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Mostrando entradas con la etiqueta Tokio. Mostrar todas las entradas
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miércoles, julio 31, 2024

Cervezas

Conozco dos lugares en el mundo donde te poner la mejor cerveza helada, Sevilla y Tokio.

Era verano, acabábamos de aterrizar en Japón y yo miraba la mirada de Fran. Era su primera vez y para mí el disfrute era observar sus reacciones. 

En cuanto el autobús nos dejó en el hotel, salimos escopetados a recorrer la ciudad. Era mediodía. Los ejecutivos, todos vestidos de camisa blanca y pantalones azules, se desplegaban por los restaurantes del barrio de negocios en el que nos alojábamos.

—¿Sabríamos llegar al sitio de las cervezas heladas? —le preguntaba la otra noche a Fran, rememorando aquel viaje.

Los dos concluimos que sí, que sabríamos encontrar el camino hacia ese restaurante con escalones en la entrada y mesas separadas por tabiques de madera donde nos reímos tanto.

jueves, mayo 16, 2024

Occitane

Cuando vivía en París, me gustaba traerle a mis hermanas, cada vez que bajaba a Sevilla, unos botes de perfume de una cadena francesa que les encantaba.

Ahora esas tiendas están en todos los centros comerciales sevillanos.

Todo se puede encontrar en todos lados, la eficiencia ganó la batalla al romanticismo.

Un compañero de trabajo, en mi último viaje a Japón, me pidió un muñeco muy específico para su hijo. Me recorrí los comercios manga de medio Tokio hasta dar con el monstruito, horroroso, que me ocupó media maleta en el viaje de vuelta.

Al llegar a España me dio por investigar que, efectivamente, el juguetito lo traían en dos días a tu casa de Sevilla si lo pedías por internet.

viernes, marzo 31, 2023

Terremoto

Nos lo pasamos en grande en la noche tokiota.

Dimos tumbos, bebimos mucho, conocimos gente, bailamos, buscamos taxis, tomamos metros, llegamos reventados al hotel.

Al día siguiente, resacosos, salimos a una plaza a pasear. Había un mercadillo de artesanía. Yo sentí el suelo temblar. Corrí como pude hacia un extremo de la plaza y me apoyé en un muro. Mi amigo Pablo seguía a su bola, los objetos de los tenderetes no se movían, las hojas de los árboles tampoco.

—Salva, estás blanco.

¿Hubo un terremoto en Tokio o el terremoto estaba en mí?

Qué mal sienta el afamado whisky japonés.

jueves, enero 05, 2023

Iguales

Cuando sale en la conversación mi amor por los viajes, me gusta responder que lo que más he aprendido de ellos y lo que más me engancha no tiene que ver con monumentos, paisajes o tradiciones. Es mucho más sencillo.

Viajar me ha permitido comprobar lo iguales que somos los humanos.

Y me gusta bucear en esa verdad, al comentar la procedencia de unos embutidos con el dueño de una taberna en León o al visitar un parque en Tokio mientras escucho cómo le va la vida a un compañero japonés.

Parece de perogrullo, pero esa conclusión tan personal no se entiende en toda su inmensidad hasta que no tienes recorrido medio mundo y has compartido momentos de todo tipo con personas a las que nunca hubieras conocido de haberte quedado quieto.

Que integres esa sencilla verdad, que somos muy parecidos entre nosotros, provoca un bienestar mental impagable, se convierte en una medicina fantástica contra el nacionalismo, amplía tu territorio al del planeta entero, te hace más sensible a los problemas y triunfos del hombre, consigues sentirte menos pequeño, más coherente, empático y asertivo, menos caprichoso y egocéntrico.

Ves que somos uno, que nos duele lo mismo y que juntos, siempre, seríamos mejores.

viernes, abril 01, 2022

Tokio

Se conjugaron los astros para que nos cruzáramos las miradas.

Una cosa llevó a otra y el chaval, con muchos nervios, nos preguntó qué hacíamos en Tokio. Su novia sonreía con la timidez propia de los japoneses con los extranjeros.

Al rato habíamos juntado nuestras mesas en el restaurante, ellos nos comentaban los mejores lugares para escuchar música y nosotros les explicábamos todo aquello que nos sorprendía de su país.

¡Tan fácil!

La realidad es que esas situaciones ocurren de higos a brevas, con lo sencillo que sería romper una conversación para decir.

¿Cómo estás?

Los turistas, en cambio, tienen la tendencia a encerrarse en ellos, a cenar entre ellos, a mirar las ciudades y los paisajes desde su propia interpretación, sumergidos en sus esferas culturales poco dispuestas a airearse con los vientos locales, sin dejarse llevar por los remolinos de lo de ahí, lo que se trama, lo que se escucha, lo que se hace. Vibrar con la frecuencia de sus sonidos.

Yo estoy bien, gracias por preguntarme. Deseando saber de ti.

miércoles, noviembre 03, 2021

Asakusa

No se puede visitar Tokio sin pasear por Asakusa.

La capital japonesa es una megalópolis hecha a trozos, tan inmensa que se pierde en el horizonte cuando subes a un rascacielos para observarla. Una ciudad que apenas guarda restos de lo que fue hace siglos por culpa de la Segunda Guerra Mundial y cuyo principal atractivo es precisamente su modernidad, las pintas de la gente por la calle, los edificios de formas imposibles, sus escaparates, los mercadillos, las callejuelas donde, de golpe, te encuentras un restaurante diminuto donde sabes que te van a dar de comer bien.

Para los guiris está Asakusa. Un templo budista rojo que conforma una pequeña ciudad dentro de la ciudad.

Si siete veces he ido a Tokio, siete veces he visitado Asakusa. Haces fotos de ensueño en su jardín, con su pequeño riachuelo, los puentes, las geishas que lo pasean. Una estampa del país que esperas encontrar.

La penúltima vez que estuve en Japón casi se me escapa, así que convencí a Pablo, mi compañero de viaje, para ir a cenar por la zona, con idea de darnos un paseo por sus calles antes de que cayese la noche.

Con el templo ya casi vacío, un matrimonio japonés de ancianos se acercó a mí y me hicieron gesto, cámara en mano, de que querían alguien que les retratara. Les hice una reverencia y les pedí la cámara.

—No —me dijeron, por medio de signos—. Y se la dieron a mi amigo Pablo.

A mí me pidieron que me colocara en medio de los dos para aparecer en la foto.

Yo me quedé de piedra, entre halagado y avergonzado, pero me coloqué entre ellos.

Tuve la suerte de que la mujer hablaba algo de inglés, así que, tras posar varias veces con mi mejor sonrisa, les pregunté por el sentido de la foto.

—Es que usted tiene una nariz muy grande.

viernes, julio 23, 2021

Tokio

No hubo decisión más acertada en mi juventud que apuntarme a hacer remo.

Tendría 13 años, muy buenas notas y una vida social que se limitaba al paseo de ida y vuelta a clase.

Fue, a esa edad, cuando comprendí la grandeza del deporte, no sólo por lo que implicaba de esfuerzo, disciplina y solidaridad, sino porque me permitió salir de mi caparazón, encontrar ilusiones fuera de mi círculo cerrado, conocer otros círculos sociales y empezar a valorar mi cuerpo.

El deporte es un reflejo aumentado de la vida. Forjar un proyecto, luchar por él, trabajar en equipo, disfrutar de cada paso ganado, comprender cuáles son tus límites, abandonar cuando no puedes más. Como la vida misma. 

Como la vida, también, tiene su parte negra, allí donde entra la corrupción, el dopaje, la trampa.

Disfrutar de un partido de tenis o de un campeonato de natación es un puro disfrute. Cuando sientes que lo entregan todo en pos de la victoria.

Hoy empiezan los Juegos Olímpicos, una vez más, marcando nuestros períodos vitales. Qué época de juventud más hermosa cuando tuve la posibilidad de estar en Barcelona durante las Olimpíadas. 

Sidney, Atenas, Seúl, Atlanta, Londres, Pekín... ciudades que han quedado grabadas en nuestra memoria personal gracias a la grandeza del ser humano, que un día se organizó para ver quién era el más fuerte, el más rápido, el más alto.

El deporte como símbolo de la Vida, porque todos vamos detrás de un sueño.

viernes, mayo 14, 2021

Robot

Regresábamos al hotel, tras una noche divertidísima en Tokio, cuando vimos el robot.

Había un embudo de tráfico por unas obras en un cruce de varias calles en Shinjuku. En medio de la confluencia habían colocado a un robot, vestido de guardia de tráfico, que controlaba una gran diversidad de posibilidades para ir dando paso por uno u otro carril en función de la afluencia de coches.

Pablo y yo, animados por los cubatas bebidos, nos paramos a ver al muñeco trabajar. Tratábamos de adivinar cuál era la lógica, porque los movimientos automáticos cambiaban constantemente.

-Tiene que haber sensores por todos lados para que se comporte así -le comenté.

Lo teníamos a cinco metros y estaba caracterizado de forma magistral, con puros rasgos japoneses.

De pronto, se giró hacia nosotros y dimos un respingo. Levantó la mano para saludarnos con una sonrisa.

¡Era un hombre!

Nos entró un ataque de risa conforme nos alejamos de allí.

Yo, a día de hoy, no sé qué o quién nos saludó.