Habituado a tener una amplia vida social, cuando alguien enteradillo se mete con alguien por su lugar de origen me gusta aparentar que yo también soy de allí.
-No soporto a los madrileños -escucho.
-Pues yo soy de Móstoles -respondo.
-Pensé que eras sevillano.
-Qué va, toda mi familia proviene de Madrid.
Y me sale muy bien. Me encanta ser de Vigo, Tarragona o Badajoz cuando en una conversación intrascendente hay quien le da por criticar a los gallegos, catalanes o extremeños.
Probadlo, es divertido. Se les queda una cara de 'tierra trágame'. Hay, además, que retener un poco.
-No pasa nada -les dices, para alargar la agonía.
Para hacerlo sufrir. Un poco al menos. Para que entienda la estupidez de señalar a nadie por el sitio de donde es. Le permites entonces que retome su discurso, que reoriente lo que estaba diciendo, que se retrate un poco más y es sólo en ese momento cuando sonríes.
-Que no, que soy de Sevilla.
Sí. Acabas de ganarte un enemigo.
Pero yo no quiero amigos así, tan torpes y tan catetos.
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