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miércoles, agosto 12, 2020

Aburrirse

Aburrirse es un verbo feo.

No en pocas ocasiones se hace referencia a él como paraíso inaccesible en estas cárceles de hiperactividad por las que a menudo transitamos sin quererlo.

Para mí, en cambio, hay pocos adjetivos menos estimulantes que el derivado de ese verbo. Yo, si en mi mano estuviera, lo quitaría del diccionario para evitar la posibilidad de utilizarlo. Obligaría así a que, en su ausencia, se utilizaran expresiones como introspección, meditación, sosiego, desconexión.

Pero no soy King-Jong-Un, ni esto es Corea del Norte, para decidir cómo la gente debe encauzar su vida, de modo que no me admitirían la prohibición.

Porque el hecho en sí de aburrirse se da, muy a mi pesar. Ya no sólo en niños pequeños que necesitan estímulos de forma continua y a los que un parón de actividad los mata, sino a muchos adultos que no han cultivado en su vida el estímulo de la curiosidad.

¡Hay tanto por descubrir!

Donde hay curiosidad no hay aburrimiento, porque en ese caso incluso una tarde tonta de sofá se convierte en un romance sereno con nuestro interior.

martes, julio 21, 2020

Bandera

Yo era un niñato imberbe e insistí terriblemente en que me compraran una bandera de España para un partido de fútbol.

Mi padre conducía, mi madre iba de copiloto. Sólo yo estaba detrás. Íbamos hacia el centro de la ciudad.

Les explicaba que todos mis amigos se habían citado en el campo del Betis para ver a la selección. No sé si yo tendría quince años, ni quiero mirar muy bien las fechas, porque me entran escalofríos de vergüenza.

Ella cortó mi discurso, pidió a mi padre que frenase en mitad de la avenida de la Borbolla y se bajó del coche, donde se hizo un silencio terrible entre mi padre y yo. Se alejó entre callejuelas camino de ninguna parte.

Nunca paso por ese lugar sin recordar ese frenazo.

No puedo precisar en mi recuerdo si ya estaba operada de su cáncer o no, ni sé qué situación económica atravesaban por entonces. Sólo sé que era el principio de su fin.

Qué terrible dolor no haber sabido pedirle disculpas.


martes, junio 16, 2020

Yokohama

Quiero aprender japonés.

Ya desde la primera vez que visité el país, hace veinte años, quedé abducido por un magnetismo extraño que me fascinaba tanto como me repelía, en función de mi capacidad para olvidarme de mí.

Sus flexiones repetidas al saludar , la forma de no tocarse, el temblor en los labios al hablar, su manera de no mirarse...

He tenido la suerte de viajar muchas veces a Japón, casi siempre por cuestiones laborales, y no he podido sustraerme al chaparrón de sensaciones que la cultura nipona proyecta en el occidental que soy yo.

Una de las primeras ciudades que visité fue Yokohama y a mí me gustaba preguntar cómo interpretar los signos que la describían.

La traductora que nos acompañaba se esmeraba en explicar al ingeniero preguntón:

"Yokohama se compone de dos símbolos kanji'

El primero, 横, representa a un árbol amarillo. El árbol se ve claramente a la izquierda. Por ejemplo, para representar un bosque, se juntan esos símbolos, dando lugar a algo así 森林. El amarillo tiene que ver, como no podía ser de otro modo, con la luz y con el emperador. Y es majestuoso: 黄. Casi se le ve la figura.

El segundo, 浜, representa la costa junto al mar. Claramente se puede ver a la izquierda el símbolo del agua, como tres gotas, y lo podemos ver integrado en palabras como lago, o en las bebidas de la carta del menú de un restaurante. 

"Yokohama significa, por tanto, el árbol amarillo junto al mar"

Yo quedaba embelesado, y quería saber más. ¿Cómo se pronuncia amarillo? Me decía 'Ki', que significa 'Yoko' y me respondía 'cerca de'.

Ibas descomponiendo los símbolos y estos tomaban vida propia. El árbol, el agua... 

Me hablaba de tres tipos de alfabetos.

"No podríamos escribir McDonald's con símbolos del viejo alfabeto japonés'

Con mis ojos le animaba a contarme más y ella se sonrojaba.

Veinte años después, aún recuerdo esa dulce tarde de otoño junto a Masuko.

Quiero aprender japonés. Quiero poder beberme dos cervezas e hipnotizar, a la gente que quiero, explicándole con calma oriental cómo construir el significado de cada ciudad y trazar sus símbolos en una servilleta de papel.

miércoles, junio 10, 2020

Negros

Siempre hay alguien a quien pisotear.

Y por debajo de ellos, está el negro.

Estremece estudiar con cierta visión objetiva la historia de quienes han tenido ese color de piel. Sin soflamas ni golpes en el pecho. Su único pecado fue vivir hace siglos en un estado de 'civilización' menos avanzado que la gente blanca del norte, nuestros antepasados, que entraron por sus tierras por entonces con ganas de destrozarlo todo. Vendidos, esclavizados y sometidos.

No hay un paso adelante que hayan dado como pueblo sin sufrimiento. Nadie les ha regalado nada. Tienen el pasado lleno de héroes propios, negros, que decidieron un día plantar cara a la chulería del que se creía dueño castrador. Pensar tanto dolor de tanta gente tanto tiempo es inabarcable.

Estamos en el siglo XXI, hemos viajado a la Luna y nos comunicamos de un lado del planeta a otro en milésimas de segundo, pero aún hay que reivindicar que los negros son personas. Iguales y tan dignas como cualquier otro. Y admitirlo de corazón, sin caridades ni tolerancias. Da hasta sonrojo pensarlo.

Educan a sus hijos en el Nueva York o el París de hoy en día para que sepan subir las manos cuando vean a la policía, para que pidan un tíquet hasta por comprar un chicle; amaestrados por ellos mismos para no hacer ruido, andando toda su vida como sobre cáscaras de huevo. Bajando la mirada.

El dolor no es sólo su dolor ni la impotencia que nos provoca su desdicha, sino que haya un presidente mezquino, insensible, displicente, analfabeto emocional, engreído y desafiante que se permite no mostrar ni un minúsculo gesto de emoción hacia esa parte de su pueblo, un megalómano que se hace fotos con la biblia delante de catedrales mientras ellos gritan que no pueden respirar.

¿Qué biblia es ésa?

domingo, junio 07, 2020

Tomate

Estuvimos este mediodía comiendo con mis hermanas en un restaurante clásico de una calle escondida de Triana. Fuimos los primeros en llegar.

La propietaria charlaba con su madre en la mesa que habíamos reservado. Ya dio apuro levantar a la señora, muy mayor y con bastantes kilos de más.

-Si ella no se levanta -dijo la dueña- vosotros no coméis.

Todo era comida casera. Tomates grandes y rojos, un atún espectacular, huevos con langostinos, guiso de garbanzos. Exquisito.

El sitio se fue llenando y la jefa tuvo que levantar a su padre de otra mesa, a quien puso también a trabajar.

Hubo un momento en que vi al fondo a la madre en la cocina, con tres sillas apiladas haciéndole de sostén, y al padre recogiendo platos. Bien pasados los setenta, los dos.

A media comida fue el señor quien vino a comentarnos los postres. Le temblaba la cara y las manos al explicarnos. Simpático donde los hubiera, pero agotado en el hablar, y respirar, tras su mascarilla de rigor.

Producía una tremenda ternura.

Uno se pregunta si hay derecho a eso. Uno se responde si no serán ellos mismos quienes no quieren dejar de ser útiles. No a su hija, sino a ellos mismos.

Es fácil juzgar, es complicado vivir.


domingo, mayo 17, 2020

Urticaria

Veo imágenes de calles céntricas de Madrid con pijos enarbolando banderas de España y siento, de manera instintiva, una repulsión inmediata hacia mi bandera. Hacia la bandera que se supone que me representa. Porque yo no tengo nada que ver no ya con el país imaginario de esos energúmenos, sino que vivo en otro planeta.

Dan miedo. Da miedo gritar a los cuatro vientos y en letras grandes que son fascistas. No son otra cosa. Son la vergüenza de este país. Vox es un partido fascista que añora tiempos en que quien no era gente de bien (ellos) no tenía más derecho que el de callarse.

Debemos perder el miedo a exigir que no hablen más en nuestro nombre, que no ensucien más la palabra España, porque mi España nada tiene que ver con la arrogancia de quienes desprecian a quienes no son como ellos. ¿Qué amor patrio es ese?

Hay colas de gente pidiendo comida a diario, el paro sube como la espuma, mueren a centenares personas asustadas con un respirador como única esperanza; pero ellos, los patriotas, se pasean 'indignados' por las calles de Madrid para que les abran sus boutiques y puedan cenar a la carta.

No está lejos Portugal. Esa bandera verde y roja. Aquí al lado. Donde el jefe de la oposición se pone al servicio del gobierno para decir. 'Aquí estamos para ayudarle a sacar el país adelante'.

Se llama fascismo. Y campa a sus anchas. No lo olvidemos. En Francia o en Alemania se colocó un cordón sanitario para no darles oxígeno, aquí en España no ha tenido la derecha agallas para decir: Con ellos, nada.

martes, mayo 12, 2020

Realidad

La realidad es tan extraña que los picos de felicidad suelen llegar cuando nos alejamos de ella, en momentos precisos en que olvidamos qué somos ni qué hacemos aquí. Instantes en que burlamos al tiempo justiciero, en que escapamos de su rodillo lineal que nos arrastra siempre en la misma dirección. Pellizcos en el estómago que tienen mucho de espiritual en los animales que somos, derroches de vida asociados a lo intangible, a inventos humanos que no obedecen a leyes físicas ni se fabrican. Un abrazo soñado, un detalle de amor, una melodía que se cuela sin esperarla, la mirada de quien te quiere, fija, apenas unos segundos. Una cerveza bien tomada.

La alegría de los momentos dulces tiene mucho de desorden, poco de rutina, se alimenta de lo fortuito y se pelea con la razón. La felicidad no se razona. Estas reflexiones no son sino un intento vano de poner palabras al orgasmo encontrado en las pequeñas cosas, cuando nos despojamos de todo para ser aquel niño que un día fuimos y que siempre nos acompaña, esa criatura que no entiende de otra cosa que no sean eternidades y risa floja.

Vivir es raro. Organizarse para llevarlo con dignidad es lo mínimo que se nos exige, pero somos legiones los que queremos más, quienes nos negamos a perder el punto de locura que dé sentido al esfuerzo de tener todo en orden.

Ayer tarde me asomé a la ventana del salón y un olor con la composición perfecta de ciudad primaveral mojada por la lluvia me trajo la Sevilla milenaria de la que apenas soy un fugaz enamorado más, y en ese aroma vi, por décimas de segundo, toda mi vida pasar.

¿Qué empresa vende eso?

sábado, mayo 09, 2020

Demonios

Soy un entusiasta del mimo. Como lo soy del gracias. O de la buena educación.

Muy seguramente porque me educaron en los tres y por ser consciente del bien que me hizo. Cuando naces a la vida con cariño y achuchones, tienes media partida ganada. Yo tuve esa suerte.

Está sobrevalorada la sinceridad absoluta, yo soy más de mentiras piadosas. ¿Qué gana uno con alimentar las inquietudes de alguien que se preocupa por su peso, por su pelo o por su edad con comentarios tan objetivos como innecesarios? Muchas de nuestras angustias las padecemos en interno, pero vienen de fuera, de miradas, de gestos, de mensajes... de gente que pregona quererte.

Yo vivo desde hace diecisiete años con alguien que cada día me dice 'no haber visto una cosa mejor hecha en su vida'. Y lo dice de mí. Y yo me río. Y estoy en el mundo. Y sé cómo soy.

Soy un entusiasta del cariño dado porque sí. Sin más. ¡Es gratis!

Los demonios, ya cada uno los llevamos dentro...

lunes, mayo 04, 2020

Sabios

Si la reflexión es habitual en mí, más lo es aún si me veo inmerso en un encierro. Y al estar en un encierro, reflexiono sobre qué consecuencias nos traerá.

Son tantas las personas que lo están pasando mal, tenemos tantos amigos impactados de lleno por el parón económico, que la principal contribución que me planteo nada más poder hacer vida normal será la de consumir. Maldita palabra. Consumir. En estos tiempos en que se critica con fiereza la sociedad consumista, culpable para muchos de haber llegado al agujero donde nos encontramos metidos, yo me planteo consumir.

Pero, ¿qué hacer?

¿Puede una sociedad estar viva sin el trueque? Si nos dedicamos a aprovisionarnos exclusivamente de aquéllo que es imprescindible, ¿no moriría la sociedad de inanición? ¿Dónde dejaríamos el placer?

Sí. Está el consumo responsable. Pero, ¿quién lo define? ¿Quién nos educa para practicarlo?

No podemos martirizarnos pensando en que si me compro unos pantalones estoy emitiendo no sé cuántos gramos de CO2, o tomarme un zumo y crucificarme porque las naranjas han hecho 10.000 kilómetros en avión.

Necesitamos sabios que nos digan cómo actuar. No sugiero que sustituyan a los políticos, pero sí que los políticos basen su acción en ellos. En las personas sabias, para que se legisle de forma que no se pueda consumir una naranja que se cultiva a 10.000 kilómetros ni comprar pantalones fabricados en condiciones de insalubridad por trabajadores explotados.

Son los sabios quienes debieran decir a los políticos que no todo es posible, que así nos hundiremos cada cierto tiempo en un agujero y acabaremos destrozando nuestro planeta.

Pero desgraciadamente el consejero que tiene el político al lado es el financiero, no el sabio. Es el guardián del capital, bendito tesoro.

Los ciudadanos debemos ser responsables, claro que sí. Yo quiero gastar mi dinero para disfrutar del placer de vivir y contribuir a que otros saquen adelante sus negocios. ¿Soy un irresponsable?

sábado, mayo 02, 2020

Vecino

En este confinamiento que empieza a relajarse hemos tenido un comportamiento muy civilizado los vecinos de mi bloque. Es lo menos que se espera. Somos muy pocos y hemos repartido nuestros tiempos para no coincidir en la hermosa azotea en pleno centro de Sevilla que compartimos.

Tan sólo en dos ocasiones estuvimos algún tiempo al caer la tarde con el vecino del bajo. Él es el último en salir y se pega paseos kilométricos. Es viudo, enorme y orgulloso de su pasado.

Me da miedo las personas que, teniendo alto concepto de sí mismas, miden a los demás con su propio rasero de autoexigencia.

Desde que yo vine a vivir aquí, hace casi veinticinco años, él ya habitaba con su familia en el bajo. Nunca crucé una palabra con ellos, más allá de los saludos cotidianos. Tuvo hijas. Todas iguales. No sé cuántas. Todas parecidas a una madre también grandona que un día de hace algunos años, no sé cuándo, murió.

Su soledad y haber coincidido en la azotea nos hizo hablar, a buena distancia, en esos primeros días de confinamiento. Que yo fuera ingeniero para él suponía muchos puntos positivos, como si la valía de una persona estuviera en el número de títulos académicos. Él bien se ocupó de describirme su recorrido profesional y sus orígenes humildes.

Me da miedo, también, la gente que se hace a sí misma y no lo vive con humildad.

Ayer se nos pasó aplaudir a las ocho y subimos algo más tarde. Volvimos a coincidir con él. Estaba lanzado. 'Tenemos un país de rateros'. 'Aquí nadie quiere trabajar'. 'En los tiempos de "Paquito" la gente se esforzaba más'. 'Al Coleta hay que echarlo'. 'Necesitamos gente como Trump'.

Yo no tengo término medio. Soy una persona muy amable hasta que atravieso, afortunadamente escasísimas veces, la frontera de la indignación. Entonces, como dice Fran, saco del bolsillo mi tablao portátil y me pongo en plan Farruquito.

Ayer estuve a punto.

Uno sube a la azotea de su casa y tiene que recibir, ultrajado, un chaparrón de improperios hacia mi propia sociedad de un vecino con el que no tengo, ni quiero tener, la menor confianza.

Él buscaba en mi mirada la aprobación, pero yo no hacía más que pensar si valía la pena sacar el tablao y decirle lo muy indignante que era dar por supuesto que en mi cabeza corría tanto odio como por la suya.

domingo, abril 19, 2020

Conmoción

La clave de la salvación en esta pandemia está en el hecho de que todo el Primer Mundo ha sido atacado por igual. Mal irían las cosas si fuera el África Negra o el Sudeste Asiático los únicos perjudicados.

No ha sido una catástrofe natural en el sentido apoteósico del término, en cuanto a que las infraestructuras y el tejido productivo están plenamente a salvo. Todo está en su sitio para el día después; la clave es llegar enteros a ese momento. De ahí la importancia de que nuestros gobiernos, los de esos países que se dicen civilizados y prósperos, consigan mantener las constantes vitales de sus pueblos durante este tiempo.

Porque, a fin de cuentas, todo será dinero. El dinero que se inyecta para poder hibernar mientras no encontremos el antídoto, la vacuna.

Y el dinero es ficticio, no más que un invento del ser humano. Un invento en manos de los bancos centrales de los grandes países. Los países ricos se endeudarán con sus propios bancos centrales. Llegará un momento en que todos mirarán para otro lado y harán desaparecer esa deuda.

La clave es que es un problema genérico y de ricos.

Nadie está a salvo y ésa es nuestra salvación.

martes, abril 14, 2020

Maldad

En estos tiempos difíciles, surrealistas, trato de alejarme de personas con actitudes dañinas o de mensajes grupales tóxicos. Siento muy en el fondo de mi corazón que la humanidad se está poniendo a prueba, albergo esperanzas de que todo esto lo superemos cuanto antes y salgamos de nuestro encierro con una pizca más de empatía hacia lo esencial de nosotros como individuos y sociedad. Se dice que en las situaciones límite las personas luminosas buscan soluciones; las grises, en cambio, se lanzan a la caza de culpables.

Cualquiera que se pasee por la prensa de medio mundo, y no hay nada más fácil en los tiempos que corren, comprobará que en todos los países ocurren situaciones similares. Nadie estaba preparado suficientemente para este virus. No hay más que mirar el desbordamiento de los hospitales en Francia, la falta de respiradores en Estados Unidos, las palabras tragadas por Boris Johnson o el indigno de Bolsonaro.

Se acusa a nuestros gobernantes de improvisar. ¡Menos mal que improvisan! ¿O es que algún partido político tenía en su programa electoral la lucha contra pandemias de virus desconocidos? No queda más que ir improvisando medidas en base a las recomendaciones de los científicos, que no dudo que ofrecen lo mejor de ellos estos días para acertar en el diagnóstico. Ahora toca vigilar que lo decidido es coherente y se aplica de la mejor manera. Ya vendrá el tiempo de rendir cuentas. Siempre ocurre en democracia.

Ayer, sin embargo, apareció una señora de Vox de apellido Olano para acusar al Gobierno de estar ejerciendo una eutanasia masiva, por la vía de los hechos, a nuestros ancianos.

A esta mujer no habría que denunciarla por delito de odio, sino por delito de maldad. Y si no existe, hay que cambiar el código penal.

sábado, abril 11, 2020

Vértigo

Escribir regularmente me permite contemplarme con el paso del tiempo. En lo fundamental me encuentro coherente, pero hay una línea punteada que atraviesa mis escritos que me despista, una suerte de cambio de piel, menos sensible al exterior, más protectora de lo íntimo; no en cuanto a que no quiera mostrar cómo soy. No es cuestión de pudores, sino de intereses. La felicidad, creo que a mi pesar, va viniendo más de dentro que de fuera. No hablo de mi círculo íntimo, ni siquiera de la gente que me rodea. De todo el que está a mi lado presumo, todos me reconfortan. Hablo, tal vez, de las grandes palabras que definen al mundo, al hombre, a la sociedad, las banderas, los discursos, el futuro común. Puede ser que los años vayan confirmando sigilosamente en mí, sin mi permiso, una cierta frustración a que sea posible cambiar realmente nuestro destino.Sea cierto o erróneo, la idea me duele. He leído tanto, he reflexionado tanto, he puesto tantas expectativas en todo... Que ahora la felicidad la encuentro en mi mundo, el pequeño, el que se llena de nombres y apellidos, de caras conocidas y cercanas, de sonidos que conozco, de paisajes que paseo. En mi música, mis libros, el ordenador con el que me enfrento a diario para expulsar mis miedos y mis ilusiones, ésas que no quiero perder muy a pesar de esa serpiente de piel dura en que me estoy transformando sin yo quererlo.

domingo, abril 05, 2020

Estado

Qué mal ha sonado siempre este 'palabro': Estado. A muchos les sonaba arcaico, comunista, torticero, corrupto, invasivo, castrador, casposo...

Al hombre hay que dejarle libre en su individualidad. Que emprenda, que produzca, que cree, que invente... El Estado es la carga que todo lo quiere vampirizar, el que cercena y quita los recursos, la piedra que cualquier persona brillante tiene en los zapatos, la roca con la que todo currante tiene que cargar.

¡Cuántos liberales no han soñado con un país libre de Estado! Donde cada uno se pague su seguro sanitario privado, donde los impuestos se reduzcan al mínimo; un país sin subsidios ni ayudas. Ni 'paguitas'. Un país sólo de banderas. Que cada uno se curre su propio camino. ¡Que se mueran los feos!

Ahora viene un bicho diminuto y todos andan corriendo, empujando al de al lado, al grito de '¡a mí el Estado!', como cuando de pequeños venía la ola gigantesca en la playa y salíamos aterrorizados vociferando '¡Mamá!'

domingo, marzo 29, 2020

Enterados

En momentos de crisis, y vivimos una de proporciones bíblicas, se muestra el verdadero rostro de las personas. En su mayor parte, reacciones que se definen con adjetivos solidarios, humanos, de compasión, de fuerza, de espíritu de equipo. Pero también salen de sus cavernas los amargados que se relamen con los paisajes de color negro, con el agravante de que un individuo gris hace más ruido que veinte soles.

Son ellos los enterados, los que sabían todo lo que iba a pasar, los que acusan, los delatores. Son, están entre nosotros, los que critican una acción y la contraria, aquéllos que vieron en sus bolas mágicas mascarse la tragedia, pero se lo callaron. Los que escupen sin preguntar, los que amenazan sin interesarse por nada que no sea su propia verdad, construida de prepotencia y asco.

Cuando los que no podemos hacer mucho más que quedarnos en casa observamos la bravura con que todos los que tratan de salvar vidas se comportan, no veo mejor actitud que la de alabar los esfuerzos y aplaudir cada noche. No se nos pide más. No es momento de disparar a las pantorrillas de quienes tienen la responsabilidad de sacarnos de ésta.

Tenemos la suerte de vivir en un estado democrático donde, cuando las aguas vuelvan a su cauce, cada cual tendrá la oportunidad de ser juzgado.

miércoles, marzo 25, 2020

Vacío

Si escribo hoy es para mí. No he integrado una reflexión suficientemente elaborada que aporte nada nuevo a todo lo que he leído o escuchado en estos días surrealistas que vivimos. Me dejo llevar por la pandemia como un niño pequeño que abriese las puertas a un mundo de monstruos y payasos que no le permite cerrar la boca, asustado, divertido. Escandalizado. El niño duda hasta del suelo que pisa en ese nuevo universo al que ha tenido acceso, a pesar de comprobar que no está solo. Toda persona a la que ama está a ese otro lado también, pero no hay certezas. Busca la mirada de los demás para que alguien le guiñe el ojo, descubrir en alguna rendija el decorado, un infiltrado que le tranquilice confirmándole que todo está bajo control.

Todo va a pasar, es el lema recurrente en los luminosos. Todos los neones señalan claramente la dirección de salida. Esto es pasajero. Pero la puerta de salida no es la misma por la que el niño entró. No le pueden engañar. Todo es calma alrededor. Hay comida, hay risas, hay cariño. Sólo de vez en cuando se atraviesan imágenes de terror. 'Son desconocidos'.

¿Qué habrá tras esa puerta de salida? ¿Qué luz hará? ¿Cómo habremos digerido este espectáculo de feria? ¿Seremos más desconfiados o realmente mantendremos ese espíritu de risas? ¿Habrá un remolino de viento que nos engulla tras la calma? ¿Estará más despejado el horizonte?

Da miedo lo desconocido. Miro para atrás y ya no existe la puerta por la que entramos. Allí ya no hay nada. El juego es macabro y estamos dentro. Todo pasará, nos dicen. Vemos la puerta de salida. ¿Saldrá cara o cruz?

lunes, febrero 24, 2020

Virus

Estaba mi hermana Mónica sentada en su sofá del salón, con sus enredos de siempre, los cursos de inglés, las series de televisión y los vídeos de comidas saludables, cuando mi sobrino Iván, con sus portentosos 17 años de inocencia, se despidió para acostarse.

-Buenas noches, Iván -le dijo su tía.

-Buenas noches, Mónica -le respondió él-. Te quiero.

Ella se quedó a cuadros. ¿Te quiero? Tan rara era para ella esa expresión cariñosa que pronto todos los hermanos nos enteramos (y nos pusimos celosos). ¡Vaya niño cursi!, pensamos, pero todos queríamos que Iván nos dijera lo mismo.

Hace unos días, estando yo trabajando en París, Mónica me envió un mensaje precioso en el que me decía lo orgullosa que estaba de mí, por el cariño que me habían mostrado mis compañeros de Renault al organizarme una fiesta sorpresa de despedida de mi anterior trabajo, también por lo que me preocupo por estar pendiente de Iván... No recordaba yo un mensaje tan emotivo de mi hermana desde que tengo uso de razón, y me provocó una felicidad total.

Y uno reflexiona entonces y concluye: ¡pero si es tan fácil!

Sí, definitivamente, acaba de originarse el Navarrovirus del amor.

sábado, febrero 08, 2020

Divorcio

Esta semana un amigo mío ha firmado la sentencia de su divorcio. Lo hizo meses después de que éste se produjera y con petición previa de no coincidir con su pareja. Fue, según me cuenta, un trámite frío y sencillo.

-¿Qué esperabas? ¿Un séquito de plañideras?' -le comenté en tono de broma.

Curioso como es él, preguntó acerca de la tardanza de la firma y le dieron explicaciones variopintas, pero la más sólida era puramente gráfica.

-¿Ves esta enorme pila de documentos? -hablamos de medio metro de altura-. Pues son las sentencias de divorcio que se van a firmar solamente hoy en la ciudad de Sevilla.

Cuando me lo contaba sentí, con mi espíritu novelero de siempre, dos emociones contrapuestas: qué desastres somos los humanos y qué libres nos ha hecho la ley del divorcio.

No hay que retrotraerse mucho en el tiempo para asumir que esas pilas de papeles liberadoras no sólo no existían, sino que estaban prohibidas; se taponaba todo con el falso cierre de no querer admitir eso, que los humanos tenemos derecho a equivocarnos. En el tapón iban vidas perdidas para siempre, relaciones muertas, abusos, hipocresía.

Hoy en España hay quienes se dejan llevar por cantos de políticos que quieren volver a esos tiempos del 'no pasa nada'. Políticos que piden educar en el desconocimiento de la realidad de hombres y mujeres de carne y hueso, objetivamente imperfecta, para plantear que no es de buen español fracasar, ni ser diferente, ni querer llevar la mejor vida posible.


sábado, enero 25, 2020

Tía

Y resulta que en una cena familiar viene alguien a quien yo aprecio y me dice que es de Vox.

—Estás de coña, ¿verdad?

Por su cara vi que no.

—Entonces, me querrías encerrado por homosexual, ¿no?

—En ese tema, no —reacciona su mujer.

Debió ver la estupefacción en mi cara.

—No lo he votado, pero hay temas en los que coincido —decía.

—¿En que la violencia machista no existe?

—Es violencia familiar.

—Estamos a 24 de enero y van 5 mujeres muertas. ¿Violencia familiar o mujeres asesinadas por sus parejas?

—Hay denuncias falsas.

—¿Un 0,1 por ciento?

Nos separaron, porque en una cena familiar no es agradable este tipo de conversaciones. 

Se encargó más tarde de descalificar a un tipo definiéndolo como una tía mala. Adorable. Se me debió ver la cara de espanto. Entonces me viene a decir que coincide con Vox por su posición sobre Cataluña.

—¿Tanto quieres a España que no te importa que dos millones de personas se quieran largar?

—Han incumplido la ley.

—Y quienes lo han hecho están en la cárcel. ¿Quieres meter a dos millones de personas más en prisión?

Horror de ultraderecha. Y están a nuestro lado. Comiendo en nuestra mesa.

lunes, enero 13, 2020

Muerto


De mí se ríen, con cariño, porque me gusta visitar iglesias. Yo me defiendo con el argumento de que las principales riquezas arquitectónicas de las ciudades históricas pasan por los monumentos religiosos. No sólo no soy un meapilas, ni tan siquiera soy creyente, pero reconozco la sensación enorme de paz interior que me produce la belleza de determinadas iglesias. Me apasionan la simetría, el acabado, los relieves, el silencio, las alturas, los olores, las vidrieras, los significados ocultos y sus leyendas. No recuerdo en mis últimas semanas algo más fascinante que el tiempo pasado en el interior de la catedral de León.

Con ese espíritu llego a toda ciudad conocida, o por conocer, y con él llegué a la aislada ciudad de Braganza, escondida entre montañas en un terreno fronterizo de nadie al norte de Portugal. Capital de la región de Tras-os-montes. El nombre lo dice todo. Las calles estaban inmersas en una niebla de película de terror y la temperatura rozaba la de un congelador. En circunstancias así hay un argumento de más, lo calentitas que son las iglesias.

Tras visitar la antigua Seo, caminamos sin rumbo entre sus calles empinadas a la búsqueda del castillo, cuando dimos de bruces con un templo minúsculo guardando la esquina de una callejuela. La puerta estaba cerrada, pero vi a una mujer entrar, y la seguí. Si la iglesia era chica por fuera, más lo era por dentro. De pronto, vi que todo el mundo me miraba. Todo el mundo era un puñado de ancianas sentadas en círculo alrededor de lo que parecía una pila bautismal. Olía a incienso. Hice que no me di cuenta de la severidad con la que me observaban, caminé con sigilo y, definitivamente, di marcha atrás, sin descifrar qué pasaba allí.

Cuando me giré hacia la puerta vi a Fran con la cara desencajada.

-¿No has visto el muerto?

-¿Qué muerto? -pregunté.

-Te has paseado alrededor del cadáver de un viejo, envuelto en plástico, con medio cuerpo al aire.

-Joder -se me cortó el cuerpo y, sin mirar atrás, empujé a Fran para salir cuanto antes de allí. 

-Estaba en medio de todas las señoras con las que te has cruzado, tendido sobre una mesa de mármol -creí ver el plástico esparcido en mi memoria inmediata.

A veces me pasa eso, que me meto de lleno en determinados sitios con ganas de observarlo todo, y no veo ni siquiera al muerto.

jueves, enero 02, 2020

Ansiedad

Fue atravesar una pared desconocida. Se me acercó un compañero de trabajo, me hizo partícipe de un problema nada extraordinario y noté que no me llegaba la respiración. Mi cuerpo, de golpe, dijo hasta aquí hemos llegado. Puede hacer diez años de esa escena.

Dicen que la ansiedad es un exceso de futuro, la depresión un exceso de pasado y el estrés un exceso de presente. Definiciones acertadas por su generalidad.

Entender por primera vez que el cuerpo se me desajustaba fue angustioso, porque nunca me había planteado que eso pudiese ocurrir, que situaciones que yo sabía resolver con soltura provocaran en mi organismo una reacción de rechazo. No conseguir llenar los pulmones, tener el cuello contracturado, sufrir taquicardias inesperadas, maldormir por las noches.

Acudí a la Seguridad Social para pedir ayuda y me ofrecieron una medicación que resultó milagrosa en los primeros días, sobre todo en las primeras noches, pero que no terminaban de paliar el desajuste. Insistí, hasta acabar en un centro de salud mental en que me recetaron algo más fuerte que calmara mi profunda inquietud.

Ese medicamento, casi milagroso, me ayudó no tanto a superar esos episodios de ansiedad como a entender que eran resolubles. Meses después, tal como me indicaron, dejé progresivamente la medicación.

Luego vino todo un trabajo personal de establecer prioridades claras en cuanto a mis tareas profesionales que me ayudaron a convertirme en una persona más fuerte, menos sujeta a los vaivenes de las decisiones de otros, de los imprevistos y los malhumores que uno no tiene en su mano controlar.

Ha habido nuevas alertas que me han asustado, períodos difíciles que he debido controlar con las armas de la racionalidad, a sabiendas de la debilidad del cuerpo que nos sostiene.

Haber pasado por situaciones así me hace mejor persona, más empática con aquéllas que atraviesan por períodos, a veces eternos, de ansiedad o depresión. Haberla superado una vez me ha vacunado en cierta medida contra los peores efectos, porque sé que se puede salir victorioso, con el corazón más grande, el pulso firme y la creencia clara de qué es lo importante y lo que no.

domingo, diciembre 01, 2019

Trumpitos

Si hay un factor negativo determinante en el devenir del siglo XXI, ése no es otro que la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Su analfabetismo humano lo estamos pagando todas las sociedades. No es, en todo caso, un perfil que desconozcamos a nuestro alrededor; la desazón es que haya llegado tan lejos y afecte de forma tan directa a nuestros futuros.

Yo, por ejemplo, tengo a dos Trumps relativamente cerca; con todas sus características bien definidas y muy similares. Son personas de éxito que, además, carecen de escrúpulos y de empatías. Sus objetivos están por encima de todo y se ríen del mundo. Son personas fuertes que no se permiten dejarse manejar por sus defectos, gentes que obvian sus complejos. No se sienten cómodos teniendo a su alrededor gente intelectualmente potente, prefieren gente dócil que les ría las gracias. Dejan bien claro desde un principio, ante los desconocidos, cuáles son sus principios. Lo hacen de forma severa, para que al extraño no se le ocurra poner voz a pensamientos que vayan contra los suyos. Se alteran, incluso agresivamente, con aquéllos que osan llevarle la contraria. Más aun si eso ocurre en público. Andan como gallitos de pelea, presumen de su riqueza patrimonial, de la que alardean, y son amables contigo si les muestras admiración.

Existen. Son los Trumpitos. Viven para pisotear, se regocijan cuando lo consiguen y siempre quieren más. Son muy reacios a alabar a nada, o nadie. El resto del mundo es una conjura de necios, del que se ríen a carcajadas secas y cortas.

¿Cómo se lucha contra ellos? Ignorándolos. ¿Cómo se gana la batalla? No hay manera. Siempre surgen los adláteres que vendrán a halagarles a la búsqueda de algún premio menor.

jueves, octubre 10, 2019

Monstruos

La democracia crea monstruos.

El sistema menos imperfecto del que los humanos nos hemos dotado requiere evoluciones que impidan que personajes malvados, iletrados y ególatras como Donald Trump puedan llegar al poder.

Aún estamos a tiempo de que los países civilizados legislen para evitar que mentirosos compulsivos con aires de César gobiernen nuestros destinos. Mientras las cámaras legislativas sigan en manos de partidos medianamente sensatos se hace necesario elaborar reglas de juego de las que no se pueda salir. No podemos permitir partidos políticos o dirigentes que se burlen de sus contrincantes a golpe de tuits, sean estos ciudadanos de su país, oponentes políticos o países ajenos al suyo.

Hay que perfeccionar el sistema para evitar que se pueda votar con las vísceras, porque no todo vale. Ya Hitler salió de las urnas.

Una sociedad no puede estar al albur de lo que un fanático decida al tomarse la tercera coca-cola para desayunar tirado en su sofá.

Se proclama defensor de su pueblo a base de enemistarse con todos, de arruinar el comercio mundial, de reírse de los más débiles apoltronado en un PIB inigualable. Ahora los hombres blancos del interior de la América profunda sonríen satisfechos, con la cortedad de no saber mirar más allá, incapaces de reflexionar acerca de un futuro negro cuando los países a los que machaca su dirigente acabarán por arrastrar al planeta entero a una espiral de degradación de la que no escapará el Nerón que se dedicó a incendiar por doquier sintiéndose a salvo de su propia ira.

lunes, septiembre 16, 2019

Atención

Una de las mayores carencias que encuentro en mi entorno profesional es la de la atención. Perdemos horas carísimas en no escucharnos. No sé si será el espíritu díscolo español, un reflejo del mundo en el que vivimos o las pocas ganas que tenemos de aguantarnos, pero resulta complejo conseguir que, en una reunión de más de 5 personas en la que alguien está presentando un tema, no se formen conversaciones en paralelo. No sólo eso, incluso cuando estoy explicando algo concreto a alguien concreto siento, por sus interrupciones y preguntas incoherentes, que no me está escuchando. Eso sí, luego nos faltan horas en el trabajo para terminar nuestras tareas. Somos maestros del desaprovechamiento y de la improductividad.

Tal vez nací demasiado cuadriculado, entiendo que sí; así y todo llevo mal, muy mal, la incapacidad de los equipos de trabajo para dar su sitio a aquél que habla, expone, explica o desarrolla un tema.

Se trata simplemente de atender, y entender, lo que un compañero ha preparado para ti.

No sé si es un mal de nuestro tiempo, porque además la gente reacciona con cierto 'chuleo' a mis llamadas de atención. Todos queremos ser el centro del universo.

(En el trabajo y en la barra del bar)

Pero universo no hay más que uno.

martes, septiembre 03, 2019

Ocupados

Una manera equivoca de demostrar valía, a mi juicio, es exponer al mundo que te rodea lo muy atareado que estás, la de cosas que tienes entre manos, lo poco que te cunde el tiempo, la incapacidad para controlar tu agenda.

¡Los ocupados!

Quien más quien menos, todos tenemos rutinas, trabajos, proyectos, hobbies, placeres que convierten en entretenidos los días que corren. Estar vivos.

El problema es cuando esta actividad se impone en el discurso. Fatiga, mucho, escuchar a personas que lo único que saben decir es que no tienen tiempo para nada, porque al decirlo, si son cercanas, están en cierta forma diciendo que no tienen tiempo para ti.

Vivir no consiste en encadenar tareas que anulen nuestra libertad, sino equilibrar bien los momentos en que podemos trabajar nuestros planes con nuestro yo social. No dejar nunca de lado que somos animales sociales y que necesitamos a los demás, que somos necesitados por los demás.

Son enormemente atractivas las personas triunfadoras que no hacen gala de su esfuerzo.

No me atrae de ti lo mucho que curras, ni las palizas de yoga que te pegas, ni cuántos cursos de cocina has hecho. No te da más puntos, porque toda esa riqueza en ti la debo ver yo, no escuchar cómo me lo cuentas; los puntos los dan la calma, la sensatez, saber que te tengo ahí para charlar acerca de ti. Sin ventas ni marketing forzado, eso ya vendrá, fluido...

miércoles, agosto 21, 2019

Salvini

Yo voy más lejos que la condena a Salvini, yo pagaría dinero por fichar a uno de esos inmigrantes del Open Arms. Acostumbrado a cruzarme con gente apagada que maneja con soltura el verbo aburrirse, tener la posibilidad de contar con alguno de ellos, hayan pagado o no a mafias por escapar del infierno, sería todo un regalo. ¿Acaso no dejan familias atrás? ¿No abandonan paisajes infinitos en los que jugaron de chavales? ¿Alguien duda de que tienen miedo a la más estricta soledad de ciudades heladas donde serán tratados como parias?

Yo dedico más tiempo a pensar en cómo se puede llegar a votar a Salvini que en él como líder. Siempre han existido trasnochados arrogantes, narcisistas sin escrúpulos, gente mala que se abriga en su vileza para presumir de hombría. Tipejos que dicen la barbaridad más grande creyendo que por su boca escupen lo que muchos miserables no se atreven a pronunciar. Gentuza que busca en las tripas de gente amargada con sus vidas, para exprimirles la bilis y hacérsela vomitar en las urnas.

Yo me quedo con cualquiera de los del Open Arms. Ellos sí que quieren vivir a pleno pulmón.

Habrá quien me diga que los meta en mi casa, que les dé de comer, que me gaste el dinero en ellos, que quite de en medio a esos negros, a esos moros, a esos desdentados. Pero yo respondo que no soy ningún héroe, sino un ciudadano que quiere estar orgulloso de un país que acoja a esos valientes que un día decidieron abandonar un mundo que sí tuvieron para luchar por una vida decente.

Saldríamos ganando todos y pagarían las pensiones de los que hoy votan su muerte.

lunes, agosto 12, 2019

Otro

Una de las imágenes que retengo de mi reciente viaje a Londres es la de una ejecutiva en tacones agachada hacia un mendigo, hombre bien mayor, interesada por saber cómo estaba.

Querer no es poder, al menos no es sencillo.

Me gustaría tener esa capacidad para colocarme en cuclillas y prestar mi ayuda a cualquiera de los mendigos invisibles que me cruzo por mi ciudad. Querría tener la sonrisa perenne de quienes van por la vida con el corazón abierto; ser más disciplinado en mi conciencia ecológica, vencida mil veces por mi pereza; implicarme más en la sociedad civil, no sólo dedicarme a pagar cuotas a ONG's que tranquilizan mi conciencia; me gustaría ser más claro en mis posicionamientos, dejando de lado el miedo a la discrepancia; me apena no ser más constante en mis llamadas a los amigos, acordarme poco de las personas hoy ancianas que fueron importantes en mi vida. Querría tener menos miedo a preguntarle a la gente querida cómo está, ser más divertido contando chistes, no irme tan pronto a la cama cuando salgo de fiesta, ser más solidario con mis compañeros de trabajo, tener menos miedo a las enfermedades, evitar enamorarme de mis rutinas, escribir más, ver menos el móvil, leer más, sentir más, aprender más de música, tener menos prejuicios. Reír más. Amar sin cálculos. Ser ejemplar.

Querría no dejar de ser yo, siendo otro.

miércoles, agosto 07, 2019

Invisible

Pasar unos días solo en una megalópolis donde no hay amistades a quienes recurrir equivale a sumergirse en la más absoluta de las soledades. Eres invisible y esa sensación es definitivamente sanadora; te hace crecer, te provoca el investigarte por dentro, remueve tu pasado para identificar qué es lo que eres, minimiza tus logros para convertirlos en pistas de crecimiento.

Viajar con uno mismo entre calles abarrotadas es tener que hablar contigo, no rehuirte, afrontar quién eres y decidir si quieres seguir otro año más así, qué cosas hay que cambiar, cómo de viejo te sientes, cuántos proyectos te provocan pasión, cuánta gente te quiere, cómo de grande es tu amor por la vida.

No sacar conclusiones es grave, no decidir cambios lo es más.

En estas mañanas londinenses madrugo para desayunar entre desconocidos antes de patearme la ciudad en busca de entender quién soy, aunque sea a través de Ana Bolena, de Mark Rothko, del reflejo del puente del milenio en el Támesis o del sabor de un asado en un restaurante argentino de Marylebone.


miércoles, julio 17, 2019

Aria

Escuchar 'Mon coeur s'ouvre à ta voix' en su representación de los años 70 en el Covent Garden de Londres, observar cómo Shirley Verrett se derrite de amor en los brazos de Jon Vickers suspirando por su ternura es de una emoción indescriptible. Un mecanismo barato y directo para levitar fuera del mundo propio.

Y en ese instante, cuando aún resuenan los aplausos, viajar a Italia y teclear Tiziana Fabbricini en Youtube y dejarse arrastrar por su porte de mujer madura, envuelta en gasa negra, para acompañarla hacia el culmen final de su 'Mamma morta', cuando casi llega a caerse de la pasión con la que canta su desgarro a un teatro de Novara que se deshace en aclamaciones, rendidos como yo ante tanta belleza.

La belleza de Anna Netrebko en Baden Baden, enfundada en un ajustadísimo vestido de oro para ofrecerme una versión magistral de la Casta Diva de Norma, apoyada en una descomunal capacidad de transmitir desde sonidos a capella hasta finales explosivos con la orquesta, tremenda, a sus pies.

Hay tardes, tontas, en que uno puede volar, sin aditivos, sin compañía, sin dispendios, sólo dejándose llevar por la grandeza de mujeres excepcionales que, de vez en cuando, se ofrecen a cantar para mí el placer de estar vivos, la grandeza de la música, el enorme derroche del ser humano por alcanzar el cielo prometido.

martes, julio 09, 2019

Esquizofrenia

Al poco de llegar a vivir a Francia, allá por el 2002, saltó la sorpresa en las Elecciones Presidenciales. El previsible duelo del conservador Chirac con el socialista Jospin se convirtió, para horror de muchos, en una segunda vuelta entre Chirac y Le Pen. Yo mismo me manifesté en La Bastilla contra el horror. Ganó Chirac con el ochenta por ciento de los votos, de conservadores, socialistas, comunistas, liberales. Me produjo un enorme alivio.

Años después vi, ya desde España, el duelo televisado entre Macron y la hija de Le Pen. Las invectivas de ella contra el euro, contra los inmigrantes, contra el multilateralismo se volvía azucarillo ante las réplicas impecables de Macron. ¿Cómo pagará la deuda de Francia si sale de la Unión Europea? ¿Cómo garantiza la supervivencia del sistema de pensiones si no entran inmigrantes a realizar trabajos que los franceses no quieren hacer? ¿Cómo pretende vender nuestros productos en el resto del mundo si cierra las fronteras?

Mi mayor satisfacción, sin embargo, estaba en saber que en España no teníamos un Frente Nacional.

Pero el Frente Nacional llegó, con su oscurantismo, su xenofobia, su homofobia, su soberbia, su ridiculización de los 'progres', su visión exclusivamente castellana de un país que dicen amar y que no entienden.

Hubo un líder en España que se vendió como el Macron hispano. El liberal, el salvador, el de la cartera limpia y el corazón rojigualda. El que hablaba de otra España posible, desacomplejada y pujante. Y yo casi le creí.

Hoy gobierna gracias a votos de Vox, pero dice que no. Acepta llamar a la violencia de género violencia intrafamiliar, pero dice que no. Se sienta cinco horas con la ultraderecha para mendigar un gobierno, pero dice que sólo tomaban un café. Habla de la socialdemocracia como de una corriente anticonstitucional y admite los apoyos de quienes quieren suprimir nuestro estado autonómico. Y se presenta en desfiles reivindicativos de millones de personas que hemos tenido que estar aguantando media vida de insultos, chistes groseros y desprecios sobre nuestra sexualidad y pretende que le lancemos vítores.

Esquizofrenia ciudadana, norte perdido, pena de oportunidad desperdiciada para siempre. Nunca mi voto. 

lunes, junio 24, 2019

¡Policía!

Aquella época en que los veranos eran infinitos es uno de los paraísos a los que me suelo acercar en mi otra vida, cuando me desparramo en el colchón agotado cada noche. No duró mucho, no más allá de la adolescencia, ni pasaron grandes cosas, salvo las más importantes: el nacer a la vida, el despertar de la sexualidad, el descubrimiento de los amigos, las siestas largas, los libros leídos a medias, las horas observando a mi madre cocinar.

Era una casa grande compartida, de literas y patio con muros altos, de padres de fin de semana y botellonas a escondidas. Siempre con gente, una ducha ocupada, un olor a tortilla de patatas, un disco sonando.

Llegué una tarde al caer la noche. Subí los escalones y vi la puerta encajada. Ninguna luz. Me asomé al gran ventanal del salón y no había nadie. Todo era silencio. Pensé si asomarme por la puerta del patio, pero decidí echarle valor. Yo era un crío patilargo introvertido. Sentí que había alguien dentro y me aterroricé. Quise sacar una voz de hombretón que no tenía para asustar al intruso imaginario. Pero me salió un hilo rasposo de grito:

-¡Policía! -expulsé, con el alma saliendo por mi boca.

Una voz me dijo:

-Borete, ¿estás bien?

En la oscuridad pude reconocer la cara de Fran, a un palmo.

-Sí... -no sabía dónde estaba-. Perdona, ha sido una pesadilla.

Y me acurruqué en sus brazos, con el corazón recuperando el ritmo, como el niño que un día fui.

jueves, mayo 30, 2019

Perdón

Madurar es asumir nuestras limitaciones, pero aceptar que somos muy imperfectos es un sapo duro de tragar. Rebelarse contra nuestras miserias puede resultar un ejercicio honesto, pero improductivo. Es más sano saberse perdonar.

No sé dónde está la línea, pero existe, a partir de la cual tu bienestar personal cuenta más que las ambiciones de triunfo, por modestas que éstas sean. No hay que dejar de exigirse, lo contrario es dejarse ir y eso lleva al pozo, pero sin establecerse metas imposibles que nos frustren cada cierto tiempo por lo que pudimos ser y no fuimos. Las metas deben ser realistas, alcanzables, motivadoras.

Es agotador darse latigazos por no cumplir expectativas que uno no sabe bien si nos hemos autoimpuesto o vienen envenenadas, camufladas, desde fuera.

Vivir perdonándose es una terapia brutal para crecer. Me perdono porque me quiero, y no sé vivir sin mí.

martes, mayo 21, 2019

Mayores

Cuando une cumple años, sobre todo cuando atraviesa un decenio, cree que los que tienen esa edad siempre la han tenido y, en el fondo, te justificas como un intruso. 'Oye, que yo acabo de llegar'.

Esa sensación terriblemente vital de estar siempre recién llegado a períodos de vida que se precipitan sobre uno puede resultar demoledora o motivadora, según las circunstancias. Nuestro subconsciente tiende a agarrarse a lo que fuimos para definirnos, porque el presente es una prueba demasiado inquietante para enfrentarla.

A mí me gusta hacer fotos cerebrales para acumular el hombre que dejé de ser, el chaval que un día existió, para recrearme en valorar mis coherencias o lamentar mis pasos mal dados. Aparece el jovencillo esmirriado con una camisa verde de flores guiñándole un ojo, borracho, al espejo de una discoteca de Portimao, asustado por la avalancha de sexo que suponía nacer a la etapa adulta; el abrazo de mi padre cuando Renault me llamó para decirme que estaba contratado; los paseos dominicales por los Jardines de Luxemburgo tras leer el periódico con la idea estúpida de que ya no habría futuro posible en que pudiese ser más feliz.

Hay noches preciosas en que ceno con Fran en restaurantes de relumbrón, con camisa blanca, perfume y velas, en que miro alrededor y me digo qué hago yo aquí jugando a ser mayor.

jueves, abril 25, 2019

Desorden

Éramos sólo dos en un compartimento de los antiguos trenes que hacían la ruta Madrid-Sevilla. Yo tendría 20 años, él 25. Me preguntó qué leía y le enseñé la portada de la novela de Millás, 'El desorden de tu nombre'.

-Hermoso título -me dijo-. ¿Me puedes contar la historia?

Su acento, fuerte, era mexicano; su aspecto, de familia bien. Yo venía de recorrerme Europa con cuatro perras hasta casi el círculo polar ártico, él venía a desintoxicarse en una finca para familias pudientes en un pueblecito de Córdoba.

Me enseñó un neceser con ampollas de cristal que debía tomar; por pudor no me atreví a preguntar a qué estaba enganchado. A cambio, le hablaba de mí, de las gaviotas que no nos dejaron dormir en Helsinki, de nuestro deambular perdido por las calles de Berlín, de mis estudios recién empezados de Ingeniería. Sus cinco años de más eran un muro enorme, pero el miedo en sus ojos marcaban su vulnerabilidad.

Yo no podía imaginar por entonces que se pudiesen vivir escenas tan hermosas que se acabasen para siempre; que la vida, que recién me abría las puertas a terrenos inexplorados de carne, soledad y emoción, me tuviera preparado un futuro tan luminoso, tan divertido, tan pasional. Tan duro, a veces.

Ya son casi 25 años escuchando sonar cada día la alarma a las 6h de la mañana, ya no seré mil cosas que por entonces le hubiera dicho al mexicano que habría querido ser.

Recuerdo su abrazo, sus miedos al bajar del vagón, mis nervios anotándole mi dirección en la entradilla de una novela que nunca terminé, porque pensé que un día me escribiría para devolvérmela y contarme cómo le fue.

Hay días, pocos, en que añoro de forma salvaje esos tiempos de desorden.

sábado, abril 06, 2019

Cambiar

Hay que cambiar. Es una ley, que rige mi destino, autoimpuesta a partir de la más pura racionalidad, un compromiso conmigo mismo para no convertirme en una ameba.

Buscar días iguales es el engaño del que hace gala la felicidad más facilona. Repetir como terapia, para no escapar de lo conocido, lo calentito, aquí donde no hay peligros.

La vida me regaló con singularidades que me hicieron rebelarme contra el futuro presentido, lo que a día de hoy me hace ser un tipo muy diferente al que se suponía que podría ser. Circunstancias que me centrifugaban a descubrir mundos nuevos en una dinámica que me afano en no perder.

En mis pesadillas más repetidas está el no tener con quien salir el viernes noche cuando era joven o vivir una vejez arisca cada día más solitario. El tesoro buscado en esos sueños es precisamente lo que rehuyo en mis horas despierto: la certeza de lo controlado.

Yo quiero, sin renunciar a proteger lo que ya tengo, retos diferentes, amigos nuevos, ciudades por descubrir, autores que no conozco, vidas raras. Decir que sí sin miedo; lo que me obliga a seleccionar bien lo que poseo, para saber cuánto de lo que tengo acumulado me es útil; un proceso doloroso de asumir que renunciar a lo que me resulta mediocre es un camino necesario, e inacabable, para seguir creciendo como persona; consciente de que habrá quienes, en la búsqueda de su ventura, me dejen a mí atrás.


sábado, marzo 23, 2019

Bananas

En Sevilla, de pequeño y en mi entorno, interioricé dos mensajes acerca de los catalanes, que son admirables y son muy suyos. La conjugación de esas dos argumentaciones podía convertirse, a partir de la experiencia personal, en un deslumbramiento hacia esa tierra, algo que se acrecentó en mí cuando tuve desde adolescente la oportunidad de visitarla en muchas ocasiones, o en desapego, por quienes los veían como una gente que sólo se miraba el ombligo. No hay verdades que se apoyen en mensajes tan simplistas.

Como simplista pienso que es el universo en el que se ha educado a los escolares catalanes en estos cuarenta años de democracia, con una visión catalanocéntrica del mundo donde lo español es, además de ajeno, cutre, corrupto y casposo. La modernidad estaba en ellos y, por ende, la superioridad moral. Todo lo demás era intoxicación del estado opresor. Poco importaba tener un autogobierno con competencias inimaginables en otra democracia occidental, ser la comunidad más rica de España o disfrutar de una posición de privilegio en el enorme mercado de nuestro país. Nunca era suficiente para marcar territorio al mundo soberanista.

La ambición llevó al nacionalismo hiperventilado a utilizar las propias leyes, dadas por consenso entre todos los españoles, casposos o no, para romperlas. Reírse de todos nosotros y de una gran parte de sus propios conciudadanos catalanes, romper en dos el Estatut y declarar la independencia con malas artes, como juego de trileros, reventando el verdadero significado de la palabra democracia.

‘Votar no es delito’, gritan al viento con expresión victimista. No, votar no es delito. Pero si yo no pago mis impuestos, si yo no respeto la ley, si yo me río de las sentencias judiciales es seguro que acabo delante de un tribunal. En Barcelona, Sevilla y Maspalomas. ¡Afortunadamente! Imaginemos que un pueblo vota que todos los inmigrantes censados tienen que cobrar la mitad de sueldo que los nacidos en el lugar por el mismo trabajo. ¿Se podría permitir? ¿Todo voto es demócrata o sólo aquél que acata las leyes de todos?

Ahora nos encontramos con un presidente de la Generalitat que trata de mofarse de la Junta Electoral Central colgando carteles con lazos amarillos en un edificio de todos los catalanes, sin darse cuenta del daño irreparable que está haciendo al prestigio de una tierra que no hace muchos años era una bomba cultural, cosmopolita, modelo de integración y símbolo de modernidad.

Yo cambiaría el lazo por una banana, que también es amarilla y adjetivaría bien a esa república imaginaria de aquéllos que se creen por encima del bien y el mal.

Ridículo.

domingo, marzo 17, 2019

Digno

Evitar decepcionar a los otros supone un esfuerzo ímprobo que no tiene por qué ser sano. Desprenderse de esas obligaciones es una de las primeras tareas que le encomienda un psicoterapeuta a un nuevo paciente las primeras sesiones. "Piensa primero en no decepcionarte a ti".

El problema, o no, de los que somos especialmente devotos del no defraudar a la gente a la que queremos, es que en el fondo esa obsesión tiene mucho que ver con no defraudarnos a nosotros mismos.

Ya de pequeñito, siendo un moco, me planteaba como reto que nunca se me tuviera que reñir, ni repetir las cosas dos veces. Por eso siempre fui un crío muy bueno, a pesar de la dureza de esa autodisciplina. Tal vez por eso me ha ido esencialmente en la vida, porque no me permito el patinar, incluso admitiendo que la vida debiera ser más relajada y que ese tipo de corazas pueden acabar asfixiando la propia libertad.

Al psicoterapeuta, que lo tuve, le explicaba que a mí me daba placer ser una persona así y que no lo hacía por bondad, sino por egoísmo. Me comporto como quisiera que la gente se comportase conmigo, y eso me produce un tremendo placer.

Con el transcurso de los años voy reconociendo a mis similares, a los 'dignos', a ésos que nunca fallan, que no llegan tarde, que siempre mantienen su palabra, esa gente inequívocamente fiable, coherente. Son pocos, pero me enamoran.


viernes, febrero 15, 2019

Ojos

Ismael Rojas, un editor del que admiro, entre otras muchas cosas, sus ganas de vivir, me comentó una tarde de cervezas la fuerza de las miradas en mis novelas.

-Salva, tus historias están llenas de diálogos donde destacas, en todo momento, las miradas entre tus personajes.

Las miradas. Acabo de terminar de revisar, por vigésimo cuarta vez, mi próxima novela, con la ayuda inestimable del retorno de grandes amigos lectores. Y aparecen miradas por todos lados. Me altera la gente que no me mira a los ojos al hablar. Quizás porque piensen que es accesorio el adentrarse en los ojos del otro, tal vez porque nadie les dijo nunca que la verdad está en asomarse allí donde quien te escucha despliega su periscopio para comprender cómo se ve uno en el espejo de quien te habla.

lunes, febrero 11, 2019

Porcentajes

Mantengo la teoría de que entre el 2% y el 5% de la población es gilipollas, independientemente de país, sexo, edad o credo. Una teoría basada en la experiencia. Quizás parezcan poco, pero es que abultan mucho. Una de estas personas se hace notar tanto como unas 5 cabales.

Durante una pausa de charla con compañeros de mi empresa venidos de Francia, que estaban auditándonos, uno de ellos me hizo mención a uno de los que ocupan ese porcentaje en mi fábrica. Se habían topado con él y no tuve más remedio que confirmarles que, efectivamente, lo era. Sin usar adjetivos ni palabras soeces; ya nos entendíamos.

Vino entonces la sorpresa, tal vez la lección. 

Me dijeron que, como auditores, este tipo de individuos son muy apreciados por ellos, porque les hacen sacar lo mejor de sí mismos. Al contestar mal, les obligan a reformular las preguntas, lo que implica un reto intelectual. Como buscan incomodar, el auditor debe encontrar armas para dominar los malos impulsos. Con su espíritu desganado o desafiante provocan, en quien tiene obligación de mantener el tipo, un extra de motivación para conseguir sus objetivos.

-Son personas que te hacen crecer, Salvador.

Me quedé tocado con esa teoría, porque además la comparto, la compro y la revendo a quien haga falta. Los amargados, pejigueras, egocéntricos, resabiados y coñazos son un regalo de la naturaleza. Ellos disfrutan con su rol y a nosotros nos hacen mejores personas.

lunes, enero 28, 2019

Puño

Siempre he presumido de dormir como un niño, aunque hay noches en que me despierto de madrugada y me observo, desde fuera de mí, con el puño bien cerrado agarrando un trozo de la almohada.

No sé hasta qué punto el cuerpo, sin yo saberlo, se tensa asustado por los días que vivo, ni imagino cuánto de mis miedos no conocidos ya los adelanta mi mano al engancharse con fuerza al edredón mientras mi mente vaga plácida por territorios no sometidos a la ley de la gravedad.

Me gusta imaginarme en épocas pasadas, y futuras, rebelde ante la imposibilidad de no poder ser otro ni de verme en el espejo con ojos distintos. ¿Cómo me sujetaría a la almohada en tiempos sin móviles de luces rojas ni despertadores que rasgasen nuestros amaneceres?

Siento el puño contra la almohada como una señal nítida de lo que no quiero ser y anticipo que la única medicina es desprenderme de todo lo prescindible, hacerme más sabio, sentir menos fuerte por todo lo que se mide en euros, quitar sonidos al teléfono, sortear alabanzas que son veneno, pasear más por las tardes.

Amar más y mejor.

miércoles, enero 23, 2019

Julen

Todos intuimos la imagen dolorosa de un Julen desfallecido en manos de un minero asturiano, y lloraremos; sin embargo, no hay noticia más hermosa que la que estamos recibiendo de un equipo de cientos de personas excavando una montaña contrarreloj por salvar a una criatura de la angustia de su prisión helada.

Hartos de aguantar miserias de un mundo que parece evolucionar hacia atrás, con una ciudadanía torpe rebuscando en los horrores del pasado pócimas milagrosas para el futuro, aparece una luz al final del pozo, un chavalín que nos pone frente al espejo de lo realmente transcendente en esta vida: el cariño a los nuestros.

Estos diez días he cerrado muchas veces los ojos en un intento de simular al crío delgado, lleno de rasguños, congelado, incapaz él de imaginar cuánto amor ha provocado.

Veo las grúas, los focos en la noche, las trampas de la montaña, los errores involuntarios, las conexiones en directo y pienso: podríamos ser grandes.


domingo, enero 13, 2019

Trabajo

En fiestas de cumpleaños abarrotadas sueles hablar de forma desinhibida con gente que tratas con códigos más rígidos en el día a día.

Tuve ocasión de hacerlo no hace mucho con compañeros de trabajo con los que me comunico a diario  y no necesariamente en un tono seco o estresante. Gente que me cae fundamentalmente bien aunque no por ello aspire a su amistad.

Me sorprendió una confidencia que uno de ellos me hizo, con su esposa delante, hablando de su relación en casa.

-Nunca hablamos mi mujer y yo de trabajo -me dijo, a lo que ella asintió con el gesto.

No quise polemizar porque uno con los años cada vez es más prudente y duda de las propias certezas, pero no entendí el juego. ¿Cómo se puede estar en pareja desde hace tantísimos años, como es el caso de ésta que nos ocupa, y no hablarse entre ellos de sus trabajos?

Para mí mi pareja es, entre otras cosas, mi mejor amigo. No podría asumir no compartir en mi día a día las preocupaciones que me asaltan en relación con mi empresa, mi jefe, mis colegas o mi equipo. Ni entendería que él no me contase por qué trae el gesto cambiado o viene acelerado tras ocho horas de curro. ¿Es posible guardar en espacios estancos las horas del día según sea el escenario en el que se desarrollen? ¿Cómo uno puede salir a cenar y obviar con la persona a la que ama aquello que ocupa tanto tiempo en tu día a día?

Suena moderno, pero no (me) suena real.

sábado, enero 05, 2019

Casa

No seré nunca de banderas en el balcón, ni de creer en pueblos más válidos que otros, creo por encima de todo en el ser humano, desnudo, tal cual, imperfecto, indefenso y luchador.

Haber viajado tanto por cuatro continentes me reafirma en esa idea primigenia y cuanto más viejo me hago más convencido estoy de todo cuanto nos une y de la imbecilidad de los nacionalismos rancios. Somos apenas vividores de momentos que pasan rápido y en nosotros está el saber quedarnos con lo importante.

Sin embargo, tras haber vivido años en París, meses en México, haber hecho largos viajes a Asia, pasar decenas de fines de semana en el Algarve portugués, este viaje que acabo de terminar recorriendo España, de Sur a Norte y de Norte a Sur, me ha provocado profundas emociones que podría resumir en una frase: 'he estado en casa'.

No es cuestión de idiomas, en México se habla un español precioso, o de paisajes, el Algarve es pura Huelva. Simplemente llegas a una farmacia de Cáceres y te atienden de una forma familiar, entiendes el tono de broma de una guía turística leonesa, estableces charlas pausadas con la dueña de una librería en Oviedo, sabes cómo pedir un gintónic en un bar en San Sebastián o un consejo a un viandante en Zaragoza. Hay una química cercana.

He recorrido dos mil kilómetros, sí, sin salir de casa.


lunes, diciembre 17, 2018

Laura

Queda apenas media hora para que comience el telediario y no apetece. Apetece poner música, olvidar el mundo, plantearse qué cenar y qué próximo libro leer.

Encender la tele para escuchar en qué lugar de la sierra de Huelva encontraron el cuerpo de Laura no apetece. Entran ganas de taparse entre cojines con un buen libro, no pensar en esa sonrisa cortada de golpe por un monstruo. Ni imaginar los momentos de terror previos, ni escuchar los detalles que vendrán, ni asistir al llanto de una familia rota.

No es agradable verse en el espejo de lo más miserable del ser humano ni asumir que haya gente así. No apetece.

Con cada Laura muerta morimos un poco todos. Y no apetece verlo tan claro. Ver cómo de repugnante puede llegar a ser el vecino, cómo de dura puede ser la vida. No apetece pensar qué podría haber sido de esa joven entusiasta hace unas semanas por una plaza en un instituto. No entran ganas de ponerse en la piel de ese pueblo destrozado de Zamora.

No apetece.

El cuerpo pide no encender la tele, no aceptar que nos han matado un poco más, que somos un poco menos inocentes, un poco menos buenos, un poco más desengañados de lo que podríamos llegar a ser y nunca seremos.

miércoles, diciembre 12, 2018

María Emilia

Mi querido José Ibáñez alabó hace años que este blog encabezase cada reflexión con una sola palabra. Me agarré a ese piropo hasta que ayer conocí a María Emilia.

Ya la crucé antes del verano con una cerveza. Recién terminaba la presentación de un libro, salió del bar de enfrente cabreada.

-¡La mujer del bar me ha destratado!

Entonces supe que era uruguaya, de vida nómada y que hablaba como los ángeles.

Anoche, en una cita a cuatro organizada por mi amiga Marisa, caí definitivamente rendido. Nos hizo viajar varias veces de su Uruguay natal a la Suecia de la que acababa de aterrizar para contarnos cómo en su juventud fue apresada por la policía política argentina, maltratada, vejada y encapuchada para conseguir tiempo después, allá por los 70, asilo en el país nórdico, donde reharía su vida y tendría a sus hijos, Felipe y Sofía.

-Mi hija nació dando bocados al aire -nos contaba con emoción a Marisa, a Machuca y a mí.

Yo jugaba con la información privilegiada de saber que encandilaba, pero pregunté todo al no conocer nada. Empecé por interesarme por su relación con Sevilla.

-Aquí murió mi hijo Felipe, Salvador -a mí se me heló la sangre.

Él tendría treinta y tantos años, y fue hace no mucho. Siguió a su hermana pequeña, Sofía, bailarina enamorada del flamenco, y acabó aquí cuando ella, once años después, decidió volver a Estocolmo. Un Felipe de corazón frágil desde pequeño rendido definitivamente al Sur. Ella, Sofía, estrenó durante la bienal un espectáculo homenaje a él. 'Pulso'. El pulso del corazón de su hermano.

-Él llegó a asistir al estreno de su hermana, ya muy malito -nos contaba su madre.

De arrugas bien marcadas, pelo rojo y figura esbelta, anoche María Emilia flirteaba con el buen trato del camarero que nos atendió.

-No sabes el bien que me hace que me traten con cariño.

Negoció con el casero quedarse un tiempo con el apartamento de su hijo en el barrio de las Golondrinas. Necesitaba estar a solas acá donde vivió él. Patearse Sevilla y adentrarse por los recovecos del Virgen del Rocío, por la UCI, las salas de espera, los pasillos donde no hace mucho se le iba la vida esperando un trasplante que no llegaba, una operación que no terminaba nunca.

-Cuando me dijeron que no podían cerrarle el pecho supe lo peor.

Entre copas de tinto y con gafas empañadas nos confirmó que ella no pensaba que Felipe siguiera presente.

-Felipe no está ya en ningún lado, pero yo sí, y necesito saber que estoy viva.

Aguantó varios días tras la operación, inconsciente, rodeado de hermana y madre. María Emilia le hablaba, esa vieja tupamara valiente que no se conformó nunca con el mundo que le tocó vivir. 

-Deja de luchar, mi hijo -le agarraba el puño-. Deja de luchar y vete tranquilo.

Anoche conocí un ángel de pelo rojo y tomé una píldora de vitalidad de efecto inmediato.

miércoles, diciembre 05, 2018

Tánger

Llegamos en ferry a Tánger desde Tarifa tras acordar dos días de trabajo en las plantas que Renault tiene en esta ciudad y Casablanca. Una serie de retrasos provocó que llegásemos sin almorzar y bien entrada la tarde a las oficinas de Europcar en la ciudad. Se mezclaban dos ansiedades: visitar la medina antes de que cayera el sol y comer algo sólido.

Con indumentaria impuesta, decoración infame y simpatía desbordante nos acogió el chico del 'rent a car' con un español bien currado.

-Ustedes no tienen prisa, ¿verdad?

Le puse una cara de pocos amigos que no supo interpretar. Me preguntó mil cosas innecesarias para firmar el contrato mientras Fernando fumaba su cigarrillo electrónico en la calle. Media hora después, tras imprimir y tachar no sé cuántos papeles, me entregó la documentación.

-¿Es tarde para comer algo por esta zona? -me atreví a preguntarle.

-'No hay algo que se llama tarde aquí' -me respondió con un español hecho a pedazos. Yo apunté la frase en el móvil, por rotunda.

Dos días después, por circunstancias que no vienen al caso, tuvimos que adelantar el retorno a España desde Casablanca. Las oficinas del alquiler de coches abrían a las dos y media, lo que nos hacía temer no poder coger el ferry de las tres tras entregar el vehículo. Llamamos a Europcar y nos atendió el mismo tipo con idéntica buena disposición.

-No se preocupen, abriré media hora antes y os acercaré personalmente al puerto.

Así fue. Nos dejó a los pies del barco con una sonrisa y tiempo de sobra para tomar un café, en una muestra impecable de profesionalidad impensable en otras latitudes más 'civilizadas'.

'Allí no hay algo que se llame tarde', pienso hoy desde mi atalaya; de eso tenemos de sobra a este lado del Estrecho.

viernes, noviembre 30, 2018

Vergüenza

A una foto mía de esta semana con la gran mezquita de Casablanca a mis espaldas publicada en Facebook, una mujer respondía con un comentario vergonzoso: 'si tan bonito es ese país, ¿qué hace tanto marroquí aquí?'. A esta señora yo le invitaría a leer acerca de la historia de España para que así pueda entender cómo a muchos de nuestros antepasados directos los recibieron en Alemania para escapar de la miseria.


El odio al inmigrante no es sólo una cuestión de incultura, sino de maldad, porque seguramente mucha de la gente que piense como esta mujer será católica, apostólica y romana y, sin embargo, no tiene la mínima calidad humana para evitar soltar improperios hirientes sobre la memoria frágil de miles de seres humanos que han muerto ahogados en el traicionero estrecho de Gibraltar al que desafiaban por tratar de encontrar una vida más digna.


Me aterroriza pensar que el próximo domingo las portadas de los periódicos informen de que en mi querida tierra han salido elegidos diputados del ultraderechista partido VOX (vergüenza + oprobio + xenofobia) y me tendré que tragar mis argumentos de que España está a salvo de partidos fascistas como el Frente Nacional o la Liga de Salvini.


No me vale el argumento de que en democracia cabe todo. No. Hay propuestas que no caben en una constitución democrática.


Hay mucha gente amargada que no desea otra cosa que odiar.

domingo, noviembre 25, 2018

Toalla

Era nuestro segundo día en Kyoto, habíamos caído rendidos a la belleza de sus templos y nos disponíamos a encarar una excursión en tren a Nara, la vieja ciudad imperial. Antes habíamos querido visitar el santuario de puertas naranja de Fushimi-Inari, pero equivocamos el tren, lo que apenas trastocó el orden de nuestro recorrido.

Contemplar el gran templo Todai-ji de Nara, con su gran Buda, fue una experiencia sobrecogedora. ¡Tanta belleza! Pasear, divertidos, el gran parque de la ciudad, dar de comer a los ciervos sin que te muerdan los dedos; participar en ceremonias intimistas donde escribir deseos, beber agua purificadora, hacer sonar 'gongs' sin trascender su importancia convirtió la mañana en una deliciosa incursión por el Japón más deslumbrante en un día de sol canicular.

Al entrar al tren de vuelta, lleno de colegiales salidos del instituto, con sus uniformes propios de dibujos Manga, entró un señor maduro, muy alto, de apariencia americana, con una enorme mochila y una horrorosa toalla entre la cabeza y el gorro para contener el sudor. Como si fuese invisible, ajeno a su esperpéntica vestimenta ¡Y tan pancho!

A mí se me mezclan entre las imágenes inolvidables de Nara aquella del turista insensible al hecho de que los que viajamos le debemos nuestro decoro a la belleza de los lugares que se nos regalan.


miércoles, noviembre 21, 2018

Prado

Hace un par de días, recién llegado a casa, tuve que restregarme los ojos al confirmar que no sólo la entradilla del telediario de máxima audiencia se retransmitía desde el Museo del Prado, sino que el bicentenario del nacimiento de la pinacoteca se convertía en la primera noticia del día, de manera extensa y cuidada. Un gesto de valentía inesperado de la televisión pública que demostraba cómo sí es posible colocar la cultura en el centro de las expectativas.

¿Qué impide a un medio público (y privado) cambiar el orden de los prioridades para atender lo que no es necesariamente urgente?

Imaginemos un país en el que los noticieros abran con los preparativos de la gran exposición sobre Murillo que se inaugura el próximo 29 de noviembre en Sevilla, y no necesariamente por las trifulcas electoralistas de ver quién la tiene más grande. Unos medios que dedicaran su cabecera cada día con textos de grandes de la literatura universal aprovechando aniversarios de sus publicaciones; que diariamente propusieran como primera página un hecho histórico relevante en el progreso de la humanidad; que remarcara como titular un descubrimiento científico y lo explicase con palabras sencillas al televidente medio.

Y que los improperios de Trump, las tribulaciones en el Parlamento europeo, las catástrofes naturales, las maldades de Villarejo, las vergonzantes confabulaciones entre políticos y jueces, los entrenamientos del Real Madrid o la boda de la hija de Amancio Ortega quedaran relegadas a un apartado final de 'sucesos'.

Seríamos, seguro, más interesantes. 

domingo, noviembre 18, 2018

Inmortalidad

Una de mis principales argumentos para no creer en la inmortalidad espiritual del ser humano, y no es broma, es pensar en la gran cantidad de impresentables que hay por el mundo. ¿Qué hacemos con ellos? Me resulta insufrible tan sólo imaginar en un tiempo infinito aguantándolos; porque hay gente tan estúpida, tan cutre y con tan pocos valores que sería una ruina para las generaciones venideras pensar en esos dráculas inmortales dando vueltas alrededor de ellos para contaminarles con sus bajezas.

Me apunto más a la reencarnación, a que determinadas personas acaben en el pellejo de cucarachas. Eso me soluciona dos inquietudes, una posible salida al tema de la inmortalidad y un cierto alivio a cada pisotón que me permito cuando éstas salen de sus guaridas en las mañanas calurosas de verano.

Yo aspiraría a convertirme de nuevo en persona como máximo premio a mis días de hoy, pero en otro país distinto y una cultura diferente, aunque miedo me da pensar dónde, porque si me dieran a elegir no querría que hubiese violencia, ni que mi familia fuese pobre, ni se muriese mi madre siendo tan joven ni confirmar que la tierra se comienza a inundar por decisiones de presidentes que por entonces no serían sino cucarachas.

sábado, noviembre 10, 2018

Dormidos

Pasaban unos minutos de las tres de la tarde cuando tomé asiento en un AVE abarrotado que me llevaba de Valladolid a Madrid. Yo andaba en mi mundo, componiendo la lista de invitados para la premiere de mi peli en Sevilla cuando comencé a conocer a esa mujer que, con pantalones cortos, mallas gruesas y una bolsa de golosinas en el regazo que vaciaba compulsivamente, explicó a todo el vagón, diciéndoselo a su teléfono, que era jefa de obra de varios trabajos en Bilbao y Pamplona.

Su asiento daba al pasillo y compartía una mesa central con tres pasajeros que podrían tener la edad de sus padres.

Hablándole a voz en grito por teléfono a su interlocutor aprendí cuánto cuesta enfoscar una casa de cien metros cuadrados, pude apuntar de haber querido los nombres de la gerencia de Urbanismo de Pamplona y escuché de su boca la agenda, ¡detallada!, de su semana siguiente en Madrid.

Mujer de taco fácil y ego alto.

Ya llegados a Segovia, tras casi una hora de griterío constante en que mezclaba de forma ansiosa llamadas personales con profesionales, tras ver las caras del personal a su alrededor a esas horas tempranas de la tarde no tuve más remedio que aprovechar una pausa entre grito y grito para decirle con toda la educación con la que me parieron:

-¿No ves que intentan dormir?

Ella me miró como si hubiese visto a un extraterrestre.

miércoles, octubre 31, 2018

Usurpadores

No son pocas las veces en que me cruzo, en mi transitar intenso por el mundo, con ellos. 

No todas las veces descubren mi mirada, pero cuando lo hacen se establece una corriente extraña de desnudez entre los dos.

Suelen ser especialmente eficientes con sus vidas laborales, se afanan como ninguno de sus compañeros, en tanto desarrollan sus virtudes para adaptarse realmente al traje que les ha tocado vestir.

Los veo en los aeropuertos, indicándome las instrucciones en el control de seguridad; en los restaurantes, cuando me señalan la mesa reservada; en reuniones de trabajo, mientras toman nota en sus tabletas de discursos soporíferos; en la caja de un supermercado, interesados en saber si quiero bolsas o no; en conversaciones de barras de bar, tomando la mano entre caricias de su pareja; en mañanas soleadas de parques, meciendo con dulzura el carrito del bebé.

De pronto un ramalazo de inseguridad, una mirada cruzada, un paso mal dado que lleva a un tropezón los delata y yo, de naturaleza curiosa, cazo al vuelo su gesto de terror.

¿Seré uno de ellos?

martes, octubre 09, 2018

Esperanza

Aunque me estrené con una ópera cómica de Rossini en el teatro Garnier, no fue sino hasta unos meses después, en la Bastilla, donde caí conmocionado a la belleza de Turandot.

No era posible conexión más hermosa con el alma humana, no cabía una emoción más incontrolable producida por un evento externo a mi vida personal.

Turandot aparece por todos lados en mis relatos, mis blogs, mis novelas, mis reflexiones acerca, sí, del sentido de la vida. Exagerado tal vez, pero un aria en un teatro de ópera es de los pocos momentos en que dudo acerca de la no existencia del alma humana. Si el hombre ha conseguido crear desde la sensibilidad más pura obras que llegan tan dentro, es que hay esperanza de que seamos más que carne con huesos.

Este pasado fin de semana de Rodríguez en Sevilla me sorprendió con la muerte de la Caballé, a quien no tuve la fortuna de escuchar en directo. Sin embargo apagué luces, rebusqué por la red y fui escuchando una a una todas sus arias, en escenarios de medio mundo. Su presencia rotunda, los enormes ojos negros, su risa infantil y ese llevarnos fuera de nosotros en prolongados pianísimos.

Hace nada que la enterraron en la tumba junto a sus padres, a la gran dama de familia humilde que nos maravilló gracias a su profunda sensibilidad. Ya descansa la niña catalana junto a sus padres, ya el final llegó al principio, pero nos deja, para romperlo todo, sus ojos negros mirando al infinito mientras canta a la esperanza con música de Vivaldi.

'La Esperanza'

sábado, octubre 06, 2018

Auriculares

Nuria nos insistió en que le diéramos una segunda oportunidad y así lo hicimos.

Su ambiente cosmopolita, el árbol en la barra de cócteles y las distintos niveles ya nos habían conquistado con su estética. Fallaba la comida.

A mí me resultaba difícil desconectarlo de las citas con mi antiguo editor, cuando la certeza de publicar en plan profesional definían un terreno de juego inesperado para mí. Allí, donde no existía aún el árbol de la coctelería, me citaba con contratos y su chupito de whisky, entre narraciones de su grandioso pasado en Barcelona.

Tardaron una infinidad en ponernos una cerveza.

Rodeados de una clientela heterogénea, bien vestida, madura y poco ruidosa, investigamos la carta sin muchas posibilidades de aclarar dudas con camareros que corrían, literalmente, recibiendo órdenes en sus auriculares. El de la cerveza no era el de la carta, el de la carta no era el de los vinos, a quien solicitábamos nos respondía con una sonrisa de no ser él la persona apropiada.

Nos explicaron el ceviche de gambón tan a la carrera que apenas comprendí qué comíamos. La presa, rica pero fría de esperas no sincronizadas, me hizo ver que la copa de vino se terminaba. ¿Quién era el del vino?

Por fin alguien me hizo caso, pero me llenaron la copa con el plato ya vacío de carne.

Voy a escribirles, porque sé que de Nuria nos volverá a convencer y para entonces quiero un micrófono de corbata para poder ir orientándolos acerca de mis necesidades de sentirme escuchado cuando me siento a cenar en un sitio tan guay. Se darán cuenta de que soy un cliente sibarita pero educado y les explicaré, entre plato y plato, que la gente no quiere carreras, sino cariño. Que con una sonrisa y dos guiños uno se toma una presa fría sin vino tinto. E incluso repite.

lunes, octubre 01, 2018

Pereza

Hay dos sentimientos que me repelen y se cruzan en mí de forma contradictoria: pereza y remordimiento.

No sé si porque en el fondo de mi sustancia soy una persona que se bate contra una parte remolona que suspira por una vida simplona como objeto de bienestar inalcanzable, sin saber distinguir qué es lo adecuado para considerarme plenamente realizado en este mundo complejo.

No son pocas las veces en que observo con envidia el ritmo ralentizado, y no por ello menos digno, con que algunos manejan sus vidas, abiertos a tardes de sofá desprovistas de argumentos para justificarlas.

No entiendo las horas sin rellenarlas de contenido y sé que eso me hace ser quien soy, ávido de vida revolucionada, consciente al mismo tiempo de que hay otros horizontes posibles sustentados en dejarse ir hacia pulsiones más relajadas que, al mismo tiempo, me atraen sobremanera.

En libros que leo o películas que veo deseo para los héroes una vida campestre como trofeo victorioso.

A pesar de que sé que soy, más o menos, quien quiero ser, la vida es elegir; aunque no son pocos los días en que me subleva esa pereza que sé potente en mí, tanto como me cabrea el remordimiento que me provoca rechazar el abandonarme al placer de no hacer nada.

Quisiera ser más fácil.