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jueves, septiembre 30, 2021

Sudar

Me ocurrió algo en la fábrica que Renault tiene en la ciudad francesa de Le Mans que pertenece al espacio difuso entre lo real y lo fantaseado.

Debía presentar una nueva dinámica de trabajo al comité de Dirección de la factoría. Salí de París a las cuatro de la mañana para llegar a tiempo a la cita. Me coloqué mi mejor camisa blanca y me perfumé.

Me esperaban alrededor de una gran mesa redonda, y allí tomé la palabra tras presentarme.

Nada más comenzar, me interrumpieron unas cuantas veces con preguntas agresivas y a mí me asaltó la inseguridad. Por mi francés de entonces, por el tema en sí, por la ceremonia del recibimiento. El cuerpo se me descontroló y empecé a sudar. Sudé y sudé. Intentaba mirar la camisa, pero yo sabía que me estaba empapando. En un receso, pregunté por el baño. No había salida posible. Cerré la puerta, me desnudé de cintura para arriba y metí la camisa bajo el secador de manos. 

Nunca me había pasado algo igual, pero me entró pavor a realizar ninguna intervención en público, fuera por trabajo, la presentación de una novela o simplemente decir unas palabras en un encuentro entre amigos.

Un anuncio de televisión me salvó. ¡Había aparecido un producto mágico! Efectivamente, lo comprobé. Te lo aplicabas justo antes de dormir y al día siguiente ni una gota de sudor.

Perdí el miedo.

Ese botecito hace muchos años que se me acabó. Nunca lo volví a usar y nunca más se me descontroló el sudor.

El hecho de eliminarlo de mis pesadillas había provocado un efecto sanador hacia mis miedos.

Olvidé pensar en el pánico de hablar en público y mi cuerpo se hizo fuerte en mí.

viernes, junio 03, 2016

Le Mans

A Le Mans se llega en poco más de un par de horas de coche desde París.

Es un lugar coqueto para vivir, aunque difícil para un andaluz por su clima áspero; con una catedral fortificada sobre un montículo que impone su carácter, enredada entre calles de piedra donde se comen rilletes, un paté de cerdo tan rico como graso, delicioso para probar con un vino blanco de Sauternes; calles protegidas por unas murallas que defendían este viejo territorio de las Galias, enclave futuro de disputas entre católicos y calvinistas.

Sólo conocida por sus 24 horas, fue cuna del ferrocarril francés y es buena puerta de entrada para visitar el País del Loira.

Allí, a Le Mans, tuve que desplazarme innumerables veces cuando trabajaba en París. Con una enorme fábrica de transmisiones en pleno núcleo urbano, me lanzaron el encargo de participar en varios grupos de trabajo que trataban de llevarla a ser número uno de su sector en resultados de calidad. Fui bien recibido por una gente que habla un 'patois' difícil de entender para quien ha aprendido francés con fascículos de Planeta-Agostiini.

Tras la primera visita que hice a la fábrica, acompañado de mi jefe, me despedí de él para hacerme con la ciudad. Era un martes, aún hacía luz, y tenía todo Le Mans para mí. Él, sin embargo, me comentó con tanta torpeza como cortedad:

'El turismo es para los fines de semana, Salvador'.

Yo lo miré con cara rara, le dije hasta mañana y me lancé a la búsqueda de las rilletes a la sombra de la catedral.