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domingo, octubre 25, 2020

Cultura

La apreciación de la cultura es directamente proporcional a la sensibilidad.

Es un termómetro que podríamos utilizar para medir la capacidad de un ser humano para sentir. Sentir a secas. Encontrar la emoción, sus emociones. Poder transcender a su propia carne para apreciar de qué estamos realmente hechos.

Yo pondría a dos personas venidas por primera vez de Australia en la puerta del Museo del Prado. Les pediría que entrasen. Les daría libertad para que se moviesen. Activaría entonces el cronómetro para comprobar hasta qué punto es cierta mi teoría, porque creo que el tiempo que pasasen cada uno de ellos en ese templo de la pintura marcaría con precisión el punto de emotividad que habita en su interior.

Los más críticos de la cultura, no hay que ser adivino, son aquéllos que tienen más dificultad para empatizar, para conmoverse con lo ajeno, para interpretar la realidad con ojos lejanos a lo material.

El ser humano lo es por su capacidad de transcender, de crear, de inventar universos artificiales donde refugiar sus miedos, de recrear paraísos.

Un aria de Puccini, un cuento de Margaret Atwood, un poema de Lorca, una Menina velazqueña, un verso de Cernuda, Marlon Brando en un Tranvía llamado Deseo, una vidriera de la catedral de León, un rato frente a un Rothko, Chavela Vargas desgarrada, Roma entera, Woody Allen, una escultura retorcida en acero de Chillida, la dulzura de una bailarina de Degas...

Apreciar la cultura es admitir que no todo lo hemos hecho mal.


jueves, febrero 25, 2016

Lorca

Con García Lorca pasa como con El Quijote, que todo el mundo dice, y cree, que lo ha leído.

Yo, que no soy de poesía, recuerdo tomar con una enorme ilusión un ejemplar de 'Poeta en Nueva York' hace muchos años. Era verano, estaba de vacaciones y los días eran largos.

Mi primera reacción fue de sorpresa. No entendía nada. El surrealismo lo invadía todo. Era castellano y los términos sí podían tener relación con la Gran Manzana, pero cada poema se desbordaba en construcciones imposibles contra las que mi intelecto luchaba. Había negros, hormigón, óxido, marineros y mucho cielo que me transportaban a un mundo insólito al que no me quería adaptar.

Dice Amélie Nothomb en una de sus novelas que el hecho de asomarte a una obra de arte es una manera de ponerte a prueba: alguien ha construido algo y te lo quiere mostrar.

Amar el surrealismo es mucho más difícil que hacer lo propio con la belleza diáfana de lo previsible, aunque el proceso de eliminar tabúes y liberar barreras autoimpuestas para interpretar mensajes a veces indescifrables es una forma de crecimiento personal.

Terminé el poemario de Lorca, como lo hice con Aleixandre y 'la destrucción o el amor', con la inexplicable sensación de que mi cerebro no está desarrollado al máximo ni mi sensibilidad es lo exquisita que yo quisiera.

Yo sí quiero artistas transgresores que me muestren sus universos sin filtros ni explicaciones, quiero cuadros de colores únicos y líneas divergentes, poesías que se enreden para reírse de mí, fotografías realizadas desde ángulos contradictorios que me hablen de lo retorcido y sugerente que es el ojo que fabrica las perversiones del hombre.