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Mostrando entradas con la etiqueta Terror. Mostrar todas las entradas
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miércoles, septiembre 03, 2025

Ahogarse

Que de jovencito estuviera a punto de ahogarme junto al Faro de Trafalgar hace que, a día de hoy, le tenga un miedo atroz al agua. 

Ese día de verano de un sol abrasador nada hacía pensar que el agua me arrastrase como lo hizo hacia una zona de olas de la que no podía escapar.

Llegado al punto en que perdí el control de la respiración por el pánico, me hablé a mí mismo, con cariño:

—Borete, respira... Borete, tranquilo.

Sabía que si no hacía nada no podría salir de allí, así que me lancé hacia la ola más tremenda para que me sacara a revolcones de allí.

Da igual que el mar esté como un plato y que yo te sonría. Te estaré engañando, porque meterme en el mar desata todo mi terror de juventud.

martes, marzo 25, 2025

Virtud

Siempre he presumido, como virtud, de recordar con nitidez mis sueños.

Porque me parece un don: el no viajar a oscuras por una porción tan grande de mi vida.

Aprendo de ellos, me lanzan señales. Son invitaciones a la reflexión que trato de desmenuzar cuando vengo del otro lado del espejo.

El caso es que hay etapas, como la que vivo, en que mi vida está tan acelerada, que esa pulsión se traslada a ese lado de la frontera, donde no tengo el control. Y ocurre que lo tremebundo se apodera de todo. Tanto así que, a veces, me provoco el despertar; tanto, que incluso me da miedo volverme a dormir.

Quizás ese terror es una forma de decirme: ¡Para!

Ya imagino la novela —soy peliculero—, en la que el protagonista, acongojado por la potencia terrorífica de sus sueños, intenta no dormir. 

Hasta que descubre que los monstruos de la noche se asoman desde este lado de la consciencia.

martes, marzo 04, 2025

¿Todo bien?

Heredado de mi padre, los hermanos Navarro solemos responder al móvil preguntando:

—¿Todo bien?

Hombre vitalista como era, guardaba un terror escondidísimo a todo lo inesperado. Si llegabas tarde a casa, se ponía en lo peor; si venías triste del colegio, imaginaba una desgracia. Se asomaba a nuestras habitaciones si llevábamos un rato sin salir.

—¿Te pasa algo?

A mí, cuando me llama gente que no suele hacerlo, se me pone el corazón en la garganta y me monto un drama.

Tanto es así que, cuando nos telefoneamos entre hermanos, tenemos que empezar diciendo.

—Tranqui, que no pasa nada.

miércoles, agosto 28, 2024

Faraón

Uno de los grandes atractivos de Turín es su museo egipcio.

Conscientes de que a Iván le apasiona desde pequeño el mundo de los faraones, ya teníamos compradas nuestras entradas antes incluso de salir de Sevilla.

—Los enterraban con cuatro tipos de vasijas, que tenían cuatro tapas diferentes —nos explicaba mi sobrino una vez allí, mientras paseábamos entre sarcófagos.

Hoy en día hay aún gente que querría que los enterrasen como a un faraón, con su colección de rolex, de coches deportivos, de pisos en la playa, de billetes y más billetes.

Ven que se van y se aterrorizan con la certidumbre de que tantas posesiones no se pueden meter en ningún lado. 

viernes, agosto 23, 2024

21 años

Hoy soy una persona infinitamente más interesante que hace 21 años, porque justo hoy, hace 21 años, entró Fran en mi vida.

Él ha potenciado lo mejor de mí, despejando nubarrones, eliminando traumas, removiendo películas de terror que viajaban conmigo desde mi adolescencia. Consiguió que recuperase la potente luz de mis días felices de la infancia, esa inocencia que me hacía tanto bien; permitió que emergiera el hombre sano y vital que pensé perdido; me rescató de territorios negros donde todo era clandestino.

Con su visión pragmática de las cosas, su nobleza en el trato con la gente, y su sonrisa, hizo que me fuese empoderando para convertirme en alguien mucho más válido. Siempre apostando por mis sueños, alabando mis virtudes, animándome en cada aventura.

A mi lado en cada precipicio de dolor.

Esta noche celebraremos, de nuevo, el aniversario del encuentro que nos dio la vida. 

lunes, noviembre 06, 2023

Mazazo

Hasta que a uno no le llega la primera gran enfermedad no se da cuenta de que no es inmortal.

No vale experimentar con los males de los otros, por muy cercanos que sean. Debe ser tu cuerpo, el que recibe el mazazo, el que asuma su debilidad.

Una sensación animal de terror que te agarra un buen tiempo hasta que aceptas que sí, que estamos al albur de la naturaleza, maravillosa y traicionera, muñecos en manos del destino.

Pasada esa caída al precipicio de los que se saben frágiles, ya la vida es otra. Quizás no tan hermosa, tal vez más carnal. Todo se vuelve terriblemente básico, los sentidos se agudizan y sale de ti alguien bravo que no sabías que escondías en tus adentros. 

Alguien que se ríe de todo sin dejar de querer.

viernes, octubre 27, 2023

Casoplones

Cuando veo casoplones, siempre pienso en la inseguridad.

Será por tantas películas americanas de terror que transcurren en mansiones inmensas con jardín o por noticias de asaltos a chalets de futbolistas y cantantes, el caso es que el desasosiego podría con el bienestar si tuviera la fortuna, monetaria, de poder pagarme una casa así.

Uno nunca esté libre de sufrir la violencia de malnacidos, pero sí es cierto que la discreción atrae menos miradas ávidas de fastidiarle la vida a los demás.

Al recorrer la costa del Algarve o urbanizaciones pudientes de las afueras de Sevilla, me da por pensar en cómo babearán algunos ideando por dónde saltar la valla.

Desgraciadamente, el hombre es también así.

martes, junio 06, 2023

Cosquilla

El miedo sería perder esa cosquilla en el estómago al verlo enredar con sus cosas por casa.

Que tomando unas cervezas no me entrasen ganas de meterle mano a sus rodillas por debajo de la mesa.

Que no esperase cada mañana su mensaje de buenos días, que no pusiera su cara sobre mi tripa al ver una peli para dormir.

El pánico vendría de no tener ganas de ir con él a la playa, de no apetecerme hacerle de desayunar, de imaginar que un día no me dé un abrazo al entrar.

El terror sería un día no sentir nada.

miércoles, abril 19, 2023

Cremas

Cuando era un joven imberbe y atormentado, no le veía sentido a las cremas antiarrugas.

Esa época en la que uno nace al mundo de los adultos con las hormonas revolucionadas, tras abandonar el paraíso de la infancia. Los años en los que comienzas a entender que los padres envejecen, que los abuelos mueren, que habrá un tiempo en el que tendrás que ganarte la vida sin red de protección.

Idealizamos la juventud, pero yo recuerdo con pánico la adolescencia.

En esos tiempos yo veía los anuncios de cremas hidratantes y me planteaba, dramático, para qué. ¿Qué sentido tenía echarse potingues si antes o después la piel se iba a caer a trozos?

Los años, con paciencia, te dan la sabiduría del presente. ¡Claro que viene bien una crema antiarrugas! Porque la única verdad es la de ahora. La única piel que existe es la de hoy. Cuanto más mayor te haces más te das cuenta de que ese futuro terrorífico que nos iba a comer no existe. No está en ningún lado.

Habrá otros presentes en los que seremos otras personas con diferentes ganas de vivir.

Hoy, en cambio, quiero verme guapo. Quiero verme bien. 

jueves, junio 09, 2022

Fortunata

Yo era de Fortunata y Jacinta, en le ápoca en la que debería ser del Gato con botas.

Las carcajadas de los dibujitos animados de los domingos por la tarde yo las imitaba de ni hermana Raquel, con lo que me reía a destiempo.

A mí me gustaba jugar a policías y ladrones cuando mi pandilla ya se escondía, pero para meterse mano tras las esquinas de los contenedores a meterse mano.

Yo siempre tuve la sensación de llegar tarde, de escandalizarme. A mí todo me sonaba a pecado cuando en realidad desprendía juventud.

A mí me gustaba ir de la mano de mi madre al Corte Inglés para que me pusiera guapo, mientras a mis amigos les deban dinero con el que quitárselos de encima para que se compraran camisetas imposibles.

Siempre tuve la sensación de ir detrás, de ser el último en beber, en dar un pico a una niña, en declararle a una de ellas un amor inventado.

Recuerdo el vello negro que le salió a Cristi de su bañador y cómo me azoré al ver que ella que vio que yo lo vi. Me observó con guasa, no cerró las piernas y yo temblé de terror.






























yo era dyyyy

lunes, agosto 23, 2021

Valiente

Uno se cree valiente hasta que se topa con la cruel realidad de las cosas.

Hice escala en el aeropuerto de Miami, camino de Bolivia. Allí me esperaba una cita de amor. Estaba en la veintena.

Al decirnos que teníamos diez horas de escala en la ciudad estadounidense, salí de la zona de embarque y me lancé a la aventura de descubrirla contrarreloj. Tomé el autobús que me indicaron y rápidamente comprobé que la mayoría del pasaje hablaba en castellano.

—¿De dónde eres? —me preguntó el chaval que iba a mi lado.

—De España.

Él era nicaragüense. Más jovencito que yo. Rápidamente descubrimos que los dos estábamos haciendo escala en la ciudad.

—Voy a visitar a mi familia, vengo de Nueva York.

Me dijo que no tenía recuerdos de su país, porque ya desde muy pequeño vivía en un apartamento de Harlem, y me pidió si le importaba que me acompañase en ese recorrido exprés por la ciudad. 

Fue divertido. 

A mí me sorprendían los rascacielos, a él las playas. Así que con mi cámara desechable nos hicimos fotos con aquello que a cada uno más le llamaba más la atención. 

—Ya me darás una dirección y te las envío —la pena es que no me la dio en ese momento.

En la vuelta al aeropuerto todo se precipitó. Nada más bajar del autobús un par de policías nos pidió que les acompañásemos. Nos llevaron a una planta sótano, muy sótano, y nos comenzaron a interrogar. A mí medio me destrozaron el pasaporte para ver si era auténtico. Yo, aterrorizado, sólo quería tomar mi vuelo para Bolivia. Hacían llamadas a no sé muy bien quién y deletreaban mi nombre.

—Su amigo tiene un billete falso de avión, ha cometido un delito. ¿Es usted consciente?

—Él no es mi amigo —confesé—. Lo conocí hace unas horas en el autobús.

El miedo lo puede todo. Aún hoy en día me maldigo por no haber sabido despedirme de él ni tener una dirección donde enviarle sus fotos en esas playas que tanto le maravillaron.

jueves, mayo 06, 2021

Aullidos

Todos guardamos en la memoria más íntima gritos agudísimos como aullidos de animal acorralado.

Desearía no guardarlos, pero son pocos, viscerales, inmanejables, y aparecen cuando menos te lo esperas.

Los asocias a escenas que quedan estampadas en la retina con todos los colores, en una suerte de pintura detenida en el tiempo.

Uno de esos lienzos que fusiló un grito en mi memoria se compone de una mañana soleada de domingo tumbado en mi habitación, el ruido lejano de una retransmisión de balonmano en el salón, el olor de un puchero que llegaba desde la cocina y una visita en casa.

Isa, amiga íntima de mi madre, gritó.

¡Ese grito clavado para siempre!

Luego vinieron las sirenas de la ambulancia, los rezos en la cama, los besos de mi padre. El terror.

Mi madre se había desplomado al suelo y comenzaba el principio de su fin.

martes, febrero 23, 2021

Microataques

Todos tenemos microataques de pánico diariamente.

Estoy convencido.

Nuestra cabeza es el más perfecto ordenador, no descansa ni durmiendo. Aunque hagamos por educar a nuestro cerebro, éste se despista, va a su bola muchas veces, y en esas escapadas se pasea por sitios abruptos que no querríamos visitar de elegir la ruta.

Imagino que no es sino una gimnasia cognitiva que practica para simular todos los escenarios posibles, como un combatiente inquieto que no quiere dejar nada al albur de lo imprevisto.

En algunos de estos entrenos casi militares para investigar el futuro, porque le va la vida en ello, se enfrenta a posibles enfermedades, despidos laborales, muertes cercanas y sustos diversos que, mientras damos un bocado a una manzana bien colorada, de golpe nos aceleran el corazón con un calambrazo de terror.

Mi clave para que esa pequeña arremetida no vaya a más es solidarizarme con mis sesos.

Suspirar para borrar la imagen y entender que, esos sobresaltos, no son sino ejercicios voluntariosos que nos preparan para estar fuerte cuando venga lo peor.

jueves, octubre 29, 2020

Terror

A mi abuela le gustaba pelar patatas viendo la tele.

En las largas noches de verano en la casa de Castilleja, yo me sentaba a su lado mientras mis hermanos danzaban por la casa. 

Como ella siempre leía con antelación el Teleprograma, algo más sencillo cuando había dos cadenas, solía ponerme en tensión horas antes contándome de qué iba la película de la noche. Porque yo entraba siempre al trapo de la ilusión.

—Hoy echan 'El hombre de los rayos X'

Yo era muy chico, un renacuajo escuchimizado, pero recuerdo la impresión como si fuese ayer. 

Siempre he sido miedica.

Vi media peli pegado a mi abuela, que iba y venía de la cocina. Cada vez que el hombre de los rayos X utilizaba sus poderes y observaba a las personas como si les hiciera una radiografía, con los efectos especiales limitados de por entonces, yo corría gritando, aterrorizado, hasta la cocina.

—¡Apaga la tele, abuela! —no había mando a distancia por entonces, y el simple hecho de acercarme al televisor era una aventura imposible cuando aparecían esos personajes todo huesos.

Una vez que el corazón me regresaba a su sitio, volvía a tirarle de la falda.

—¿Ponemos un poquito más, abuela?

—Pero si te mueres de miedo, Borete...

—Sólo un poquito más.

Se acercaba de nuevo al salón, entre suspiros, y la encendía, conmigo oculto detrás de ella.

Empezaba, otra vez, mi corazón a bombear.

Cuarenta y tantos años después, cuando veo una película de terror, aún me acuerdo de las faldas de mi abuela.


martes, julio 11, 2017

Blanco

Hubo un día en que los españoles nos unimos por algo que no sucedía en un estadio de fútbol, en que la indignación recorrió nuestros espinazos, conectados como sólo uno; hubo un ataque a un hombre joven, venido de gente alienada y malvada, que supuso una agresión salvaje a todo un pueblo, harto de barrabasadas y chuleos, de tiros en la nuca y secuestros inmisericordes.

Poco importaba qué carnet tuviera.

Todos desfilamos con las manos en alto suplicando un acto de humanidad que no vino. A Miguel Ángel Blanco lo remataron con dos tiros en su cabeza, desde atrás y con las manos atadas con cables, tirándolo moribundo entre matorrales.

Hoy, veinte años después, hay quien se permite decir que no es conveniente escribir en una pancarta en la capital de España que nos acordamos de él, de su dolor, que es el de todos los que sufrieron la afrenta del terrorismo atroz de ETA. Que no conviene porque sería despreciar a los otros...

Apuntaremos que no podremos homenajear a García Lorca, porque seremos injustos con Miguel Hernández. Que no será posible conmemorar la masacre de Srebrenica, porque estaremos olvidando a los judíos gaseados en Auswitch.

Sé que nunca votaré al partido de Miguel Ángel Blanco, pero que no habrá ocasión en que suene su nombre y no se me conmueva todo por dentro al recordar la puerta a la esperanza que un día él nos abrió sin pretenderlo.

miércoles, junio 14, 2017

Riñones

Francófilo como soy, llegué muy tarde por vez primera a Londres. Tenía 30 años, vivía una relación sentimental desastrosa y acepté una invitación de mi prima Bele para pasar unos largos días allí. Todo Londres me gustó, lo viví con la ilusión de un adolescente y me integré sin las angustias del turista que quiere visitar cada rincón. Hay una escena recurrente en mi cabeza de esos días, subido al tejado de la casa de mi prima, al anochecer, con mucho alcohol, en el clásico suburbio británico donde vivían, observando a la gente pasar. Chispazos de felicidad.

He vuelto varias veces, siempre entregado. Tengo con la ciudad el romance propio de quien la ha conocido sin las tonterías propias de la seducción forzada por la ingenuidad. La paseo siempre sin rumbo, como se hace con las ciudades que sientes propias.

Ahora aterrizo aquí, en una ciudad convulsionada por el terror y expulsada a su pesar de Europa, con ganas de integrar de una vez el mapa visual de su estructura en mi cabeza. Hacerme con las distancias y los barrios como en mi amado París. Tengo tiempo y ninguna prisa.

En una de mis últimas visitas, deliciosa, con Mariángeles y mis hermanas, de pintas de cerveza y museos a toda prisa, hubo una noche en que, de vuelta al hotel, mi amiga se asustó al ver que nuestro taxi, de conductor paquistaní, cruzaba el Támesis. '¡Pero si Gloucester Road está al otro lado del río!'. Mis hermanas se morían de risa con sus gritos de mujer 'sabelotodo' y yo me planteaba que no conocía los parámetros de la ciudad. '¡Reíd, reíd!', nos decía, incluso al taxista del turbante, que también reía sin saber de qué, 'que este hombre nos está llevando a cualquier sitio para sacarnos los riñones'.

Ése podría ser mi máximo objetivo de estos días, un viaje romántico al Londres más cosmopolita para aprender a cuidar de mis riñones.

miércoles, julio 27, 2016

Terror

Lejos de banderas, soy un ser profundamente europeo. Antes de tener ningún tipo de responsabilidad profesional, apenas comenzando la universidad, ya me iba con mis amigos de tren en tren para atravesar fronteras, leer idiomas diferentes y observar paisajes. Me recuerdo como si fuese ayer sentado, con menos de veinte años, en unas baldosas de la estación de tren de Estocolmo como feliz espectador del trasiego de gente rubia caminando con prisas de un lado a otro.

Recorrer este viejo continente tuvo el efecto inicial de hacerme sentir muy pequeño, al ver la enorme diversidad de culturas, lenguas y conglomerados urbanos, cuando aún no sabía que me estaba haciendo grande como persona al abrir los ojos al espectáculo de contemplar las gentes de los países que conforman el origen de una de las grandes civilizaciones de la humanidad. Visité Berlín cuando tiraron el muro y atravesé  de un lado a otro con una emoción que se me salía del corazón.

No sé definir si admiro más la cultura francesa, la inglesa, la alemana, la italiana, la de los países nórdicos o mi propia cultura hispana, pero sí sé que todas son fundamentales para conformar lo que hoy somos. No se entiende nuestro presente sin Voltaire, Dante, Kant, Cervantes o Lord Byron.

Un continente que ha estallado mil veces en guerras de incomprensión, en atroces carnicerías durante siglos, para definir fronteras o imponer religiones, y que por fin ha encontrado sus leyes básicas de entendimiento en una organización plurinacional apoyada en los derechos y libertades más amplios que nunca hayamos tenido.

Una organización burocrática y perfectible, seguro. Gris, lenta y aburrida, tal vez. Pero bendito aburrimiento el que nos permite construir un futuro en paz.

Pasado mañana comienzo unas nuevas vacaciones por la Europa del norte de Francia hasta llegar a Holanda, con la ilusión de transmitirle a mi sobrino Iván un pellizco de la emoción que supone para mí patearme sus calles, con la alegría de llevar a mi hermana Raquel por los rincones donde se movieron Rubens, Rembrandt o Carlos V, en tanto nos avasallan noticias que, una vez más, anuncian su declive, atacada por fanáticos que sólo buscan la destrucción de la armonía de un pueblo culto; armonía que tan costosa ha sido de alcanzar.

Los radicales se buscan para deshacer lo conseguido por generaciones, que entendieron que las luchas fratricidas quedaron atrás; radicales que vienen para imponer el terror, el odio y la vergüenza. Radicales que llegan de fuera o que surgen de dentro, analfabetos y pijos, salvajes y cultivados, mediocres, pusilánimes, rencorosos, provincianos, egocéntricos y despreciables hasta decir basta.

Yo quiero enseñarle a Iván lo mejor de Europa y decirle que esa tierra es suya, que hay que amarla porque nosotros venimos de ahí y estamos obligados a defenderla de quien la odia, porque quien odia a Europa como sentimiento universal es el peor de los fascistas, el más rancio, el menos solidario, el más desmemoriado, torpe y necio.

sábado, enero 02, 2016

Regenerar

No se puede vivir sin sueños, aunque sean compartidos o incluso de otros, cuando la edad te cierra horizontes lejanos y no te queda sino proyectar tus ilusiones en las de los tuyos.

No es saludable apagar el despertador cada mañana sin tener motivaciones para levantarte de la cama. Estén relacionadas con lo que lo estén.

Los proyectos, eso sí, deben ir regenerándose. Hay que actualizarlos. La madurez consiste en eso, en encontrar palancas que accionar para ir acoplando nuevos retos cuando los desafíos pasados se hicieron realidad o se desinflaron.

Yo sueño con mi nuevo año en Renault, con objetivos más ambiciosos que nunca por poner nuestra fábrica al primer nivel; sueño con el negocio de Fran y el cosquilleo que producen los nuevos envites; con mi novela aún por aparecer y con mi novela aún por escribir; con la película que, esta vez sí, está próxima a estrenar; con los cinco kilos que sé que voy a perder, con la semana santa en Florencia de la que ya tengo los billetes, con la adolescencia desconocida de mi sobrino Iván, con la carrera profesional de mis hermanas como monitoras de pilates, con los cursos de quiromasaje de mi hermano David, ¡vaya familia sana! Sueño con todos los viajes y cenas por compartir con mis amigos de verdad, para que me hagan partícipe de sus éxitos y confíen en mí en sus pequeñas derrotas; sueño con la recuperación total a una nueva vida de mi querida Montse.

Sueño con que el amor siga siendo mi faro, algo que necesita de un trabajo diario, constante, leal, que estoy dispuesto a reforzar.

Sueño con una España cada vez más civilizada, solidaria y unida, dispuesta a entenderse sin coacciones, por el bien exclusivo de la ciudadanía. Un país que deje atrás lo soez y abrace la cultura, que haga penar a los corruptos y motive a la juventud, que no se deje llevar por populismos ni por mesías y refuerce la educación. Un país cosmopolita y abierto que no olvide nunca a los más débiles y no se deje gobernar por gente casposa que hace tiempo que dejó de representarnos.

Un mundo donde el fanatismo quede acorralado por las armas de la razón y el respeto a la naturaleza.

Y sueño con los mejores días para mi padre, con hacerle partícipe de nuestros proyectos para que cada mañana en que le despierte la luz de un día nuevo, encuentre en los que lo queremos un motivo de sonrisa. Que siga por mucho tiempo con sus lecturas de historia, sus diagramas con los reyes de España, sus paseos entre amigos por Heliópolis y su coqueteo adolescente con las mujeres que lo adoran.

viernes, noviembre 20, 2015

Umbral

En una mañana bastante movida en la fábrica, hubo un momento en el que me vibró el móvil por un motivo que nada tenía que ver con el trabajo: una aplicación de noticias ofrecía un titular que informaba de un secuestro yihadista de 170 personas.

Abrumado por la noticia hice un aparte en la reunión de grupo que mantenía en una de las líneas de producción para abrir el icono que hacía referencia al secuestro. Cuando la página se desplegó y leí que el ataque terrorista se había producido en Mali mi cuerpo, instintivamente y muy a pesar de mis principios, se relajó.

Es duro asumirlo, pero cuando me llega esta terrible noticia de un país que no sé siquiera si lleva tilde en la 'i' a mí no me bate el corazón de indignación, o de dolor, igual de fuerte, por mucho que me entristezca.

Reconozco que eliminé de entre mis 'amigos' de Facebook, en los días posteriores a la masacre de París, a una chica que despotricaba contra aquéllos que habían superpuesto su foto de perfil con una bandera de Francia. ¿Quién es nadie para decirnos cómo tenemos que empatizar con el sufrimiento de los demás?

Nadie, en su sano juicio, puede alegrarse de los 27 muertos que anuncian a esta hora en el hotel de Bamako; del mismo modo que se entiende que no me puede doler igual la muerte de un compañero de mi fábrica que el de otro que trabaje en mi misma empresa en Corea del Sur.

Tenemos necesidad de colocarnos umbrales altos de dolor para no sucumbir a las miserias de noticias desgarradoras como éstas para no deambular por nuestro día a día con el corazón en un puño y la esperanza por los suelos.

Yo bailé en el Bataclán, y cené por las terrazas de République, y he visto cien películas francesas, y ha paseado enamorado por la orilla del Sena. Nadie me puede decir cuánto he de sentir una masacre u otra. El desprecio es el mismo, pero el umbral del dolor es regulado por nuestros instintos, aquéllos que se nutren de emociones vividas y recuerdos.

jueves, enero 08, 2015

Miedo

Hace apenas unos minutos que he terminado de hablar con Brigitte, y me cuenta que en su barrio de Suresnes, villa obrera de la periferia parisina habitada por gran cantidad de árabes, las madres musulmanas con las que se cruza todos los días para ir a recoger a sus nietos a la salida del colegio no llevaban hoy, por vez primera, velo tapándoles el cabello y vestían vaqueros, en vez del tradicional hiyab.

En un principio pensé, y así se lo dije a Brigitte, que era una forma de solidarizarse con el resto de la población, pero pronto entendí por el silencio al otro lado del teléfono que se trata de miedo. Miedo a ser señaladas, a que la policía las interrogue, a que sus conciudadanos las señalen.

Barbudos sin barbas y musulmanas con el pelo al aire por el miedo a la represalia por la sinrazón del fanatismo de unos cuantos que no representan más que la más profunda aberración humana, la aversión a la razón, la dictadura del desprecio al diferente.

Hoy, un día después de la conmoción producida por el atentado universal contra la libertad de expresión que ha supuesto el ametrallamiento de periodistas del Charlie Hebdo, somos un poco menos libres.

Imbéciles sacados de los tiempos más oscuros de la historia del hombre se permiten amedrentar a quien no piensa como ellos, para que no hablen, ni opinen, ni provoquen la reflexión.

¿Cómo debemos actuar para perder ahora el miedo? ¿Quién se sentará de nuevo en esa redacción a diseñar portadas irreverentes contra el fanatismo?