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lunes, junio 23, 2025

Teherán

Yo he estado trabajando una semana en Teherán.

Es poco tiempo, pero suficiente para pasearme por sus calles, tener reuniones de trabajo, comer en sus restaurantes, hablar con defensores del régimen de los ayatolás y con algunos radicalmente contrarios al gobierno islámico.

Tiempo para arrodillarme en una mezquita chií y verlos rezar.

No es una urbe hermosa, pero tiene lugares preciosos. Era invierno y la nieve encumbraba unas montañas que se metían en la ciudad. Así, nevado, visité el suntuoso palacio de Golestán y sus salones de cristal.

Hoy están recibiendo bombas. Las lanzan contra un gobierno criminal, pero las reciben ellos: el que me regaló pistachos, aquel que me tomó de la mano para cruzar una avenida sin semáforos, quien se ofreció para acompañarme por el gran bazar, esa mujer que me habló, con temor, del futuro de sus niños.

lunes, mayo 26, 2025

Placer

En sus primeros discursos, el recién estrenado León XIV no tardó en señalar al placer como enemigo del alma.

Sí, nombraba otras cuestiones con las que puedo estar de acuerdo: el dinero, el poder... 

El placer, que habita tanto en una onza de chocolate como en una carcajada con los amigos, convertido en objeto prohibido de tentación. Como si disfrutar fuera un pecado. Esa es una de las características que menos me atrae del catolicismo, su condena del deleite.

De pequeños deberían ofrecernos un catálogo con todas las religiones: "pulsa la tecla C para catolicismo, I para el islam, B para el budismo. Pulsa Z si no te apetece ninguna".

¡Qué barbaridad! Dirán que un niño no está preparado para elegir. Si no tiene capacidad de decidir ¿por qué sembramos en él una fe que nunca pidió?

Yo pulsaría la Z, sin duda. Pero si esa tecla se escacharrase me iría a por la B, donde —dicen— basta con amar de verdad.

jueves, julio 27, 2023

Musulmanes

Los prejuicios se parten por la mitad cuando uno se interesa por las cosas.

Venía de vuelta en el AVE tras unos días de trabajo en Madrid y coincidí con un compañero turco que tenía programado visitar la fábrica de Sevilla.

Entablé una conversación para interesarme por él. Era la primera vez que viajaba a Sevilla y me permití comentarle algunas cosas.

Allí vas a encontrar muchas muestras de su pasado musulmán le sugerí.

Estoy hasta el gorro de musulmanes me respondió.

Tragué saliva. No era una respuesta prevista. 

Entonces me soltó todo un discurso contra el gobierno islamista de su país y yo me puse las orejas de escuchar.

sábado, septiembre 24, 2022

Irán

—Estoy cansada, Salvador.

Me había pedido que nos colocásemos en la mesa del fondo, pegada a la pared, con dos compañeros franceses a nuestro lado que hicieran de barrera para poder hablar con libertad.

Yo había llegado a Teherán un par de días antes. La ciudad estaba nevada, por lo que el vuelo se retrasó. Ella, desde la distancia, fue organizando todo para facilitar las gestiones aduaneras, el transporte al hotel, la visita a las fábricas.

Ingeniera muy cualificada, era ella quien dirigía a un equipo de técnicos, que la respetaban.

—Con mi sueldo mantengo a mi familia —me explicó—. Me da miedo que en cualquier momento la cosa se complique y me frenen mi carrera profesional por ser mujer.

A mí me había impresionado el país ya desde el momento en el que pisé el aeropuerto. Con esas mujeres de negro riguroso a las que se les veía sólo los ojos, sentadas en la cinta de recogida de equipajes. 

En mi semana de trabajo allí, no vi a una sola de ellas sin velo.

—Es la ley islámica, Salvador. Es un delito no llevarlo.

Le pregunté si no querría trabajar fuera de Irán y abrió los ojos grandes para decirme que sí.

—En este país todo está dominado por la religión y las mujeres no somos nadie.

No olvidaré esa mesa, la conversación y aquellos ojos grandes, tristes, enrabietados, con ganas de vivir.

jueves, noviembre 04, 2021

Mezquita

Tuve la suerte de poder visitar una mezquita en Teherán acompañado de un anfitrión iraní.

De hecho, él quiso que yo me integrara como uno más en el rezo. 

Ese día nevaba, él me pidió que le imitase, así que me quité los zapatos y los calcetines en el patio ¡a cielo descubierto! Me limpié los pies con agua helada de la fuente. Y las manos. Y la cara. Hice lo que hizo él.

Nosotros seguimos el rito chiíta, por lo que no apoyamos la cabeza en la alfombra.

Me entregó una especie de pastilla de jabón, de madera, que colocaban en el suelo, de forma que al inclinarse hacia delante ese artilugio impidiese que la frente tocase con la moqueta.

Una vez dentro, me coloqué a su lado, entre tantos otros, y lo observé rezar. Fueron minutos mágicos.

Yo, agnóstico convencido, cerré los ojos y vi las lágrimas de mi madre viendo pasar la Macarena, sentí el olor a incienso de la iglesia católica, los fieles santiguándose, los cantos del cura.

El poder de lo inmaterial. 

Estaba a miles de kilómetros de mi ciudad, arrodillado en una mezquita y me sentía en plena armonía con la indescifrable creencia del ser humano en alguien que cuida de nosotros.

domingo, agosto 22, 2021

No tocar

No les des la mano ni las mires a los ojos me aconsejó Hammid―. No las debes tocar.

Cuando tuve que ir por trabajo a Irán, poco antes de la pandemia, lo hice con los ojos muy abiertos. Quería saber de primera mano cómo era aquella sociedad y tenía una semana para descubrirlo.

Tuve dos grandes cómplices en esa corta aventura: el guía que encontré por Instagram y la ingeniera con la que tenía que tratar las cuestiones técnicas que estaban en el origen de mi misión.

Hammid, el guía, resultó ser un fiel defensor de la ley islámica. Con un trato excelente hacia mí, me enseñó Teherán con su mirada. Hablaba con devoción de los ayatolah, criticaba la agresividad de Estados Unidos, me llevaba a mezquitas para mostrarme el rito chií y defendía el modo de vida obligatorio.

Es nuestra ley, Salvador.

Nada más aterrizar, ya comprendí que el uso del velo por parte de la mujer no era opcional. En una semana no vi una sola que no lo llevara.

Yo no puedo más me decía la ingeniera a la hora de comer. Quieren disfrazar de democracia una dictadura religiosa. No hay partidos políticos agnósticos, Salvador. Aquí todo lo domina la religión.

Lo hablábamos con mucho cuidado, en inglés y en voz baja, porque sus compañeros comían en la misma mesa. Hacíamos por poner dos franceses de barrera para poder charlar con cierta tranquilidad.

Poco después, Donald Trump volvió a aplicar el embargo, mi empresa se tuvo que ir de allí y ella se quedó sin empleo. Una tarde recibí un mensaje suyo.

Salvador, necesito que me ayudes a salir de aquí. Al menos a alguien de mi equipo.

A pesar de que lo intenté, no conseguí nada, pero sí sé que ella consiguió escapar a Rusia con la familia. Me envió una foto desde allí, sonriente y con el pelo al viento.

En estos días me desayuno con el drama de Afganistán y pienso en ella. En tantas mujeres con el futuro roto. En cómo sus propios hijos, sus padres, sus hermanos se convierten, sin pudor, en sus propios carceleros. 

Demencial.

martes, enero 30, 2018

Hamid

El chaparrón de emociones contradictorias que me está suponiendo este viaje a Teherán explota dentro de mí con un ramalazo de ideas a desplegar e informaciones a investigar. 
Hamid ha sido la trinchera desde donde poder asomar la cabeza a una ciudad que, de no tenerlo a él como catalizador, se me habría escapado por todos lados de tan extraña. Él, sin embargo, me ha permitido acompañarle en sus abluciones y me ha reservado un hueco en la moqueta de su mezquita, regalándome un rato enorme de sosiego sintiendo los espíritus brotar en genuflexiones aprendidas de pequeños. Es él quien me ha llevado al Gran Bazar para presentarme al más viejo preparador de tés, sonriente en su cuchitril de fuegos y cacerolas. He comprobado cómo sus vecinos se meten en todas las conversaciones, aparentando un pequeño pueblo de ocho millones de habitantes. 
Tomamos unos kebabs de corderos tan grandes en su rincón preferido del bazar que no pude terminarme el plato. Lo observé hablando con el camarero y entendí que me disculpaba por haber dejado comida, pero me confesó que estaba rogándoles que se la entregara a los pobres de esa plaza. Ha sido él quien me explicó por qué la ley obliga a las mujeres a llevar pañuelo y ha asumido con naturalidad mi disimulado mosqueo. Me ha sorprendido el fervor con el que habla del líder supremo, Alí Jamenei, sin admitir poner en discusión su carácter democrático. ‘Lo votan los religiosos, Salvador’. Me habló del Sha con respeto, de sus tres mujeres, de la dinastía Palevi y sus errores. Visitamos tumbas de mármol de antiguos reyes, palacios llenos de paredes de cristales y jardines nevados. Y cuando, ante un gran cartel de Jomenei le pregunté, con cierta maldad, si estaba muerto, él me contestó ‘he passed away’.
Me abrió la puerta de una antigua residencia. 
-¿Ves la oscuridad? –asentí-. A esto se le llama ‘ichta’. Es la entrada octogonal a las casas, sin ventanas…
Me explicó por qué hay dos llamadores. Los hizo sonar. El más agudo indicaba que era una mujer quien visitaba la casa, el otro un hombre. Pero si el hombre engañaba utilizando aquél de la mujer, y si al otro lado abría la dueña de la casa, la oscuridad protegía a quien recibía, hecha a lo negro. Si encontraba un hombre tenía tiempo de cubrirse o de cerrar. ‘Así es la naturaleza humana, Salvador, desconfiada’.
Le pedí visitar la torre Azadi, y me llevó a la carrera entre un tráfico infernal. Me daba la mano con naturalidad y me hacía cruzar parando coches. Un policía nos paró.
-Por aquí no se puede atravesar.
Y se sonrieron los dos.