A lo que no tenemos derecho es a llorar todo el tiempo. Y cuando hablo de llorar, me refiero también a la queja y al lamento.
Porque nuestro desconsuelo, cuando se prolonga, lo embadurna todo de tristeza y parálisis; esa hiedra lo agarra todo por las piernas, las nuestras y las de quienes nos quieren.
Yo comparto trabajo con gente a la que no le he escuchado en meses otra cosa que lamentos. Y, aseguro, que esas personas perjudican seriamente, no solo mi productividad, sino mi salud mental.
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