No es difícil ver la cadena de transmisión. Desde las pantallas de televisión del África Negra católica llega un mensaje del adorado Papa, que se desplaza en su Boeing para transmitirles lo que se supone ya debían saber, que los 540.000 infectados de SIDA del Camerún son pecadores y que no sirve de nada utilizar el condón. Quien no sea pecador no se contagiará. Un 6% de la población en un país donde las posibilidades de tratarse son mínimas.
Quien no viese la tele, recibirá el mensaje directamente en la homilía de su iglesia de madera, o se lo dirá el vecino, o le pondrán la cara colorada si consigue juntar el dinero para ir a una farmacia a comprar un preservativo.
Al Papa le hubiese gustado que los seres humanos fuésemos figuras geométricas asexuales, que se quisieran por programa y que, para que no se perdiera la especie, surgiera un cable que transmitiera una señal que posibilitara a la pareja para la que estaba programada tener otra figurita de porcelana.
Al Papa le dan miedo las relaciones humanas, porque no sabe lo que son. No sabe lo que es el sexo y lo odia, escupe todo sus miedos y represiones, no sabe lo que es el amor real tras esa capa blanca de hipocresía.
Se permite coger un avión de vez en cuando para salir de su celda dorada y decir al mundo lo que no es el mundo.
No somos figuritas de porcelana, somos seres de carne y hueso que vivimos una realidad más dura de la que se ve desde ningún púlpito.
Ya vale de acusar por follar, de pedir cárcel para las mujeres que abortan, de compadecer a los homosexuales, de castigar al infierno de una enfermedad sin cura a millones de negros a quienes se les educó en el amor a un Dios que tiene un representante impresentable en la Tierra.