Cuando viví en París conocí a gente interesantísima.
Entre otros a un canario del que no recuerdo el nombre. Un abogado apuesto que me sacaba unos diez años y aparecía en escena cuando le apetecía.
Una noche me invitó a la ópera junto a su novio, actor, y una amiga danesa judía de pelos muy rojos. Los tres, maravillosos.
Era en Bastilla y se trataba de Turandot.
Yo iba con el corazón abierto, dispuesto a rendirme al espectáculo.
Por entonces no sabía nada de esa ópera y mi única experiencia había sido ver la Cenicienta de Rossini en la Garnier, una obra cómica que no llegó a cautivarme.
Con esas premisas nos sentamos en una de las primeras filas. Me dejé llevar por una princesa china que cantaba con un hula-hop fluorescente bailando en su cintura, como en el principio de la Guerra de las Galaxias, sin enterarme de nada pero entregado del todo.
—¿Turandot es un país? —pregunté a la danesa, ingenuo, en el entreacto, mientras degustábamos un vino blanco.
—¡Es el nombre de la princesa! —exclamó en un inglés agudísimo.
A la vista de mi azoramiento me aclaró que podía leer la traducción en simultáneo justo arriba del escenario.
Vibré inmensamente con las tres preguntas que le hace la princesa a su futuro pretendiente. Casi me ahogo de la emoción cuando cae la noche y Calaf tiene que soportar la presión de la venganza de su amada, que busca por todo Pekín con el ejército movilizado alguien que lo delate.
Nos fuimos a cenar justo después y yo no podía soportar la impresión.
Estoy seguro de que ellos tres, a quienes nunca volví a ver, alguna vez habrán comentado, entre risas, que nunca verán a nadie más turbado ante una representación artística que al sevillanito que esa dulce noche se les unió.
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