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martes, septiembre 09, 2025

Amiens

Amiens era mi ciudad refugio.

A mitad de camino entre las fábricas de Renault del norte de Francia y el París donde yo vivía, echarme a un lado unos 30 kilómetros a la vuelta del trabajo era un escape necesario: me quitaba la presión del día laboral y evitaba las horas de más atasco de entrada a la capital.

Mis jefes me decían que el turismo había que dejarlo para el fin de semana y yo les sonreía.

No quería darles envidia con lo maravilloso que era pasear junto a esa inmensa catedral al caer la tarde y tomar un café, con mucha espuma, en un rincón casi vacío donde sacaba alguna novela de Amélie Nothomb y sentía a la vida mecerme, cómplice, en sus brazos.

Para sentir, ufano, que el tiempo me pertenecía.

domingo, octubre 22, 2017

Bienestar

El mejor francés lo aprendí en los atascos del Periférico de París escuchando France Info en mi Mégane. Recién llegado a mi nuevo destino, comprendí que rebelarme contra el tiempo encerrado en el coche era una batalla perdida, así que me hice a la situación y calibré la importancia de prestar atención a la palabra hablada para hacerme con un francés, hasta entonces aprendido con fascículos de Planeta Agostini, culto.

Echo en falta una cadena como France Info en España. Mezclan noticias cada diez minutos con entrevistas, reportajes o debates necesariamente cortos para dejar paso a esos puntos inaplazables de relatos de actualidad ordenados de mil maneras.

La semana pasada tenía muchas horas de coche entre París y la fábrica donde asistí a un seminario de trabajo. Oportunidades anheladas de vuelta a mi cortejo con la emisora de mis felices años parisinos. Aparecía Puigdemont como una gotera y un discurso de Macron sobre la recuperación de una policía de proximidad que Sarkozy eliminó con sus ínfulas napoleónicas.

Entonces vino una entrevista con un filósofo. Pierre-Henri Tavoillot. Hablaba del terror del bienestar. Una gran parte de la población necesita luchar contra o a favor de alguna causa fuerte para dar sentido a su existencia. El bienestar, en cambio, paraliza. Tal vez porque se da uno cuenta que su vida está vacía, que el final siempre es terrible, que no se entiende qué hacemos aquí.

Aparqué en Amiens camino del aeropuerto con dos objetivos, volver a pasearme su catedral y encontrar el último ensayo de Tavoillot.

Ya lo decía Solzhenitsyn, 'cuanto mayor es el bienestar, más grande es el desasosiego'.

Mi proyecto de vida es, entre otras cosas, desmentir esa cruda y bien argumentada aseveración.

miércoles, octubre 18, 2017

Champiñones

Hace una tarde primaveral en un Amiens otoñal. No me une a esta ciudad otra lazo que la magia de su belleza. Camino del aeropuerto, de vuelta a casa, desvío mi camino para volver a pasearme su catedral, de altura impensable siglos atrás.

Dejo atrás un seminario entre colegas venidos de los cuatro rincones del globo, con el regusto que deja trabajar, pasear o cenar con japoneses, rusos, iraníes, brasileños, turcos, alemanes y portugueses, negros y blancos, buceando en las restricciones de otros idiomas para comunicarnos. 

Me hablaban anoche de un gran jefe, una persona brillante, jubilada hace pocos meses. La invitaron a un encuentro entre antiguos ejecutivos de la empresa en una fábrica del norte de Francia.

-Sólo hablaba de champiñones, Salvador -me confesaba alguien que asistió a ese encuentro.

Sí, el gran y admirado gran jefe, sólo hablaba de champiñones. Los dibujaba, les explicaba dónde cogerlos, las mejores épocas...

-Ya sabes, pertenecía al grupo de los hiperventilados.

Sí, de esos que disfrutan tanto de su trabajo que no saben hablar de otra cosa, que plantean sus ilusiones paralelas a las de la empresa.

-A dos días de jubilarse, trataba de convencernos de cómo aplicar las nuevas políticas de mantenimiento preventivo.

Y los dos días pasaron. Ahora sólo habla de champiñones.