lunes, septiembre 29, 2025
Zapatero
domingo, marzo 31, 2024
Turismo
Tras unos días en Florencia, uno vuelve a casa feliz, por encima de todo, empapado de belleza, de conocimiento, con nada que seas curioso, cargado de energía para volver a los días iguales, más sabio, más sensible.
También inquieto por lo que el turismo de masas destroza, entre otras cosas el buen carácter del ciudadano que habita esos lugares. Nos ha sido difícil encontrar un florentino simpático. En el hotel, en los restaurantes, en las taquillas de los museos. ¡Están hasta el gorro de turistas, a pesar de que muchos vivan de nosotros!
Haber combinado el viaje con Bolonia sirve para comparar dos realidades. Una ciudad fagocitada por extranejros, frente a otra que aún mantiene su personalidad. Una donde es imposible hacerse una foto sin que suene un claxon o una protesta, frente a otra donde incluso puedes pedir que te retraten.
Viajar no puede volver a ser una actividad elitista, no iría por ahí mi razonamiento, pero me cuesta encontrar una solución a la habitabilidad de ciudades-museo que pueden acabar por ser caricaturas de lo que fueron.
sábado, marzo 23, 2024
Noche tenebre
sábado, marzo 25, 2017
Liturgia
Hay en mí, en cambio, una particular devoción por la liturgia de las religiones. Hace casi un año quedé postrado en una silla de una iglesia florentina silenciosa, a oscuras, inundada de incienso, con las figuras tapadas de terciopelo, en la celebración de unos actos propios del Jueves Santo. Se repetían unos rezos por parte de mujeres vestidas de azul, como virgencillas, arrodilladas en el suelo de mármol y orientadas hacia una pequeña capilla lateral, único foco luminoso de la imponente iglesia de San Gaetano. Quedé transportado a una parte interior de mí que no suelo visitar.
Hago por entrar en las iglesias de las ciudades que visito, tengo la costumbre de hacerlo en las de mi ciudad. Me siento a disfrutar de su belleza. Me recreo en sus silencios.
Sé que el hombre, por tanto yo, no tiene argumentos para demostrar la existencia, o inexistencia, de un Dios. Admiro, aún así, el afán del ser humano por acercarse a él.
Me subyuga participar en liturgias construidas durante cientos de años, perfectamente sincronizadas e integradas en aquéllos que las practican, en busca de la conexión con ese ser supremo. De ahí que cuando me acerco a esa escalera de lo litúrgico, me apetece subirla con toda mi alma puesta en ello, para aproximarme a la frontera última a la que el hombre ha llegado con idea de asomarse a la mirilla con la que observar a quien nadie nunca ha visto.
lunes, agosto 22, 2016
Muero
-Muero por llegar a Gante y ver el Políptico de Van Eyck.
Yo simulé una cara de cabreo y él insistió:
-¡Es que tú te mueres por todo!
Sí. Desde que él me lo dijo, caí en la cuenta de las veces que uso esa expresión. 'Muero por volver a Nueva York, por pasear de nuevo por Lisboa, por volver a atravesar en camioneta la Cordillera de los Andes, o a patearme los templos de Kioto entre geishas, o a comer pollo al sultán en una azotea de Bursa, o pescado y licor de ciruelas en el mercado de Pusán, o recrearme otra vez con el retrato del matrimonio Arnolfini de Van Eyck en la National Gallery, o por bañarme al anochecer en la playa granadina de La Herradura, o por vivir de nuevo la noche ténebre del Jueves Santo en la iglesia de San Miguel y San Gaetano de Florencia, o por tomar un antojito en la Venta Esteban de Jerez, o por leer un nuevo libro de Murakami, o de Auster, o por pasear una vez más Barcelona con Rivo y Ángels, o Hamburgo con Gabi, o Ámsterdam con Fernando, o por recorrerme una mañana más cada rincón de la catedral de Sevilla...'
Muero por seguir vivo y teniendo intacta la capacidad de emocionarme.
lunes, marzo 28, 2016
Mármol
La ciudad toscana ofrece un espejo donde ver el recorrido del ser humano, individual y colectivo, en su perpetua búsqueda del sentido de la existencia a través de la belleza, de la política, de la religión, del urbanismo; de la cultura, en suma.
A Florencia le pierde, quizás, su propia grandeza. Son tantos los que andan buscando la clave de la ciudad, que ésta se pierde entre personas que no son de allí y que ansían encontrar con sus móviles, en un tiempo récord, las fotos que capten la esencia de un lugar privilegiado; es esta circunstancia la que dificulta el sosiego necesario para conectar con una sociedad florentina que se escapa entre estatuas que no dejan de ser de mármol.
Comes entre japoneses, americanos y franceses que impiden escuchar el verdadero acento de los siglos de sabiduría con que un colectivo se impregna a través de generaciones.
Lo más parecido a ese momento creímos encontrarlo en el silencio absoluto de la iglesia de San Gaetano la noche del jueves santo. Dimos allí con la inercia que nos hacía entrar por toda puerta abierta.
El incienso invadía la oscuridad que proyectaban las candelas de las velas y sobre el duro suelo verdoso hincaban sus rodillas mujeres cubiertas con velos blancos de monja y sacerdotes de rígido negro. Todos alrededor de una capilla pequeña, único foco luminoso, en un silencio perfecto. Allí nos colocamos abducidos por la llamada de lo eterno.
Al día siguiente quisimos mostrárselo a Bea, y volvimos a ese recinto amplísimo de lo no existente. Sin embargo no había velas, ni oscuridad, ni humo, ni velos blancos. Tan sólo quedaba una estampa más, maravillosa como todas, de una ciudad encubierta por su propia grandeza.