Unas indicaciones que, días después, comprobé que no tenían sentido. En una autopista sin curvas pasaba indistintamente de 80 a 130, luego a 100, 60 y, de nuevo, 130. Quizás por no haber actualizado las señales tras un período de obras.
Las líneas continuas actuaban igual. Sin sentido. Así que la gente adelantaba sin esperar a que fuesen discontinuas.
Al final, te envenenas. Días después me limitaba a imitar las velocidades de la mayoría.
Así funcionan las leyes. Cuando son absurdas, la gente pasa de respetarlas. Es el principio del caos.
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