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lunes, abril 03, 2023

Tepesa

Tardé en empezar la mili lo que se me alargó terminar la carrera de Ingeniería. 

Podía haber optado por la objeción de conciencia, pero quería que ese capítulo de mi vida pasara lo antes posible, así que me enfundé en el traje de soldadito español en cuanto aprobé el último examen.

Fue una experiencia surrealista. Sacaba varios años a los reclutas, debido a mis prórrogas de estudio, lo que me dejaba aún más fuera de contexto.

Que me trataran como a un bulto con ojos me repateaba. Me gustaría decir que era diferente, pero no. Estuve allí y puedo opinar. En ese mundo era habitual la colleja al desfilar, el grito chusco al despertarte, el comentario de desprecio al que no llegaba. 

Cuando terminé la instrucción, y ya por fin podía dormir en casa, me programaba el despertador a las seis de la mañana para estar en estado de revista para la izada de bandera.

Iba en mi vespa. 

Justo antes de llegar al portón de entrada, había una indicación de tráfico que señalaba una fábrica de aceite, de la empresa Tepesa, que se encontraba a las espaldas del cuartel.

Todos los días, cuando aún la ciudad no se había despertado, veía ese cartel.

Tepesa. 

Y todos los días gritaba al viento.

—¡Muchísimo!

domingo, diciembre 13, 2020

Brecha

Grité ¡Gol! y me abrí la cabeza.

—Estás colgado —gritó mi hermano David, sevillista—. El Betis te va a matar.

Me lio una toalla de baño en la cabeza, que sangraba a chorros.

—¿Dónde te llevo?

—Al Hospital Militar, supongo.

Yo, con más años que un bosque, estaba haciendo la mili. Había pedido prórrogas para terminar la carrera de Ingeniería y empecé la instrucción en el cuartel de Caballería cuando ya sólo me quedaba el proyecto Fin de Carrera para terminar.

Tomamos la motocicleta y tiramos hacia el hospital. Dejamos la casa encendida, con los nervios, con todos los interruptores ensangrentados, sin pensar que mi padre estaba a punto de llegar y se iba a llevar el susto de su vida.

Mi padre, sevillista, transigió en que la familia materna me sacara el carnet del Betis antes incluso de bautizarme. Era el primer nieto varón y había que defender el castillo.

—¿Quién aporrea la puerta? —preguntó el médico cuando salía de la sala donde me hicieron el TAC de cabeza.

—Me temo que mi padre —contesté.

Me pusieron no sé cuantas grapas y me indicaron que al día siguiente, con el toque de corneta, explicara en el cuartel lo que me había ocurrido.

—¡Si alguien necesita botiquín que dé un paso al frente! —gritó el capitán a las siete de la mañana, con todos los reclutas en formación.

Si normalmente siempre había dos o tres con gripe, ese día el paso adelante sólo lo di yo.

—¡¿Qué le pasa a usted?!

—¡Que me he abierto la cabeza, capitán!

—¡¿Con qué se ha abierto usted la cabeza?!

—¡Con el quicio de una puerta, capitán!

Comenzó el murmullo.

—¡¿Por qué se golpeó con el quicio de la puerta en la cabeza?!

—¡Porque el Betis le marcó al Barcelona, capitán!

Afortunadamente el capitán era bético.

—¡Es usted un héroe de guerra!

Me llevé toda la mañana bajando la cabeza y enseñándola a coroneles y tenientes-coroneles. A falta de operaciones especiales, ése era el mayor trofeo para el capitán en tiempo de paz.

Cuando terminó el paseíllo por los despachos de los oficiales, el capitán me llevó a su despacho.

—Recluta, dígame algo que pueda hacer por usted.

—Capitán, me vendría muy bien tener las tardes libres para terminar mi proyecto Fin de Carrera.

—Es usted un cabrón —protestó.

Pero me lo concedió. 

Si ya era verde mi corazón...