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Mostrando entradas con la etiqueta Betis. Mostrar todas las entradas
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viernes, febrero 13, 2026

Beticucho

Hay quien dice las cosas con gracia y le admites casi todo. Hay otros que, aunque te elogien, te incomodan.

El otro día, alguien que me quiere bien me llamaba, con mucha guasa:

—Beticucho, ateo y rojillo.

Oye, pues sí. Qué bien sienta que a uno lo definan en tres palabras.

viernes, noviembre 07, 2025

Palangana

Mi hermano es palangana.

Como lo era mi padre.

Yo, afortunadamente, soy bético. Seguí la estela de mi madre.

A los sevillanos, en cuanto nos presentan a alguien que es del equipo contrario, lo vemos más feo.

Es gracioso cómo hay sentimientos que te instalan de pequeño de los que no te podrás deshacer.

Puede parecer una tontería, pero cuando la rivalidad vive dentro de casa, aprendes a querer al enemigo. Cuando el Sevilla gana un partido o un trofeo a mí me revienta, pero entonces pienso en David y en mi padre, y me relajo.

domingo, junio 23, 2024

Caca

En esta ciudad con tanta guasa en la que nací, en cuanto llegas al mundo te lanzan un mensaje:

—Sevilla bueno, Betis caca.

O a la inversa. Que quede claro, antes de que te dé tiempo a elegir por ti mismo, cuál va a ser tu equipo de fútbol.

Yo, el primer varón, con padre sevillista y madre bética, tuve que posicionarme, y lo hice por el lado maternal.

¡Me gusta el verde!

Es tan potente el mensaje que a algunos chavales les cuesta establecer la frontera.

El chiquitín de una familia cercana viajaba por primera vez fuera de la ciudad para ver a sus tíos. Cuando lo recibieron, le preguntaron:

—¿De dónde viene nuestro sobrinito?

A lo que él contestó lo que le habían enseñado.

—De Sevilla caca.

jueves, febrero 16, 2023

Fútbol

A Fran le interesa tan poco el fútbol que me hace preguntas del tipo.

—¿Hoy juega el España?

—¿El España?

—El equipo de España, ¿no? O ¿cómo se dice?

Así que mi pasión futbolera tengo que guardarla en el armario de mi propia casa, una pasión que me inoculó alguien a quien tampoco le gustaba ese deporte, mi madre. Yo era el primer nieto varón y mi familia materna, bética, me sacó el carnet, incluso antes de que me bautizaran, para evitar que mi familia paterna, sevillista, me llevara a su terreno.

De hecho, cuando me presentan a alguien y me entero de que es del Sevilla, esa persona pasa a ser directamente más fea y antipática a mis ojos.

Renunciar al Betis sería como renunciar a la memoria de mi madre, así que desde que tengo uso de razón sigo cada partido de mi equipo como si me fuera la vida en ello. No hay jornada de fútbol en la que no esté pendiente, a escondidas, del resultado. Cuando Fran me descubre siempre me dice.

—¡Cateto!

Yo me río y sigo a lo mío, sin delatarme, aunque hay noches que salimos a cenar y yo coloco discretamente el móvil cerca para ir viendo de vez en cuando cómo va la cosa. Aprovecho si él va al baño, o se distrae con alguien, para mirar. Hay veces que me pilla y me sonríe.

—¿Hoy también hay Betis?

domingo, febrero 05, 2023

Mi madre

Yo era tan poca cosa que verla aparecer era una subida de autoestima.

Había nacido con bizquera, más pequeño que mis hermanos y había tenido una enfermedad que me hizo quedarme en los huesos. Iba al colegio con unas gafas enormes con un parche en mi ojo vago. Tenía todos los condicionantes para ser un chaval acomplejado, de no ser por haber tenido la fortuna de poseer un fuerte carácter desde que era un renacuajo.

Lo bueno, además, es que era sorpresa el día en el que venía a recogerme. Yo solía volver a casa solo, rodeando el campo del Betis, con mi mochila a cuestas.

Había mediodías, en cambio, en los que ella aparecía. La más alta, la más guapa de entre todas las madres, con su melena rubia y sus gafas de sol resplandecientes. Me daba un vuelco entonces el corazón, mi cuerpecillo infantil ganaba dos centímetros de altura y me agarraba a ella. Yo sabía que todos miraban cómo me daba dos besos y me achuchaba. ¡Era mi madre!

No podía ser más feliz.

domingo, octubre 02, 2022

18 grados

Ese día tuve mi primer sexo.

A pesar de lo desastre que fue, yo iba eufórico de vuelta a casa de mis padres en mi vespa negra, gritando de vez en cuando al viento de Sevilla. Había sido un desastre, pero ese chaval, diez años mayor que yo, me había tratado muy bien y yo había atravesado una frontera que se cruza solo una vez en la vida.

Llegué entonces a la rotonda, junto al campo del Betis, que enfilaba ya para mi casa. Un panel electrónico indicaba la temperatura. 18 grados.

Del mismo modo que el sistema métrico tiene su patrón en un museo de París, yo tengo el mío de temperatura en esa rotonda, esa noche, con esa cara tonta de felicidad.

Se pasa frío en la moto, pero es un fresco agradable cuando frenas. Basta con acariciarte un poco los brazos para entrar en calor.

Cuando el hombre del tiempo pone el mapa, observo aquellas capitales donde hace 18 grados y puedo sentir, sin asomo de duda, el día que pasarán.

lunes, noviembre 01, 2021

Felicidad

La felicidad se potencia diciéndotela.

Hay mañanas en las que ni el mundo se ha despertado y ya estoy haciéndome un café para preparar reuniones que sé que van a ser desagradables. Con la cafetera delante me planteo que estoy hasta los mismísimos de esos horarios cansinos, de toda una vida escuchando un despertador a horas inhumanas. 

Entonces miro mi casa y me digo, ¡qué chula! Y pienso en quien duerme a mi lado y me digo, ¡qué suerte! Hago un repaso de la gente que vamos a ver durante la semana y saco una sonrisa. Me acuerdo de mi novela a punto de salir, de la buena salud que tengo, de la que tiene mi familia, de lo emocionado que está Fran con su negocio, mis hermanas con el Pilates, mi sobrino con sus estudios de Informática, mi Betis con sus partidazos; los maravillosos amigos que tengo, la alegría de la ciudad en la que vivo, la buena vida que me proporciona mi empresa, los viajes programados, la dorada que nos comeremos esa noche, los paseos que nos daremos por los escaparates de París en Navidad...

La felicidad hay que contársela a uno mismo, porque a veces se nos olvida.

domingo, diciembre 13, 2020

Brecha

Grité ¡Gol! y me abrí la cabeza.

—Estás colgado —gritó mi hermano David, sevillista—. El Betis te va a matar.

Me lio una toalla de baño en la cabeza, que sangraba a chorros.

—¿Dónde te llevo?

—Al Hospital Militar, supongo.

Yo, con más años que un bosque, estaba haciendo la mili. Había pedido prórrogas para terminar la carrera de Ingeniería y empecé la instrucción en el cuartel de Caballería cuando ya sólo me quedaba el proyecto Fin de Carrera para terminar.

Tomamos la motocicleta y tiramos hacia el hospital. Dejamos la casa encendida, con los nervios, con todos los interruptores ensangrentados, sin pensar que mi padre estaba a punto de llegar y se iba a llevar el susto de su vida.

Mi padre, sevillista, transigió en que la familia materna me sacara el carnet del Betis antes incluso de bautizarme. Era el primer nieto varón y había que defender el castillo.

—¿Quién aporrea la puerta? —preguntó el médico cuando salía de la sala donde me hicieron el TAC de cabeza.

—Me temo que mi padre —contesté.

Me pusieron no sé cuantas grapas y me indicaron que al día siguiente, con el toque de corneta, explicara en el cuartel lo que me había ocurrido.

—¡Si alguien necesita botiquín que dé un paso al frente! —gritó el capitán a las siete de la mañana, con todos los reclutas en formación.

Si normalmente siempre había dos o tres con gripe, ese día el paso adelante sólo lo di yo.

—¡¿Qué le pasa a usted?!

—¡Que me he abierto la cabeza, capitán!

—¡¿Con qué se ha abierto usted la cabeza?!

—¡Con el quicio de una puerta, capitán!

Comenzó el murmullo.

—¡¿Por qué se golpeó con el quicio de la puerta en la cabeza?!

—¡Porque el Betis le marcó al Barcelona, capitán!

Afortunadamente el capitán era bético.

—¡Es usted un héroe de guerra!

Me llevé toda la mañana bajando la cabeza y enseñándola a coroneles y tenientes-coroneles. A falta de operaciones especiales, ése era el mayor trofeo para el capitán en tiempo de paz.

Cuando terminó el paseíllo por los despachos de los oficiales, el capitán me llevó a su despacho.

—Recluta, dígame algo que pueda hacer por usted.

—Capitán, me vendría muy bien tener las tardes libres para terminar mi proyecto Fin de Carrera.

—Es usted un cabrón —protestó.

Pero me lo concedió. 

Si ya era verde mi corazón...








martes, julio 21, 2020

Bandera

Yo era un niñato imberbe e insistí terriblemente en que me compraran una bandera de España para un partido de fútbol.

Mi padre conducía, mi madre iba de copiloto. Sólo yo estaba detrás. Íbamos hacia el centro de la ciudad.

Les explicaba que todos mis amigos se habían citado en el campo del Betis para ver a la selección. No sé si yo tendría quince años, ni quiero mirar muy bien las fechas, porque me entran escalofríos de vergüenza.

Ella cortó mi discurso, pidió a mi padre que frenase en mitad de la avenida de la Borbolla y se bajó del coche, donde se hizo un silencio terrible entre mi padre y yo. Se alejó entre callejuelas camino de ninguna parte.

Nunca paso por ese lugar sin recordar ese frenazo.

No puedo precisar en mi recuerdo si ya estaba operada de su cáncer o no, ni sé qué situación económica atravesaban por entonces. Sólo sé que era el principio de su fin.

Qué terrible dolor no haber sabido pedirle disculpas.


viernes, abril 25, 2014

Auxerre


Era una tarde tormentosa de hace diez años y había convencido a Brigitte para que me acompañara al partido de la copa de la Uefa que el Betis jugaba en Auxerre, una ciudad a poco menos de doscientos kilómetros al sur de París.

Ella, siempre dispuesta, me preguntó cuáles eran los colores del Betis y se vistió con todo lo verde que encontró por su siempre desordenada casa para, tras la jornada de trabajo, tomar juntos la A6 camino de esa pequeña ciudad de la Borgoña. Ya esa mañana le había comentado que tenía mal cuerpo y ella, en su papel autoimpuesto de madre adoptiva, se encargó de medicarme antes de emprender la ruta.

En un peaje ya cercano al destino le pedí que se echase a un lado. Abrí la puerta y vomité. Tras un rato de respiración acelerada decidimos dar media vuelta. Me insistió en que me quedara en su casa esa noche para estar pendiente de mí, aunque yo le asegurase que me encontraba mejor.

Tras una siesta larga y tardía, me desperté con el olor de una sopa y la confirmación de una nueva derrota de mi equipo.

'¿Cómo estás?'

Le confirmé que bien. Mucho mejor. Aún así, ella insistió en tomarme la fiebre. Pude comprobar que me había preparado la habitación en la que dormía algunas noches Angeline, su nieta. Incluso rebuscó en busca de pijamas de los tiempos lejanos en que allí vivía un hombre.

Sonó el pitido del termómetro. Yo sabía, con certeza, que no tenía fiebre.

'39' -me dijo con voz inquieta.

Yo sonreí en respuesta a su dulzura, me dejé acompañar, arropar y sentir su presencia cada dos horas en un episodio imborrable que los dos construimos a base de medias verdades para jugar a tiempos olvidados de madre e hijo que se quieren...

martes, enero 28, 2014

Betis

Cada vez que alguien que no me conoce lo suficiente descubre mi afición por el Betis la expresión siempre es la misma:

'Nadie lo diría'

Sí, parece necesario justificarse. No suena a muy racional ni intelectual, desde luego, pero quizás por eso me viene bien a mí el perder cierta forma cerebral de ver y analizar las cosas.

Soy del Betis.

Ya antes de bautizarme mi abuelo materno me había sacado el carnet. Juro que yo lo vi cuando pequeño, el carnet, con una foto de recién nacido. Aunque también es probable que sea fruto de mi inventiva o de la excesiva épica con que la familia de mi madre presumía de que el primer nieto varón fuese un bético de pro, sobre todo cuando en el lado opuesto estaba mi familia paterna, sevillista sin ambages.

Visto con distancia puede resultar provinciano y de mentes cortas, porque seguramente lo sea, pero yo ya desde muy pequeño andaba preguntando por cómo iba mi equipo cada domingo, como si me fuera la vida en ello.

Recuerdo ver a mi madre dándome besos emocionada cuando ganamos la Copa del Rey en el 77. ¡Qué felicidad para mis diez años! O los sofocones con cada descenso a Segunda División, en que creía que se acababa el mundo.

Fue con dieciocho años cuando me saqué voluntariamente mi primer carnet; estuve viajando a media España siguiéndolo; compré acciones cuando decían que podía desaparecer; disfruté como un enano cuando ganamos la segunda Copa del Rey y en mis años de 'exilio' en París recuerdo el sufrimiento siguiendo los partidos por Internet, seguramente cantando los goles con cinco minutos de retraso a dos mil kilómetros de distancia .

Porque aunque a algunos les resulte una paparruchada, porque seguramente lo sea, los béticos sabemos que nuestro club es especial: no representa a ninguna ciudad, por muy sevillano que sea, y significa para los que lo seguimos un ideal inmenso de fidelidad reflejado en nuestro lema de quererlo 'manque pierda'.

Ahora que atraviesa una racha negra de turbulencias y se encuentra en sus momentos más bajos es cuando más orgullosos nos sentimos de pertenecer a este gran club.

Mi vida cambiará mucho, en todos los sentidos que se puedan imaginar, pero es seguro que siempre que el Betis esté jugando un partido de fútbol, sea en Primera, Segunda o Regional... una parte de mí estará intranquila, pendiente de él y apoyándolo.

¿Cateto, irracional y provinciano? Seguro.

Pero del Betis.

martes, junio 26, 2012

Un ángel

A quienes la vida les va muy deprisa se les suele dar mal tener bases sólidas. Quienes alcanzan la fama, la gloria o el dinero en grandes proporciones tienden a parecer más grandes, menos jóvenes, más temibles.

En estas últimas generaciones ese rol le ha tocado jugarlo a estrellas del pop, actores o futbolistas. Existencias de ensueño en que se reflejan las ambiciones de muchos mortales que creen saber que en cien vidas que tuviesen no llegarían nunca a disfrutar del paraíso en la tierra que sus ídolos toman como normal.

Sin embargo, no hace falta ser muy inteligentes para adivinar que tras esas capas luminosas subsiste un ser humano frágil como nosotros, en muchos casos más quebradizos aún al no tener en el día a día el reflejo de buscar argumentos sólidos que justifiquen sus esfuerzos.

Hace un par de días, un chaval de veintitrés años que soñaba con ser una figura del fútbol, que había conseguido jugar la Champions con el Liverpool y que se había convertido en titular en un club tan seguido como el Betis, moría en su cama de un cáncer más combativo que sus ganas de vivir.

Si ya impactó la imagen de sus lágrimas frente a una nube de micrófonos, hace poco más de un año, cuando tuvo que explicar, con toda la valentía que se puede tener en esos trances, que tenía que abandonar su sueño del fútbol para extirparse un tumor en la pelvis, la noticia de que ese tumor había acabado con él aún provocó más conmoción.

Los ves jugar en la tele o el estadio, con millones de seguidores y miles de espectadores atentos, y se muestran como inexpugnables centauros del presente. Aparece, sin preverlo, una adversidad de este calibre y emerge el chaval vulnerable que se esconde tras el cartel heróico.

Hablan de él que no perdió la sonrisa, que animaba al personal de la clínica que le atendía, a quienes hasta hace pocos días insistía en su sueño de jugar con el Betis en Primera, en prometer para su familia proyectos de vida mejor con su juventud y talento como primer argumento.

La impotencia de no poder retener a un ángel entre nosotros debe ser tan cruel como el dolor de no haber podido dar respuesta a esa sonrisa de ilusiones para siempre incumplidas.