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viernes, enero 13, 2023

Brillantez

Tengo la íntima sensación de que la única forma de triunfar en cualquier terreno es a partir de la brillantez.

Así me lo aplico.

Hace muchos años acompañé a comer a un compañero de trabajo, y amigo, que se retorcía por dentro por un ascenso que no le habían concedido. Se quiso enfrentar a la dirección, puso su puesto a disposición de la empresa y acabó mal.

Antes de montar ese pollo, durante esa comida, compartí con él mi teoría.

―La única forma de ascender es ser brillante ―le dije―. Puede que no sea suficiente, pero es indispensable. Tienes que ser impecable y ya todo vendrá. Medrar solo sirve a corto plazo.

Cuando uno trabaja interiormente la búsqueda de la excelencia, se encuentran resultados sólidos. Aunque solo sea a nivel personal, de autosatisfacción, que es sin duda el mayor de los éxitos.

A mí la vida profesional no me ha tratado mal porque siempre he mantenido esa filosofía. No soy un gran ingeniero, ni me muero por los coches, ni conozco todos los entresijos de mi empresa, pero lucho por hacerlo bien.

No soy un escritor reconocido, pero no hay día en el que no saque tiempo para escribir, ni dejo de anotar aquellas ideas de los grandes autores que admiro, ni me vengo abajo cuando no recibo un aplauso de mis lectores. Persevero, pese a todo, en busca de la brillantez, en lograr la excelencia. No me valen los enchufes, ni los contactos, ni la promoción, ni los halagos si no consigo conmover el alma con mis escritos.

Luchar por ser muy bueno en aquello a lo que te dedicas es el mejor regalo que te puedes hacer, porque nunca conocerás el fracaso.

Si no luchas por tus sueños, nadie lo va a hacer por ti.

lunes, junio 04, 2012

Correr

En los tiempos que corren, nunca mejor dicho, hay dos tipos de personas: a las que les gusta correr y a las que no.

Los segundos suelen utilizar los argumentos de que prefieren el deporte de equipo, que el hecho de correr es aburrido, de cobardes o que, sin más rodeos, no les gusta dar un palo al agua; los primeros, en cambio, entendemos la carrera como un dificultoso placer inexcusable.

A mí, que me gusta pasar grandes ratos corriendo, me ocurrirá como a buen número de personas, que encuentras diez mil motivos para no lanzarte a la calle, pero esa lucha la acaba ganando muchas veces la voluntad de tomar las zapatillas de deporte y ponerte a ello.

Es duro correr. Es un ejercicio en el que lo mental tiene mucho que ver. Eres tú contra ti mismo y ésa es su principal virtud y perversión. Es difícil, sin embargo, no alegrarse de haberlo hecho una vez que te has dado una ducha tras haber cumplido con el reto.

Es un deporte que te pone frente a frente con tu naturaleza, que te permite reencontrarte con tu capacidad de sufrimiento pero que, al mismo tiempo, transforma el esfuerzo en algo placentero. En uno está la habilidad de conseguir pasar esos minutos utilizando la mente de forma inteligente, no dejando que ella te convenza, a partir del sufrimiento que el cuerpo le transmite, de abandonar, reducir, aminorar o no cumplir con tu objetivo. Y la mente, cuando se pone villana, te llama tonto, te dice repelente, te ofrece pasteles, cervezas y sofás inmensos donde ver películas, te muestra lugares blancos con aire acondicionado y manjares suculentos para hacerte claudicar.

Correr te permite cuidar tu cuerpo, sin duda, y un cuerpo sano es sinónimo de vitalidad; pero además te ofrece, cada vez que te enfrentas al espacio abierto de los kilómetros por recorrer, un desafío de empeño, retándote a no sucumbir.

Es, por igual, sufrido y reconfortante, pero gana el resultado final, la satisfacción del esfuerzo.

En mi vida me he cruzado con mucha gente y, a día de hoy, puedo afirmar que el entusiasmo por este deporte viejo como el hombre no es contagioso: Si no te gusta, no hay nada que hacer.

viernes, junio 01, 2012

Perseverance

Desde que soy pequeño, he tenido a mi hermana Mónica, la mayor, como ejemplo de persona voluntariosa. No hay más que recordarla aprendiendo a bailar sevillanas, repitiendo una y otra vez los pasos, mientras mi hermana Raquel se distraía con el paso de una mosca, dibujando láminas con tiralíneas a pesar de los manchones de tinta, recomenzando cada vez el trabajo de horas, entrenando remo como si le fuera la vida en ello, trabajando desde joven como si las empresas que le contrataban fueran suyas. Mónica le pone el alma a todo, a veces demasiada, con la frustración que eso conlleva.

Hace bastantes años comencé a coleccionar el curso de inglés que venía con El Mundo. Tal como llegaba cada semana me lo grababa en el ordenador, hacía mis ejercicios y los archivaba. Un día ella vio los fascículos con sus dvd's y las cintas de mp3. Se los llevó.

No creo que exista nadie en España que haya escuchado más veces esos cursos ni repetido todos los ejercicios infinitamente como mi hermana Mónica. Llego a su casa y la veo concentrada, con sus cascos puestos, el boli, la libreta y moviendo la boca sin emitir sonido.

Su sobrino Iván se ha especializado, con nueve años, en imitarla. Porque lleva nueve años viéndola gesticular cada frase de cada lección.

De vez en cuando, cuando llevamos varias cervezas encima en cualquier cena, le animamos a que nos diga algo en inglés. Se niega.

'Cualquier cosa, Mónica'.

Nada.

Intentamos provocarla haciéndole preguntas, le pedimos que nos traduzca alguna frase de una canción, le consultamos alguna aparición en televisión por ver si deja caer algo tras tantos años estudiando inglés.

Imposible.

En mi familia y alrededores estamos ansiosos esperando el día en que Mónica se arranque a hablar. Ese día se quitará los cascos, las gafas, tirará el cuaderno a la papelera y nos dirá:

¡No me entero de 'ná'!