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domingo, septiembre 20, 2020

Ritual

Yo tan solo había pedido revisar mis emails.

Llevábamos semanas de formación en la ciudad japonesa de Nagoya. Las jornadas eran tan largas que terminábamos a la hora de cenar. Hablamos del año 2000 y yo era feliz. 

Nos enseñaban a resolver problemas técnicos a partir de metodología nipona, de modo que cuando volviésemos a Europa pudiésemos ser nosotros formadores de esa manera de estructurar los análisis.

Al no tener ordenador propio y no sé en qué historias estaría yo metido, recuerdo que solicité en un receso poder consultar mis emails. No sé cuál era el motivo, pero me corría prisa.

Me acercaron por escaleras interminables al piso donde se encontraba la ingeniería, me señalaron una mesa y me cedieron un ordenador. La sala era infinita, perfectamente ordenada, formando un cuadrilatero perfecto donde cada ingenierito japonés trabajaba concentrado en su ordenador. Todos con sus chaquetillas de Nissan. Yo imagino que llevaría la mía de Renault.

Peleándome con el teclado, de pronto apagaron las luces y se escuchó un grito espantoso.

-¡¡¡Wasakata!!! -vendría a sonar.

Todo el mundo se colocó de pie ipso facto. A mí se me heló la sangre. No sé si alguien me observaba, pero también me puse en pie.

El que se suponía que era el gran jefe gritaba y gritaba. A cada fin de frase venía una reverencia de todos los allí congregados. Yo no sé si me movía. Hicieron salir a un chaval a la cabecera de la sala. En voz altísima le pedían explicaciones por algo. El tipo se explicaba. Y de nuevo las reverencias.

Por un momento pensé que me sacarían a mí.

Se encendieron las luces, sonó un aplauso general y todos se sentaron, concentrados en sus ordenadores como si allí no hubiera pasado nada. 

Yo escribí mi mail tan rápido como pude. Sé que expliqué a mi destinatario lo que me acababa de ocurrir.

¡Qué no daría yo por saber qué le conté, cómo se lo conté y a quién se lo conté!

Cuando vinieron a recogerme pregunté qué había pasado, pero mi anfitrión no hizo sino levantar los hombros.

'Estos occidentales...'

sábado, septiembre 19, 2020

Cerebro

Dicen que sólo utilizamos un porcentaje pequeño de nuestro cerebro, yo estoy esperanzado en que sea verdad.

La clave de nuestro equilibro personal está en ese pequeño órgano sobre el que tenemos la capacidad de intervenir para depurar nuestros miedos.

A fin de cuentas vivir no es sino escapar de los miedos en busca de paraísos; pero ni unos ni otros existen más allá de nuestra cabeza.

Soy un convencido de que, mentalmente, todo se puede trabajar; que la verdadera gimnasia productiva está en la mente, no en el cuerpo. En nosotros está la capacidad de procesar, nadie dice que sea fácil, nuestras obsesiones, complejos y proyectos.

Yo, por ejemplo, aprendí a programar mi cerebro para pensar en la muerte lo preciso. No es sencillo, pero te construyes técnicas argumentadas para darle a aquello que te inquieta el tiempo justo. Del mismo modo, comencé a superar mis complejos, a vivir con alegría mi sexualidad, a llevarme de forma amigable con el trabajo, a volcarme con los amigos que eran ciertos, a ignorar mezquindades de gente cutre, a emocionarme con lo simple, a sentirme universal.

Todavía no hay manuales de instrucción, está en cada uno querer trabajar lo mental para crecer sin atajos hacia la luz. Somos más fuertes de lo que creemos.

viernes, septiembre 18, 2020

Trapo

Tardé demasiado en descubrir que más vale no entrar al trapo.

Hay un género especial de personas, muy minoritario, que se recrea en la confrontación, en buscar las cosquillas, como si en el conflicto estuviera la música que les gusta bailar. En la mayoría de los casos como simple acto reflejo, que habrá que investigar de dónde les viene, pero en muchas otras situaciones lo hacen por pura malicia.

Siendo de sangre caliente como soy, siempre he respondido. Ante un comentario de desprecio, sarcástico, obtuso o desafiante, yo saltaba. Sin darme por entonces cuenta de que ésa es la mecha que los polemistas necesitan.

Acostumbrado a trabajar con equipos grandes, a socializar mucho en la calle, a exponer mis ideas con profusión en las redes sociales, estoy hecho a cruzarme con estos individuos que van a degüello. Si pueden ridiculizarte, malmeterte o ponerte la sangre negra, no hay la menor duda de que lo harán.

Porque van al propio lucimiento. No es tanto que quieran dañar, sino destacar ellos, mostrarse victoriosos, con la vana idea de que eso es prueba de personalidad y carácter. No hay más que verlos, cuando hacen una gracia a costa de otra persona, rápidamente buscan con la mirada la reacción en los otros, la aprobación.

La clave es el silencio. Hacer ver que para ti no están. Transparentarlos. No perder un ápice tu compostura. Seguir por tu camino. 

No hay nada que les pueda molestar más.

miércoles, septiembre 16, 2020

Llamadas

Pocas cuestiones cotidianas me hacen sentir peor que contestar a una llamada anónima de alguien que trabaja como teleoperador.

Mal porque invade mi intimidad sin derecho a hacerlo, mal porque no encuentro el tono para rechazarlo, mal porque esa pobre persona maldita las ganas que tiene de ofrecerte una venta a plazos, un contrato telefónico o un seguro de vida.

Son parapetos humanos colocados por empresas que buscan el pasadizo para meterse en tu esfera personal. Pero son ellos los que dan la cara, ellos y ellas los que tienen que aguantar los improperios mientras siguen recitando su oferta para hacer un cliente más.

-Perdón, no me interesa.

Me fuerzo a buscar la frase amable, pero los forman para atacar cualquier punto débil. Y la educación suena a debilidad.

-Simplemente, no quiero que me llaméis a mi teléfono personal.

Te aseguran que lo que te ofrecen es único. 

-¿Cómo lo puede rechazar sin escucharme?

-Porque le aseguro que soy feliz tal como estoy.

Pero se agarran a ti, te piden un minuto, dos segundos, una frase.

Les imagino volviendo a casa, soltando los zapatos, buscando en la nevera algo que picar, mientras en sus cabezas resuenan reproches, insultos y malos modos de gente anónima que no sabe lo que es la ruina, o tragarse los sapos, o detestar ser carne de trueque por un puñado de euros.

Me hacen sentir mal, porque encima minusvaloro la posibilidad de que puedan ser razonablemente felices.

martes, septiembre 15, 2020

Raros

Me gusta la gente rara.

Yo he sido siempre un tipo muy formal, y pudoroso, que no podría cambiar aunque quisiera, porque tengo integrado que la mía es la forma más adecuada de vivir. El respeto a las normas, la sensatez, lo correcto está en el frontispicio de mi trayectoria vital.

Todo eso no quita que para que yo me encandile con aquéllos que rompen con lo esperado, que visten diferente, que buscan el disfrute en aficiones estrafalarias, que desprecian comodidades por ser más libres, que se ríen del mundo.

A quienes la sociedad tacha de fantasmas yo les observo por una rendija, porque quizás, en el fondo, hubiera querido ser así. No tener rutinas, ni hipotecas, ni imagen que cuidar; no pensar en lo que piensen de mí, ser torpe con los abrazos, cantar donde no se debe, reírme de la política, vivir lejos de internet, vestir de colores imposibles, leer poemas en alto, encerrarme en una cueva, aprender a hablar suahili, vivir con quien nada tiene, creerme de ningún lado, comer sin saber el qué, sentirme dueño de nada, proyectar sin compromisos, comprarme dos bicicletas, desobedecer tendencias divinas, rechazar cumplidos extraños, dormirla a pierna suelta, decir de ti lo que pienso, amar sin calculadora, gritar al mundo ¡que te den!

No. Ése no soy yo.

lunes, septiembre 14, 2020

Abuela

Yo tenía una abuela divertidísima.

Mis padres nos dejaban en su casa los viernes por la noche, a los cuatro hermanos, para poder darse el lujo de cenar a solas.

Ella siempre nos hacía tortilla de patatas. Al menos mi recuerdo me dice eso. Y estaban buenísimas. La rodeábamos en la cocina, con su delantal, y nos ponía al día de su semana. Casi nunca salía de la casa, por lo que sus novedades se ceñían a poco más que la visita al médico y la compra semanal en la Puerta de la Carne.

Nos hacía callar cuando llegaba el 'Hombre del Tiempo'. Pienso que era su amor platónico. Moría con él. 

Con el gazpacho y las tortillas servidos, se sentaba en el sofá y comenzaba a contarnos chistes. Habría que vernos a los cuatro enanos sentados alrededor de la mesa-camilla escuchando sus carcajadas. Porque no nos enterábamos de la mitad. Se reía tanto contándolos que se atragantaba y no los terminaba. Se sacaba pañuelos del pecho y se secaba las lágrimas

Al llegar la película rebuscaba el teleprograma por debajo del cojín de su sofá. Ahí cabía de todo. Entonces nos contaba entera la peli.

-Abuela, que es de dos rombos.

-Eso es porque es de policías.

Y se quedaba frita en los primeros cinco minutos entre nuestras risillas nerviosas de maldad.

Mis padres nos recogían a rastras, sin despertarla, cada viernes noche.

Yo no recuerdo ninguno de sus chistes, pero resuenan claras en mí sus carcajadas. Como si el último viernes hubiera estado allí.

domingo, septiembre 13, 2020

Peliculero

Con el tiempo asumí que hay gente maravillosa a la que sólo verás una vez.

Mi cuerpo peliculero siempre quiso retener a quienes conseguían provocar emociones intensas en mí, aunque esas personas fueran los primos de un amigo de Barcelona, una compañera de una formación en París o un acompañante de asiento en un tren camino de Madrid.

Me aterraba no pedir el teléfono, una dirección postal, una próxima cita.

Era el vértigo a la rotura del hilo, con la escasa madurez que supone no saber que hay instantes mágicos que no se pueden comprar para disfrutarlos más tarde.

Haber viajado tanto desde tan jovencillo me hizo descubrir la vastedad del mundo, que me deslumbraba tanto como me aturdía. Tanta gente, tanta vida. ¡Tantas conversaciones interesantes! ¡Vidas inimaginables!

No sé cuántos años llevé escribiéndome con una finlandesa que encontré en la parada de un autobús de un camping a las afueras de Helsinki, ni cuántas direcciones apunté de gente a la que nunca volví a buscar.

Siempre pienso que ahí está, en el último encuentro, el próximo gran amigo, el futuro maestro, la chica más divertida, el tipo más sensible, el mejor conversador.

Me abruma, siempre lo hizo, descubrir gente maravillosa y no poder retenerla a mi lado.

sábado, septiembre 12, 2020

Atentos

Estar atento es estar vivo.

Amodorrarse es la postura fácil, la tendencia a la parálisis, la búsqueda del karma en la sombra, anhelar la mínima pulsación. 

Hay filósofos que distinguen entre biófilos y necrófilos. 

Todos tenemos una parte necrófila, ésa que tiende al agujero, a escondernos de los problemas, a no coger el teléfono, a evitar reuniones, a caminar deprisa mirando al suelo, a no protestar.

El problema surge cuando todo se vuelve estático, cuando comenzamos a relacionar bienestar con inacción.

No.

Somos seres vivos, somos naturaleza. Nuestros sentidos están ahí, alerta, por mucho que los queramos desconectar de nuestro ordenador central. No es cuestión de obligarse a ser fuertes, sino de apreciar que hay vida en nuestro interior. Que tenemos un entorno que requiere de nuestra energía. Que somos válidos como el que más.

No valen desengaños, complejos, frustraciones o derrotas para alimentar en nosotros el discurso de que todo es mentira.

Porque no todo es mentira.


Cursi

La gran carencia del género masculino es la castración a la que ve sometidos sus sentimientos.

Al menos los compartidos, los hablados, los que se manifiestan. 

Se obligan a tramitarlos a solas con sus tripas.

Confunden sensibilidad con masculinidad. Confusión que fabrica muros de censura ridículos con su propia realidad. Todo lo que implique abrirse es debilidad y cualquier confesión de debilidad es considerada cursi.

Enajenados por esa dictadura de la apariencia, muchos ridiculizan todo aquello que querrían practicar. Sentirse solo, tener miedo, verse inseguro, querer llorar no está hecho para ellos. No queda bien.

Mostrar vulnerabilidad, en vez de considerarse lo que es, una virtud muy ligada a la honestidad, se transforma en un pecado en la religión no escrita de los machos. No hay necesidad de retirar escudos.

El problema es que esa frustración de mostrarse fuerte, de carcajear con sonidos impostados, de ridiculizar a quien no es como la mayoría, se transforma en un odio subconsciente a quien sí se permite la libertad de expresarse sin tapujos.

Siento ráfagas de alegría cuando escucho a un hombre hablar con naturalidad de sus sentimientos. 

No es tan difícil pintar un corazón.


martes, septiembre 08, 2020

Novia

Tengo debilidad por mi sobrino Iván.

No es sólo porque sea mi único sobrino carnal, sino porque nos hemos trabajado durante sus diecisiete años de vida una relación de complicidad que a mí me llena el corazón.

Con él, desde que era un enano, he organizado excursiones por media España y medio mundo. Ha venido a casa no sé cuántas veces a dormir; le he dado durante años clases particulares de partirnos de risa o de darme chocazos contra la pared; nos hemos pegado homenajes culinarios los dos en los mejores restaurantes de Sevilla; le he regalado menos libros de los que me hubiera gustado, porque a esas edades parece que no existe otra cosa que la playstation. 

Y un día, con dieciséis años, se echó novia.

Nos seguimos mutuamente en las redes sociales. Bueno, la red social por excelencia para su edad es Instagram. Así que nos seguimos en Instagram.

Él, un chavalillo casi mayor de edad, con la voz ya cambiada de hombre, me envió un mensaje no hace mucho.

-¿Por qué no le has dado me gusta a mi último post?

Rápidamente abrí el Instagram, y vi que había publicado una foto dándose un beso con su novia. Se me había pasado. Precisamente esa foto se me había pasado. Yo, que le doy 'me gusta' a todo lo que publica y le envío corazones por doquier.

-Acabo de darle 'me gusta', Iván. Una foto muy chula.

Son hombrecillos valientes que aún necesitan saber que estamos ahí.

lunes, septiembre 07, 2020

Nunca

Hubo un día en que mi añorado entrenador de remo, Anchoa, me dijo que era muy bueno contando historias. Yo era un chaval enclenque de no más de quince años, no muy dotado para el remo. Me quedé en blanco. Es cierto que esa tarde, en ese momento, en los campos de entrenamiento de Mequinenza, tenía a todo un grupo de compañeros en corro a mi alrededor, atentos a mis anécdotas.

Hubo un estafador que un día me alegró los oídos tras enviar mi primer manuscrito a una editorial. Me sacó los cuartos, publicó mi novela, mala, deslavazada y naif, me enfrenté a la sensación de ser leído por desconocidos. 

Hubo un crítico literario que desbrozó mi tercera novela en una crítica entusiasta, que señaló sin compromisos, qué es lo que faltaba en ella para hacerla grande. El joven que era yo lo anotó todo.

Hubo una llamada desde el Ayuntamiento de San Fernando, en Cádiz, en que me anunciaban que un jurado de cinco grandes escritores había seleccionado mi cuarta novela como finalista de un Premio Internacional. 

Hubo un editor, de trayectoria contrastada, de edad avanzada, fumador y delicado de salud, que puso toda su confianza en mí. Esa novela me abrió la puerta a una gran editorial y fue llevada al cine.

Hubo años para aprender del retorno que me daban lectores de toda España. 

En justo un mes presento mi séptima novela, la más trabajada de todas, la menos dramática de ellas, la más compleja. Espero que la más divertida. En ella condenso el aprendizaje de tantos años de trabajo y, no menos importante, de toda una vida de amor por la literatura. 

Una historia donde mi primer objetivo es que quien se gaste su dinero en ella, pase grandes momentos al leerla.

En los próximos días os ofreceré extractos de 'Nunca sabrás quién fui', una novela de suspense sobre cómo escribir una novela. Un divertimento en el que el lector sabrá tanto o más que el propio autor; un autor ficticio que se devanará los sesos por encontrar las claves de cómo construir una obra de éxito, donde no se distinguirá qué es ficción y qué es real.

Confío en despertar vuestras ganas de sumergiros, a partir del 8 de octubre, en 'Nunca sabrás quién fui'.

sábado, septiembre 05, 2020

Vértigo

El mayor vértigo es la provisionalidad, esa sensación no definible de pensar que nada queda. El confirmar en gestos cotidianos que hay situaciones que no volverán. El, de pronto, recordar una pareja que ya no existe, un bar que desapareció, aquel programa de radio, un compañero de trabajo que ya no lo será más. Lo fugaz. Carcajadas de otros tiempos, coches ruidosos, cubatas en vaso de tubo, ganas de enredar. Como un remolino, las hojas giran más rápido, no se están quietas. Habíamos apostado todo a escenarios que no paran de moverse. Atrapas algo y vuela lo que dejas de mirar. Miras para otro lado, para no encontrar nada igual al volver la cara. Ves agujeros cuando acudes a sitios que te hicieron estar en perfecta sintonía con tu otra piel, la de esos días. Se cruzan caras como un relámpago, que se ríen como entonces, pero que ya están mudas para ti. Te paras, respiras, y ves un paisaje que te tranquiliza, porque lo has construido tú. Pero mejor no pensar que es como una nube, que ves con claridad, bien definida. Sabes que te distraerás y, cuando levantes la cabeza, ya no estará ahí. ¿Te dejas llevar? ¿Consiste en dejarse llevar? A veces apetece darle al botón de stop. Ya me vale así. No quiero que os mováis. Quedaos a mi lado, volved a reíros como ese día, miradme con el brillo de entonces, tomad mi mano y confiad en mí. 

El vértigo es saber que ese remolino te traerá nuevas pantallas de emoción, el vértigo es saber que tiene truco.

jueves, septiembre 03, 2020

Ángeles

Murillo perdió a tres hijos pequeños por la peste en la Sevilla del XVII.

El pintor quiso homenajear el recuerdo de los niños muertos con su pincel, y colocó sus caras en los angelitos rollizos de sus cuadros. Su mujer, loca de dolor, se recorría las iglesias de Sevilla para ver las pinturas y encontrar allí a sus hijos, con el terror que le producía que se desvaneciesen para siempre sus imágenes en su cabeza.

Anoche cené con Miguel y Carmen.

Él escribió el guión y Carmen acaba de terminar el rodaje del cortometraje 'Los ángeles eternos'. Me estuvieron contando, entre cervezas, la construcción del personaje, la búsqueda de vestuarios, la localización de calles de Sevilla para recrear las carreras de Beatriz a la búsqueda diaria de sus niños, Me enseñaron fotos, me explicaron la creación de la atmósfera de las pesadillas de la mujer, velando a sus tres hijos. La impresión de los tres pequeños actores con la escena.

Terminando de cenar apareció Murillo. Es la magia de una ciudad como la mía. El actor que dará vida al pintor iba de tapas por el mismo barrio.

Yo los escuchaba, ilusionadísimos, les hacía preguntas y les decía lo orgulloso que me siento de tener amigos así. Con tanta fuerza y ganas de contar. Brillantes.

viernes, agosto 28, 2020

Encerronas

Tengo demasiada gente querida atrapada en sus propias encerronas. 

Gente que te convence de no querer estar en las relaciones en las que están. Que justifican todo como algo transitorio desde hace demasiado tiempo atrás.

Incluso no es necesario que te expliquen para tú ver. Que ocultan a su pareja, que no presumen de ella, que no hay caricias ni guiños cómplices.

Te interesas y confiesan. Les escuchas y se desahogan. Empatizas y les animas.

Pero son mentiras, porque en lo más profundo son ellos los que no quieren escapar de esas encerronas. 

Llegan a presentarte escenarios tan tristes y faltos de amor, ejemplos tan concretos de desafecto, que comienzas a sentir pereza por ver a sus parejas. Pereza que se convierte con el tiempo en repulsión. Te solidarizas con su vida carente de motivación. Les pides que den un paso y te lo prometen.

Sin embargo, vuelves a cruzártelos por la calle, a tenerlos frente a ti, juntos, tomando una cerveza.

Dejas entonces de preguntar por su relación, obvias a la otra persona, como a un fantasma inexistente. Al no nombrar a su pareja ni a su vida emocional, dejas de hablar de temas mínimamente transcendentes, acudes a lugares comunes para acabar alejándote de esa persona querida que cada vez hace más grueso, opaco e insonoro el muro de sus encierros.

Te mienten con total sinceridad para justificarse sus propias cobardías.


jueves, agosto 27, 2020

Sabios

Recuerdo a un profesor de la universidad, Javier Aracil, que de cada inicio de clase robaba tres minutos para resumir todo lo que habíamos dado en el curso hasta ese momento.

Era glorioso. 

Mis neuronas se sumergían en una sopa espesa de placer.

La asignatura, Regulación Automática, no podía ser más áspera. De entrada.

Trabajábamos para entender cómo conseguir que cualquier artilugio pudiera mantener una temperatura, una velocidad, un caudal... de manera automática, segura y eficiente. 

Los fundamentos matemáticos eran de una dificultad extrema.

Él, en cambio, olvidaba las ecuaciones diferenciales y las múltiples integrales para llevarnos al centro de la materia. ¿Qué buscábamos? ¿Cómo lo afrontábamos? ¿Qué ganábamos?

El ideal era asimilar conceptos, no memorizar palabras.

Cuando escucho por la radio a grandes especialistas que explican con palabras gruesas problemas difíciles, tiendo a dudar de su sabiduría. 

Cuanto más tecnicismos usa, menos confío en él. Cuanto más enrevesada la frase, muestra menos dominio de la materia.

En estos tiempos de pandemia, de incertidumbre ante el futuro, de desconfianza hacia nosotros mismos, de progreso tecnológico acelerado, necesitamos de gente competente que sepa desbrozarnos el camino, eliminar todo aquello que, siendo imprescindible para sus investigaciones, no aporte nada para nuestra comprensión. 

Queremos aprender. 

Si queremos construir una sociedad fuerte es esencial que la ciudadanía sepa, esté formada, tenga criterio. Porque vienen curvas y nosotros, los humanos, estamos en el centro del huracán. 

Los grandes sabios tienen el don de explicar con palabras muy sencillas las teorías más complejas. 

martes, agosto 25, 2020

Parque

Fue en Nueva York.

Es casi lo único que pongo en pie, aunque bicheando por Google Maps puedo incluso reconocer el parquecillo que se abre entre la Sexta Avenida y la calle 32.

Yo iba solo y dudaba de mi inglés.

No importa cuál era mi duda ni dónde tenía que utilizar la frase que me atormentaba.

Sólo sé que me paré en ese parque, vi a una señora mayor sentada en un banco y me senté junto a ella.

-¿Le puedo hacer una pregunta?

Ella salió de su abstracción y me aclaró pausadamente mi duda gramatical. No imagino a dos personas más felices que esa vieja mujer y ese joven que era yo.

Me preguntó de dónde venía y yo le contesté.

-Maravillosa tu ciudad.

Seguí mi camino tan consciente de que nunca más la volvería a ver como de lo brutal que era saber que la vida se conformaba de momentos así, tan sencillos de construir y tan escasos de encontrar.

lunes, agosto 24, 2020

Sectores

Me dijo que no me llamaba porque yo era del otro sector.

Llevaba pocos días en Donosti, donde pasaré bastante tiempo en mi futuro inmediato, por lo que estoy especialmente atento a mi entorno para adaptarme bien.

De hecho, ya me voy haciendo a la ciudad, tengo gente a quien recurrir con naturalidad y me siento feliz.

Pues bien, un donostiarra al que conocí tiempo atrás, con quien compartí cenas, cañas y confidencias, me aclaró, cuando le busqué, que no se atrevía a contactar conmigo porque yo era del sector de su pareja, sevillana, de quien tiempo atrás se separó.

Afortunadamente nos concedimos varias cervezas por la Parte Vieja para aclarar que yo no soy de ninguna fracción, sino de la gente que me inspira confianza, ternura, buen rollo, ganas de compartir.

De gente como él.

Me enorgullece haber dejado por el camino relaciones de amistad entre terceros porque un día yo los junté. Personas a las que yo ya no veo, ni trato, que quedan entre ellos, y se quieren. Que son importantes el uno para el otro, sin yo formar parte de sus vidas. Porque yo fui alguien querido para ellos, y ellos para mí, en momentos que ya pasaron.

Es hermosísimo juntar sin pegamento, sin reglas que prometer ni futuros obligados. Vamos y venimos, nos montamos en trenes que paran en estaciones en las que no todos quieren bajar, compartimos asiento durante largos trayectos con gente que nos conmovió y que ya no necesitamos buscar.

Es maravilloso estar con quien estemos porque nos hacemos sentir bien.

Sin más.


domingo, agosto 23, 2020

Vitoria

Se desató la charla tomando cervezas hace unos días en Donosti. Acababa de llegar a la comida tras pasar la mañana en Vitoria y mis amigos vascos se sorprendieron cuando les dije que mi abuela era de allí.

Para uno de ellos pareció una virtud, de golpe, que yo tuviera sangre vasca. 

Entonces salieron los orígenes, y apellidos, de cada uno. De lo más variopintos.

Yo hubiera dicho ¡qué más da! Pero hice ver que mi otra abuela era de Cantabria, y mi abuelo paterno de Cartagena y el materno, sevillano. 

Me gusta ser mezcla, incluso preferiría relatar que alguno de mis abuelos fuese japonés y otro de Perú, que tengo sangre africana y esquimal, que en mi árbol genealógico se distinguen antepasados que atravesaron las llanuras de China y que se juntaron con otros que vinieron de Madagascar.

Sin embargo, presumiendo de antepasados, estaría jugando al mismo juego absurdo de los que de enorgullecen de tener ocho apellidos vascos, o andaluces, o aztecas.

Sencillamente porque no nos aporta ningún valor de dónde vengamos, sino quiénes somos y qué hemos construido de nosotros mismos. 

Nos pusieron en este mundo en circunstancias que ninguno de nosotros elegimos. No nos vanagloriemos de aquéllo en lo que no hemos tenido nada que ver. 

viernes, agosto 21, 2020

Rayado

Una de las personas que más me quiere en este mundo vive en Huelva.

Se llama Mariángeles y nuestro amor es incondicional. Nos queremos, nos escuchamos, nos protegemos.

El otro día, apurada, me escribió. Ella lee mis textos en las redes sociales y no se manifiesta. Ella sabe en todo momento dónde estoy, pero no lo dice. No hace falta pensar igual para quererse mucho. Somos planetas diferentes en un universo sólo nuestro.

'Salva, no quiero molestarte, pero has escrito esto...'

Y me enviaba un pantallazo de uno de mis textos con una falta de ortografía como una casa. 

'Creo que pan rallado no es con y'.

Pues claro que no. Se me había pasado. Me entró un cierto acaloramiento y lo corregí rápidamente.

Son muchos los despistes, pero no quise excusarme. Menos ante ella. Uno se equivoca y corrige. 

Tendemos a buscar excusas. Son las prisas, soy medio disléxico, es el corrector... No. Me he equivocado y punto.

Admitir los errores sin matices es una forma sana de sudar nuestras imperfecciones.

'Gracias, Mariángeles', le contesté, 'ya está corregido'.

Aproveché entonces para decirle que me alegraba saber que me leía. Y que seguía cuidando de mí.

jueves, agosto 20, 2020

Pejigueras

Hay gente, a la que quiero, en la que hace tiempo dejé de pensar para hacer planes.

Son personas, muchas veces, que me sueltan indirectas respecto a mi amplia vida social. Con tanta admiración como recelo.

—Vaya como te lo montas.

Acabamos rodeándonos de nuestros semejantes y, mal que nos pese, deshilachamos los lazos con aquéllos que viven diferente.

Soy muy de juntar gente. Me gusta. Entre otras cosas porque presumo de estar rodeado de amistades luminosas. 

Estos maravillosos días en San Sebastián estoy conociendo a muchos que entienden la existencia como yo. De los que se nos va la vida en cada oportunidad desaprovechada, porque queremos disfrutar del placer de estar hoy aquí. Y no allí mañana.

Cuando invitas a alguien a una cena y te hace un interrogatorio tipo 

—¿Quién va? ¿Qué vas a poner de comer? ¿A qué hora terminaréis? ¿Hasta cuándo tengo para contestar?

Lo primero que apetece es deshacer la proposición.

A mí, cuando se me invita, lo primero que me sale del cuerpo es decir

—¡Claro que sí!

Y lo digo.

No apreciamos el regalo que supone tener quien te ofrezca su casa, su mesa, su tiempo para estar contigo y decirte sin decirlo:

—Eres parte de mi vida.

Luego, los remilgados, ven tus risas en una foto y te dicen, con cariño, vividor.

lunes, agosto 17, 2020

Dos

Es un juego construido para optimistas y lo titulé 'dos propuestas'.

Los juegos no aparecen solos, sino hay que fabricarlos a partir de la experimentación. 

Buscaba, tal vez sin querer, una forma de potenciar mi bienestar personal, de modo que observé a aquéllos de mi entorno que me transmitían más paz. En ellos estaba la clave.

A una de estas personas la conocí hace casi veinte años en París. Italiano de Bolonia, vivía en un minúsculo apartamento de 15 metros cuadrados, tomaba el sol en los jardines de Les Halles cuando la ciudad se iluminaba y se carcajeaba con su dentadura perfecta cualquier día que tomaras un vino con él.

Al estar viviendo solo en la ciudad, contaba siempre con Paolo para todos mis planes, que suelen ser numerosos. Le proponía excursiones, lecturas, cenas, conciertos, fiestas o películas de tirarse en el sofá.

A todo me decía que sí, siempre.

Pero, a veces, los planes se rompían. Paolo, en cambio, siempre reaccionaba bien. ¡Siempre había un plan mejor!

Así que me paolicé. Coloqué a mi amigo en el altar de mis dioses terrenales. El juego ya estaba construido, y no consistía en otra cosa que en tener siempre preparadas dos propuestas cuando organizaba cada mínimo proyecto. Quieres hacer algo pero no hay sitio, no hay coche, no hay compañía o se ha puesto a llover. Tengo siempre el Plan B. La segunda propuesta. 

¿No hay sitio para cenar? Fenómeno, verás el paseo tan chulo que nos vamos a pegar y lo bien que nos va a venir.

Es tan así que, muchas veces, me alegro de que me digan que no.

Nada es tan importante.

domingo, agosto 16, 2020

Riñones

No me gusta la gente que riñe.

Atravesamos esta época loca de pandemia en que demasiada gente se ha puesto el disfraz de policía. Me asusta. 

Porque sí, hay razones de sobra para poner el grito en el cielo por determinadas actitudes, pero me asusta la gente que riñe.

La gente que riñe tiene que ser ejemplar y dentro de la ejemplaridad no entra la palabra reñir.

Hubo tiempos negros, muchísimos en el pasado del hombre, en que la sociedad estaba plagada de delatores, de gente oculta tras visillos escrutando al impío, al impuro, al malo, al gamberro.

¡A la hoguera con ellos!

A mí me gusta la gente ejemplar de veras. La que explica con el ejemplo, la que busca vías intermedias, la que enseña con la palabra y la actitud.

El mundo está repleto de gente impresentable, sí. 

Pero ¿a cuánta de esa gente impresentable no se le estuvo riñendo sin parar?

miércoles, agosto 12, 2020

Aburrirse

Aburrirse es un verbo feo.

No en pocas ocasiones se hace referencia a él como paraíso inaccesible en estas cárceles de hiperactividad por las que a menudo transitamos sin quererlo.

Para mí, en cambio, hay pocos adjetivos menos estimulantes que el derivado de ese verbo. Yo, si en mi mano estuviera, lo quitaría del diccionario para evitar la posibilidad de utilizarlo. Obligaría así a que, en su ausencia, se utilizaran expresiones como introspección, meditación, sosiego, desconexión.

Pero no soy King-Jong-Un, ni esto es Corea del Norte, para decidir cómo la gente debe encauzar su vida, de modo que no me admitirían la prohibición.

Porque el hecho en sí de aburrirse se da, muy a mi pesar. Ya no sólo en niños pequeños que necesitan estímulos de forma continua y a los que un parón de actividad los mata, sino a muchos adultos que no han cultivado en su vida el estímulo de la curiosidad.

¡Hay tanto por descubrir!

Donde hay curiosidad no hay aburrimiento, porque en ese caso incluso una tarde tonta de sofá se convierte en un romance sereno con nuestro interior.

martes, julio 21, 2020

Bandera

Yo era un niñato imberbe e insistí terriblemente en que me compraran una bandera de España para un partido de fútbol.

Mi padre conducía, mi madre iba de copiloto. Sólo yo estaba detrás. Íbamos hacia el centro de la ciudad.

Les explicaba que todos mis amigos se habían citado en el campo del Betis para ver a la selección. No sé si yo tendría quince años, ni quiero mirar muy bien las fechas, porque me entran escalofríos de vergüenza.

Ella cortó mi discurso, pidió a mi padre que frenase en mitad de la avenida de la Borbolla y se bajó del coche, donde se hizo un silencio terrible entre mi padre y yo. Se alejó entre callejuelas camino de ninguna parte.

Nunca paso por ese lugar sin recordar ese frenazo.

No puedo precisar en mi recuerdo si ya estaba operada de su cáncer o no, ni sé qué situación económica atravesaban por entonces. Sólo sé que era el principio de su fin.

Qué terrible dolor no haber sabido pedirle disculpas.


martes, junio 16, 2020

Yokohama

Quiero aprender japonés.

Ya desde la primera vez que visité el país, hace veinte años, quedé abducido por un magnetismo extraño que me fascinaba tanto como me repelía, en función de mi capacidad para olvidarme de mí.

Sus flexiones repetidas al saludar , la forma de no tocarse, el temblor en los labios al hablar, su manera de no mirarse...

He tenido la suerte de viajar muchas veces a Japón, casi siempre por cuestiones laborales, y no he podido sustraerme al chaparrón de sensaciones que la cultura nipona proyecta en el occidental que soy yo.

Una de las primeras ciudades que visité fue Yokohama y a mí me gustaba preguntar cómo interpretar los signos que la describían.

La traductora que nos acompañaba se esmeraba en explicar al ingeniero preguntón:

"Yokohama se compone de dos símbolos kanji'

El primero, 横, representa a un árbol amarillo. El árbol se ve claramente a la izquierda. Por ejemplo, para representar un bosque, se juntan esos símbolos, dando lugar a algo así 森林. El amarillo tiene que ver, como no podía ser de otro modo, con la luz y con el emperador. Y es majestuoso: 黄. Casi se le ve la figura.

El segundo, 浜, representa la costa junto al mar. Claramente se puede ver a la izquierda el símbolo del agua, como tres gotas, y lo podemos ver integrado en palabras como lago, o en las bebidas de la carta del menú de un restaurante. 

"Yokohama significa, por tanto, el árbol amarillo junto al mar"

Yo quedaba embelesado, y quería saber más. ¿Cómo se pronuncia amarillo? Me decía 'Ki', que significa 'Yoko' y me respondía 'cerca de'.

Ibas descomponiendo los símbolos y estos tomaban vida propia. El árbol, el agua... 

Me hablaba de tres tipos de alfabetos.

"No podríamos escribir McDonald's con símbolos del viejo alfabeto japonés'

Con mis ojos le animaba a contarme más y ella se sonrojaba.

Veinte años después, aún recuerdo esa dulce tarde de otoño junto a Masuko.

Quiero aprender japonés. Quiero poder beberme dos cervezas e hipnotizar, a la gente que quiero, explicándole con calma oriental cómo construir el significado de cada ciudad y trazar sus símbolos en una servilleta de papel.

miércoles, junio 10, 2020

Negros

Siempre hay alguien a quien pisotear.

Y por debajo de ellos, está el negro.

Estremece estudiar con cierta visión objetiva la historia de quienes han tenido ese color de piel. Sin soflamas ni golpes en el pecho. Su único pecado fue vivir hace siglos en un estado de 'civilización' menos avanzado que la gente blanca del norte, nuestros antepasados, que entraron por sus tierras por entonces con ganas de destrozarlo todo. Vendidos, esclavizados y sometidos.

No hay un paso adelante que hayan dado como pueblo sin sufrimiento. Nadie les ha regalado nada. Tienen el pasado lleno de héroes propios, negros, que decidieron un día plantar cara a la chulería del que se creía dueño castrador. Pensar tanto dolor de tanta gente tanto tiempo es inabarcable.

Estamos en el siglo XXI, hemos viajado a la Luna y nos comunicamos de un lado del planeta a otro en milésimas de segundo, pero aún hay que reivindicar que los negros son personas. Iguales y tan dignas como cualquier otro. Y admitirlo de corazón, sin caridades ni tolerancias. Da hasta sonrojo pensarlo.

Educan a sus hijos en el Nueva York o el París de hoy en día para que sepan subir las manos cuando vean a la policía, para que pidan un tíquet hasta por comprar un chicle; amaestrados por ellos mismos para no hacer ruido, andando toda su vida como sobre cáscaras de huevo. Bajando la mirada.

El dolor no es sólo su dolor ni la impotencia que nos provoca su desdicha, sino que haya un presidente mezquino, insensible, displicente, analfabeto emocional, engreído y desafiante que se permite no mostrar ni un minúsculo gesto de emoción hacia esa parte de su pueblo, un megalómano que se hace fotos con la biblia delante de catedrales mientras ellos gritan que no pueden respirar.

¿Qué biblia es ésa?

domingo, junio 07, 2020

Tomate

Estuvimos este mediodía comiendo con mis hermanas en un restaurante clásico de una calle escondida de Triana. Fuimos los primeros en llegar.

La propietaria charlaba con su madre en la mesa que habíamos reservado. Ya dio apuro levantar a la señora, muy mayor y con bastantes kilos de más.

-Si ella no se levanta -dijo la dueña- vosotros no coméis.

Todo era comida casera. Tomates grandes y rojos, un atún espectacular, huevos con langostinos, guiso de garbanzos. Exquisito.

El sitio se fue llenando y la jefa tuvo que levantar a su padre de otra mesa, a quien puso también a trabajar.

Hubo un momento en que vi al fondo a la madre en la cocina, con tres sillas apiladas haciéndole de sostén, y al padre recogiendo platos. Bien pasados los setenta, los dos.

A media comida fue el señor quien vino a comentarnos los postres. Le temblaba la cara y las manos al explicarnos. Simpático donde los hubiera, pero agotado en el hablar, y respirar, tras su mascarilla de rigor.

Producía una tremenda ternura.

Uno se pregunta si hay derecho a eso. Uno se responde si no serán ellos mismos quienes no quieren dejar de ser útiles. No a su hija, sino a ellos mismos.

Es fácil juzgar, es complicado vivir.


domingo, mayo 17, 2020

Urticaria

Veo imágenes de calles céntricas de Madrid con pijos enarbolando banderas de España y siento, de manera instintiva, una repulsión inmediata hacia mi bandera. Hacia la bandera que se supone que me representa. Porque yo no tengo nada que ver no ya con el país imaginario de esos energúmenos, sino que vivo en otro planeta.

Dan miedo. Da miedo gritar a los cuatro vientos y en letras grandes que son fascistas. No son otra cosa. Son la vergüenza de este país. Vox es un partido fascista que añora tiempos en que quien no era gente de bien (ellos) no tenía más derecho que el de callarse.

Debemos perder el miedo a exigir que no hablen más en nuestro nombre, que no ensucien más la palabra España, porque mi España nada tiene que ver con la arrogancia de quienes desprecian a quienes no son como ellos. ¿Qué amor patrio es ese?

Hay colas de gente pidiendo comida a diario, el paro sube como la espuma, mueren a centenares personas asustadas con un respirador como única esperanza; pero ellos, los patriotas, se pasean 'indignados' por las calles de Madrid para que les abran sus boutiques y puedan cenar a la carta.

No está lejos Portugal. Esa bandera verde y roja. Aquí al lado. Donde el jefe de la oposición se pone al servicio del gobierno para decir. 'Aquí estamos para ayudarle a sacar el país adelante'.

Se llama fascismo. Y campa a sus anchas. No lo olvidemos. En Francia o en Alemania se colocó un cordón sanitario para no darles oxígeno, aquí en España no ha tenido la derecha agallas para decir: Con ellos, nada.

martes, mayo 12, 2020

Realidad

La realidad es tan extraña que los picos de felicidad suelen llegar cuando nos alejamos de ella, en momentos precisos en que olvidamos qué somos ni qué hacemos aquí. Instantes en que burlamos al tiempo justiciero, en que escapamos de su rodillo lineal que nos arrastra siempre en la misma dirección. Pellizcos en el estómago que tienen mucho de espiritual en los animales que somos, derroches de vida asociados a lo intangible, a inventos humanos que no obedecen a leyes físicas ni se fabrican. Un abrazo soñado, un detalle de amor, una melodía que se cuela sin esperarla, la mirada de quien te quiere, fija, apenas unos segundos. Una cerveza bien tomada.

La alegría de los momentos dulces tiene mucho de desorden, poco de rutina, se alimenta de lo fortuito y se pelea con la razón. La felicidad no se razona. Estas reflexiones no son sino un intento vano de poner palabras al orgasmo encontrado en las pequeñas cosas, cuando nos despojamos de todo para ser aquel niño que un día fuimos y que siempre nos acompaña, esa criatura que no entiende de otra cosa que no sean eternidades y risa floja.

Vivir es raro. Organizarse para llevarlo con dignidad es lo mínimo que se nos exige, pero somos legiones los que queremos más, quienes nos negamos a perder el punto de locura que dé sentido al esfuerzo de tener todo en orden.

Ayer tarde me asomé a la ventana del salón y un olor con la composición perfecta de ciudad primaveral mojada por la lluvia me trajo la Sevilla milenaria de la que apenas soy un fugaz enamorado más, y en ese aroma vi, por décimas de segundo, toda mi vida pasar.

¿Qué empresa vende eso?

sábado, mayo 09, 2020

Demonios

Soy un entusiasta del mimo. Como lo soy del gracias. O de la buena educación.

Muy seguramente porque me educaron en los tres y por ser consciente del bien que me hizo. Cuando naces a la vida con cariño y achuchones, tienes media partida ganada. Yo tuve esa suerte.

Está sobrevalorada la sinceridad absoluta, yo soy más de mentiras piadosas. ¿Qué gana uno con alimentar las inquietudes de alguien que se preocupa por su peso, por su pelo o por su edad con comentarios tan objetivos como innecesarios? Muchas de nuestras angustias las padecemos en interno, pero vienen de fuera, de miradas, de gestos, de mensajes... de gente que pregona quererte.

Yo vivo desde hace diecisiete años con alguien que cada día me dice 'no haber visto una cosa mejor hecha en su vida'. Y lo dice de mí. Y yo me río. Y estoy en el mundo. Y sé cómo soy.

Soy un entusiasta del cariño dado porque sí. Sin más. ¡Es gratis!

Los demonios, ya cada uno los llevamos dentro...

lunes, mayo 04, 2020

Sabios

Si la reflexión es habitual en mí, más lo es aún si me veo inmerso en un encierro. Y al estar en un encierro, reflexiono sobre qué consecuencias nos traerá.

Son tantas las personas que lo están pasando mal, tenemos tantos amigos impactados de lleno por el parón económico, que la principal contribución que me planteo nada más poder hacer vida normal será la de consumir. Maldita palabra. Consumir. En estos tiempos en que se critica con fiereza la sociedad consumista, culpable para muchos de haber llegado al agujero donde nos encontramos metidos, yo me planteo consumir.

Pero, ¿qué hacer?

¿Puede una sociedad estar viva sin el trueque? Si nos dedicamos a aprovisionarnos exclusivamente de aquéllo que es imprescindible, ¿no moriría la sociedad de inanición? ¿Dónde dejaríamos el placer?

Sí. Está el consumo responsable. Pero, ¿quién lo define? ¿Quién nos educa para practicarlo?

No podemos martirizarnos pensando en que si me compro unos pantalones estoy emitiendo no sé cuántos gramos de CO2, o tomarme un zumo y crucificarme porque las naranjas han hecho 10.000 kilómetros en avión.

Necesitamos sabios que nos digan cómo actuar. No sugiero que sustituyan a los políticos, pero sí que los políticos basen su acción en ellos. En las personas sabias, para que se legisle de forma que no se pueda consumir una naranja que se cultiva a 10.000 kilómetros ni comprar pantalones fabricados en condiciones de insalubridad por trabajadores explotados.

Son los sabios quienes debieran decir a los políticos que no todo es posible, que así nos hundiremos cada cierto tiempo en un agujero y acabaremos destrozando nuestro planeta.

Pero desgraciadamente el consejero que tiene el político al lado es el financiero, no el sabio. Es el guardián del capital, bendito tesoro.

Los ciudadanos debemos ser responsables, claro que sí. Yo quiero gastar mi dinero para disfrutar del placer de vivir y contribuir a que otros saquen adelante sus negocios. ¿Soy un irresponsable?

sábado, mayo 02, 2020

Vecino

En este confinamiento que empieza a relajarse hemos tenido un comportamiento muy civilizado los vecinos de mi bloque. Es lo menos que se espera. Somos muy pocos y hemos repartido nuestros tiempos para no coincidir en la hermosa azotea en pleno centro de Sevilla que compartimos.

Tan sólo en dos ocasiones estuvimos algún tiempo al caer la tarde con el vecino del bajo. Él es el último en salir y se pega paseos kilométricos. Es viudo, enorme y orgulloso de su pasado.

Me da miedo las personas que, teniendo alto concepto de sí mismas, miden a los demás con su propio rasero de autoexigencia.

Desde que yo vine a vivir aquí, hace casi veinticinco años, él ya habitaba con su familia en el bajo. Nunca crucé una palabra con ellos, más allá de los saludos cotidianos. Tuvo hijas. Todas iguales. No sé cuántas. Todas parecidas a una madre también grandona que un día de hace algunos años, no sé cuándo, murió.

Su soledad y haber coincidido en la azotea nos hizo hablar, a buena distancia, en esos primeros días de confinamiento. Que yo fuera ingeniero para él suponía muchos puntos positivos, como si la valía de una persona estuviera en el número de títulos académicos. Él bien se ocupó de describirme su recorrido profesional y sus orígenes humildes.

Me da miedo, también, la gente que se hace a sí misma y no lo vive con humildad.

Ayer se nos pasó aplaudir a las ocho y subimos algo más tarde. Volvimos a coincidir con él. Estaba lanzado. 'Tenemos un país de rateros'. 'Aquí nadie quiere trabajar'. 'En los tiempos de "Paquito" la gente se esforzaba más'. 'Al Coleta hay que echarlo'. 'Necesitamos gente como Trump'.

Yo no tengo término medio. Soy una persona muy amable hasta que atravieso, afortunadamente escasísimas veces, la frontera de la indignación. Entonces, como dice Fran, saco del bolsillo mi tablao portátil y me pongo en plan Farruquito.

Ayer estuve a punto.

Uno sube a la azotea de su casa y tiene que recibir, ultrajado, un chaparrón de improperios hacia mi propia sociedad de un vecino con el que no tengo, ni quiero tener, la menor confianza.

Él buscaba en mi mirada la aprobación, pero yo no hacía más que pensar si valía la pena sacar el tablao y decirle lo muy indignante que era dar por supuesto que en mi cabeza corría tanto odio como por la suya.

domingo, abril 19, 2020

Conmoción

La clave de la salvación en esta pandemia está en el hecho de que todo el Primer Mundo ha sido atacado por igual. Mal irían las cosas si fuera el África Negra o el Sudeste Asiático los únicos perjudicados.

No ha sido una catástrofe natural en el sentido apoteósico del término, en cuanto a que las infraestructuras y el tejido productivo están plenamente a salvo. Todo está en su sitio para el día después; la clave es llegar enteros a ese momento. De ahí la importancia de que nuestros gobiernos, los de esos países que se dicen civilizados y prósperos, consigan mantener las constantes vitales de sus pueblos durante este tiempo.

Porque, a fin de cuentas, todo será dinero. El dinero que se inyecta para poder hibernar mientras no encontremos el antídoto, la vacuna.

Y el dinero es ficticio, no más que un invento del ser humano. Un invento en manos de los bancos centrales de los grandes países. Los países ricos se endeudarán con sus propios bancos centrales. Llegará un momento en que todos mirarán para otro lado y harán desaparecer esa deuda.

La clave es que es un problema genérico y de ricos.

Nadie está a salvo y ésa es nuestra salvación.

martes, abril 14, 2020

Maldad

En estos tiempos difíciles, surrealistas, trato de alejarme de personas con actitudes dañinas o de mensajes grupales tóxicos. Siento muy en el fondo de mi corazón que la humanidad se está poniendo a prueba, albergo esperanzas de que todo esto lo superemos cuanto antes y salgamos de nuestro encierro con una pizca más de empatía hacia lo esencial de nosotros como individuos y sociedad. Se dice que en las situaciones límite las personas luminosas buscan soluciones; las grises, en cambio, se lanzan a la caza de culpables.

Cualquiera que se pasee por la prensa de medio mundo, y no hay nada más fácil en los tiempos que corren, comprobará que en todos los países ocurren situaciones similares. Nadie estaba preparado suficientemente para este virus. No hay más que mirar el desbordamiento de los hospitales en Francia, la falta de respiradores en Estados Unidos, las palabras tragadas por Boris Johnson o el indigno de Bolsonaro.

Se acusa a nuestros gobernantes de improvisar. ¡Menos mal que improvisan! ¿O es que algún partido político tenía en su programa electoral la lucha contra pandemias de virus desconocidos? No queda más que ir improvisando medidas en base a las recomendaciones de los científicos, que no dudo que ofrecen lo mejor de ellos estos días para acertar en el diagnóstico. Ahora toca vigilar que lo decidido es coherente y se aplica de la mejor manera. Ya vendrá el tiempo de rendir cuentas. Siempre ocurre en democracia.

Ayer, sin embargo, apareció una señora de Vox de apellido Olano para acusar al Gobierno de estar ejerciendo una eutanasia masiva, por la vía de los hechos, a nuestros ancianos.

A esta mujer no habría que denunciarla por delito de odio, sino por delito de maldad. Y si no existe, hay que cambiar el código penal.

sábado, abril 11, 2020

Vértigo

Escribir regularmente me permite contemplarme con el paso del tiempo. En lo fundamental me encuentro coherente, pero hay una línea punteada que atraviesa mis escritos que me despista, una suerte de cambio de piel, menos sensible al exterior, más protectora de lo íntimo; no en cuanto a que no quiera mostrar cómo soy. No es cuestión de pudores, sino de intereses. La felicidad, creo que a mi pesar, va viniendo más de dentro que de fuera. No hablo de mi círculo íntimo, ni siquiera de la gente que me rodea. De todo el que está a mi lado presumo, todos me reconfortan. Hablo, tal vez, de las grandes palabras que definen al mundo, al hombre, a la sociedad, las banderas, los discursos, el futuro común. Puede ser que los años vayan confirmando sigilosamente en mí, sin mi permiso, una cierta frustración a que sea posible cambiar realmente nuestro destino.Sea cierto o erróneo, la idea me duele. He leído tanto, he reflexionado tanto, he puesto tantas expectativas en todo... Que ahora la felicidad la encuentro en mi mundo, el pequeño, el que se llena de nombres y apellidos, de caras conocidas y cercanas, de sonidos que conozco, de paisajes que paseo. En mi música, mis libros, el ordenador con el que me enfrento a diario para expulsar mis miedos y mis ilusiones, ésas que no quiero perder muy a pesar de esa serpiente de piel dura en que me estoy transformando sin yo quererlo.

domingo, abril 05, 2020

Estado

Qué mal ha sonado siempre este 'palabro': Estado. A muchos les sonaba arcaico, comunista, torticero, corrupto, invasivo, castrador, casposo...

Al hombre hay que dejarle libre en su individualidad. Que emprenda, que produzca, que cree, que invente... El Estado es la carga que todo lo quiere vampirizar, el que cercena y quita los recursos, la piedra que cualquier persona brillante tiene en los zapatos, la roca con la que todo currante tiene que cargar.

¡Cuántos liberales no han soñado con un país libre de Estado! Donde cada uno se pague su seguro sanitario privado, donde los impuestos se reduzcan al mínimo; un país sin subsidios ni ayudas. Ni 'paguitas'. Un país sólo de banderas. Que cada uno se curre su propio camino. ¡Que se mueran los feos!

Ahora viene un bicho diminuto y todos andan corriendo, empujando al de al lado, al grito de '¡a mí el Estado!', como cuando de pequeños venía la ola gigantesca en la playa y salíamos aterrorizados vociferando '¡Mamá!'

domingo, marzo 29, 2020

Enterados

En momentos de crisis, y vivimos una de proporciones bíblicas, se muestra el verdadero rostro de las personas. En su mayor parte, reacciones que se definen con adjetivos solidarios, humanos, de compasión, de fuerza, de espíritu de equipo. Pero también salen de sus cavernas los amargados que se relamen con los paisajes de color negro, con el agravante de que un individuo gris hace más ruido que veinte soles.

Son ellos los enterados, los que sabían todo lo que iba a pasar, los que acusan, los delatores. Son, están entre nosotros, los que critican una acción y la contraria, aquéllos que vieron en sus bolas mágicas mascarse la tragedia, pero se lo callaron. Los que escupen sin preguntar, los que amenazan sin interesarse por nada que no sea su propia verdad, construida de prepotencia y asco.

Cuando los que no podemos hacer mucho más que quedarnos en casa observamos la bravura con que todos los que tratan de salvar vidas se comportan, no veo mejor actitud que la de alabar los esfuerzos y aplaudir cada noche. No se nos pide más. No es momento de disparar a las pantorrillas de quienes tienen la responsabilidad de sacarnos de ésta.

Tenemos la suerte de vivir en un estado democrático donde, cuando las aguas vuelvan a su cauce, cada cual tendrá la oportunidad de ser juzgado.

miércoles, marzo 25, 2020

Vacío

Si escribo hoy es para mí. No he integrado una reflexión suficientemente elaborada que aporte nada nuevo a todo lo que he leído o escuchado en estos días surrealistas que vivimos. Me dejo llevar por la pandemia como un niño pequeño que abriese las puertas a un mundo de monstruos y payasos que no le permite cerrar la boca, asustado, divertido. Escandalizado. El niño duda hasta del suelo que pisa en ese nuevo universo al que ha tenido acceso, a pesar de comprobar que no está solo. Toda persona a la que ama está a ese otro lado también, pero no hay certezas. Busca la mirada de los demás para que alguien le guiñe el ojo, descubrir en alguna rendija el decorado, un infiltrado que le tranquilice confirmándole que todo está bajo control.

Todo va a pasar, es el lema recurrente en los luminosos. Todos los neones señalan claramente la dirección de salida. Esto es pasajero. Pero la puerta de salida no es la misma por la que el niño entró. No le pueden engañar. Todo es calma alrededor. Hay comida, hay risas, hay cariño. Sólo de vez en cuando se atraviesan imágenes de terror. 'Son desconocidos'.

¿Qué habrá tras esa puerta de salida? ¿Qué luz hará? ¿Cómo habremos digerido este espectáculo de feria? ¿Seremos más desconfiados o realmente mantendremos ese espíritu de risas? ¿Habrá un remolino de viento que nos engulla tras la calma? ¿Estará más despejado el horizonte?

Da miedo lo desconocido. Miro para atrás y ya no existe la puerta por la que entramos. Allí ya no hay nada. El juego es macabro y estamos dentro. Todo pasará, nos dicen. Vemos la puerta de salida. ¿Saldrá cara o cruz?

lunes, febrero 24, 2020

Virus

Estaba mi hermana Mónica sentada en su sofá del salón, con sus enredos de siempre, los cursos de inglés, las series de televisión y los vídeos de comidas saludables, cuando mi sobrino Iván, con sus portentosos 17 años de inocencia, se despidió para acostarse.

-Buenas noches, Iván -le dijo su tía.

-Buenas noches, Mónica -le respondió él-. Te quiero.

Ella se quedó a cuadros. ¿Te quiero? Tan rara era para ella esa expresión cariñosa que pronto todos los hermanos nos enteramos (y nos pusimos celosos). ¡Vaya niño cursi!, pensamos, pero todos queríamos que Iván nos dijera lo mismo.

Hace unos días, estando yo trabajando en París, Mónica me envió un mensaje precioso en el que me decía lo orgullosa que estaba de mí, por el cariño que me habían mostrado mis compañeros de Renault al organizarme una fiesta sorpresa de despedida de mi anterior trabajo, también por lo que me preocupo por estar pendiente de Iván... No recordaba yo un mensaje tan emotivo de mi hermana desde que tengo uso de razón, y me provocó una felicidad total.

Y uno reflexiona entonces y concluye: ¡pero si es tan fácil!

Sí, definitivamente, acaba de originarse el Navarrovirus del amor.

sábado, febrero 08, 2020

Divorcio

Esta semana un amigo mío ha firmado la sentencia de su divorcio. Lo hizo meses después de que éste se produjera y con petición previa de no coincidir con su pareja. Fue, según me cuenta, un trámite frío y sencillo.

-¿Qué esperabas? ¿Un séquito de plañideras?' -le comenté en tono de broma.

Curioso como es él, preguntó acerca de la tardanza de la firma y le dieron explicaciones variopintas, pero la más sólida era puramente gráfica.

-¿Ves esta enorme pila de documentos? -hablamos de medio metro de altura-. Pues son las sentencias de divorcio que se van a firmar solamente hoy en la ciudad de Sevilla.

Cuando me lo contaba sentí, con mi espíritu novelero de siempre, dos emociones contrapuestas: qué desastres somos los humanos y qué libres nos ha hecho la ley del divorcio.

No hay que retrotraerse mucho en el tiempo para asumir que esas pilas de papeles liberadoras no sólo no existían, sino que estaban prohibidas; se taponaba todo con el falso cierre de no querer admitir eso, que los humanos tenemos derecho a equivocarnos. En el tapón iban vidas perdidas para siempre, relaciones muertas, abusos, hipocresía.

Hoy en España hay quienes se dejan llevar por cantos de políticos que quieren volver a esos tiempos del 'no pasa nada'. Políticos que piden educar en el desconocimiento de la realidad de hombres y mujeres de carne y hueso, objetivamente imperfecta, para plantear que no es de buen español fracasar, ni ser diferente, ni querer llevar la mejor vida posible.


sábado, enero 25, 2020

Tía

Y resulta que en una cena familiar viene alguien a quien yo aprecio y me dice que es de Vox.

—Estás de coña, ¿verdad?

Por su cara vi que no.

—Entonces, me querrías encerrado por homosexual, ¿no?

—En ese tema, no —reacciona su mujer.

Debió ver la estupefacción en mi cara.

—No lo he votado, pero hay temas en los que coincido —decía.

—¿En que la violencia machista no existe?

—Es violencia familiar.

—Estamos a 24 de enero y van 5 mujeres muertas. ¿Violencia familiar o mujeres asesinadas por sus parejas?

—Hay denuncias falsas.

—¿Un 0,1 por ciento?

Nos separaron, porque en una cena familiar no es agradable este tipo de conversaciones. 

Se encargó más tarde de descalificar a un tipo definiéndolo como una tía mala. Adorable. Se me debió ver la cara de espanto. Entonces me viene a decir que coincide con Vox por su posición sobre Cataluña.

—¿Tanto quieres a España que no te importa que dos millones de personas se quieran largar?

—Han incumplido la ley.

—Y quienes lo han hecho están en la cárcel. ¿Quieres meter a dos millones de personas más en prisión?

Horror de ultraderecha. Y están a nuestro lado. Comiendo en nuestra mesa.

lunes, enero 13, 2020

Muerto


De mí se ríen, con cariño, porque me gusta visitar iglesias. Yo me defiendo con el argumento de que las principales riquezas arquitectónicas de las ciudades históricas pasan por los monumentos religiosos. No sólo no soy un meapilas, ni tan siquiera soy creyente, pero reconozco la sensación enorme de paz interior que me produce la belleza de determinadas iglesias. Me apasionan la simetría, el acabado, los relieves, el silencio, las alturas, los olores, las vidrieras, los significados ocultos y sus leyendas. No recuerdo en mis últimas semanas algo más fascinante que el tiempo pasado en el interior de la catedral de León.

Con ese espíritu llego a toda ciudad conocida, o por conocer, y con él llegué a la aislada ciudad de Braganza, escondida entre montañas en un terreno fronterizo de nadie al norte de Portugal. Capital de la región de Tras-os-montes. El nombre lo dice todo. Las calles estaban inmersas en una niebla de película de terror y la temperatura rozaba la de un congelador. En circunstancias así hay un argumento de más, lo calentitas que son las iglesias.

Tras visitar la antigua Seo, caminamos sin rumbo entre sus calles empinadas a la búsqueda del castillo, cuando dimos de bruces con un templo minúsculo guardando la esquina de una callejuela. La puerta estaba cerrada, pero vi a una mujer entrar, y la seguí. Si la iglesia era chica por fuera, más lo era por dentro. De pronto, vi que todo el mundo me miraba. Todo el mundo era un puñado de ancianas sentadas en círculo alrededor de lo que parecía una pila bautismal. Olía a incienso. Hice que no me di cuenta de la severidad con la que me observaban, caminé con sigilo y, definitivamente, di marcha atrás, sin descifrar qué pasaba allí.

Cuando me giré hacia la puerta vi a Fran con la cara desencajada.

-¿No has visto el muerto?

-¿Qué muerto? -pregunté.

-Te has paseado alrededor del cadáver de un viejo, envuelto en plástico, con medio cuerpo al aire.

-Joder -se me cortó el cuerpo y, sin mirar atrás, empujé a Fran para salir cuanto antes de allí. 

-Estaba en medio de todas las señoras con las que te has cruzado, tendido sobre una mesa de mármol -creí ver el plástico esparcido en mi memoria inmediata.

A veces me pasa eso, que me meto de lleno en determinados sitios con ganas de observarlo todo, y no veo ni siquiera al muerto.

jueves, enero 02, 2020

Ansiedad

Fue atravesar una pared desconocida. Se me acercó un compañero de trabajo, me hizo partícipe de un problema nada extraordinario y noté que no me llegaba la respiración. Mi cuerpo, de golpe, dijo hasta aquí hemos llegado. Puede hacer diez años de esa escena.

Dicen que la ansiedad es un exceso de futuro, la depresión un exceso de pasado y el estrés un exceso de presente. Definiciones acertadas por su generalidad.

Entender por primera vez que el cuerpo se me desajustaba fue angustioso, porque nunca me había planteado que eso pudiese ocurrir, que situaciones que yo sabía resolver con soltura provocaran en mi organismo una reacción de rechazo. No conseguir llenar los pulmones, tener el cuello contracturado, sufrir taquicardias inesperadas, maldormir por las noches.

Acudí a la Seguridad Social para pedir ayuda y me ofrecieron una medicación que resultó milagrosa en los primeros días, sobre todo en las primeras noches, pero que no terminaban de paliar el desajuste. Insistí, hasta acabar en un centro de salud mental en que me recetaron algo más fuerte que calmara mi profunda inquietud.

Ese medicamento, casi milagroso, me ayudó no tanto a superar esos episodios de ansiedad como a entender que eran resolubles. Meses después, tal como me indicaron, dejé progresivamente la medicación.

Luego vino todo un trabajo personal de establecer prioridades claras en cuanto a mis tareas profesionales que me ayudaron a convertirme en una persona más fuerte, menos sujeta a los vaivenes de las decisiones de otros, de los imprevistos y los malhumores que uno no tiene en su mano controlar.

Ha habido nuevas alertas que me han asustado, períodos difíciles que he debido controlar con las armas de la racionalidad, a sabiendas de la debilidad del cuerpo que nos sostiene.

Haber pasado por situaciones así me hace mejor persona, más empática con aquéllas que atraviesan por períodos, a veces eternos, de ansiedad o depresión. Haberla superado una vez me ha vacunado en cierta medida contra los peores efectos, porque sé que se puede salir victorioso, con el corazón más grande, el pulso firme y la creencia clara de qué es lo importante y lo que no.

domingo, diciembre 01, 2019

Trumpitos

Si hay un factor negativo determinante en el devenir del siglo XXI, ése no es otro que la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Su analfabetismo humano lo estamos pagando todas las sociedades. No es, en todo caso, un perfil que desconozcamos a nuestro alrededor; la desazón es que haya llegado tan lejos y afecte de forma tan directa a nuestros futuros.

Yo, por ejemplo, tengo a dos Trumps relativamente cerca; con todas sus características bien definidas y muy similares. Son personas de éxito que, además, carecen de escrúpulos y de empatías. Sus objetivos están por encima de todo y se ríen del mundo. Son personas fuertes que no se permiten dejarse manejar por sus defectos, gentes que obvian sus complejos. No se sienten cómodos teniendo a su alrededor gente intelectualmente potente, prefieren gente dócil que les ría las gracias. Dejan bien claro desde un principio, ante los desconocidos, cuáles son sus principios. Lo hacen de forma severa, para que al extraño no se le ocurra poner voz a pensamientos que vayan contra los suyos. Se alteran, incluso agresivamente, con aquéllos que osan llevarle la contraria. Más aun si eso ocurre en público. Andan como gallitos de pelea, presumen de su riqueza patrimonial, de la que alardean, y son amables contigo si les muestras admiración.

Existen. Son los Trumpitos. Viven para pisotear, se regocijan cuando lo consiguen y siempre quieren más. Son muy reacios a alabar a nada, o nadie. El resto del mundo es una conjura de necios, del que se ríen a carcajadas secas y cortas.

¿Cómo se lucha contra ellos? Ignorándolos. ¿Cómo se gana la batalla? No hay manera. Siempre surgen los adláteres que vendrán a halagarles a la búsqueda de algún premio menor.

jueves, octubre 10, 2019

Monstruos

La democracia crea monstruos.

El sistema menos imperfecto del que los humanos nos hemos dotado requiere evoluciones que impidan que personajes malvados, iletrados y ególatras como Donald Trump puedan llegar al poder.

Aún estamos a tiempo de que los países civilizados legislen para evitar que mentirosos compulsivos con aires de César gobiernen nuestros destinos. Mientras las cámaras legislativas sigan en manos de partidos medianamente sensatos se hace necesario elaborar reglas de juego de las que no se pueda salir. No podemos permitir partidos políticos o dirigentes que se burlen de sus contrincantes a golpe de tuits, sean estos ciudadanos de su país, oponentes políticos o países ajenos al suyo.

Hay que perfeccionar el sistema para evitar que se pueda votar con las vísceras, porque no todo vale. Ya Hitler salió de las urnas.

Una sociedad no puede estar al albur de lo que un fanático decida al tomarse la tercera coca-cola para desayunar tirado en su sofá.

Se proclama defensor de su pueblo a base de enemistarse con todos, de arruinar el comercio mundial, de reírse de los más débiles apoltronado en un PIB inigualable. Ahora los hombres blancos del interior de la América profunda sonríen satisfechos, con la cortedad de no saber mirar más allá, incapaces de reflexionar acerca de un futuro negro cuando los países a los que machaca su dirigente acabarán por arrastrar al planeta entero a una espiral de degradación de la que no escapará el Nerón que se dedicó a incendiar por doquier sintiéndose a salvo de su propia ira.

lunes, septiembre 16, 2019

Atención

Una de las mayores carencias que encuentro en mi entorno profesional es la de la atención. Perdemos horas carísimas en no escucharnos. No sé si será el espíritu díscolo español, un reflejo del mundo en el que vivimos o las pocas ganas que tenemos de aguantarnos, pero resulta complejo conseguir que, en una reunión de más de 5 personas en la que alguien está presentando un tema, no se formen conversaciones en paralelo. No sólo eso, incluso cuando estoy explicando algo concreto a alguien concreto siento, por sus interrupciones y preguntas incoherentes, que no me está escuchando. Eso sí, luego nos faltan horas en el trabajo para terminar nuestras tareas. Somos maestros del desaprovechamiento y de la improductividad.

Tal vez nací demasiado cuadriculado, entiendo que sí; así y todo llevo mal, muy mal, la incapacidad de los equipos de trabajo para dar su sitio a aquél que habla, expone, explica o desarrolla un tema.

Se trata simplemente de atender, y entender, lo que un compañero ha preparado para ti.

No sé si es un mal de nuestro tiempo, porque además la gente reacciona con cierto 'chuleo' a mis llamadas de atención. Todos queremos ser el centro del universo.

(En el trabajo y en la barra del bar)

Pero universo no hay más que uno.

martes, septiembre 03, 2019

Ocupados

Una manera equivoca de demostrar valía, a mi juicio, es exponer al mundo que te rodea lo muy atareado que estás, la de cosas que tienes entre manos, lo poco que te cunde el tiempo, la incapacidad para controlar tu agenda.

¡Los ocupados!

Quien más quien menos, todos tenemos rutinas, trabajos, proyectos, hobbies, placeres que convierten en entretenidos los días que corren. Estar vivos.

El problema es cuando esta actividad se impone en el discurso. Fatiga, mucho, escuchar a personas que lo único que saben decir es que no tienen tiempo para nada, porque al decirlo, si son cercanas, están en cierta forma diciendo que no tienen tiempo para ti.

Vivir no consiste en encadenar tareas que anulen nuestra libertad, sino equilibrar bien los momentos en que podemos trabajar nuestros planes con nuestro yo social. No dejar nunca de lado que somos animales sociales y que necesitamos a los demás, que somos necesitados por los demás.

Son enormemente atractivas las personas triunfadoras que no hacen gala de su esfuerzo.

No me atrae de ti lo mucho que curras, ni las palizas de yoga que te pegas, ni cuántos cursos de cocina has hecho. No te da más puntos, porque toda esa riqueza en ti la debo ver yo, no escuchar cómo me lo cuentas; los puntos los dan la calma, la sensatez, saber que te tengo ahí para charlar acerca de ti. Sin ventas ni marketing forzado, eso ya vendrá, fluido...

miércoles, agosto 21, 2019

Salvini

Yo voy más lejos que la condena a Salvini, yo pagaría dinero por fichar a uno de esos inmigrantes del Open Arms. Acostumbrado a cruzarme con gente apagada que maneja con soltura el verbo aburrirse, tener la posibilidad de contar con alguno de ellos, hayan pagado o no a mafias por escapar del infierno, sería todo un regalo. ¿Acaso no dejan familias atrás? ¿No abandonan paisajes infinitos en los que jugaron de chavales? ¿Alguien duda de que tienen miedo a la más estricta soledad de ciudades heladas donde serán tratados como parias?

Yo dedico más tiempo a pensar en cómo se puede llegar a votar a Salvini que en él como líder. Siempre han existido trasnochados arrogantes, narcisistas sin escrúpulos, gente mala que se abriga en su vileza para presumir de hombría. Tipejos que dicen la barbaridad más grande creyendo que por su boca escupen lo que muchos miserables no se atreven a pronunciar. Gentuza que busca en las tripas de gente amargada con sus vidas, para exprimirles la bilis y hacérsela vomitar en las urnas.

Yo me quedo con cualquiera de los del Open Arms. Ellos sí que quieren vivir a pleno pulmón.

Habrá quien me diga que los meta en mi casa, que les dé de comer, que me gaste el dinero en ellos, que quite de en medio a esos negros, a esos moros, a esos desdentados. Pero yo respondo que no soy ningún héroe, sino un ciudadano que quiere estar orgulloso de un país que acoja a esos valientes que un día decidieron abandonar un mundo que sí tuvieron para luchar por una vida decente.

Saldríamos ganando todos y pagarían las pensiones de los que hoy votan su muerte.

lunes, agosto 12, 2019

Otro

Una de las imágenes que retengo de mi reciente viaje a Londres es la de una ejecutiva en tacones agachada hacia un mendigo, hombre bien mayor, interesada por saber cómo estaba.

Querer no es poder, al menos no es sencillo.

Me gustaría tener esa capacidad para colocarme en cuclillas y prestar mi ayuda a cualquiera de los mendigos invisibles que me cruzo por mi ciudad. Querría tener la sonrisa perenne de quienes van por la vida con el corazón abierto; ser más disciplinado en mi conciencia ecológica, vencida mil veces por mi pereza; implicarme más en la sociedad civil, no sólo dedicarme a pagar cuotas a ONG's que tranquilizan mi conciencia; me gustaría ser más claro en mis posicionamientos, dejando de lado el miedo a la discrepancia; me apena no ser más constante en mis llamadas a los amigos, acordarme poco de las personas hoy ancianas que fueron importantes en mi vida. Querría tener menos miedo a preguntarle a la gente querida cómo está, ser más divertido contando chistes, no irme tan pronto a la cama cuando salgo de fiesta, ser más solidario con mis compañeros de trabajo, tener menos miedo a las enfermedades, evitar enamorarme de mis rutinas, escribir más, ver menos el móvil, leer más, sentir más, aprender más de música, tener menos prejuicios. Reír más. Amar sin cálculos. Ser ejemplar.

Querría no dejar de ser yo, siendo otro.

miércoles, agosto 07, 2019

Invisible

Pasar unos días solo en una megalópolis donde no hay amistades a quienes recurrir equivale a sumergirse en la más absoluta de las soledades. Eres invisible y esa sensación es definitivamente sanadora; te hace crecer, te provoca el investigarte por dentro, remueve tu pasado para identificar qué es lo que eres, minimiza tus logros para convertirlos en pistas de crecimiento.

Viajar con uno mismo entre calles abarrotadas es tener que hablar contigo, no rehuirte, afrontar quién eres y decidir si quieres seguir otro año más así, qué cosas hay que cambiar, cómo de viejo te sientes, cuántos proyectos te provocan pasión, cuánta gente te quiere, cómo de grande es tu amor por la vida.

No sacar conclusiones es grave, no decidir cambios lo es más.

En estas mañanas londinenses madrugo para desayunar entre desconocidos antes de patearme la ciudad en busca de entender quién soy, aunque sea a través de Ana Bolena, de Mark Rothko, del reflejo del puente del milenio en el Támesis o del sabor de un asado en un restaurante argentino de Marylebone.