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sábado, febrero 28, 2026

Condenados

Más de cuatro mil hombres encarcelados y casi cuarenta mil condenas el año pasado por violencia contra la mujer.

No es un hecho interpretable, es la realidad.

Son hombres los encarcelados y mujeres las muertas.

Y por cada mujer muerta hay cientos que han sido ultrajadas, miles que sufren los empujones como lenguaje familiar.

Ocurre que hubo un tiempo en el que la sociedad conjuntamente se conjuró para atacar el problema de raíz, dando herramientas a la mujer amenazada para que tuviera espacios seguros, protección policial, sistemas de alerta.

Hoy, por desgracia, más de un quince por ciento de la población vota a un partido que niega la mayor, que promete eliminar esos lugares seguros, que afirma que esa realidad no existe. Hoy, por desgracia, un partido que gobernó España, que siempre votó, sin entusiasmo, a favor de las políticas contra la violencia de género, ahora empieza a rebajar esa protección con la intención de gobernar. Un partido que comienza a asumir que su feminismo es el de Vox. El feminismo de Vox.

Vergüenza.

miércoles, diciembre 24, 2025

Clima

Que la actividad humana está provocando un cambio en las condiciones climáticas del planeta es una realidad que ningún científico discute.

Como cualquiera, con dos dedos de frente, admite que la tierra es redonda.

A ese nivel de explicación tenemos que rebajarnos para indicar nuestra indignación con políticos que ponen en cuestión temas en los que nos jugamos el futuro del mundo y, con él, el porvenir de las generaciones que heredarán el regalo de estar vivos.

Pues con esas, el alcalde conservador de Sevilla acuerda con Vox el abandono de la zona de bajas emisiones de la ciudad.

Vergüenza.

martes, enero 02, 2024

Banderitas

Es de sentido común que si un colectivo se apropia de un símbolo y se lo tira a la cabeza a los que no piensan como ellos, ese símbolo, como mínimo, sale perjudicado.

Así ocurre desde hace decenios con la bandera de España y, desde algunos años atrás, con la Monarquía.

De tal exhuberancia de rojo y amarillo en las manifestaciones contra todo lo que huela a izquierda, aquellos que nos sentimos progresistas comenzamos a sentir una cierta animadversión hacia nuestro propio símbolo.

Los que más presumen de patria son los que más la dividen, así que cuando me junto con alguien con pulseras, pendientes o cinturones de esos colores pongo pie en pared.

Ya solo me gusta mi bandera en los partidos de la selección.

miércoles, septiembre 21, 2016

Hablar

Tengo una gran amiga que comenta con transparencia que vota al Partido Popular. Tengo otra gran amiga que manifiesta en público su fidelidad a Podemos. Yo, lejano al voto de estas dos opciones, las quiero y las admiro.

Hubo una época no necesariamente antediluviana en que creí que esto no era posible. Pensaba, en mi ingenuidad, que no podría tener nada en común con quien tuviera convicciones políticas opuestas a las mías. Si ve el mundo de esa manera, me decía, no tenemos posibilidad de entendernos.

Ahora, en cambio, me gusta organizar cenas en casa con amigos que sepan explicar con pasión sus diferencias sin temor a la controversia, pero sin gritos.

Hay que ponerle corazón a nuestras convicciones y saber defenderlas, tanto como saber escuchar las del otro y darle su espacio.

No me muevo con fascistas ni con muertos de hambre, ni con corruptos o ladrones, ni me gusta que haya odio en los argumentarios. Ése ya se lo dejamos a los políticos profesionales.

Cada vez estoy más convencido de que nuestra sociedad no estará del todo madura hasta que no sepamos escuchar las razones del otro sin presuponerle maldad.

Yo aspiro a convencer a los demás de cómo debería gobernarse el mundo, pero hay millones de mundos imperfectos posibles.

viernes, diciembre 07, 2012

Involución

En nombre de la crisis se está produciendo un fenómeno terrible en gran parte del mundo civilizado, pero de forma especialmente virulenta en España.

A los recortes económicos con el único objetivo de alcanzar el déficit se unen otros que no tienen nada que ver con este objetivo y sí con uno mucho más concreto, volver a tiempos clasistas en que el poder recaiga sin dudas en aquél que posea el dinero y el que abrace la religión católica. No tenemos más que analizar los pasos dados por dos ministros tan retrógrados como Wert y Gallardón, que en pocos meses se quieren cargar derechos conseguidos durante varias generaciones de democracia española. Se apunta contra la laicidad en la escuela, contra el derecho de la mujer a un aborto digno o se subleva a regiones con políticas no consensuadas que atacan a sus lenguas para enfrentarnos a unos españoles con otros, con palabras gruesas, altaneras y chulescas que pretenden hablar en nombre de un pueblo español del que yo no me siento parte.

A todo ello se unen medidas realmente perversas, como la de amenazar con quitar el sueldo a los políticos electos, con un deformado mensaje populista, para que quien acabe optando a gobernarnos sea aquél que viva de las rentas y pueda permitirse jugar a elaborar presupuestos como quien juega a los clicks de famóbil.

Todo vale contra el déficit, incumpliendo su programa en cada una de sus medidas: eliminación de becas, copago (repago) sanitario, eliminación de pagas extras, congelación de las pensiones, subidas de impuestos, expulsión de inmigrantes del sistema de salud, introducción de tasas judiciales hasta para registrar el nacimiento de un crío... Pero sin atacar otros frentes que pudiesen hacernos llegar a ese déficit con otras armas más honestas, como las de conseguir imposiciones efectivas a las transacciones financieras y especulativas, penalizar con impuestos significativos a las grandes fortunas que esconden sus riquezas en productos complejos (como las SICAB) y, sobre todo, luchando por crear empleo.

No veo una política industrial que intente apoyar aquello en lo que somos fuertes. Somos muy buenos en energías renovables, en industria aerospacial, en la turística, en la editorial, la automovilística, la investigación médica, la del diseño textil, la de construcción ferroviaria o la agrícola y ganadera. Tenemos una lengua hablada en medio mundo y multinacionales expandidas por todo el planeta que son orgullo de un buen hacer. ¿Por qué no apoyamos a estos sectores? Con medidas inteligentes de desgravaciones, asesoramiento, ayudas a la contratación, encuentros internacionales. ¡Qué bueno sería convencer a cada una de las multinacionales de nuestro país para que contratara, al menos, a un españolito en cada lugar del mundo donde tuviesen una tienda, estudio, oficina bancaria o tajo de obra! Serían decenas de miles, llevarían con ellos nuestra lengua y la imagen de sociedad dinámica y volverían con un currículum mucho más rico.

Aunque fuesen planes no suficientemente productivos, hay que lanzar al menos ideas en positivo de que las cosas pueden cambiar y de que el gobierno se preocupa no sólo de retirar dinero y prestaciones a los ciudadanos, sino que también piensa en nosotros como su principal preocupación, poniéndonos en lugar de los mercados.

¡Hay que construir ilusiones!

Cada idea emprendedora tendría que tener un apoyo inmediato de la administración pública, no ncecesariamente económica, aunque sea para sacar adelante una de cada diez que se propongan. Para eso queremos a los políticos que nos gobiernan, para que ayude al pueblo que los eligió, lo escuche y facilite las cosas.

¿Para cuándo el enlace directo entre institutos de formación profesional y empresas?, ¿para cuándo dejamos el que nuestras universidades sean modelos de gestión pública a la escucha del mercado laboral?, ¿hasta dónde hay que llegar para que se facilite la creación de empresas en una ventanilla única?

Para conseguir que un país se levante hay que elaborar un mensaje alentador a base de proyectos. Y este gobierno no tiene ninguno. Sólo recaudar dinero olfateando entre la miseria.

domingo, julio 15, 2012

La palabra dada

Creo que pocos ciudadanos españoles son inconscientes respecto a la situación dificilísima que nos ha tocado vivir.

Tal como se están desarrollando los acontecimientos, sin embargo, pienso que la clase política subestima esa conciencia colectiva de asunción de la gravedad del período que atravesamos.

Cuando Rajoy presentó su agresivo programa electoral, estableció una serie de compromisos con esos ciudadanos que, mayoritariamente, le votaron.

Es claro que este político, presidente del Partido Popular, conocía de primera mano las cuentas de la gran mayoría de las comunidades autónomas, porque es su partido quien gobernaba.

Del mismo modo, en los tiempos que corren es difícil ocultar cifras por parte del gobierno central o el resto de comunidades. Más de un mecanismo tiene nuestra democracia para fiscalizar las cuentas públicas.

Es un hecho, por tanto, que Rajoy había establecido su programa en base a datos conocidos: Deuda, déficit, paro. Es otro hecho que sabía en qué situación se encontraba inmersa Europa y cuál era la posición de los mercados respecto a los países del Sur.

En base a todo esto debió establecer un diagnóstico y una determinada cura, materializada en un programa electoral que se presentó a votación en noviembre del 2011.

Pues bien, recién elegido, en el primer Consejo de Ministros, vino a hacer lo contrario de lo que había prometido: Subió los impuestos y abarató el despido.

En todo este tiempo ha ido deshaciendo a base de decretos-ley todos los compromisos que un tiempo atrás acordó con la ciudadanía.

Ridiculizó a Zapatero por subir el IVA, por tocar el salario de los funcionarios, por eliminar la deducción de la vivienda.

¿Qué información le faltaba a este hombre para no haber respetado su compromiso con el pueblo?

Si era tan ingenuo como para pensar que el simple cambio de gobierno iba a resolver los problemas de España debemos deducir que no estaba a la altura de las circunstancias, ni él ni su partido. Si, por el contrario, era consciente de que el simple hecho de retirar a Zapatero no era argumento suficiente para que España recuperara la confianza de los mercados, entonces estamos hablando de un ser maquiavélico y manipulador.

Inoperancia o inmoralidad, lo único cierto es que nos gobierna un señor que no ha sabido mantener la palabra dada.

Eso es imperdonable y antidemocrático.

domingo, mayo 13, 2012

Imperdonable

Es difícil de comprender que durante los últimos decenios fueran los partidos políticos que nos gobiernan localmente quienes decidieran poner a correligionarios suyos al frente de las cajas de ahorro, sin el currículum adecuado y con sueldos siderales por el simple mérito de militar en el PSOE, el PP, el PNV...

No hace mucho tiempo el Banco de Valencia, participado mayoritariamente por Bancaja, avalaba una fianza de tres millones de euros para que no entrase en prisión Jaume Matas, quien fuera presidente de Baleares y a quien se le imputan delitos muy graves.

Tres millones de euros, una cifra astronómica que no sabemos en base a qué patrimonio se concedió.

Bancaja y Caja Madrid, las dos cajas de ahorro principales que sostenían a Bankia, ahora nacionalizada, han tenido dirigentes nombrados a dedo por la cúpula del Partido Popular, éste que ahora se dedica a recortar en becas, servicios sociales y sanitarios, el que nos quiere dar cada día lecciones de ética desde el púlpito de la Moncloa.

No hay distingos. En esa mafia financiera intervinieron todos los partidos, colocando a los suyos en poltronas no merecidas para labrarse un patrimonio que cualquier mortal no consigue ni trabajando cincuenta vidas.

Es imperdonable, por tanto, que ahora vengamos los ciudadanos de a pie a pagar esos desmanes, esa época de lujo asiático en que se instalaron a base de inflar las tasaciones, de dar el 120% del valor de las viviendas en préstamos, a comprar con avaricia suelos y promociones con la única idea de enriquecerse más.

Hoy leía que el 98% de los préstamos concedidos por la también intervenida CAM eran directamente ligados al ladrillo.

¿Dónde estaba la supervisión de todo esto?, ¿cómo un país ha podido perder tanto esfuerzo ahorrador y de progreso en invertirlo en especulación?, ¿por qué los partidos políticos que nombraban no pedían explicaciones?

Sí, los ciudadanos tenemos mucha culpa por haber seguido ese sendero de la avaricia inmobiliaria, pero ¿hasta qué punto estábamos informados de los riesgos que el sistema corría?, ¿quién puede echarnos en cara no haber realizado auditorías que no nos corresponden?

Ahora pagará una generación entera los desmanes de políticos profesionales que se dedicaron a amasar fortunas en consejos de administración sin haber tenido la formación ni la ética que merecía el puesto. El agujero es enorme y allí irá a parar, a ese agujero, el esfuerzo de muchos jóvenes, allí se quedarán muchos de ellos sin poder pagarse estudios universitarios. Ese agujero va a llenar España de comedores sociales, de tratamientos médicos no realizables, de inmigrantes desprovistos de protección, de jubilados con pensiones pírricas.

Es sencillamente imperdonable, y quienes nos han llevado a esto no merecen un reproche, sino un castigo judicial acorde con la barbarie provocada.

viernes, agosto 12, 2011

Alamedeando

Tengo claro que el cariño por mi ciudad y las ganas de que evolucione siempre en positivo me hacen desear con fuerza que Zoido, el nuevo alcalde del PP, haga bien las cosas.

No ganamos nada yendo para atrás.

A un político no se le puede juzgar por apenas unas semanas de mandato.

Sin embargo hay gestos que a mí me hacen prever lo peor. Son simbólicos, tal vez, de cara a su público, sí. Pero ahí están.

Desde hace casi quince años tengo mi apartamento en el centro de la ciudad. Desde ese mismo tiempo, día tras día, un gorrilla envalentonado y amenazante tenía la calle a sus pies. Tras destrozarme varias veces las ventanillas y pincharme las ruedas por no pagarle, hace unos diez años conseguí alquilar una plaza de garaje. Con la llegada del Plan Centro, que impedía una permanencia indefinida de tiempo de coches en la zona vieja de la ciudad, el gorrilla tardó una semana en desaparecer.

Ya lo ha eliminado por decreto. Han vuelto los coches a ocupar las aceras, se ha desperdiciado una inversión millonaria en cámaras de televisión y... el gorrilla ha vuelto a mi calle.

Hace una semana, Zoido eliminó la Oficina de la Bicicleta. En la ciudad donde hay más ciclistas per cápita de España, casi el 7% de la población, y 140 km de carril-bici, donde se va a celebrar un Congreso Mundial de ciudades amantes de la bicicleta, si él no lo impide, toma una decisión sintomática. Tal vez por haber sido creada esa oficina y esos carriles-bici por Izquierda Unida.

Zoido va a cambiar, si no lo ha hecho ya, el rótulo de la calle Pilar Bardem (que no es santo de mi devoción) por el de Antonio Burgos. Éste sí que es sevillano de bien, representa lo que el sevillano 'normal': religiosidad, clasismo, 'grasia' torera y mucho fijata.

A pocos días de haber recibido en loor de multitudes a un grupo numeroso de chavales de toda Europa que van a preparar en Sevilla con rezos y oraciones la llegada del Papa a Madrid, el señor Zoido se destapa con la eliminación de las subvenciones a 'Alamedeando', un festival cultural multifacético (música, exposiciones, teatro...) que se desarrollaba desde hace cuatro años en la Alameda.

Y es que, para el PP, la Alameda es territorio comanche. Para ellos, todos los que vivimos allí somos 'perroflautas'.

Cabría preguntarse como esos 'perroflautas tirados y mugrientos' son capaces de mantener tan vivo una de los barrios más activos de la ciudad. ¿Cómo será posible que se mantengan decenas de restaurantes, garitos, salas de conciertos, de teatro, de exposiciones, de cine a base de 'perroflautas'?

Eso ocurre cuando se introduce como sinónimo de 'perroflauta' todo aquello que no sea 'normal'. Y ya se sabe lo que es 'normal' para un dirigente sevillano del PP.

Para cualquier joven, o no tan joven, que se pase por la Alameda encontrará una sociedad en ebullición, cosmopolita, con ganas de aprender, de discutir, de provocar, de crear.

El PP, con acciones concretas, demuestra que prefiere el rezo al pensamiento, la oración a la reflexión y el silencio a la discusión.

Yo quiero carril-bici, zonas peatonales, festivales culturales, exposiciones que me hagan pensar, teatro que me provoque, encontrar gente rara, de otros sitios, que piense distinto, que hable otras lenguas, que vista como le dé la gana.

Quiero una Sevilla rompedora, que se ría de sí misma, que avance por los senderos de la solidaridad y sea laica, ¡laica!

Somos muchos los que pensamos así.

Y si ser así no es ser sevillano, me voy buscando el perro y la flauta.