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Mostrando entradas con la etiqueta La muerte. Mostrar todas las entradas
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miércoles, abril 15, 2026

Papá

La muerte de mi padre fue una escena bellísima en medio del dolor.

Rodeado de nosotros, sabiendo que ya no sufría, esas últimas horas fueron de una ternura infinita donde no podía caber más amor.

Cuando su hija mayor se tumbó a su lado se agarró a ella en posición fetal, mientras Mónica quedaba entre sus brazos, con el llanto sereno de quien sabía que el fin se precipitaba.

Incluso esperó a Raquel para lanzar el último suspiro.

Un hombre más. Coherente, desastre, currante, leal. Una persona buena más que se iba, como cada día miles que se van.

Pero era nuestra persona buena.


martes, julio 29, 2025

Lujo

Cuanto más grande es el grado de confort, más alto es el precipicio.

Paseábamos por los jardines de Yves Saint-Laurent en Marrakech, de una estética arrebatadora y lancé una reflexión al aire:

—Qué duro, para este hombre, ser mortal.

Llegados a un nivel de calidad de vida tan inmensa, teniendo cualquier lujo al alcance de la mano, meciéndose uno en la belleza de lo cotidiano, es mucho más terrorífico pensar en perderlo todo.

Poseer es condenarse.

miércoles, abril 09, 2025

Mamá

A pocas horas de morir mi padre, cuando ya había perdido todo signo de consciencia, de su boca salió un helador gritó de socorro: ¡mamá!

Me atravesó el alma esa llamada de auxilio de quien estaba a punto de fallecer, buscando, como un crío, volver a los brazos de su madre.

Pedí, sin pedirlo, que mi abuela estuviera al otro lado para consolar a su niño.

En ese momento asumí que algún día yo también daré ese grito animal de vuelta al vientre de quien me dio la vida, aunque ella no sea ya sino el más absoluto de los agujeros negros.

domingo, abril 06, 2025

Groove

Sonaba 'Into the groove' en el coche, una canción de la mejor época de Madonna y yo solté, con determinación:

Esa canción es del 85.

Fran, conocedor de mi endémico despiste, se sorprendió por la precisión.

¿Y eso?

Entonces yo le conté la cinta de casete que me grabé de los 40 principales los días previos a la muerte de mi madre. Esa madrugada larga junto a ella en su cama del hospital, agarrado a su mano, mojándole los labios con una gasa húmeda, escuchando en mi walkman 'Into the groove' para evitar el sonido insoportable del silencio.

Hay fechas que no se olvidan.

miércoles, febrero 05, 2025

Barba

Las redes sociales me asaltan, sin previo aviso, con fotos de tiempo atrás y mi primera reacción siempre es la misma, confirmar si mi padre vivía o no.

Sin haberlo planteado, la última vez que me afeité fue el día previo a su muerte, hasta entonces nunca tuve barba, desde entonces no la he dejado de tener.

Así que verme fotografiado en el pasado me da una información brutal de algo que siempre nos marca, el maldito día en que nos convertimos en huérfanos para siempre.

domingo, octubre 06, 2024

Papá

Que mi padre fuese un tipo extrovertido fue una bendición en mi vida, diría que en la de los cuatro hermanos.

Porque podía haberse recluido en la esfera de dolor que siguió a su viudez tan temprana, pero no lo hizo. De haberse metido hacia dentro, quizás habría arrastrado a sus hijos detrás.

Él entendió que el mejor homenaje que podía hacer a su rubia era disfrutar los muchos años que le quedaban por vivir.

Lo que mi madre le pidió.

En multitud de ocasiones he recordado, y recuerdo, sus palabras acerca del dilema de afrontar los problemas desde el encierro en uno mismo, esas tardes en las que llamaba a la puerta de mi habitación, a oscuras, cerrada a cal y canto, y me decía:

Borete, te enfadas con el mundo y el mundo no se entera. No te recrees en tu dolor. 

viernes, septiembre 20, 2024

Animal

No mentiría si dijera que no hay un solo día, desde que se apagara para siempre, en el que yo no haya tenido un pensamiento para ella.

Lo que es cierto es que en este período de principios de otoño, en el que empiezan las primeras lluvias, los niños vuelven al colegio y la ciudad recupera su ritmo, se hacen más presentes aún las últimas horas a su lado.

La noche inolvidable en la que el chaval de dieciocho años que era yo la acompañó en esa maldita habitación de hospital, pero la belleza al mismo tiempo de cómo nos tomábamos la mano, de su sonrisa de labios secos al pasarle la gasa mojada por los labios, de su mirada de decirme, sin hablar, 'no te olvides nunca de lo mucho que te quiero'.

Son tardes otoñales en las que las nubes me transportan a esas horas de terror en las que yo colocaba mi cabeza en el pecho de mi madre para olerla, para sentir sus manos en mi cabeza, para prometerle con mis silencios que siempre, hasta su última vejez, su niño mantendría viva la llama de ese amor imposible de olvidar.

miércoles, agosto 28, 2024

Faraón

Uno de los grandes atractivos de Turín es su museo egipcio.

Conscientes de que a Iván le apasiona desde pequeño el mundo de los faraones, ya teníamos compradas nuestras entradas antes incluso de salir de Sevilla.

Los enterraban con cuatro tipos de vasijas, que tenían cuatro tapas diferentes nos explicaba mi sobrino una vez allí, mientras paseábamos entre sarcófagos.

Hoy en día hay aún gente que querría que los enterrasen como a un faraón, con su colección de rolex, de coches deportivos, de pisos en la playa, de billetes y más billetes.

Ven que se van y se aterrorizan con la certidumbre de que tantas posesiones no se pueden meter en ningún lado. 

miércoles, julio 24, 2024

Abuelo

La muerte de mi abuelo materno fue el primer episodio que me impresionó.

Yo tendría seis años.

Sobre todo me afectó la tristeza sin consuelo de mi madre.

Sin pensarlo, una tarde me acerqué a su habitación y me inventé una historia, porque no sabía como decirle que su dolor era también el mío.

Mamá, ¿sabes qué? Hoy he soñado que jugaba con el abuelo.

Ella me abrazó y rompió a llorar. 

Nunca le dije que me lo inventé.

miércoles, junio 05, 2024

Cerveza

Fue su última salida del hospital; él mismo veía que le quedaban pocos días.

—¿Nos tomamos una cerveza, papá?

—Claro que sí.

Estaba muy débil, pero su espíritu vital pudo con su cuerpo agotado.

Quería llevarlo a su bar, el Jamaica, donde íbamos todos los domingos desde que tengo uso de razón, allí donde nos esperaba cuando salíamos de misa con mi madre, antes de que la fe nos abandonara a cada uno de los hijos.

Ese Jamaica de huevos rellenos y mero empanado, en el que lo encontraba cuando escapaba un poco antes del trabajo, siempre acompañado por sus amigos.

Lo razonable ese día era llevarlo a casa, pero quería regalarle esa última cerveza.

Le costó llegar a la silla, pero llegó y resopló. Era su momento.

Una de las camareras más veteranas, tras acercarle su última cerveza, le dio un beso en la frente que me inundó de emoción.

Ella sabía que nunca más lo vería allí sentado.

miércoles, mayo 01, 2024

En la muerte de Auster

No me perdonaría no dedicar mi texto de hoy a quien ha sido tan importante para mí.

Ha muerto Paul Auster.

Estoy en duelo por él a pesar de la distancia, de los años que nos separan, de no haber coincidido ni hablado nunca con él. 

De hecho, he recibido el pésame de mis mejores amigos, como el que recibiría tras la pérdida de un familiar. 

No sé a cuántas personas habré hecho lectoras a través de mi insistencia en que lo leyesen.

A mí me hizo escritor.

martes, marzo 26, 2024

Yiyi

A veces, suena muy novelero cuando se dice eso de que alguien no ha muerto, por el hecho de que sigue vivo en nosotros, pero en el caso de mi tío Yiyi es muy fácil de explicar.

Cuando apenas tenía 13 años, un niño enclenque en un colegio homófobo y ultracatólico, fue él la primera persona que me vio en el agujero y tiró de mí hacia fuera.

Borete, tú te vas a apuntar a remo con mi amigo Anchoa.

Convenció a mi madre y no me dieron opción.

La semana siguiente, nervioso como un perro chico, me planté en ese club deportivo y allí estuve entrenando a diario hasta que entré en la universidad.

Descubrí que había otro mundo, hice amigos, aprendí valores nuevos, comencé a formar un cuerpo de hombre, salí de la ratonera de mi habitación, ¡respiré!

Si Yiyi no hubiera tirado de mí, yo sería hoy una persona mucho menos interesante.

Él se nos fue el viernes pero, con el tanatorio abarrotado para despedirlo, seguro que seguirá viviendo en muchos de los que estábamos allí.

jueves, agosto 10, 2023

Deportivas

En Sevilla capital, a las deportivas las llamamos botines.

Yo tenía 17 años y llegaba de mis campeonatos de España de remo en Mequinenza. Era puro verano y la familia ya estaba en una casa alquilada en la playa de La Antilla. Aceleré por tomar el primer autobús nada más llegar a Sevilla.

Solo quería abrazar a mi madre.

Me insistieron, en casa, para que no dejase de ir a esas regatas, porque llevaba todo el año entrenando; yo intuía, sin embargo, que querían retirarme unas semanas del declive pronunciado en la salud de ella. No podía imaginar, por entonces, que apenas le quedaban dos meses de vida.

¡Mira qué botines te he comprado! Me mostró, nada más caer yo en sus brazos, a la puerta de la casa, una tarde preciosa en la que se ponía el sol.

Quizás utilizaba las deportivas como señuelo para que no me fijase en ella, con el cuerpo ya machacado por tanta lucha, estéril, contra su enfermedad.

Fue el abrazo más hermoso.

—¿Te gustan?

—Me encantan, mamá.

sábado, julio 22, 2023

El escudo

Cuando más consciente es uno del absurdo de la vida, más fino es el sentido del humor.

El humor se ceba con la muerte, con lo correcto, con lo formal, para fortalecernos con ese poder que nos da de hacer que no se nos vaya la vida con los golpetazos que esta nos da.

Un gran ejemplo son las abuelas, cuando sacan esa risa socarrona y contagiosa al hablar de cualquier tema. Ellas, que han enterrado amigas, hermanos, que disfrutan entre achaques los últimos años, son las que mejor saben reír y asumen, además, que esa es su salvación.

Perder el sentido del humor, o no haberlo tenido nunca, es carecer de un escudo protector que nunca gana la batalla a la realidad, pero la amortigua.

lunes, junio 26, 2023

Isa

Eran cuatro amigos inseparables, una pequeña pandilla formada por dos matrimonios.

Pedro e Isa más conservadores, mis padres más liberales, en épocas en las que la religión o la política no desunían como ahora, nos veíamos las dos familias todos los domingos desde que yo tengo recuerdo.

Fueron teniendo los hijos de forma acompasada. Así, cada una de sus cuatro hijas tenía su equivalente en edad en alguno de nosotros cuatro. Ellas, las niñas, tenían una denominación que las abarcaba, 'las amigas'. Aun hoy en día, cuando entre mis hermanos decimos 'las amigas' sabemos que hablamos de las hijas de Pedro e Isa.

De orígenes catalanes, ya en las fotos en blanco y negro, de estudiantes, aparecen juntos. Las películas de super-8 de nuestra infancia están llenas de ellos. De bautizos, primeras comuniones y cervezas en el bar Avelino.

La muerte tan temprana de mi madre dejó cojo al cuarteto cuando aún eran muy jóvenes, pero mi padre mantuvo toda su vida los domingos al lado del matrimonio. Tras largas enfermedades, pero con una vida bien disfrutada, se fueron ellos dos, los amigos, con pocos años de diferencia.

Ayer, nada más aparcar el coche tras mi fin de semana en Mijas, me encontré con un mensaje de Belén, la pequeña:

'Hola Borete, mamá ha fallecido esta tarde. No ha sufrido nada, dormía la siesta'.

Un golpetazo de tristeza me sacudió.

Con Isa, cariñosa, se nos van los arroces del fin de semana, sus achuchones, los domingos en su casa viendo la Casa de la Pradera, la infancia imborrable de mediodías azules.

Ya se fueron los cuatro amigos...

viernes, agosto 13, 2021

Parálisis

La muerte, cuando te toca muy de cerca, te paraliza.

Más aun si la persona a la que secuestró para siempre estaba loca por vivir.

Es una parálisis destructiva, que ataca los cimientos de tus energías para decirte, 'conmigo no puede nadie'. Me llevo lo más hermoso y me río de tu impotencia.

Ante eso me planteo que no tengo nada que decir que gane al silencio, nada que escribir que mejore al papel en blanco. Todo parece prescindible. Superfluo.

Pero cuando te encuentras en el lado seguro del puente y ves, impotente, que alguien querido se agarra con todas sus fuerzas desde el otro lado para no despeñarse en el precipicio, que tus manos no llegan a la punta de sus dedos para socorrerle, lo mínimo que puedes hacer, si esa persona acaba cayendo, es apreciar la suerte de estar allí donde tu amigo quería estar, en la zona segura, vallada, donde hace sol y te puedes reír por tonterías.

Si al perder a alguien te dejas llevar indefinidamente por el desconsuelo, estás despreciando la batalla de esa persona por sobrevivir. Le escupes a la cara sus esfuerzos. Le quitas valor a su dolor. Te haces cómplice de la muerte.

No sé qué sentido tiene la vida, nos pusieron aquí sin preguntarnos, pero sí sé que cuando la vemos en peligro somos jabatos en busca de la salvación.

Uno muere cuando muere, pero no muere la vida, los que te quieren, la ciudad que te vio crecer, el cielo azul, los niños, las carcajadas sonoras ni el café de media tarde.

Cuando alguien se va tenemos el reto de valorar el ansiado regalo que para siempre habría perdido esa persona de no ser porque nosotros lo disfrutamos en su nombre, ofreciéndole nuestros ojos, nuestra risa y nuestro corazón. Haciéndoles presente entre nosotros. Dándoles su espacio.

Vivir es, también, homenajear a los que, queriendo vivir, se fueron.

martes, diciembre 08, 2020

Escalofrío

Hay noches en que despierto de golpe y el escalofrío de la muerte recorre mi cuerpo.

Dura apenas décimas de segundo, es como un relámpago invisible que se mete en la habitación a oscuras para decirme que ahí está. Consigue que se me hiele la sangre y que necesite agarrar de nuevo la almohada, recolocarme en el edredón y recordar quién soy. 

El sinsentido de la muerte lo sudé muy joven. Ya padecí el pánico a la nada absoluta, el terror a desaparecer es una asignatura estudiada. Ese puente lo di por atravesado tiempo atrás. Es un peaje que hay que pagar antes o después, comprender nuestra materia. Una vez que lo haces la vida es más liviana.

Cada uno se aplica sus técnicas para aplacar a la fiera. Muchos las encuentran en la religión, otros en la ética y hay quienes viven en el miedo.

Pero no vale sufrir por lo que no ha llegado, a sabiendas de que cuando llegue ya no padecerás.

Hay noches, a pesar de todo, en que aparece la serpiente.

martes, noviembre 24, 2020

Tardes

Las tardes frías de invierno son una amenaza si no se las combate.

La noche cae tan pronto que la fragilidad se cuela por las ventanas. Apagar la tele, la música, dejar el único ruido constante del frigorífico, con la casa medio a oscuras es una prueba dura si la enfrentas solo. La hora de la cena nunca llega, los fantasmas te visitan. Las largas tardes de invierno son negras. Más negras aun con un virus al acecho.

Viene bien sudarlas. Quitar la calefacción. Apagar luces. Todo en silencio. Enfrentarte a tu yo desde la desconexión del presente. Comprobar qué hay ahí, entre los objetos del salón, entre tus costillas.

No solemos permitirnos estas terapias de gritar a solas sin dar gritos. 

Encendemos luces, estufas, televisores. No nos gusta vernos desnudos de todo, no nos damos la oportunidad de vernos por dentro. Buscar la quietud extrema para mirarla a la cara. Algo me dice que es sano, reconfortante, olvidar cada cierto tiempo los ruidos y la luz, despejarnos de asideros fáciles, encontrarnos con la muerte y reírnos por una vez de ella.

Ahora no, querida. Aún no. Yo también sé jugar contigo. 

lunes, enero 13, 2020

Muerto


De mí se ríen, con cariño, porque me gusta visitar iglesias. Yo me defiendo con el argumento de que las principales riquezas arquitectónicas de las ciudades históricas pasan por los monumentos religiosos. No sólo no soy un meapilas, ni tan siquiera soy creyente, pero reconozco la sensación enorme de paz interior que me produce la belleza de determinadas iglesias. Me apasionan la simetría, el acabado, los relieves, el silencio, las alturas, los olores, las vidrieras, los significados ocultos y sus leyendas. No recuerdo en mis últimas semanas algo más fascinante que el tiempo pasado en el interior de la catedral de León.

Con ese espíritu llego a toda ciudad conocida, o por conocer, y con él llegué a la aislada ciudad de Braganza, escondida entre montañas en un terreno fronterizo de nadie al norte de Portugal. Capital de la región de Tras-os-montes. El nombre lo dice todo. Las calles estaban inmersas en una niebla de película de terror y la temperatura rozaba la de un congelador. En circunstancias así hay un argumento de más, lo calentitas que son las iglesias.

Tras visitar la antigua Seo, caminamos sin rumbo entre sus calles empinadas a la búsqueda del castillo, cuando dimos de bruces con un templo minúsculo guardando la esquina de una callejuela. La puerta estaba cerrada, pero vi a una mujer entrar, y la seguí. Si la iglesia era chica por fuera, más lo era por dentro. De pronto, vi que todo el mundo me miraba. Todo el mundo era un puñado de ancianas sentadas en círculo alrededor de lo que parecía una pila bautismal. Olía a incienso. Hice que no me di cuenta de la severidad con la que me observaban, caminé con sigilo y, definitivamente, di marcha atrás, sin descifrar qué pasaba allí.

Cuando me giré hacia la puerta vi a Fran con la cara desencajada.

-¿No has visto el muerto?

-¿Qué muerto? -pregunté.

-Te has paseado alrededor del cadáver de un viejo, envuelto en plástico, con medio cuerpo al aire.

-Joder -se me cortó el cuerpo y, sin mirar atrás, empujé a Fran para salir cuanto antes de allí. 

-Estaba en medio de todas las señoras con las que te has cruzado, tendido sobre una mesa de mármol -creí ver el plástico esparcido en mi memoria inmediata.

A veces me pasa eso, que me meto de lleno en determinados sitios con ganas de observarlo todo, y no veo ni siquiera al muerto.

miércoles, diciembre 12, 2018

María Emilia

Mi querido José Ibáñez alabó hace años que este blog encabezase cada reflexión con una sola palabra. Me agarré a ese piropo hasta que ayer conocí a María Emilia.

Ya la crucé antes del verano con una cerveza. Recién terminaba la presentación de un libro, salió del bar de enfrente cabreada.

-¡La mujer del bar me ha destratado!

Entonces supe que era uruguaya, de vida nómada y que hablaba como los ángeles.

Anoche, en una cita a cuatro organizada por mi amiga Marisa, caí definitivamente rendido. Nos hizo viajar varias veces de su Uruguay natal a la Suecia de la que acababa de aterrizar para contarnos cómo en su juventud fue apresada por la policía política argentina, maltratada, vejada y encapuchada para conseguir tiempo después, allá por los 70, asilo en el país nórdico, donde reharía su vida y tendría a sus hijos, Felipe y Sofía.

-Mi hija nació dando bocados al aire -nos contaba con emoción a Marisa, a Machuca y a mí.

Yo jugaba con la información privilegiada de saber que encandilaba, pero pregunté todo al no conocer nada. Empecé por interesarme por su relación con Sevilla.

-Aquí murió mi hijo Felipe, Salvador -a mí se me heló la sangre.

Él tendría treinta y tantos años, y fue hace no mucho. Siguió a su hermana pequeña, Sofía, bailarina enamorada del flamenco, y acabó aquí cuando ella, once años después, decidió volver a Estocolmo. Un Felipe de corazón frágil desde pequeño rendido definitivamente al Sur. Ella, Sofía, estrenó durante la bienal un espectáculo homenaje a él. 'Pulso'. El pulso del corazón de su hermano.

-Él llegó a asistir al estreno de su hermana, ya muy malito -nos contaba su madre.

De arrugas bien marcadas, pelo rojo y figura esbelta, anoche María Emilia flirteaba con el buen trato del camarero que nos atendió.

-No sabes el bien que me hace que me traten con cariño.

Negoció con el casero quedarse un tiempo con el apartamento de su hijo en el barrio de las Golondrinas. Necesitaba estar a solas acá donde vivió él. Patearse Sevilla y adentrarse por los recovecos del Virgen del Rocío, por la UCI, las salas de espera, los pasillos donde no hace mucho se le iba la vida esperando un trasplante que no llegaba, una operación que no terminaba nunca.

-Cuando me dijeron que no podían cerrarle el pecho supe lo peor.

Entre copas de tinto y con gafas empañadas nos confirmó que ella no pensaba que Felipe siguiera presente.

-Felipe no está ya en ningún lado, pero yo sí, y necesito saber que estoy viva.

Aguantó varios días tras la operación, inconsciente, rodeado de hermana y madre. María Emilia le hablaba, esa vieja tupamara valiente que no se conformó nunca con el mundo que le tocó vivir. 

-Deja de luchar, mi hijo -le agarraba el puño-. Deja de luchar y vete tranquilo.

Anoche conocí un ángel de pelo rojo y tomé una píldora de vitalidad de efecto inmediato.