Nos hicimos con una botella de prosecco para celebrar, con las uvas que trajimos de España, y cuando quisimos seguir bebiendo apenas había un par de Schweppes de limón en la nevera.
—Qué cosa más rica —le dije a Fran.
Muchos meses después, tuve un flash en las estanterías del Carrefour.
—¡La hay sin azúcar!
Así que compramos unas cuantas latas, una forma baratísima de viajar, de nuevo, a Palermo.
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