisajes, compartir mis mejores ilusiones en cenas o paseos con los míos, emocionarme ante las canciones que hablan de amor, amar a la persona que eligió vivir a mi lado.

Buscar la felicidad es nuestro derecho, casi nuestra obligación. Sintiéndose uno completo hace la vida más agradable al círculo más cercano y eso, en sí, ya es dar sentido a nuestro caminar.



miércoles, marzo 04, 2009

El placer del lector

De una editorial de un periódico nacional anoté hace algún tiempo que leer te hace más libre, más feliz y más divertido. Una idea se puede expresar de mil maneras, pero me quedé con la frase por rotunda.

Cada cual a su manera interpreta el mundo, su vida, la de los demás, el sentido profundo de las cosas; cada persona tiene sus trucos para ser feliz, da valor a cosas diferentes que el vecino, que el hermano o que el desconocido con el que nos cruzamos por cualquier calle.

Cuando nacemos, obligatoriamente nos vemos imbuidos en una atmósfera determinada, una familia que te ofrece el cariño que sabe, que puede o que quiere o no quiere demostrarte, y que te influye en tu actitud ante la vida. Te ingresan en un colegio que tú no eliges para recibir una educación que siempre estará sesgada y, poco a poco, vas despegándote a partir de los amigos, seres con quienes te sientes más cómodo, que tú crees elegir, para ir integrándote en una ciudad que siempre tendrá un perfil determinado, un clima, unos olores, frustraciones y vanidades.

Yo nací en Sevilla, en una familia de clase media, estudié en un colegio de curas y viví una infancia feliz.

Mis hermanos se ríen de ese período de mi vida, cuando siendo un enano no me separaba del periódico, de los libros de Los Cinco, de los cómics de Mortadelo y Filemón. ¡El repelente niño Vicente…! Más tarde enganchado a Delibes o al Trafalgar de Pérez Galdós, el Cid, la Regenta, el Quijote, el Lazarillo de Tormes, la Celestina, todos libros obligatorios en edad escolar.

Necesariamente el colegio me ofrecía una visión parcial, muy limitada de la realidad. Dios por todos lados, Sevilla como la ciudad más bonita del mundo, un ambiente de derechas y unas verdades indiscutibles.

Pero yo leía.

El húngaro Lajos Zilahy me habló de la amistad, ‘Por vez primera experimenté cuán dulce es confiar a otro todo cuanto nos oprime el corazón: parece que con ello entra en nosotros una corriente de aire fresco y un rayo de sol’, Julia O’Faolain me comentó que ‘cuando la religión te falla, la ética funciona bastante bien’; con Dostoievski viajé a los grandes paisajes despoblados de la Gran Rusia para conocer los extremos de la avaricia en el hombre, con Flaubert visité los páramos arbolados al sur de París donde se vivían historias de amor, de engaños inmisericordes, que no podía imaginar; Isabel Allende me insinuaba ‘que la memoria es frágil y el transcurso de una vida es muy breve y sucede todo tan deprisa que no alcanzamos a ver la relación entre los acontecimientos, no podemos medir la consecuencia de los actos, creemos en la ficción del tiempo, en el presente, el pasado y el futuro, pero puede ser también que todo ocurra simultáneamente...’ mientras Carmen Martín Gaite la apoyaba, ‘¡quién volviera a ese tiempo de instante detenido!’. Desde la cama de mi habitación reflexioné sobre teorías dispersas acerca del sexo, ‘Al sexo va un cuerpo sin cabeza, ni corazón, ni alma. Quien diga lo contrario no sabe qué es el sexo...’ afirmaba contundente Antonio Gala, pero Almudena Grandes me confundía, ‘la maldición es el sexo… no existe otra cosa, nunca ha existido y nunca existirá’.

Mi madre murió de cáncer y José Luis Sampedro supo explicarme ese dolor del enfermo terminal; y por esa época de juventud descorazonadora de sangre hirviente me enamoré con tanta fuerza que supe agarrarme a Benedetti, ‘En el amor no hay posturas ridículas ni cursis ni obscenas. En el no amor todo es ridículo y cursi y obsceno’, pero aprendiendo lecciones de Herman Hesse: ‘El amor y el gozo y esa cosa misteriosa que llamamos "felicidad" no está aquí ni allá, está solamente dentro de nosotros mismos’. Milán Kundera era más ácido conmigo, él me susurraba que ‘nunca seremos capaces de establecer con seguridad en qué medida nuestras relaciones con los demás son producto de nuestros sentimientos, de nuestro amor, de nuestro desamor, bondad o maldad, y hasta qué punto son el resultado de la relación de fuerzas existentes entre ellos y nosotros’. A veces llegué a confundir el amor con la amistad y Marguerite Yourcenar me lanzó un guiño, ‘la amistad es, ante todo, certidumbre, y eso es lo que la distingue del amor’. ¿Quién me explicaba entonces mi infelicidad de universitario perdido en las decisiones por tomar y la vida por vivir? Patricia Highsmith se lo planteaba conmigo, ‘¿era posible ser feliz lógicamente? ¿Podía hablarse de lógica y felicidad al mismo tiempo?’. Siempre estaba Hesse para contestarnos con gallardía, ‘...el hombre no debe perseguir grandezas o felicidad, heroísmo o una dulce paz, no debe desear otra cosa sino su limpieza de alma, una mente despierta, un bravo corazón y una fiel y comprensible paciencia que lo ayuden a resistir la felicidad junto con el sufrimiento, la conmoción tanto como el silencio’ o de nuevo Kundera, ‘el tiempo humano no da vueltas en redondo sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir. Sí, la felicidad es el deseo de repetir’.

El placer del arte en sí, lo atrapó tan bien Muñoz Molina, ‘El arte enseña a mirar: a mirar el arte y a mirar con ojos más atentos el mundo’ que no sabría definirlo mejor. Quizás Amélie Nothomb, cuando me escribía 'Sería bueno acudir a las exposiciones así, por casualidad, con toda la ignorancia posible. Alguien quiere mostrarnos algo: simplemente eso ya cuenta'.

Sándor Marai, en cambio, sacó a relucir mis miedos, ‘en la vida de toda persona llega un momento en que se queda sola y nadie puede ayudarla’.

Con García Márquez hice viajes en que el calor húmedo era asfixiante, pasé un frío tremendo con Thomas Mann en los Alpes suizos, me trasladé miles de años atrás con Mika Waltari para dormir algunas noches en la ciudad de los muertos añorando a Nefer Nefer Nefer, me aventuré por sueños de mundos inexistentes con Rosa Montero. He abrazado una Sudáfrica dura con Coetzee, la Italia medieval con Ítalo Calvino, el Nueva York burgués con Irving, el México adulador y culto con Bolaños. Adoro el Madrid de Millás, la Barcelona de Mendoza, la Sevilla de Cernuda… Amo la Francia de Maupassant, la Alemania de Goethe, la desazonadora Inglaterra de Doris Lessing.

He viajado por todo el mundo y todas las épocas, he conocido hombres moribundos, amores tremendos incapaces de mantenerse en pie, he vivido toda clase de perversiones sexuales, he asesinado y me han aporreado, maltratado, vejado. Me han querido mujeres y hombres, he crecido en Indochina y me he recorrido los Estados Unidos en coche. Sé del dolor de la guerra sin sentido y de la fuerza del poder, me han exasperado vampiros, crápulas y maleantes. Sé lo que es un futuro si la sociedad se envilece, sé cómo los japoneses padecieron la bomba atómica, he luchado en los dos bandos de la Guerra Civil española. Fui anarquista, fui un facha. He sido heterosexual, homosexual, he tenido sida y he ayudado a sanar gente.

Sé que la vida es grandiosa, como dice mi querido Auster ‘es el azar quien gobierna el mundo. Lo aleatorio nos acecha todos los días de nuestra vida’.

Sé que hay ciudades más grandes y más hermosas que Sevilla, paisajes impresionantes, gente sabia y buena que nunca llegaré a cruzarme. Soy tolerante porque lo he vivido casi todo y porque estoy dispuesto a seguir sumergiéndome cada rato que pueda al otro lado de los libros, allí donde encuentro las no-respuestas a verdades universales vertidas por gente sabia que un día cogió una pluma y me quiso contar, a mí, lo impresionante que es la existencia humana.