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martes, noviembre 03, 2020

Patio

Me encantan, o me desesperan, los ruidos caseros y las voces por el patio.

Esa sensación de que el tiempo no pasa, de la pura cotidianidad a través de nuestras ventanas. Las llamadas para cenar, los olores a puchero, los cotilleos con gritos en voz baja, los Cuarenta Principales.

Me gusta sentirlo en los días tontos, en aquéllos que vienen de vez en cuando y te hacen sentir descolocado, tardes en que te permites tirarte en el sofá, apagar la tele y dejar que la luz se vaya yendo hasta quedar la casa a oscuras. Es entonces cuando alguien vocea que ya ha puesto las patatas a freír y ese grito te ancla a la realidad de las cosas, se te agarra a ti para traerte a lo orgánico, al presente.

El movimiento de cacerolas, el ruido de las cadenas de una bici bajando por la escalera, las sábanas tendidas que ves desde la ventana.

A veces entra un escalofrío, cuando uno de esas voces te recuerda a la de tu madre, o el olor a uno de los potajes. Días en que quisieras que esas papas fritas de freidora fueran para ti, que la mesa se llenara de gente y el telediario sonase a todo volumen sin hacerle nadie caso.

Cierras las ventanas, entonces, y vuelves a ser tú. 

Decisiones

La gestión de la pandemia está siendo dura.

Encontramos dirigentes a todos los niveles que no estaban, ni están, preparados para afrontarla con garantías.

Quiero, sin embargo, hacer una reflexión.

Hagan lo que hagan, van a hacerlo mal. Sea cual sea la decisión que tomen, será mala. Porque en los próximos meses va a seguir muriendo mucha gente, se haga lo que se haga.

Nunca sabremos qué habría sido de no haber decidido esto, sino lo contrario. De haber restringido más o menos, antes o después.

Salvo excepciones, no veo maldad en los dirigentes políticos. Están, simplemente, descolocados.

Escuchamos las dudas de los expertos, que basculan entre teorías contrapuestas respecto a la capacidad de contagio, tiempo de incubación, tratamientos de choque, plazos para la vacuna... ¡Con toda la comunidad científica involucrada al máximo!

Debemos, pienso, ser lo más razonables posible y contribuir a facilitar y respetar la aplicación de todas las medidas que se nos soliciten.

Es fácil decir que toda decisión es mala.

lunes, noviembre 02, 2020

Negro

Soy muy de El Corte Inglés.

Me gusta comprar a mi bola y cuando entro en establecimientos pequeños soy carne de cañón, porque en cuanto un dependiente me asalta acabo llevándome a casa todo lo que no necesito.

Tras años de aguantar un ordenador lento como el caballo del malo, este pasado viernes me decidí a pasarme por El Corte Inglés para hacerme con uno nuevo.

Como un niño chico, aproveché todo el sábado para instalar aplicaciones y trasvasar todas mis fotos, ficheros y recuerdos desde la vieja computadora. 

No quería ver lo evidente, la pantalla estaba mal. Salían manchas por todos lados.

Hoy he pasado la mañana de vuelta en el centro comercial. Me han atendido bien, han admitido que el ordenador estaba averiado y me han dado otro nuevo.

Al salir, cargado hasta las trancas, he ido a canjear mi ticket del parking. La chica tras el mostrador, con un gesto displicente, me ha señalado que allí no. He pasado, enfadado por su mal gesto, al mostrador de al lado.

-Perdone, el parking es gratuito para las compras realizadas en el día.

-Verá. Esto lo compré el viernes y estaba averiado.

Apareció de nuevo la señora anterior para decirme, con expresión desagradable, que subiera de nuevo a la cuarta planta a pedir una autorización para el parking.

Ocurre que entonces sale toda mi parte negra, el punto de soberbia y la indignación. Todo lo que no quiero tener. Pero que tengo.

-Caballero, no se ponga así.

-No me hubiera puesto así de haberme usted dado los buenos días.

La dependienta, enfadada, lo resolvió. 

Yo le pedí disculpas.

Lo negro, definitivamente, atrae a lo negro y saca lo peor de nosotros mismos.

domingo, noviembre 01, 2020

No tocar

Mi familia es un amor, pero es seca.

Cuando hace diecisiete años empecé mi relación con Fran, cada visita a casa de sus padres era un festival de besos. Recuerdo una semana en la que estuvieron en mi apartamento cuando yo aún vivía en París. Yo me acostaba antes para madrugar al día siguiente y a través del muro de la pared escuchaba los achuchones.

'La familia Besos', la bauticé.

En mi casa, desde pequeños, de siempre habíamos criticado muchas películas americanas por ser 'pasteles'.

-Todo el día diciéndose 'te quieros' -decían mis hermanos, con cara de hartazgo.

Fran comenzó a llamarnos 'La Familia No Tocar', porque nos veía ariscos en el trato. Era cierto.

Ahora mi sobrino Iván, antes de irse cada noche a dormir, con diecisiete años, les dice un 'te quiero' a su madre y a su tía. Mónica me lo contaba con cara de sorpresa. Las imagino a las dos, viendo la tele en el sofá, con cara de espanto. Les ha salido un niño pastel.

Fran me ha enseñado a decir 'te quiero' con asiduidad. Porque lo quiero con toda mi alma.

Nos demostramos el amor cada día, en detalles puntuales, en la escucha sincera, en preocuparnos por que el otro se encuentre bien y se divierta.

Pero nunca sobra el verbalizarlo.

Como decía Benedetti, 'en el amor no hay posturas ridículas, ni cursis, ni obscenas. En el no amor todo es ridículo y cursi y obsceno'.

Eso sí, cuando de higos a brevas uno de mis hermanos me dice que me quiere, en un arrebato de cariño, yo subo a la estratosfera.

sábado, octubre 31, 2020

Lejos

Aléjate de quien te juzga sin aportar luz natural.

No te dejes llevar por quien critica en ti ruinas que él quiere ocultar; quien se regocija en debilidades que son tan tuyas como las que él disimula con risas huecas. No permitas que nadie juzgue con ojos severos tu presente. Vivir no es fácil no sólo para ti, pero hay quien aprovecha tus dudas para tumbar sobre ti sus propias inseguridades. 

Ni el más sabio de los humanos es capaz de contener sus miedos; no cargues con el peso de miedos ajenos. Nadie está a salvo, por mucho que te intenten convencer.

No hay ser humano superior que tenga la pócima. Nadie posee la llave de la Gran Verdad.

Porque no existe.

No aceptes correctivos de quien no sabe verse manchas en su camisa.

Rodéate de quien muestra sus debilidades sin pudor. De quien te habla a partir de su propio caminar. 

Quiere a gente que se quiere. Que se admite. Que te explica con ejemplos propios cómo ha sido su camino. De gente que te escuche. 

Es allí donde encontrarás tu propia verdad. 

La que te ayudará a ser una persona mejor.

viernes, octubre 30, 2020

Confianza

No hay nada más potente que la pérdida de confianza para matar una relación.

Hablo no sólo de historias de amor.

Estoy convencido de que son muchas las personas que van quedando arrinconadas por ese motivo, el de haber fallado a la gente que un día pensó en ella como alguien con quien compartir confidencias.

Es más sencillo no prestar atención a estos razonamientos éticos. Porque es más sencillo ser mediocre.

La mediocridad la va obteniendo la persona que, sin ser mala, se va convirtiendo en alguien que ni fu ni fa. Aquéllos con los que no termina de contar nadie porque te fallan demasiadas veces, que se excusan a las primeras de cambio, que encuentran argumentos una de cada dos ocasiones para desaparecer.

Mantener la confianza de alguien no es tarea fácil. No es una actividad pasiva, sino de esfuerzo. No se trata simplemente de ser fiel, ni es cuestión de guardar secretos.

Ganarse la confianza de alguien implica ser proactivo, entretejer complicidades, adelantarse a las preocupaciones, saber interpretar silencios, no dudar a la hora de prestar ayuda. No dudar tampoco a la hora de pedirla. También uno se la gana cuando se muestra débil, imperfecto, desarbolado. 

La confianza es una vía de doble dirección.

Según se mire, puede ser una pesada carga, pero yo no entiendo las relaciones humanas sólidas si no es a base de demostrar, en las pequeñas cosas, que siempre estaré para ti. 

No dudes nunca de mí.


jueves, octubre 29, 2020

Terror

A mi abuela le gustaba pelar patatas viendo la tele.

En las largas noches de verano en la casa de Castilleja, yo me sentaba a su lado mientras mis hermanos danzaban por la casa. 

Como ella siempre leía con antelación el Teleprograma, algo más sencillo cuando había dos cadenas, solía ponerme en tensión horas antes contándome de qué iba la película de la noche. Porque yo entraba siempre al trapo de la ilusión.

—Hoy echan 'El hombre de los rayos X'

Yo era muy chico, un renacuajo escuchimizado, pero recuerdo la impresión como si fuese ayer. 

Siempre he sido miedica.

Vi media peli pegado a mi abuela, que iba y venía de la cocina. Cada vez que el hombre de los rayos X utilizaba sus poderes y observaba a las personas como si les hiciera una radiografía, con los efectos especiales limitados de por entonces, yo corría gritando, aterrorizado, hasta la cocina.

—¡Apaga la tele, abuela! —no había mando a distancia por entonces, y el simple hecho de acercarme al televisor era una aventura imposible cuando aparecían esos personajes todo huesos.

Una vez que el corazón me regresaba a su sitio, volvía a tirarle de la falda.

—¿Ponemos un poquito más, abuela?

—Pero si te mueres de miedo, Borete...

—Sólo un poquito más.

Se acercaba de nuevo al salón, entre suspiros, y la encendía, conmigo oculto detrás de ella.

Empezaba, otra vez, mi corazón a bombear.

Cuarenta y tantos años después, cuando veo una película de terror, aún me acuerdo de las faldas de mi abuela.


martes, octubre 27, 2020

Ficción

Los incrédulos no se creen la ficción.

No empatizan con el personaje de una novela, ni con una escena conmovedora en el cine, ni se emocionan con una obra de teatro.

'Todo es falso', dicen.

Yo les digo, entonces, que todo salvo el presente es ficción. 

Nuestros recuerdos lo son, desde el momento que los reinterpretamos, los rehacemos, los buscamos para darle forma. Todo lo que yo te cuente de lo que fui está tamizado por mi memoria, lo he sometido al filtro de mis querencias, lo he despojado de aquello que no me gustó, o que no percibí, o que no quise escuchar.

Nuestro futuro lo es, porque nada en él existe y todo lo que proyectamos en nuestro porvenir, que es mucho, no es sino invención de lo que seremos, de lo que querremos ser. 

Si todo, salvo el instante preciso, es ficción, ¿por qué no voy a poder meterme en la invención de otro, en su mente, en sus sueños? ¿Por qué no voy a creerme lo que quiera construir para mí? ¿Qué puede haber más hermoso que el resultado de un trabajo en el que un creador se revuelve contra el presente para mostrarte su mundo?

Yo me creo la ficción. No es más que empatizar con los sueños, verdaderos, de otro que no soy yo.

lunes, octubre 26, 2020

Sexo

El sexo es la maldición.

O la gloria.

Es nuestra conexión más directa con el mundo animal. Más que el comer. Más que enfermar.

El sexo lucha contra nuestro pudor, se pelea con el raciocinio, con el orden de nuestra vida. Pervierte todo. Nos hace culpables y estratosféricos. Nos acompleja cuando va mal. Nos hace vanidosos cuando todo fluye. Es asco y devoción.

Hay mucha vergüenza cuando hablamos de él, como si fuera con otros. Se hace cómplice de nuestra intimidad, porque nuestras perversiones son nuestras. 

Es necesario un tonel de confianza para compartir nuestras obsesiones sexuales con nadie.

Nos arrastra por el barro, porque es sudor, líquido, dolor y gusto. Porque a veces pensamos que no hay otro sentido de la vida que ése, que no hemos vivido si no lo hemos disfrutado, que no somos más que carne.

El sexo nos recuerda que somos carne. Sangre, Deseo. Que todo lo lógico es cursi, que no hay más que eso. Que no somos sino eso. Pulsión. 

Es vergüenza. 

Es pavoneo.

Afortunadamente hay cafés, y libros, y vinos, y olor a jazmín, y padres, y conciertos de rock, y un cocido, y olor a tiza, y sábanas limpias, y lunas llenas, y un baño en el mar, y un te quiero, y un susurro, y campanas de la catedral, y una camisa que quieres ponerte, y un beso maternal, y ganas de ser tu mismo, y recuerdos, y una risa contagiosa, y una noche a solas contigo mismo.

Y el sexo. 

domingo, octubre 25, 2020

Móvil

Tenemos que conseguir, hablo en primera persona, dejar de ser esclavos del móvil.

Salvo cuestiones urgentes que requieran estar localizados en todo momento, debemos hacer por que el teléfono no domine nuestras vidas, sino que seamos nosotros quienes tomemos el poder.

Dicho así parece excesivo, pero estoy convencido de que tenemos que romper. Hay que aplicar rutinas simples antes de que tengan que ser psicólogos quien nos alerten de cómo tenemos que hacer.

Actualizamos con ansiedad el correo, miramos continuamente de reojo el Whatsapp, buscamos un mensaje en Facebook, abrimos la prensa digital como si en la última media hora hubiese podido cambiar el mundo.

Es mejor quedar mal. Que cuando te llamen no respondas porque tienes el móvil reposando en tu habitación. Que no respondas de manera inmediata a un guiño de un amigo. 

Impongámonos hábitos sanos de desintoxicación. El mundo se nos ofrece a través del móvil, nos aporta información, diversión y compañía. A mucha gente le ha quitado una porción de soledad.

Pero no perdamos el pie. La vida no está detrás de la pantalla, sino allí donde tú estás, en este momento y con tu gente.

Cultura

La apreciación de la cultura es directamente proporcional a la sensibilidad.

Es un termómetro que podríamos utilizar para medir la capacidad de un ser humano para sentir. Sentir a secas. Encontrar la emoción, sus emociones. Poder transcender a su propia carne para apreciar de qué estamos realmente hechos.

Yo pondría a dos personas venidas por primera vez de Australia en la puerta del Museo del Prado. Les pediría que entrasen. Les daría libertad para que se moviesen. Activaría entonces el cronómetro para comprobar hasta qué punto es cierta mi teoría, porque creo que el tiempo que pasasen cada uno de ellos en ese templo de la pintura marcaría con precisión el punto de emotividad que habita en su interior.

Los más críticos de la cultura, no hay que ser adivino, son aquéllos que tienen más dificultad para empatizar, para conmoverse con lo ajeno, para interpretar la realidad con ojos lejanos a lo material.

El ser humano lo es por su capacidad de transcender, de crear, de inventar universos artificiales donde refugiar sus miedos, de recrear paraísos.

Un aria de Puccini, un cuento de Margaret Atwood, un poema de Lorca, una Menina velazqueña, un verso de Cernuda, Marlon Brando en un Tranvía llamado Deseo, una vidriera de la catedral de León, un rato frente a un Rothko, Chavela Vargas desgarrada, Roma entera, Woody Allen, una escultura retorcida en acero de Chillida, la dulzura de una bailarina de Degas...

Apreciar la cultura es admitir que no todo lo hemos hecho mal.


sábado, octubre 24, 2020

Respeto

Fui educado en un colegio con ideas tan diferentes a todo lo que yo defendería en el futuro, que salí de allí escopetado cuando comencé la universidad.

Había tenido que tragar tantos sapos que creí liberarme cantando el viento mis ideas sin importar quién estuviera al lado, sin darme cuenta de que estaba reproduciendo patrones que había detestado en mi adolescencia.

Con el tiempo he comprendido que tengo muy clara mi conciencia social y política. Me gusta escuchar al otro, leer a intelectuales, disfrutar de una editorial de un periódico. Puedo matizar mis ideas, afinarlas, enriquecerlas, corregirlas sin que en lo básico vaya a cambiar. Soy y quiero seguir siendo una persona coherente conmigo mismo.

Quienes me conocen saben cómo pienso, a quién voto, qué detesto.

He interiorizado, sin embargo, que el respeto al otro es una máxima de obligado cumplimiento para mí. No puedo, ni quiero, dar por supuesto el pensamiento político en el otro. No es cuestión de esconder la cabeza, sino de hablar con mesura. Estoy siempre dispuesto a debatir con cualquiera, a dejarme seducir por sus argumentos y a explicarles los míos.

No querría nunca hacer sentir a gente cercana, a quien me lee o a quien confía en mí que voy con la verdad absoluta por delante. 

Yo veo el mundo así. Lo he observado, sufrido y disfrutado. He creído comprender un poco del ser humano. Pero entiendo que tú lo veas diferente. 

Y siempre querré observar el mundo con tus ojos.

 

jueves, octubre 22, 2020

Amores

El mal de amores es un muro que se atraviesa sólo una vez.

Luego vendrán desengaños, abandonos y frustraciones, pero sentir que tu cuerpo pierde el pulso y todo se derrumba alrededor es algo que, cuando llega, provoca anticuerpos que ya viven contigo para siempre.

A mí me ocurrió una noche de invierno. Me quedé clavado en el coche tras regalarle un disco de Pedro Guerra y escuchar de su voz que no sentía por mí lo que se llama amor.

Al día siguiente mi hermana llamó al trabajo para explicar a mi jefe que yo estaba con gripe.

Nada tenía sentido. Permanecí días agarrado a mi pena. Tardé meses en olvidar. Analicé cada palabra, recordé los encuentros, imaginé mil errores, removí todos mis miedos, escribí mensajes que no envié y evité llamadas que no iban a solucionar algo tan irremediable como no provocar amor.

De ahí surgió una persona nueva que supo integrar en lo más íntimo que amar tenía que empezar por uno mismo. 


miércoles, octubre 21, 2020

Amabilidad

Hay quien confunde amabilidad con debilidad.

Ocurre mucho en el ambiente laboral. Tratas de mantener un trato impecable con personas con las que debes convivir gran parte de tu jornada no por tenerles especial cariño, ni una afinidad especial. De tus compañeros no tienes que esperar sino una relación cordial.

Lo cierto es que en este mundo hay gente emocionalmente troglodita. Personas que confunden profesionalidad con tener la cara de palo, que se rigen por el único criterio de despachar tareas sin más y que ven en el buen trato rendiciones inexistentes.

Trabajar es parte de la vida. No hay paréntesis en que ésta se pare para imbuirte en un mundo maquinal. Intentar hacer las cosas más fáciles al compañero no es sino grandeza, pedir realizar tareas con educación y una sonrisa es de puro sentido común. Responder a los emails de trabajo con un hola es un básico.

Hay días, pocos, en que tienes que apretar los dientes y decir, sin perder el tono, que eres amable, pero no estúpido.

Zurdo

Ser zurdo es la forma menos dolorosa de discriminación.

La mejor manera de explicar también, a los intolerantes, en qué consiste ser minoría.

No sé qué porcentaje de la población es zurda, pero podría ser similar al de población homosexual. Hay zurdos por todos lados, que no eligieron serlo, que se tropiezan con pequeñas barreras diarias en una sociedad que fabrica sus comodidades para los diestros.

Nadie elige ser gay, negro o albino. O zurdo.

Afortunadamente esta España en la que vivimos ya protege, con la ley, a los que vivimos en minoría. A los que no nos avergonzamos de ser como somos. La ley. Ese término tan frío que parece cosa de políticos.

Aquellos que son diestros, heterosexuales y blancos de piel han aprendido a ser tolerantes gracias a que un día la ley permitió que muchos de los que teníamos que simular ser 'normales' nos pudimos sentir, por fin, tan 'normales' como el resto.

martes, octubre 20, 2020

Bárbara

Hay amistades irrenunciables que se desvanecen de muerte natural.

Relaciones que vienen tan de lejos que la pulsión es familiar, personas que entraron en tu vida cuando no había en tu aproximación a la gente ningún interés que no fuera el puro instinto. Tiempos en que no imaginabas, ni por asomo, que algún día construyesen su mundo lejos del tuyo.

No sé si admirar a aquéllos que mantienen su círculo de amigos intacto desde la época de la EGB. Confieso que sería ideal, tanto como artificial, en mi caso, de haberlo conseguido. Y es que en la vida nos desparraman de cualquier manera para que nos agarremos al compañero de pupitre como alma gemela. No hay grandes elecciones, más bien el azar es quien nos une.

Hace falta cambiar varias veces de piel para medio saber lo que uno quiere y para cuando uno lo medio sabe ya tu inseparable compañero de entonces ha cambiado otras tantas la suya.

En todo caso hay días tontos en que un simple olor, una risa floja, un paseo por una calle te hacen recordar a esa persona. Momentos en que te planteas, con cierto remordimiento, qué nos separó, por qué no luché más por ella, qué hicimos mal.

No hace falta más que un poco de análisis frío para comprender, y admitir, que no se pueden forzar las cosas, por mucho que sepas que a esa persona siempre la querrás, que se te caerá el alma el día en que le pase algo, que te alegrarás de corazón cada vez que se cruce en tu camino.

No hay que alimentar culpas, sino disfrutar recuerdos.

lunes, octubre 19, 2020

Perro

Salía de cenar con la alegría de un buen vino y ya en la calle, mientras esperaba que Fran viniera del baño, crucé la mirada con un perro gordote que me clavó los ojos.

El alcohol facilitó que le mantuviese la mirada y tuve la fuerte sensación de que me pedía socorro. Miré a sus dueños y no me gustaron.

¿Hasta qué punto sufren los animales la incomunicación de no tener un lenguaje entendible por los humanos?

No hace muchos días mi hermana Mónica perdió a su perra. La había recogido abandonada en la calle, la cuidó con un cariño inmenso y murió de puro agotamiento por la edad. Pero no hay consuelo para mi hermana.

A mí me asustan esas relaciones de afecto extremo con los animales. Sé, porque en casa de mis padres siempre hubo perros, del cariño, la lealtad y la compañía que te dan, sin embargo me aturde que establezcamos relaciones casi humanas.

Tal vez porque intuyen cómo pienso, siempre que había jaleo en casa era yo quien me llevaba el bocado. Aún tengo un recuerdo en la ingle.

¿Qué dirían de nosotros si pudieran hablar? ¿Nos reñirían o nos aconsejarían?

Yo llevaba unas copas de más, pero ese perro me gritó socorro con la mirada.

sábado, octubre 17, 2020

Desgraciado

Me recogió en el Puente de la Barqueta. No supe distinguirla con la mascarilla, pero ya nos conocíamos. Habíamos compartido una tarde de primavera en la Feria del Libro de Sevilla en un minitaller de escritura con personas sin hogar.

—Yo sí me acuerdo de ti, Salvador. Compré tu último libro, me lo dedicaste y me lo leí.

Se llama María.

—Y me gustó.

Me ganaba por goleada.

Durante el trayecto hasta la cárcel me explicó lo básico. Cómo están distribuidos los internos, cuáles son sus horarios, qué tipo de delitos son los mayoritarios, cómo son las celdas, cómo se organizan.

—Vamos a estar en un módulo de respeto. Hasta cierto punto ellos se autogestionan. Ahí están los internos menos problemáticos, los que se comprometen a no estar ociosos, a no ser agresivos.

Me vería la cara de susto.

—En todos los años que llevo viniendo, nunca he tenido el más mínimo problema.

Entonces comprendí que era voluntaria. Que había comido como los pavos en su casa al salir del trabajo antes de recogerme para esa tarde literaria en la biblioteca de la prisión.

—Soy responsable de Recursos Humanos en una empresa grande.

Nos esperaban otros dos voluntarios. Jovencillos estudiantes que prefieren pasar la tarde del viernes como compañeros de personas sin libertad a irse de parranda con los amigos.

La cárcel era como en las películas. Impacta como en las películas. Se atraviesan controles y rejas como en las películas.

—Ya estamos dentro.

Las dos horas siguientes volaron. Me emocioné al leer el primer texto. Los reclusos se organizaban en sillas a mi alrededor. Me sorprendió el silencio mientras leía y los aplausos al final de cada relato. Hablaban de sus miedos.

—Yo tengo pensado el título de un cuento que transcurre aquí dentro —confesó uno de ellos—. 'El cementerio de los hombres vivos'

—¿Y de qué va? —pregunté.

—Tan sólo tengo el título —y todos se rieron.

Había quienes asumían su culpa al expresarse, había quienes defendían que una persona se vuelve otra cuando le invaden las emociones negativas. Había quienes enlazaban discursos deslavazados.

—Aquí hay gente mala, sí —me decía María—. Pero, sobre todo, hay mucho desgraciado.

Desgraciado que ha nacido en el lugar erróneo, que se ha metido en historias indebidas, que se dejó llevar por malas compañías.

Me ofrecieron visitar el patio y compartir paseo con los internos. Al solecito. Impresionan las vallas altas y esa cotidianeidad que no distingue los días de la semana. Se acercaban a hablar con nosotros con naturalidad.

—No imagino salir ahí fuera y que todo el mundo lleve mascarillas.

Ahí fuera...

Al trasvasar las rejas de vuelta les confesé a los tres mi admiración por ellos.

—¿Tú no haces nada como voluntario? —me preguntó María.

—No —contesté, rotundo.

—Me refiero fuera del trabajo, algo que hagas por el puro placer de hacerlo. Escribir es un acto voluntario, ¿no?

—Sí, claro, pero eso lo hago para mí.

—¿Y para quién crees que hago yo esto?

viernes, octubre 16, 2020

Cárcel

Hoy estoy excitado.

Tengo la inmensa suerte de tener la amistad de gente muy comprometida con causas sociales.

Yo no he tenido nunca la grandeza de embarcarme en aventuras que impliquen un compromiso personal en la ayuda a los demás. Me limito a pagar cuotas mensuales a ONG's que me envían boletines que no tengo el valor de leer con detalle.

Es por eso que siempre digo sí cuando se me requiere desde alguna organización implicada en causas humanitarias.

Ya estuve dando una charla a personas sin hogar, o colaborando en una jornada de escritura con otro colectivo que no tenía casa donde dormir, o participando como jurado en un concurso de relatos para presos.

Hoy me toca, por primera vez en la vida, visitar la cárcel. Me han invitado a dar una conferencia a los presos y he dicho que sí. 

Me lo piden como un favor y yo lo tomo como un regalo.

Llevo varios relatos impresos y muchas ganas de escuchar. De mirar a sus ojos curiosos para tratar de entender cómo es la vida con cadenas. No sé si estaré nervioso, si me afectará demasiado, si sabré aportar algo.

Sólo sé que de aquí a un rato seré una persona mejor.

jueves, octubre 15, 2020

Nadie

A nadie le gusta que le perdonen la vida.

Incluso a la gente más miserable o a la de menos recursos intelectuales. Las guerras de desprecio están siempre perdidas, porque no es un arma sana de utilizar por mucha razón que se tenga.

Todos tenemos nuestros argumentos para actuar de la forma en que lo hacemos, por muy rebuscadas que sean esas causas. Hasta el malo en su maldad se cree con razones para actuar como actúa.

Luego no podemos ganar batallas a partir de la ridiculización del otro ni desde la superioridad moral. Siempre hay que ofrecer una salida digna, hasta al peor enemigo. El machaque, el menosprecio o la burla no hacen sino enquistar relaciones envenenadas y nos quitan la razón.

Si queremos convencer, hablemos de igual a igual. Escuchemos. Si, en cambio, la otra persona no nos aporta nada, salvo que nos vaya algo importante en ello, no hagamos por que se note. 

Cuando ha pasado gente fastidiosa por mi vida que no he tenido más remedio que aguantar, mi estrategia siempre ha sido la de pasar desapercibido ante ella, endulzar cada mínimo encuentro con una sonrisa insípida y no crear el más mínimo hilo de comunicación.

Nadie quiere escuchar que es un peñazo ni tenemos derecho a levantar espejos para que otros vean reflejados allí sus miserias.

Porque tal vez algún día alguien levante ese espejo hacia nosotros y nos disgustará la imagen que veremos proyectada en él.


martes, octubre 13, 2020

Oportunidad

Por querer ayudar a un negocio familiar, recién empezado a trabajar con veintitantos años, me vi prácticamente en la ruina de un día para otro. No supe calcular los riesgos y los bancos me dieron un revolcón.

Mi futuro era prometedor, pero el presente se me hizo desolador. Acababa de comprarme una casa y los préstamos no me dejaban respirar.

Acudí a cuatro amigos que me querían. Sabía quién tenía posibilidad de ayudarme y quién no. Les expuse mi situación y les dije que cualquier respuesta por su parte la entendería.

A Bárbara, Montse e Ignacio les faltó tiempo para dejarme una importante cantidad de dinero. El cuarto, no importa su nombre, me dijo que no.

En menos de un año había reorganizado mi vida y a mis tres amigos les devolví, con una invitación a cena incluida y de forma individual, el dinero que me dejaron. 

El cuarto, durante largo tiempo, cinco, diez, quince años después, cada vez que salía de copas conmigo, y bebía de más, acababa con la misma cantinela.

—¡Qué me gustaría haberte dejado ese dinero el día que acudiste a mí!

Yo le echaba la mano por encima del hombro.

—Esa oportunidad, amigo mío, la perdiste para siempre.

lunes, octubre 12, 2020

Portugal

Volviendo ayer en coche, desde Coimbra, reflexionaba en voz alta, mientras conducía, acerca de lo reconocible que es Portugal.

—Siendo ciudades tan diferentes, en todas encuentras las mismas señales de tráfico, las mismas comidas, los mismos cafés, los mismos azulejos blancos y azules... No sabes si estás en el Algarve o atravesando el Duero. Todo es Portugal.

Ocurre como en Francia, que son países tan homogéneos que no importa dónde estés para saber que estás en ese país.

—Sin embargo, en España —continuaba con mi razonamiento— no tiene nada que ver una región con otra. Somos la noche y el día cada cien kilómetros de carretera.

—Eso la hace muy interesante, ¿no? —me replicó Fran, no sin razón.

Quedé un rato pensando.

Pues sí. Si Portugal representa la familia bien avenida, equilibrada y serena, donde todos van vestidos con los mismos mocasines y pantalones azules, España es la familia desastre, con unos que la repudian y se quieren largar, otros que se creen el centro del mundo y echan broncas al resto, algunos que se entretienen mirándose el ombligo y, eso sí, cada cual a su bola.

Quizás la vida es más así, como esta España nuestra, tan apegada a la realidad de lo inmanejable. Tan particular, tan extraña, tan dispersa. ¡Tan humana!

Es un país que cansa, que agota, que desespera, tantas veces insoportable... pero aburrido no es.

Y a mí, maldita sea, me gusta.

sábado, octubre 10, 2020

Jefe

En demasiadas ocasiones la gente evoluciona profesionalmente hasta su propia incompetencia.

Se justifica en la presión de la empresa o la administración, y es seguro que algo de eso habrá, pero en el fondo lo que existe es una falta de equilibrio personal de ese individuo al aceptar puestos no acordes a sus capacidades.

¿Pero quién dice que no a un ascenso?

Yo mismo he tenido duda de mis competencias en determinados puestos. Eso se nota cuando estás al límite en la gestión de los problemas del personal, en la respuesta a los problemas diarios, en la visión a medio plazo de tus objetivos. Cuando llegas al punto en que tus habilidades comienzan a resentirse es momento de pensar que tu tope está muy cerca. Y no pasa nada.

La ambición, sin embargo, es terrible compañera. Hay quienes se ven cegados por ella, quienes aplican todas las estrategias posibles para subir otro peldaño, para ganar poder, para aparentar más.

¡Qué miedo da ese profesional! ¡Qué miedo cuando no es la brillantez el principal argumento para promocionar!

Son personas que, acorraladas por sus propias limitaciones, pierden los nervios, gritan, dejan de escuchar, dan instrucciones contradictorias y pierden su vida personal.

Suele pasarle a los que no tienen más vida que su trabajo.

Me he cruzado con demasiados en mi carrera profesional y yo, personalmente, les agradezco que me muestren el camino de lo que nunca querré ser.


Nada

Nada y todo son adverbios peligrosos de utilizar cuando de emociones se trata.

Recuerdo unas cervezas con una amiga, en las que comentamos una película que a mí me entusiasmó.

—No me ha gustado nada —sentenció ella.

Yo, que siempre respetaré su opinión, le hablé de una escena dramática al borde de un lago donde los personajes desnudaban su pasado en carne viva.

—¿No te emocionó?

—Bueno, ese momento en concreto... sí.

Le pregunté por la fotografía, con las inmensas montañas del sur de Canadá casi escapándose de la pantalla de cine.

—Precioso, sí —reconoció.

Confundimos posturas apasionadas con opiniones extremas. Sin embargo es difícil encontrar algo o alguien que no nos aporte nada, o del que nos guste todo.

Cada persona, cada libro, cada ciudad, cada idioma, cada sociedad tiene algo que copiar, también algo insoportable.

Es mucho más higiénico para nuestra mente alejarnos de los reduccionismos y tratar de analizar con algo más de cuidado, de respeto, de atención todo lo que nos importa.

De hecho nos hace más potentes intelectualmente, y por tanto como personas, el buscar lo bueno en aquello que nos disgusta.

Los populistas buscan que razonemos con las tripas. No nos dejemos camelar, valemos mucho más que eso.

Antes de odiar, pensemos.

viernes, octubre 09, 2020

Vino

De los fumadores siempre me atrajo su estética, esos movimientos de brazos tomando un café, ese reflexionar la respuesta a una pregunta exhalando el humo, el apagar la colilla fuerte contra el cenicero. 

Afortunadamente, nunca me dio por fumar.

Con el vino me pasa lo mismo, pero ahí si que me considero un buen practicante. El meneo de la copa, el juego con ella en tus manos mientras conversas, el meter la nariz dentro, ver las lágrimas espesas caer, Ese puntillo de descontrol, la astringencia, el regustillo en la boca.

Me apunté a varios cursos de cata, porque quería saber de aquello que me hace disfrutar.

El primero al que fui lo animaba una señora de porte aristocrático, hablar grave y mucho nervio. Fueron dos tardes.

-Quiero que os liberéis. Que me digáis lo que sentís, la imagen que os llegue al beber, lo que es resulte agradable, lo que no.

Entonces yo, lanzado en esa primera cata, comenté en voz alta los olores del primer tinto que nos dio a probar.

-Tiene un cierto aroma a café.

-¡Pero cómo va a oler a café un vino tinto!

Ya no hablé más.

martes, octubre 06, 2020

Pesadillas

Las pesadillas describen los miedos.

No sé si los superados o los latentes, pero las mías, que aparecen cada vez que ceno carne, tienen mucho que ver con aquello que de siempre me preocupó.

Suelo estar angustiado sin un teléfono al que llamar en sueños rojos en que busco un cómplice para sacarme de casa en época universitaria, porque no tengo ningún amigo verdadero que se interese por mí. Es una pesadilla que me retrotrae al tiempo de los dieciocho años, con la sexualidad recién descubierta y la orfandad de mi madre aún caliente. Era un joven desvalido, enclenque de cuerpo y de ganas, asustadizo.

En muchas otras ocasiones aparezco desnudo en reuniones de trabajo, como mucho en calzoncillos. En esos espacios oníricos parece no escandalizar demasiado, pero yo no veo el momento de escapar de allí, de ocultarme, de encontrar quien me ofrezca un pantalón, unos zapatos. Tal vez tenga que ver con mis inseguridades primeras respecto a mi oficio de ingeniero, ese no saber hasta qué punto soy un intruso en un terreno que no es el mío.

Soy, en cambio, un afortunado, porque mis sueños son dulces casi siempre y, cuando no lo son, sé volver a ellos al despertar para desentrañar qué había en ellos que me hiciese daño. Tengo la suerte de poder meterme de nuevo dentro, con la pizca de malicia que me da el estar conectado con el mundo real, para sacar la pinza con la que extraer, de mi maravillosa vida de Morfeo, todo lo que me pincha y me incomoda, para comenzar bien con mis huesos una jornada más.

Palabra

No entendí bien la expresión 'retribución no remunerada' hasta que un día, hará quince años, me dijo la que era mi jefa:

—Salva, estoy encantada contigo.

Trabajamos por dinero, nada más cierto, pero echamos tantas horas en el trabajo que nuestras vidas se entremezclan de cifras y objetivos que no tendrían nada que ver con nuestro bienestar personal.

Un día, yendo de un lado a otro de la fábrica, se me acercó uno de mi equipo.

—Salva, le he contado a mi mujer y a mis padres todo lo que me dijiste el otro día.

Me lo decía con emoción, cuando yo simplemente le había expresado lo satisfecho que estaba con su trabajo.

No hay que hacerlo con todos, ni mucho menos, porque hay gente que no hace el esfuerzo necesario por crear un ambiente bueno en el trabajo, ni se motiva con los objetivos de equipo, ni te saluda con alegría cada mañana, ni se preocupa por empujar como los demás.

Pero cuando la persona aparece, cuando ese compañero de trabajo aporta profesionalidad y solidaridad a diario, no debemos regatear el elogio.

No hay mejor recompensa hacia el otro que mostrarle satisfacción sincera con su trabajo. No de forma sutil, sino con todas sus palabras.

Nos hace crecer a los dos.


lunes, octubre 05, 2020

Abuelo

A mi abuelo paterno lo perdí siendo muy chico.

Memorizo bien su cara, porque durante toda mi adolescencia un cuadro gigante de él, a carboncillo, presidió el salón de mi abuela. Él era practicante, y nos pinchaba cada vez que nos poníamos malos. Recuerdo con terror esa lata metálica con alcohol donde preparaba las inyecciones.

Sé que un día murió. De golpe. Yo querría morir así.

Fueron días dolorosos para mi madre y, por muy pequeño que yo fuera para entender, me causaba una congoja infinita verla llorar. Se encerraba en su habitación y lloraba.

Un día entré en su cuarto con una estrategia preparada. Caía ya la tarde, las luces estaban apagadas y yo me tumbé en su cama, junto a ella. Entonces me inventé una historia. Le dije que había soñado con el abuelo. Imagino que le narraría, conociéndome, una historia dulce y algo infantil.

Mi madre me acurrucó en sus brazos, me llenó de besos mojados y me agradeció que le hubiese contado mi sueño.

—Me ha gustado mucho —me dijo entre suspiros.

Ese día comprendí que mentir no era tan malo.

Tiranía

La tiranía del tiempo se acelera con la rutina.

Como las aguas envalentonadas de un río en una gran pendiente, como si dejásemos el dedo pulsado sobre un temporizador, el correr del tiempo se dispara cuando repetimos cada día los mismos pasos. La rutina es aceite para que se deslice, es cómplice de su indiferencia, es veneno que adormece. El tiempo se precipita ante la inacción, se ríe de tu cara de pasmo, se regodea. 

Cuando en una película de aventuras vemos a los protagonistas salvar todo tipo de peligros, siempre imaginamos como premio a su victoria un tiempo de calma, una vida en la que sea la quietud la que domine su día a día, de dormir mucho y grandes desayunos.

Pero el tiempo, ya de por sí cruel, se te escapa como arenilla de las manos cuando te dedicas a ver la vida pasar. Hay que ponerle obstáculos, que no son sino rupturas en lo previsto. Diques de contención en forma de escapadas. De ti, de tu casa, de tu comodidad, de tu no hacer nada distinto.

No es cierto que el tiempo pase para todo el mundo igual, porque el tiempo es inventado. No pasa igual si sales, si investigas, si conversas. No corre igual si vas a un sitio desconocido, si llamas a ese amigo abandonado, si decides comer distinto, si dices sí a esa propuesta, si no duermes la misma siesta, si aprendes algo nuevo, si decides no ser otra vez el mismo.

Un día lleno tiene mil rocas donde agarrarte, un día plano es un día más, del que no recordarás ni el viento. 

El horror es mirar atrás y ver vacío, porque sentirás la avalancha de un futuro lleno de nada precipitarse sobre ti.

martes, septiembre 29, 2020

Sevilla

Nacer en Sevilla es nacer malcriado.

Te amamanta de luz, te educa en su belleza, te contagia de vida limpia y tú aprendes a filtrar sus gritos.

Criarte con quien transmite esa seguridad te da fuerza, sentirte fuerte en plaza es privilegio. 

Con sus grandes tetas ella te cuida, te achucha, te menea. Sevilla es ordinaria y exquisita, rotunda. No te permite obviarla, mirarla de reojo. Es azul. Es blanca. Es vida.

Te desespera, te avergüenza por excesiva, te enorgullece por valiente, te sobea. La odias por ser tan suya, por tatuarte la piel sin tu permiso, por quererte siempre alegre, y gracioso, y obediente.

Sevilla es tremenda. No hay manera de renegar de ella. Te machaca con su pulso. Constante. En tu cabeza. En el deje. En la guasa. En lo borde. En la magia.

Me busca, me seduce, me pervierte, se escaquea, me desprecia, se relame, me piropea. Se entretiene, me entretiene, me flirtea. 

Es digna pero te 'enrea'.

No te deja ser del mundo, porque el mundo es sólo ella.

Me quiero independizar, ser estándar, ser de agua, ser de nadie.

Pero ella no me deja.

domingo, septiembre 27, 2020

Línea

—¡Detrás de la línea!

No ha sido una, ni dos, sino varias veces las que he sido recibido en un café, una agencia de turismo o un restaurante con un grito zafio de ese estilo.

Lo entendería, faltaría más, en profesionales desbordados por avalanchas de clientes. Pero da la casualidad que en todos los casos ha ocurrido en lugares medio vacíos, donde yo era prácticamente el único visitante.

No vale todo en nombre de la pandemia. 

Si llego a una cafetería recién abierta para desayunar con mi periódico y mi mascarilla, habiéndome lavado las manos con el gel hidroalcohólico de la puerta, con apenas otro cliente a dos metros delante de mí, no tengo por qué aguantar gritos militares para que me coloque detrás de no sé qué línea que apenas se ve. Estoy capacitado para entender las explicaciones con respeto.

Ante los gritos yo respondo con un:

—Buenos días.

Y me voy.

martes, septiembre 22, 2020

Pensar

Es precioso pensar.

No como un acto reflejo paralelo a mil actividades cotidianas en que las ideas avanzan en tropel, desordenadas, sino como actividad central buscada.

Dejar bien lejos el móvil, apagar luces, si acaso programar algo de música, bajita, y elegir un tema.

Pensar sin tener sueño, en posición cómoda, sin tareas pendientes que urjan. Sin hambre ni cansancio.

Tomar un tema y desbrozarlo, quitarle ramajos, limpiarlo por fuera, observar el andamiaje, alejarse para verlo completo, acercarse para ver los detalles. Recrearse.

Anoche me dediqué a pensar acerca de Japón. Había escrito un texto sobre una anécdota y los comentarios de aquéllos que me leen me habían provocado muchas sensaciones que debía organizar. Recordé mi llegada al aeropuerto de Narita, los libros leídos, las explicaciones de cómo beber el té, la forma de no tocarse, su vida grupal, el pasado guerrero, su miedo al extranjero, la capacidad analítica, sus desastres naturales. Me fui a sus escritores, disfruté de sus cocinas abiertas, vi risas con mofletes colorados, labios temblones de timidez, cervezas congeladas y metros limpios como patenas. Entré en un templo de Kyoto y me forcé a encontrar sus aromas.

Pensar como única actividad, pensar en algo concreto, disfrutar un largo rato. Dejarse llevar por sensaciones y hacerse preguntas. Querer construir respuestas, intentarlas resumir, formarse una opinión, plantearse retos nuevos. Olvidarse del mundo.

Es precioso pensar cuando se hace de forma consciente, entregada, donde no hay más que tú y tus pensamientos.

lunes, septiembre 21, 2020

Casados

Iván quería saber si estábamos casados.

Calculo que tendría diez años. Estábamos en una de nuestras clases particulares de inglés en casa y, en la pausa para la merienda, Iván me lo preguntó.

—Pero si tú estuviste en la boda, Iván —contesté, torpe.

Mi sobrino había acompañado a mi hermana Raquel, que hacía de testigo por mi parte, mientras que de parte de Fran vino Isaac. Luego nos fuimos los cinco de cena, felices como perdices. 

Eso no importaba, sin embargo. Mi sobrino me preguntaba algo concreto y yo no sabía responder con claridad. ¿Dos hombres casados? No sabía qué cacao mental podría tener en su cabeza, tal vez el miedo estaba en mí, miedo a que cambiase su relación conmigo. Que se asustase. Toda mi modernidad se deshacía como un azucarillo. Los fantasmas se me agarraron a la garganta.

Él me miró y cambió de tema. 

Nació el mismo año que yo empecé mi relación con Fran, lo conoce desde antes mismo de hablar, de andar. Se quieren y se tratan como familia. Es su tío Fran.

Pero el petardo de su tío no supo responderle a su pregunta; lo tuvo que descubrir por sí solo.

domingo, septiembre 20, 2020

Ritual

Yo tan solo había pedido revisar mis emails.

Llevábamos semanas de formación en la ciudad japonesa de Nagoya. Las jornadas eran tan largas que terminábamos a la hora de cenar. Hablamos del año 2000 y yo era feliz. 

Nos enseñaban a resolver problemas técnicos a partir de metodología nipona, de modo que cuando volviésemos a Europa pudiésemos ser nosotros formadores de esa manera de estructurar los análisis.

Al no tener ordenador propio y no sé en qué historias estaría yo metido, recuerdo que solicité en un receso poder consultar mis emails. No sé cuál era el motivo, pero me corría prisa.

Me acercaron por escaleras interminables al piso donde se encontraba la ingeniería, me señalaron una mesa y me cedieron un ordenador. La sala era infinita, perfectamente ordenada, formando un cuadrilatero perfecto donde cada ingenierito japonés trabajaba concentrado en su ordenador. Todos con sus chaquetillas de Nissan. Yo imagino que llevaría la mía de Renault.

Peleándome con el teclado, de pronto apagaron las luces y se escuchó un grito espantoso.

-¡¡¡Wasakata!!! -vendría a sonar.

Todo el mundo se colocó de pie ipso facto. A mí se me heló la sangre. No sé si alguien me observaba, pero también me puse en pie.

El que se suponía que era el gran jefe gritaba y gritaba. A cada fin de frase venía una reverencia de todos los allí congregados. Yo no sé si me movía. Hicieron salir a un chaval a la cabecera de la sala. En voz altísima le pedían explicaciones por algo. El tipo se explicaba. Y de nuevo las reverencias.

Por un momento pensé que me sacarían a mí.

Se encendieron las luces, sonó un aplauso general y todos se sentaron, concentrados en sus ordenadores como si allí no hubiera pasado nada. 

Yo escribí mi mail tan rápido como pude. Sé que expliqué a mi destinatario lo que me acababa de ocurrir.

¡Qué no daría yo por saber qué le conté, cómo se lo conté y a quién se lo conté!

Cuando vinieron a recogerme pregunté qué había pasado, pero mi anfitrión no hizo sino levantar los hombros.

'Estos occidentales...'

sábado, septiembre 19, 2020

Cerebro

Dicen que sólo utilizamos un porcentaje pequeño de nuestro cerebro, yo estoy esperanzado en que sea verdad.

La clave de nuestro equilibro personal está en ese pequeño órgano sobre el que tenemos la capacidad de intervenir para depurar nuestros miedos.

A fin de cuentas vivir no es sino escapar de los miedos en busca de paraísos; pero ni unos ni otros existen más allá de nuestra cabeza.

Soy un convencido de que, mentalmente, todo se puede trabajar; que la verdadera gimnasia productiva está en la mente, no en el cuerpo. En nosotros está la capacidad de procesar, nadie dice que sea fácil, nuestras obsesiones, complejos y proyectos.

Yo, por ejemplo, aprendí a programar mi cerebro para pensar en la muerte lo preciso. No es sencillo, pero te construyes técnicas argumentadas para darle a aquello que te inquieta el tiempo justo. Del mismo modo, comencé a superar mis complejos, a vivir con alegría mi sexualidad, a llevarme de forma amigable con el trabajo, a volcarme con los amigos que eran ciertos, a ignorar mezquindades de gente cutre, a emocionarme con lo simple, a sentirme universal.

Todavía no hay manuales de instrucción, está en cada uno querer trabajar lo mental para crecer sin atajos hacia la luz. Somos más fuertes de lo que creemos.

viernes, septiembre 18, 2020

Trapo

Tardé demasiado en descubrir que más vale no entrar al trapo.

Hay un género especial de personas, muy minoritario, que se recrea en la confrontación, en buscar las cosquillas, como si en el conflicto estuviera la música que les gusta bailar. En la mayoría de los casos como simple acto reflejo, que habrá que investigar de dónde les viene, pero en muchas otras situaciones lo hacen por pura malicia.

Siendo de sangre caliente como soy, siempre he respondido. Ante un comentario de desprecio, sarcástico, obtuso o desafiante, yo saltaba. Sin darme por entonces cuenta de que ésa es la mecha que los polemistas necesitan.

Acostumbrado a trabajar con equipos grandes, a socializar mucho en la calle, a exponer mis ideas con profusión en las redes sociales, estoy hecho a cruzarme con estos individuos que van a degüello. Si pueden ridiculizarte, malmeterte o ponerte la sangre negra, no hay la menor duda de que lo harán.

Porque van al propio lucimiento. No es tanto que quieran dañar, sino destacar ellos, mostrarse victoriosos, con la vana idea de que eso es prueba de personalidad y carácter. No hay más que verlos, cuando hacen una gracia a costa de otra persona, rápidamente buscan con la mirada la reacción en los otros, la aprobación.

La clave es el silencio. Hacer ver que para ti no están. Transparentarlos. No perder un ápice tu compostura. Seguir por tu camino. 

No hay nada que les pueda molestar más.

miércoles, septiembre 16, 2020

Llamadas

Pocas cuestiones cotidianas me hacen sentir peor que contestar a una llamada anónima de alguien que trabaja como teleoperador.

Mal porque invade mi intimidad sin derecho a hacerlo, mal porque no encuentro el tono para rechazarlo, mal porque esa pobre persona maldita las ganas que tiene de ofrecerte una venta a plazos, un contrato telefónico o un seguro de vida.

Son parapetos humanos colocados por empresas que buscan el pasadizo para meterse en tu esfera personal. Pero son ellos los que dan la cara, ellos y ellas los que tienen que aguantar los improperios mientras siguen recitando su oferta para hacer un cliente más.

-Perdón, no me interesa.

Me fuerzo a buscar la frase amable, pero los forman para atacar cualquier punto débil. Y la educación suena a debilidad.

-Simplemente, no quiero que me llaméis a mi teléfono personal.

Te aseguran que lo que te ofrecen es único. 

-¿Cómo lo puede rechazar sin escucharme?

-Porque le aseguro que soy feliz tal como estoy.

Pero se agarran a ti, te piden un minuto, dos segundos, una frase.

Les imagino volviendo a casa, soltando los zapatos, buscando en la nevera algo que picar, mientras en sus cabezas resuenan reproches, insultos y malos modos de gente anónima que no sabe lo que es la ruina, o tragarse los sapos, o detestar ser carne de trueque por un puñado de euros.

Me hacen sentir mal, porque encima minusvaloro la posibilidad de que puedan ser razonablemente felices.

martes, septiembre 15, 2020

Raros

Me gusta la gente rara.

Yo he sido siempre un tipo muy formal, y pudoroso, que no podría cambiar aunque quisiera, porque tengo integrado que la mía es la forma más adecuada de vivir. El respeto a las normas, la sensatez, lo correcto está en el frontispicio de mi trayectoria vital.

Todo eso no quita que para que yo me encandile con aquéllos que rompen con lo esperado, que visten diferente, que buscan el disfrute en aficiones estrafalarias, que desprecian comodidades por ser más libres, que se ríen del mundo.

A quienes la sociedad tacha de fantasmas yo les observo por una rendija, porque quizás, en el fondo, hubiera querido ser así. No tener rutinas, ni hipotecas, ni imagen que cuidar; no pensar en lo que piensen de mí, ser torpe con los abrazos, cantar donde no se debe, reírme de la política, vivir lejos de internet, vestir de colores imposibles, leer poemas en alto, encerrarme en una cueva, aprender a hablar suahili, vivir con quien nada tiene, creerme de ningún lado, comer sin saber el qué, sentirme dueño de nada, proyectar sin compromisos, comprarme dos bicicletas, desobedecer tendencias divinas, rechazar cumplidos extraños, dormirla a pierna suelta, decir de ti lo que pienso, amar sin calculadora, gritar al mundo ¡que te den!

No. Ése no soy yo.

lunes, septiembre 14, 2020

Abuela

Yo tenía una abuela divertidísima.

Mis padres nos dejaban en su casa los viernes por la noche, a los cuatro hermanos, para poder darse el lujo de cenar a solas.

Ella siempre nos hacía tortilla de patatas. Al menos mi recuerdo me dice eso. Y estaban buenísimas. La rodeábamos en la cocina, con su delantal, y nos ponía al día de su semana. Casi nunca salía de la casa, por lo que sus novedades se ceñían a poco más que la visita al médico y la compra semanal en la Puerta de la Carne.

Nos hacía callar cuando llegaba el 'Hombre del Tiempo'. Pienso que era su amor platónico. Moría con él. 

Con el gazpacho y las tortillas servidos, se sentaba en el sofá y comenzaba a contarnos chistes. Habría que vernos a los cuatro enanos sentados alrededor de la mesa-camilla escuchando sus carcajadas. Porque no nos enterábamos de la mitad. Se reía tanto contándolos que se atragantaba y no los terminaba. Se sacaba pañuelos del pecho y se secaba las lágrimas

Al llegar la película rebuscaba el teleprograma por debajo del cojín de su sofá. Ahí cabía de todo. Entonces nos contaba entera la peli.

-Abuela, que es de dos rombos.

-Eso es porque es de policías.

Y se quedaba frita en los primeros cinco minutos entre nuestras risillas nerviosas de maldad.

Mis padres nos recogían a rastras, sin despertarla, cada viernes noche.

Yo no recuerdo ninguno de sus chistes, pero resuenan claras en mí sus carcajadas. Como si el último viernes hubiera estado allí.

domingo, septiembre 13, 2020

Peliculero

Con el tiempo asumí que hay gente maravillosa a la que sólo verás una vez.

Mi cuerpo peliculero siempre quiso retener a quienes conseguían provocar emociones intensas en mí, aunque esas personas fueran los primos de un amigo de Barcelona, una compañera de una formación en París o un acompañante de asiento en un tren camino de Madrid.

Me aterraba no pedir el teléfono, una dirección postal, una próxima cita.

Era el vértigo a la rotura del hilo, con la escasa madurez que supone no saber que hay instantes mágicos que no se pueden comprar para disfrutarlos más tarde.

Haber viajado tanto desde tan jovencillo me hizo descubrir la vastedad del mundo, que me deslumbraba tanto como me aturdía. Tanta gente, tanta vida. ¡Tantas conversaciones interesantes! ¡Vidas inimaginables!

No sé cuántos años llevé escribiéndome con una finlandesa que encontré en la parada de un autobús de un camping a las afueras de Helsinki, ni cuántas direcciones apunté de gente a la que nunca volví a buscar.

Siempre pienso que ahí está, en el último encuentro, el próximo gran amigo, el futuro maestro, la chica más divertida, el tipo más sensible, el mejor conversador.

Me abruma, siempre lo hizo, descubrir gente maravillosa y no poder retenerla a mi lado.

sábado, septiembre 12, 2020

Atentos

Estar atento es estar vivo.

Amodorrarse es la postura fácil, la tendencia a la parálisis, la búsqueda del karma en la sombra, anhelar la mínima pulsación. 

Hay filósofos que distinguen entre biófilos y necrófilos. 

Todos tenemos una parte necrófila, ésa que tiende al agujero, a escondernos de los problemas, a no coger el teléfono, a evitar reuniones, a caminar deprisa mirando al suelo, a no protestar.

El problema surge cuando todo se vuelve estático, cuando comenzamos a relacionar bienestar con inacción.

No.

Somos seres vivos, somos naturaleza. Nuestros sentidos están ahí, alerta, por mucho que los queramos desconectar de nuestro ordenador central. No es cuestión de obligarse a ser fuertes, sino de apreciar que hay vida en nuestro interior. Que tenemos un entorno que requiere de nuestra energía. Que somos válidos como el que más.

No valen desengaños, complejos, frustraciones o derrotas para alimentar en nosotros el discurso de que todo es mentira.

Porque no todo es mentira.


Cursi

La gran carencia del género masculino es la castración a la que ve sometidos sus sentimientos.

Al menos los compartidos, los hablados, los que se manifiestan. 

Se obligan a tramitarlos a solas con sus tripas.

Confunden sensibilidad con masculinidad. Confusión que fabrica muros de censura ridículos con su propia realidad. Todo lo que implique abrirse es debilidad y cualquier confesión de debilidad es considerada cursi.

Enajenados por esa dictadura de la apariencia, muchos ridiculizan todo aquello que querrían practicar. Sentirse solo, tener miedo, verse inseguro, querer llorar no está hecho para ellos. No queda bien.

Mostrar vulnerabilidad, en vez de considerarse lo que es, una virtud muy ligada a la honestidad, se transforma en un pecado en la religión no escrita de los machos. No hay necesidad de retirar escudos.

El problema es que esa frustración de mostrarse fuerte, de carcajear con sonidos impostados, de ridiculizar a quien no es como la mayoría, se transforma en un odio subconsciente a quien sí se permite la libertad de expresarse sin tapujos.

Siento ráfagas de alegría cuando escucho a un hombre hablar con naturalidad de sus sentimientos. 

No es tan difícil pintar un corazón.


martes, septiembre 08, 2020

Novia

Tengo debilidad por mi sobrino Iván.

No es sólo porque sea mi único sobrino carnal, sino porque nos hemos trabajado durante sus diecisiete años de vida una relación de complicidad que a mí me llena el corazón.

Con él, desde que era un enano, he organizado excursiones por media España y medio mundo. Ha venido a casa no sé cuántas veces a dormir; le he dado durante años clases particulares de partirnos de risa o de darme chocazos contra la pared; nos hemos pegado homenajes culinarios los dos en los mejores restaurantes de Sevilla; le he regalado menos libros de los que me hubiera gustado, porque a esas edades parece que no existe otra cosa que la playstation. 

Y un día, con dieciséis años, se echó novia.

Nos seguimos mutuamente en las redes sociales. Bueno, la red social por excelencia para su edad es Instagram. Así que nos seguimos en Instagram.

Él, un chavalillo casi mayor de edad, con la voz ya cambiada de hombre, me envió un mensaje no hace mucho.

-¿Por qué no le has dado me gusta a mi último post?

Rápidamente abrí el Instagram, y vi que había publicado una foto dándose un beso con su novia. Se me había pasado. Precisamente esa foto se me había pasado. Yo, que le doy 'me gusta' a todo lo que publica y le envío corazones por doquier.

-Acabo de darle 'me gusta', Iván. Una foto muy chula.

Son hombrecillos valientes que aún necesitan saber que estamos ahí.

lunes, septiembre 07, 2020

Nunca

Hubo un día en que mi añorado entrenador de remo, Anchoa, me dijo que era muy bueno contando historias. Yo era un chaval enclenque de no más de quince años, no muy dotado para el remo. Me quedé en blanco. Es cierto que esa tarde, en ese momento, en los campos de entrenamiento de Mequinenza, tenía a todo un grupo de compañeros en corro a mi alrededor, atentos a mis anécdotas.

Hubo un estafador que un día me alegró los oídos tras enviar mi primer manuscrito a una editorial. Me sacó los cuartos, publicó mi novela, mala, deslavazada y naif, me enfrenté a la sensación de ser leído por desconocidos. 

Hubo un crítico literario que desbrozó mi tercera novela en una crítica entusiasta, que señaló sin compromisos, qué es lo que faltaba en ella para hacerla grande. El joven que era yo lo anotó todo.

Hubo una llamada desde el Ayuntamiento de San Fernando, en Cádiz, en que me anunciaban que un jurado de cinco grandes escritores había seleccionado mi cuarta novela como finalista de un Premio Internacional. 

Hubo un editor, de trayectoria contrastada, de edad avanzada, fumador y delicado de salud, que puso toda su confianza en mí. Esa novela me abrió la puerta a una gran editorial y fue llevada al cine.

Hubo años para aprender del retorno que me daban lectores de toda España. 

En justo un mes presento mi séptima novela, la más trabajada de todas, la menos dramática de ellas, la más compleja. Espero que la más divertida. En ella condenso el aprendizaje de tantos años de trabajo y, no menos importante, de toda una vida de amor por la literatura. 

Una historia donde mi primer objetivo es que quien se gaste su dinero en ella, pase grandes momentos al leerla.

En los próximos días os ofreceré extractos de 'Nunca sabrás quién fui', una novela de suspense sobre cómo escribir una novela. Un divertimento en el que el lector sabrá tanto o más que el propio autor; un autor ficticio que se devanará los sesos por encontrar las claves de cómo construir una obra de éxito, donde no se distinguirá qué es ficción y qué es real.

Confío en despertar vuestras ganas de sumergiros, a partir del 8 de octubre, en 'Nunca sabrás quién fui'.

sábado, septiembre 05, 2020

Vértigo

El mayor vértigo es la provisionalidad, esa sensación no definible de pensar que nada queda. El confirmar en gestos cotidianos que hay situaciones que no volverán. El, de pronto, recordar una pareja que ya no existe, un bar que desapareció, aquel programa de radio, un compañero de trabajo que ya no lo será más. Lo fugaz. Carcajadas de otros tiempos, coches ruidosos, cubatas en vaso de tubo, ganas de enredar. Como un remolino, las hojas giran más rápido, no se están quietas. Habíamos apostado todo a escenarios que no paran de moverse. Atrapas algo y vuela lo que dejas de mirar. Miras para otro lado, para no encontrar nada igual al volver la cara. Ves agujeros cuando acudes a sitios que te hicieron estar en perfecta sintonía con tu otra piel, la de esos días. Se cruzan caras como un relámpago, que se ríen como entonces, pero que ya están mudas para ti. Te paras, respiras, y ves un paisaje que te tranquiliza, porque lo has construido tú. Pero mejor no pensar que es como una nube, que ves con claridad, bien definida. Sabes que te distraerás y, cuando levantes la cabeza, ya no estará ahí. ¿Te dejas llevar? ¿Consiste en dejarse llevar? A veces apetece darle al botón de stop. Ya me vale así. No quiero que os mováis. Quedaos a mi lado, volved a reíros como ese día, miradme con el brillo de entonces, tomad mi mano y confiad en mí. 

El vértigo es saber que ese remolino te traerá nuevas pantallas de emoción, el vértigo es saber que tiene truco.

jueves, septiembre 03, 2020

Ángeles

Murillo perdió a tres hijos pequeños por la peste en la Sevilla del XVII.

El pintor quiso homenajear el recuerdo de los niños muertos con su pincel, y colocó sus caras en los angelitos rollizos de sus cuadros. Su mujer, loca de dolor, se recorría las iglesias de Sevilla para ver las pinturas y encontrar allí a sus hijos, con el terror que le producía que se desvaneciesen para siempre sus imágenes en su cabeza.

Anoche cené con Miguel y Carmen.

Él escribió el guión y Carmen acaba de terminar el rodaje del cortometraje 'Los ángeles eternos'. Me estuvieron contando, entre cervezas, la construcción del personaje, la búsqueda de vestuarios, la localización de calles de Sevilla para recrear las carreras de Beatriz a la búsqueda diaria de sus niños, Me enseñaron fotos, me explicaron la creación de la atmósfera de las pesadillas de la mujer, velando a sus tres hijos. La impresión de los tres pequeños actores con la escena.

Terminando de cenar apareció Murillo. Es la magia de una ciudad como la mía. El actor que dará vida al pintor iba de tapas por el mismo barrio.

Yo los escuchaba, ilusionadísimos, les hacía preguntas y les decía lo orgulloso que me siento de tener amigos así. Con tanta fuerza y ganas de contar. Brillantes.

viernes, agosto 28, 2020

Encerronas

Tengo demasiada gente querida atrapada en sus propias encerronas. 

Gente que te convence de no querer estar en las relaciones en las que están. Que justifican todo como algo transitorio desde hace demasiado tiempo atrás.

Incluso no es necesario que te expliquen para tú ver. Que ocultan a su pareja, que no presumen de ella, que no hay caricias ni guiños cómplices.

Te interesas y confiesan. Les escuchas y se desahogan. Empatizas y les animas.

Pero son mentiras, porque en lo más profundo son ellos los que no quieren escapar de esas encerronas. 

Llegan a presentarte escenarios tan tristes y faltos de amor, ejemplos tan concretos de desafecto, que comienzas a sentir pereza por ver a sus parejas. Pereza que se convierte con el tiempo en repulsión. Te solidarizas con su vida carente de motivación. Les pides que den un paso y te lo prometen.

Sin embargo, vuelves a cruzártelos por la calle, a tenerlos frente a ti, juntos, tomando una cerveza.

Dejas entonces de preguntar por su relación, obvias a la otra persona, como a un fantasma inexistente. Al no nombrar a su pareja ni a su vida emocional, dejas de hablar de temas mínimamente transcendentes, acudes a lugares comunes para acabar alejándote de esa persona querida que cada vez hace más grueso, opaco e insonoro el muro de sus encierros.

Te mienten con total sinceridad para justificarse sus propias cobardías.


jueves, agosto 27, 2020

Sabios

Recuerdo a un profesor de la universidad, Javier Aracil, que de cada inicio de clase robaba tres minutos para resumir todo lo que habíamos dado en el curso hasta ese momento.

Era glorioso. 

Mis neuronas se sumergían en una sopa espesa de placer.

La asignatura, Regulación Automática, no podía ser más áspera. De entrada.

Trabajábamos para entender cómo conseguir que cualquier artilugio pudiera mantener una temperatura, una velocidad, un caudal... de manera automática, segura y eficiente. 

Los fundamentos matemáticos eran de una dificultad extrema.

Él, en cambio, olvidaba las ecuaciones diferenciales y las múltiples integrales para llevarnos al centro de la materia. ¿Qué buscábamos? ¿Cómo lo afrontábamos? ¿Qué ganábamos?

El ideal era asimilar conceptos, no memorizar palabras.

Cuando escucho por la radio a grandes especialistas que explican con palabras gruesas problemas difíciles, tiendo a dudar de su sabiduría. 

Cuanto más tecnicismos usa, menos confío en él. Cuanto más enrevesada la frase, muestra menos dominio de la materia.

En estos tiempos de pandemia, de incertidumbre ante el futuro, de desconfianza hacia nosotros mismos, de progreso tecnológico acelerado, necesitamos de gente competente que sepa desbrozarnos el camino, eliminar todo aquello que, siendo imprescindible para sus investigaciones, no aporte nada para nuestra comprensión. 

Queremos aprender. 

Si queremos construir una sociedad fuerte es esencial que la ciudadanía sepa, esté formada, tenga criterio. Porque vienen curvas y nosotros, los humanos, estamos en el centro del huracán. 

Los grandes sabios tienen el don de explicar con palabras muy sencillas las teorías más complejas. 

martes, agosto 25, 2020

Parque

Fue en Nueva York.

Es casi lo único que pongo en pie, aunque bicheando por Google Maps puedo incluso reconocer el parquecillo que se abre entre la Sexta Avenida y la calle 32.

Yo iba solo y dudaba de mi inglés.

No importa cuál era mi duda ni dónde tenía que utilizar la frase que me atormentaba.

Sólo sé que me paré en ese parque, vi a una señora mayor sentada en un banco y me senté junto a ella.

-¿Le puedo hacer una pregunta?

Ella salió de su abstracción y me aclaró pausadamente mi duda gramatical. No imagino a dos personas más felices que esa vieja mujer y ese joven que era yo.

Me preguntó de dónde venía y yo le contesté.

-Maravillosa tu ciudad.

Seguí mi camino tan consciente de que nunca más la volvería a ver como de lo brutal que era saber que la vida se conformaba de momentos así, tan sencillos de construir y tan escasos de encontrar.