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miércoles, septiembre 28, 2016

Mirada

Me miró fijo a los ojos, sentado en el borde de la cama y sin fuerzas para levantarse, el penúltimo de sus días. La cabeza había desconectado de un cuerpo en ruina y entre Iván y yo conseguimos acompañarlo, pasito a pasito, en su último paseo entre el dormitorio y el salón. Me miró fijo a los ojos en un efímero instante de lucidez y su mirada comprendía toda una vida, sus ojos pequeños casi infantiles de quien no quiere ver que todo se acaba; una mirada de derrota, de alerta, de amor y miedo.

Se me heló la espalda.

Los meses han pasado, las rutinas han hecho su trabajo y el sol de verano ha quemado las imágenes más terribles; pero esa mirada no desaparece, como un testigo ancestral de padre a hijo.

Las risas se han vuelto transparentes, tengo mil proyectos y sigo levantándome tempranísimo cada día para desayunar con tiempo pensando en el día por venir.

No vienen las lágrimas, que algún día aparecerán en catarata; él se me aparece en sueños, afortunadamente, para recordarme que está vivo en mí. Llegan los abrazos de entonces, cuando yo me acercaba a él para decirle que mi vida era de esta y aquella otra manera, que las cosas iban bien, que cuidaría de todos.

¡Cómo lo echo de menos!

miércoles, septiembre 21, 2016

Hablar

Tengo una gran amiga que comenta con transparencia que vota al Partido Popular. Tengo otra gran amiga que manifiesta en público su fidelidad a Podemos. Yo, lejano al voto de estas dos opciones, las quiero y las admiro.

Hubo una época no necesariamente antediluviana en que creí que esto no era posible. Pensaba, en mi ingenuidad, que no podría tener nada en común con quien tuviera convicciones políticas opuestas a las mías. Si ve el mundo de esa manera, me decía, no tenemos posibilidad de entendernos.

Ahora, en cambio, me gusta organizar cenas en casa con amigos que sepan explicar con pasión sus diferencias sin temor a la controversia, pero sin gritos.

Hay que ponerle corazón a nuestras convicciones y saber defenderlas, tanto como saber escuchar las del otro y darle su espacio.

No me muevo con fascistas ni con muertos de hambre, ni con corruptos o ladrones, ni me gusta que haya odio en los argumentarios. Ése ya se lo dejamos a los políticos profesionales.

Cada vez estoy más convencido de que nuestra sociedad no estará del todo madura hasta que no sepamos escuchar las razones del otro sin presuponerle maldad.

Yo aspiro a convencer a los demás de cómo debería gobernarse el mundo, pero hay millones de mundos imperfectos posibles.

lunes, septiembre 12, 2016

Ego

Ser un buen patriota es querer a tu país por haber nacido en él. Así pienso. Es obsceno pensar que tu país es mejor por ser el tuyo, no lo elegiste tú. Es como la familia de uno: la quieres porque es la tuya, no porque sea impecable. La quieres con sus momentazos y sus miserias, y siempre haces lo posible por que vaya a mejor, en lo económico, en lo social, en lo afectivo.

Así entiendo yo mi cariño por España. La quiero porque me tocó nacer aquí. Y quiero que mejore porque es el lugar de los míos.

El problema es cuando se alardea de país porque uno piensa que es 'el más guay', el de la sociedad más avanzada, los que trabajan de verdad, los que ganan más medallas, los que no tienen nada que aprender de los vecinos, ni nada que compartir.

Mucho de eso hay en los nacionalismos más rancios. El Brexit no es sino eso, un egocéntrico canto a la supremacía de un pueblo que se considera elegido y no quiere que otros, los otros, le digan cómo tienen que hacer las cosas, ni desea compartir su riqueza con esos que no son tan brillantes como ellos.

El nacionalismo se entiende cuando se mimetiza al plano individual. Yo, guapo, alto y bien situado, no tengo por qué ser solidario con quien no lo es. Los que me rodean son sanguijuelas que se arriman a mí por lo que yo les aporto.

No se dan cuenta los nacionalistas de que nadie es más que nadie y de que los egocéntricos que sólo saben mirarse al espejo acaban por quedarse solos, hipnotizados con una belleza que acabarán viendo ellos solos.

Yo coloco una bandera con una estrella en mi balcón para decir a los que no tienen mi sangre que aquí hay un patriota que no quiere a su país por ser el que le vio nacer, sino porque es el mejor país entre los países, y tú, pobre diablo, no has tenido esa suerte.

Yo me quedo con el balcón con macetas y una mesa para observar a la gente pasar. ¡Qué gusto! 

jueves, septiembre 08, 2016

Tontos

Desde la distancia de quien no se dedica a la cosa pública, uno tiende a pensar de forma subconsciente que los grandes dirigentes mundiales están hechos de una especial madera, que tienen agallas para enfrentar situaciones críticas, capacidad para empatizar con los pueblos a los que representan, liderazgo para tirar de ellos y un intelecto por encima de la media para poder mover tantos hilos sin aturullarse. 

España tiene un máximo dirigente que tira por tierra toda esa teoría y te hace dudar de las verdaderas razones que hacen llegar a una persona a responsabilidades tan altas.

Un hombre como Rajoy que es capaz de aprobar el nombramiento de Jose Manuel Soria como representante del gobierno español en el Banco Mundial con un sueldo estratosférico pocos meses después de que los españoles hubiéramos escuchado con estupor las declaraciones contradictorias y mentirosas del que fuera ministro de Industria antes de caer de su cargo por su incompetencia, un presidente que autoriza esta felonía es una persona, por encima de todo, de una cortedad emocional grave, de una falta de empatía con el pueblo y una ineptitud inexcusable, sin aprecio por la ética ni respeto a los ciudadanos. No todo se corrige con la rectificación. No se nos puede tomar por tontos y luego hablar de despiste.


sábado, septiembre 03, 2016

Serio

El gran desafío del hombre es cómo vivir una existencia que no tiene sentido en sí: no hay un objetivo concreto que cumplir ni hay que llegar a ningún lado. De ahí que cada cual tenga que aplicar sus metodologías personales para motivarse en el corto y el largo plazo.

Yo me aplico una que me va muy bien: entender la vida como un juego. Considero que tomarse las cosas muy en serio es perjudicial además de ridículo. Quien dramatiza con el trabajo, los amigos, la política o la familia, quien camina aprisa por la ciudad con mal humor acaba por transmitir una ansiedad que comienza por destruirle a sí mismo y a contaminar todo lo que le rodea.

Aceptar el sinsentido de le existencia es el axioma fundamental a asumir para encontrar una vía de salvación, e incluso para construir el propio destino con alegría. Se requiere ser valiente y la clave es aplicar mucho amor.

Hay sólo un aspecto del ser humano como tal, sin embargo, que sí me tomo en serio: la maldad.

Precisamente porque esta vida nuestra es un espacio confuso en el que tenemos que aprender a desenvolvernos para salir adelante y para cuidar de los nuestros, y tal vez porque la entienda como un gran juego del que somos partícipes, no soporto quien aprovecha para zancadillear a los demás, el que aplica su inteligencia en destrozar, corromper, envidiar, difamar, engañar, maltratar, ridiculizar, despreciar.

Sólo la maldad me hace ponerme serio. ¡Y se manifiesta de tantas maneras!

jueves, agosto 25, 2016

Sumas

Por mucho que alguien se escape a un lugar idílico en un día laborable de cualquier mes del año, siempre encontrará gente allí disfrutando de una experiencia que para esa persona es excepcional. Si un día se pega un homenaje merecido en un restaurante de lujo, encontrará mesas llenas de comensales que charlan allí con toda naturalidad. Cuando vaya a un concierto majestuoso de ópera, acabará aplaudiendo emocionado entre una multitud entusiasmada y podrá preguntarse: ¿pero dónde he estado metido yo?

El ser humano, por lo general y de forma subconsciente, tiende a pensar que esos que viajan, se relamen con servilletas de seda y viven la dolce vita son todos los mismos y muchos más de los que son.

Si su equipo nunca gana una competición, uno llega a creer que es un desgraciado por no conseguir nunca nada, sin razonar que la inmensa mayoría de los clubs no ganan jamás.

Agrupan a los triunfadores en un 'todos menos yo' que los hace pequeñitos y provoca el efecto contrario al de sentirse privilegiados. Hacen sumas raras que suelen dejarlos en el escalafón inferior del disfrute.

Hay que guiñarle el ojo al que aplaude junto a ti o se baña en aguas cristalinas de un paraíso, porque ellos, como tú, sois triunfadores por entender que la vida está llena de momentos excepcionales para sentirse únicos; momentos irrepetibles que no todos saben aprovechar, creyéndose intrusos en un paraíso inmerecido.

lunes, agosto 22, 2016

Muero

En una de las paradas de nuestro viaje por Europa de estas vacaciones recién terminadas, mi sobrino Iván me imitaba, con risas, y repetía con voz impostada una frase mía:

-Muero por llegar a Gante y ver el Políptico de Van Eyck.

Yo simulé una cara de cabreo y él insistió:

-¡Es que tú te mueres por todo!

Sí. Desde que él me lo dijo, caí en la cuenta de las veces que uso esa expresión. 'Muero por volver a Nueva York, por pasear de nuevo por Lisboa, por volver a atravesar en camioneta la Cordillera de los Andes, o a patearme los templos de Kioto entre geishas, o a comer pollo al sultán en una azotea de Bursa, o pescado y licor de ciruelas en el mercado de Pusán, o recrearme otra vez con el retrato del matrimonio Arnolfini de Van Eyck en la National Gallery, o por bañarme al anochecer en la playa granadina de La Herradura, o por vivir de nuevo la noche ténebre del Jueves Santo en la iglesia de San Miguel y San Gaetano de Florencia, o por tomar un antojito en la Venta Esteban de Jerez, o por leer un nuevo libro de Murakami, o de Auster, o por pasear una vez más Barcelona con Rivo y Ángels, o Hamburgo con Gabi, o Ámsterdam con Fernando, o por recorrerme una mañana más cada rincón de la catedral de Sevilla...'

Muero por seguir vivo y teniendo intacta la capacidad de emocionarme.

miércoles, agosto 17, 2016

Nadal

Estos días de verano, aunque intento mantener la forma y seguir haciendo ejercicio diariamente, he ganado kilos y he perdido fondo a la hora de correr. Los días de levante en Conil no han ayudado al no poder salir de casa si no era para meterme en el coche o en un bar a tomar cervezas.

Esta semana, en Marbella, conseguí al fin salir a correr por los alrededores de la urbanización donde estamos. Suelo hacer de media 10 km, pero esa vez a los 4km iba muerto. Al ser un circuito pequeño, la tentación de escaparme al apartamento y darme un baño en la playa era enorme.

Entonces pensaba en los gritos de ánimo que di a Nadal en sus últimos partidos en los Juegos de Brasil, ¡qué fácil exigir un esfuerzo más desde el sofá a un tipo que acababa fundido cada encuentro!, y sacaba fuerzas para 4 km más.

Necesitamos muchos Nadales que nos inviten a obligarnos a ser mejores.

lunes, agosto 15, 2016

Presumida

Dejando de lado la belleza, cualidad sobre la que no tenemos gran capacidad de control, me gusta la gente presumida, la que se mira al espejo, sin obsesiones, la que se cuida, la coqueta, sin dogmas, la que se preocupa por dar a los demás, porque quiere verse bien, lo mejor de sí misma. Las abuelas vestidas de flores, los chavales que se peinan, aunque sea para despeinarse, la señora que se pega un toquecillo de rímel, el tipo que busca combinar bien la ropa, aunque no acierte.

Quien se cuida es porque se quiere y quiere ofrecer lo mejor de sí. Quien se sonríe al espejo antes de salir, quien se guiña el ojo es porque sale a la calle a comerse el mundo, porque se siente parte activa de él.

Yo tengo un punto presumido porque me gusta ser como la gente que me gusta.

miércoles, agosto 10, 2016

Domo

Subían Raquel e Iván a su habitación del hotel de Gante cuando, en el ascensor, una camarera de la limpieza de origen asiático les preguntó:

-Spanish?

Mi hermana asintió y entonces la limpiadora se acercó para preguntarles:

-Domo?

Siempre insegura con su inglés, mi hermana se quedó bloqueada, con Iván medio escondido detrás. La mujer insistía:

-Domo?

Cinco minutos después, Iván nos contaba a carcajada limpia la escena. Raquel me preguntaba qué significaba 'domo' y yo busqué en el traductor de google colocando todos los idiomas asiáticos posibles. No aparecía nada.

'Domo' se convirtió para nosotros en la palabra fetiche del viaje. Cuando apareció por la ventana del metro la enorme imagen del Atomium, gritamos al unísono: ¡Domo! Cuando en cualquier bar se nos explicaba del tirón la lista de comidas en holandés nos preguntábamos: ¿Domo? Cuando llamábamos a la puerta de nuestras habitaciones del hotel, con los nudillos, la contraseña era: 'Domo'.

Tras un invierno durísimo por la muerte de mi padre, estos días recorriendo Europa al grito de ¡Domo!, salpicado de la risa contagiosa de la inocencia de Iván, nos ha llevado a la edad del pavo, a reconciliarnos con nuestros huesos y a sentir que la vida es más fuerte que todo.

Domo.

miércoles, julio 27, 2016

Terror

Lejos de banderas, soy un ser profundamente europeo. Antes de tener ningún tipo de responsabilidad profesional, apenas comenzando la universidad, ya me iba con mis amigos de tren en tren para atravesar fronteras, leer idiomas diferentes y observar paisajes. Me recuerdo como si fuese ayer sentado, con menos de veinte años, en unas baldosas de la estación de tren de Estocolmo como feliz espectador del trasiego de gente rubia caminando con prisas de un lado a otro.

Recorrer este viejo continente tuvo el efecto inicial de hacerme sentir muy pequeño, al ver la enorme diversidad de culturas, lenguas y conglomerados urbanos, cuando aún no sabía que me estaba haciendo grande como persona al abrir los ojos al espectáculo de contemplar las gentes de los países que conforman el origen de una de las grandes civilizaciones de la humanidad. Visité Berlín cuando tiraron el muro y atravesé  de un lado a otro con una emoción que se me salía del corazón.

No sé definir si admiro más la cultura francesa, la inglesa, la alemana, la italiana, la de los países nórdicos o mi propia cultura hispana, pero sí sé que todas son fundamentales para conformar lo que hoy somos. No se entiende nuestro presente sin Voltaire, Dante, Kant, Cervantes o Lord Byron.

Un continente que ha estallado mil veces en guerras de incomprensión, en atroces carnicerías durante siglos, para definir fronteras o imponer religiones, y que por fin ha encontrado sus leyes básicas de entendimiento en una organización plurinacional apoyada en los derechos y libertades más amplios que nunca hayamos tenido.

Una organización burocrática y perfectible, seguro. Gris, lenta y aburrida, tal vez. Pero bendito aburrimiento el que nos permite construir un futuro en paz.

Pasado mañana comienzo unas nuevas vacaciones por la Europa del norte de Francia hasta llegar a Holanda, con la ilusión de transmitirle a mi sobrino Iván un pellizco de la emoción que supone para mí patearme sus calles, con la alegría de llevar a mi hermana Raquel por los rincones donde se movieron Rubens, Rembrandt o Carlos V, en tanto nos avasallan noticias que, una vez más, anuncian su declive, atacada por fanáticos que sólo buscan la destrucción de la armonía de un pueblo culto; armonía que tan costosa ha sido de alcanzar.

Los radicales se buscan para deshacer lo conseguido por generaciones, que entendieron que las luchas fratricidas quedaron atrás; radicales que vienen para imponer el terror, el odio y la vergüenza. Radicales que llegan de fuera o que surgen de dentro, analfabetos y pijos, salvajes y cultivados, mediocres, pusilánimes, rencorosos, provincianos, egocéntricos y despreciables hasta decir basta.

Yo quiero enseñarle a Iván lo mejor de Europa y decirle que esa tierra es suya, que hay que amarla porque nosotros venimos de ahí y estamos obligados a defenderla de quien la odia, porque quien odia a Europa como sentimiento universal es el peor de los fascistas, el más rancio, el menos solidario, el más desmemoriado, torpe y necio.

viernes, julio 22, 2016

Aburrimiento

Yo he vivido, aunque pequeño, la emoción de mi madre escuchando el mitin final de campaña de Felipe González en el Prado de San Sebastián en el año 82, y vi sus lágrimas.

Sé de política todo lo que puede saber una persona muy interesada en ella, que ya desde que recuerdo le robaba a mi padre el ABC para leer los cambios profundos que fue experimentando mi país desde que un día nos dejaran a todos los hermanos sin colegio, atemorizados por la muerte de Franco.

Echando la vista atrás resulta apasionante haber vivido la construcción de una democracia en paralelo a la construcción de la persona que hoy soy yo. Pactos básicos para reformar un país dividido por cuarenta años de dictadura y convertirlo en un referente avanzado en derechos humanos, seguridad social universal, libertades individuales, conquistas sociales, descentralización, integración en las instituciones europeas.

Nos gustasen o no, había líderes que tenían un proyecto robusto que ofrecer a la ciudadanía.

Estos meses de parálisis constituyen, a mis ojos, una muestra desalentadora de esa falta de liderazgo y agallas que se necesitan para arrastrar a una población machacada por larguísimos años de crisis hacia nuevos retos colectivos.

Los seres humanos no sólo podemos vivir de proyectos personales y desconectar de lo que a nuestra sociedad, como grupo, le inquiete e ilusione.

Son tiempos de aburrimiento y desencanto. Nunca abrí con tanta desgana las páginas de esa política que me apasionó desde que recuerdo.

miércoles, julio 20, 2016

Ficción

Cuando tomé la decisión de estudiar ingeniería, una de mis mayores preocupaciones venía de tiempo atrás, cuando me operaron de estrabismo en quinto de EGB. Nací con bizquera y esa operación, que me quitó complejos y un parche infantil eterno en el ojo, trajo consigo un ingrediente extraño: mi incapacidad para ver en tres dimensiones.

Me ponían a prueba con máquinas rudimentarias para ver diapositivas, una especie de anteojos, y yo hacía esfuerzos por ver lo que los demás veían.

Una de las principales asignaturas de la carrera era el dibujo técnico y yo sufría pensando cómo iba a aprobarla nunca si mis ojos no tenían la alineación necesaria para ver en 3D.

Tal vez ese temor produjo que fuese la primera asignatura que aprobase.

De la misma forma que yo padezco de esa carencia, creo que no todo el mundo tiene el cerebro preparado, por no decir el alma, para entender la ficción.

Recuerdo un compañero de estudios que me decía que no iba al cine porque él no se podía sustraer del hecho de que tras los actores había todo un arsenal de cámaras, luces y técnicos. Yo le intentaba explicar el porqué yo conseguía abstraerme de todo eso y meterme en la historia. Él me miraba con ojos atentos, pero no le llegaba a convencer.

Entrar en lo inventado y creértelo, aunque sea en el instante en que lo lees o visualizas, te hace cargar la mochila de recuerdos robados, que te enriquecen sin saberlo.

Ver el mundo creado por alguien ajeno a ti es sanísimo. Lo decía hace pocos días en un discurso memorable Ana María Matute. La necesidad de la ficción para el ser humano. Existe desde siempre.

Necesidad de escapar de la unicidad de su existencia para hacerse partícipe de otras.

Afortunadamente tuve la suerte, como tantos, de nacer con el don de saber introducirme en espacios inventados por otros. Verlos con sus ojos y dejarme llevar.

martes, julio 19, 2016

Conflicto

Hay personas que te lo dicen así:

-No soporto el conflicto.

Hay quien lo utiliza, el conflicto, para imponerse a las primeras. Levantan la voz porque saben que las otras no quieren problemas. Hay muchas otras, desgraciadamente, que no funcionan si no es con un mal gesto. Gente a las que le va la marcha del tono duro para avanzar.

El conflicto es inherente al devenir de cada día. Es fruto de nuestra libertad. Consecuencia de los choques entre nuestras decisiones, así como entre nuestros actos y los de los demás. Es el equilibrio de fuerzas necesario que evita la parálisis, y nos hace crecer. Suena mal, sin embargo, la palabra. Conflicto suena a agresividad y mal rollo, a golpe y destrozo, a morir un poco.

La sal de la vida es precisamente el decidir a cada momento qué queremos ser, a partir de pequeñas decisiones o grandes pasos. Decir sí o no es renunciar a algo, en una vida que no tiene borrador posible. Pero también es ganar un espacio propio. El camino correcto puede estar aquí o allá, afortunadamente hay miles. Donde nunca está es en la cabeza agachada ni en los ojos cerrados. Ni en la imposición a otros ni en la mutilación propia.

Una persona brillante es aquélla que afronta con serenidad las contradicciones del día a día, que crece cuando se equivoca, que piensa en los demás cuando decide, que escucha y se deja oír, que no se bloquea ante los cruces de camino.

Los indecisos arrastran una triste mochila pesada y repleta de lamentos, ¡qué pudo ser de mi vida!, de todos los colores y tamaños.

lunes, julio 11, 2016

Risa

Hubo en tiempo en que me atraía el dolor.

La universidad se ofrecía como un tiempo infinito, la gente entraba y salía de mi mundo sin descanso, los miedos peleaban con el proyecto de no saber muy bien qué querer ser, de tan grandes que se abrían las puertas de la vida para mí; el sexo aparecía como enemigo, a la muerte la sentía perseguirme y los complejos desafiaban a mi espíritu racional; las llamadas de los viernes que no llegaban para tomar copas, los amigos que dejaban de jugar a ser niños y una familia que parecía deshacerse.

Entonces aparecían personajes aún más desgraciados que yo, y me enamoraban. Cuantos más dramas familiares, más puntos ganaban; sus temores, impotencias y desconsuelos me hacían más fuerte. Era menos desgraciado teniendo a ellos, los marginados de la alegría, a mi lado.

Hubo, sin embargo, rendijas que fueron dejando entrar el sol: mis mañanas remando por el Guadalquivir, los viajes por Europa descubriendo un mundo impresionante, las novelas deslumbrantes del fin de siglo americano, las noches locas de alcohol junto a mis hermanas...

Sin darme cuenta, los años fueron desescamándome de nubes negras que me buscaban para hacerse resonar sus penas. Me aburría la tragedia de sus vergüenzas. Fui, como por ensalmo, acercándome como una lapa a gente que sonreía, que lo hacía todo el rato y sin venir a cuento. Descubrí lo hermoso que es vivir al lado de quien se apunta a todo y no pregunta a cambio de qué.

Ayer regresábamos a Sevilla, desde Marbella, por el camino de Ronda. Empezaba a anochecer y propuse una parada para tapear. Fran y Nuria aceptaron la propuesta por aclamación.

jueves, junio 30, 2016

Noches

Hace algo más de un mes que hago mucho deporte, no duermo por las noches de un tirón y compro más ropa que nunca.

Tal vez es la reacción inconsciente de un ser humano ante la muerte de un padre bueno, un impulso extra de vida, negación de la degradación y protesta incontrolable ante la impotencia de no poder retener entre mis manos a quien me colocó en este mundo de locos.

Despierto por las noches sin terror ni angustia. Me giro, me coloco bocarriba y adivino el techo en la oscuridad silenciosa, repaso escenas sin sentimentalizarlas y trago saliva para no despertar al amor de mi vida.

Nunca supe qué era el insomnio y sé que volverán los plácidos sueños de despertarse con la luz del sol. Hay calma, sin embargo, una tranquilidad suprema que no sé qué período de mi vida presagia, como si en cierta forma me hubiese vampirizado y entendiese claves inexplicables que me acercan a la esencia de lo que existir implica.

No sé cuándo aterrizaré de estos vuelos a otro mundo que no era el mío, ni en qué momento dejaré de hacer flexiones como si mi cuerpo fuera a arrugarse de no hacerlas; aun siendo consciente de que debo volver a sintonizar con la mirada de los otros, las conversaciones cerveceras, las noticias del telediario, los reproches laborales, las neveras llenas, las cenas prometidas, las risas que entendía, los papeles ordenados, las canciones que me gustan, los sonidos que ahora no escucho, las rutinas tontas que me hacían tan feliz.

lunes, junio 27, 2016

Español

Rajoy se asoma al balcón de Génova y se oyen gritos de 'yo soy español, español, español'... y yo me pregunto: ¿de qué país soy yo?

Un grito del nacionalismo más rancio, casposo y futbolero para cantar que ha ganado un partido de corruptos.

Confieso que anoche viví con alivio el batacazo de Podemos. No quiero un país dirigido por un egocéntrico prepotente que tiene como modelo económico el chavismo y que quiere repartir pagas universales sin saber de dónde sacar el dinero. España merece mucho más. La política es más compleja que cuatro eslóganes.

Pero, ¿dónde están esos políticos que reclamamos? ¿Dónde el líder que nos presente las cuentas al detalle y sus proyectos construidos de justicia social? ¿Dónde el que consiga emocionar nuestro intelecto y no nuestras tripas?

Respiraba aliviado al ver la cara de Pablo Iglesias consternado y me enfrentaba desde mi sofá a un desfile de banderas españolas en la calle Génova.

¿De qué país soy yo?

miércoles, junio 22, 2016

Ámsterdam

Este verano vuelvo a una de mis ciudades fetiche: Ámsterdam.

Siempre me prometo conocerla en invierno, pero siempre acabo volviendo en verano, cuando una marabunta de gente escandalosa la pasea como un parque de atracciones.

Es igual. También me gusta Venecia a pesar de las multitudes cruzando el puente de Rialto o Estambul y las aglomeraciones del Gran Bazar.

Iremos con mi hermana Raquel e Iván; ya tenemos los billetes de avión, los hoteles y los pasajes de tren que nos permitirán comenzar la ruta en la coqueta Lille, para atravesar territorio belga en múltiples paradas por Bruselas, Gante, Brujas y Amberes.

No sé quién está más ilusionado, si los que van por vez primera o quienes repetimos por enésima vez este viaje por ciudades empedradas llenas de canales donde las cervezas casi se mastican.

Sueño con el rato que pasaremos viendo el políptico del Cordero Místico de Van Eyck en la catedral de San Bavón gantesa, o con las carreras que se pegará Iván en el parque Leopoldo de Bruselas mientras buscamos la pagoda, o la cena que nos tenemos prometida en el Kleine Zavel de Amberes desde que lo descubrimos hace años. O volver a hipnotizarme con la diminuta lechera de Vermeer en el Rijksmuseum.

Viajar también es anticipar los días que se disfrutarán.

La otra noche, esperando en la barra de un bar a unos amigos, no pude sustraerme a la conversación de dos mujeres. Hablaban de organizar un viaje e iban descartando ciudades sin contemplaciones:

-Ahí ya he estado.

Haber estado es un argumento muy endeble para desechar una nueva aproximación, seguro que sorprendente, a las ciudades que un día te enamoraron.

viernes, junio 17, 2016

Vestuario

Entreno en un gimnasio muy pequeño de la calle Rosario. Tan pequeño, que el vestuario tiene capacidad para 4 taquillas y no más de 3 personas al mismo tiempo. Tan apretujado todo, que si abres la puerta apareces retratado en medio del local.

Reconozco que soy excesivamente pudoroso. No haría nudismo ni en una isla desierta, por si acaso. Es algo que no sé de dónde me viene, pero me gustaría corregir.

Una gran cantidad de los tipos que acuden al gimnasio, tras cambiarse, la mayor parte de las veces sin saludo previo ni despedida, sale por la puerta del vestuario y se va, dejándola abierta de par en par. Poco importa que el de dentro esté en pelotas, sea pudoroso o, simplemente, no se quiera ver en paños menores en medio de una conversación entre chicas.

Hay días, tras la ducha, en que me planteo realizar un análisis estadístico de la gente a la que le importa un bledo lo que le afecte a los demás, que ven a la gente con la que se interrelaciona como bultos con ojos o accesorios de baño.


domingo, junio 12, 2016

Lalola

Acudimos este viernes noche a la taberna animados por los comentarios entusiastas de una amiga muy de fiar en temas culinarios. Con la vespa, los pantalones cortos y muchas ganas de disfrute, nos plantamos en un restaurante de Los Remedios encerrado entre grandes bloques de hormigón.

Habíamos reservado previamente, pero nos colocaron en una mesa alta al tener el resto ocupadas por dos grandes grupos, bastante ruidosos.

Elegimos de la carta de vinos: 'Cortijo de los Aguilares', un tinto de Ronda que nunca defrauda. No tenían. El camarero, simpático, tomó un boli y nos tachó de la carta todos los que estaban agotados. Pedimos un 'Lalama', un gallego de la Ribera Sacra que ya habíamos probado otras veces. Al rato llegó para decirnos, apurado, que acababan de servir el último.

Preguntamos por aceitunas para picar algo mientras tanto.

-Ponnos el que tú veas. Un tinto rico, potente -le pedimos.

Entretanto pasó a explicarnos todos los platos que se habían caído de la carta. Mucho por memorizar. Cuando vino con un 'Predicador', caliente de estar a pleno ambiente de preverano sevillano, ya teníamos las ideas claras. Le rogamos por una cubitera con hielo donde meter la botella.

Pedí un salmorejo de aguacate, Fran una ensaladilla y unas sardinas en tosta para compartir. Unos fideos fritos con ternera del fuera de carta para terminar.

Seguían sin llegar las aceitunas.

Las sardinas eran, o sabían, a anchoas. Es posible que fueran sardinas marinadas, pero a mí no me gustan las anchoas, así que esperé a los fideos. El salmorejo estaba rico, pero tardé en averiguarlo porque me lo trajeron sin cuchara.

Cada copa de vino era un vaso de Colacao. Las aceitunas llegaron al tiempo que los fideos, que no eran fritos sino caldosos. Y conseguimos, al fin, la cuchara del salmorejo.

El camarero vino a preguntar qué tal todo.

Fran, con una sonrisa, le preguntó:

-¿De verdad quieres saberlo?

El camarero apretó los tacones y dijo que sí.

La crítica fue rotunda, pero constructiva. Pedimos para terminar, con la botella de vino casi sin comenzar, una tarta casera de galletas.

-De galletas, galletas... no es.

-No te preocupes, tráenos la cuenta.

No vino la cuenta, sino el propietario-cocinero a disculparse. Nos preguntó el detalle de las secuencias de la cena y lo suavizamos para no 'condenar' a nadie. Le aclaramos que veníamos animados por una amiga incondicional con el local.

-A esta cena estáis invitados.

-Ni mucho menos -respondí-. Nos habéis pedido opinión y os la hemos dado.

-Lo siento, pero ésta es mi casa y aquí mando yo. Y no vais a pagar nada. Yo he creado este espacio para que la gente disfrute.

Ya tenemos la reserva hecha para el viernes próximo. Iremos dispuestos a gozar de la mejor cena.

lunes, junio 06, 2016

Kitty

Limeña del 37, Kitty es una bella peruana chiquita de manos angulosas, hablar pausado y nariz pequeña de la que me había hablado con adoración mi amigo Fernando antes de conocerla ayer.

Embaucado por su conversación durante una cena de domingo, pude disfrutar del sabio arte de la escucha cuando a tu lado encuentras alguien que sabe romper el silencio con frases bien construidas de un pasado rico en experiencias.

Ella me habló de cómo decidió venirse a Europa por no seguir sufriendo mal de amores con un divorciado treinta años mayor que ella, animada por su madre, 'una muñeca de porcelana' que no sabía siquiera que para preparar el té había que prender el fuego; me contó de sus veintitantos años en Lisboa, de sus hijos y nietos portugueses y de un viaje inolvidable que hizo a Sevilla en los 80, cuando se alojó en un Alfonso XIII de camas tan altas que sólo podía llegar de un salto; de cómo entre tres mujeres muy jóvenes montaron la tercera agencia de viajes más grande del Perú.

Me pidió, con la belleza de la mirada de sus ojos curiosos, ayuda para conseguir un retrato que perdió, en blanco y negro, de la Macarena vestida de monja, mientras me hablaba de todas las vírgenes que decoran su casa de Miraflores.

Vestida con un traje azul turquesa de flores, peinada como una princesa, esta mujer de 79 años me explicó entusiasmada cómo viven los indígenas en el lago Titicaca, su viaje a Tasco, en México, 'una ciudad como un pesebre' y su boda en Tánger, ante la imposibilidad de que su portugués se divorciara.

Andaba preocupada por las elecciones de ayer en Perú, harta de ser gobernada por un 'cachaco' y mostraba una emoción indisimulada ante cada plato que le traían para probar.

Yo la escuchaba con avidez, sumergido en el incomparable placer de dejarte transportar por las palabras de quien lo ha vivido todo y aún tiene ganas de seducir.

viernes, junio 03, 2016

Le Mans

A Le Mans se llega en poco más de un par de horas de coche desde París.

Es un lugar coqueto para vivir, aunque difícil para un andaluz por su clima áspero; con una catedral fortificada sobre un montículo que impone su carácter, enredada entre calles de piedra donde se comen rilletes, un paté de cerdo tan rico como graso, delicioso para probar con un vino blanco de Sauternes; calles protegidas por unas murallas que defendían este viejo territorio de las Galias, enclave futuro de disputas entre católicos y calvinistas.

Sólo conocida por sus 24 horas, fue cuna del ferrocarril francés y es buena puerta de entrada para visitar el País del Loira.

Allí, a Le Mans, tuve que desplazarme innumerables veces cuando trabajaba en París. Con una enorme fábrica de transmisiones en pleno núcleo urbano, me lanzaron el encargo de participar en varios grupos de trabajo que trataban de llevarla a ser número uno de su sector en resultados de calidad. Fui bien recibido por una gente que habla un 'patois' difícil de entender para quien ha aprendido francés con fascículos de Planeta-Agostiini.

Tras la primera visita que hice a la fábrica, acompañado de mi jefe, me despedí de él para hacerme con la ciudad. Era un martes, aún hacía luz, y tenía todo Le Mans para mí. Él, sin embargo, me comentó con tanta torpeza como cortedad:

'El turismo es para los fines de semana, Salvador'.

Yo lo miré con cara rara, le dije hasta mañana y me lancé a la búsqueda de las rilletes a la sombra de la catedral.

miércoles, junio 01, 2016

Magia

Hans Castorp es un recién licenciado en ingeniería naval alemán de principios del siglo XX que acude a un balneario suizo, situado en lo alto de una montaña, junto a Davos, para visitar a su primo, Joachim, enfermo respiratorio crónico.

Con la cabeza llena de proyectos y la sangre caliente de su juventud, a Hans le asignan una habitación en el sanatorio para acompañar unos días a Joachim. Allí descubre todo un universo de personas sin grandes perspectivas de futuro que han conseguido ralentizar el tiempo. Conoce a gente maravillosa y mezquina de distintas nacionalidades, todos adinerados, la mayoría cultivados, que comparten desayunos, paseos por los caminos que bajan hacia el valle, baños calientes en sus saunas, discusiones políticas alrededor de café y licores, y cenas con bailes de salón, donde nadie habla de enfermedades y la muerte se presupone, pero se esquiva.

En ese balneario encuentra a Madame Chauchat, una joven rusa, maleducada de dar portazos, que lo embauca al perseguirlo con la mirada en cada encuentro.

Los días pasan y Hans Castorp, huérfano de padres, comienza a sumergirse en ese otro tiempo, narcotizado y perezoso, que adormece sus ganas de volver a la ciudad para construir la vida que se le suponía. Tanto es así, que comienza a simular toses ruidosas para, con la complicidad del médico del sanatorio, ser catalogado como enfermo pulmonar y poder entregarse sin excusas al espacio de esa Montaña Mágica.

Ése es el resumen que tengo en mi cabeza del comienzo de la grandiosa novela de Thomas Mann que me transporta, cada vez que pienso en ella, a los paisajes de un pasado que he creído vivir, a mi propio balneario. 

Llevo días retozando con historias de Proust, Gavalda y Vila-Matas, en una suerte de reencuentro con mis propios mundos en el que diseñar pócimas nuevas, enjuagues de melancolía y recetas de felicidad futura. Noches tristes y hermosas en que despierto sin sobresaltos cuando el mundo duerme para escuchar el silencio, para mirar al ser amado y poder encontrar, poco a poco, las claves para ingresar allí donde todo vuelve a cuadrar, en mi futura montaña mágica.

miércoles, mayo 25, 2016

Olor

Cierro los ojos para concentrar toda mi memoria en traer el olor de mi padre.

Cada vez que le besaba su frente en sus últimos días en el lecho de muerte, su aroma tan personal me inundaba por completo y pensaba cómo poder retenerlo en un tarro al que acudir para visualizar con claridad sus recuerdos en lo que me queda de vida. Esos maravillosos años felices de la infancia o las cervezas en la terraza soleada de su bar Jamaica.

Es potente el olfato como sentido. Basta oler un guiso o pasear por una plaza para que las imágenes de lo que viviste un día se hagan presentes con cierta magia.

Son 48 años los que he convivido con su aroma, con su abrazo protector y su conversación entretenida. 48 años viéndolo cuidarnos, perder a su mujer y volver a levantarse, redescubrir el amor y esforzarse por hacer frente a las necesidades de sus hijos.

Es terrible la sensación de desconsuelo que deja un padre al irse.

Ya no queda madre ni padre a quien abrazarse, ni amores incondicionales que soporten todo. Ya no tendremos a quien buscar con la mirada cuando las olas rompan encima nuestra, para confirmar que nos vigila desde la orilla.

Antes de incinerarlo, le di un beso en su cuerpo frío, y su frente no desprendía olor alguno.

Quedan, sin embargo, sus ojos en nosotros, la generosidad con los amigos, la risa fácil y el amor a la familia. Queda la vida para vivirla también con él.

lunes, mayo 16, 2016

Orégano

Vivir es decidir y decidir implica abandono de opciones a las que no se puede volver, lo que es maravilloso y frustrante al mismo tiempo.

Siempre pensé en dios como un enorme ordenador frío que contabilizase nuestras decisiones, que serían inmediatamente puntuadas para ir clasificando a los humanos en grandes tableros digitales en función de parámetros asociados a las principales virtudes: bondad, fidelidad, generosidad, solidaridad, compasión, ternura...

A veces pienso en ese tablero, oculto para los humanos, y me planteo dónde estaré situado yo, dónde lo estará la gente que me importa.

Dice Kundera que 'la felicidad es el deseo de repetir', de volver al lugar donde algún día encontramos el sentido profundo de la existencia, allí donde nos sentimos ligeros, livianos, donde todo cuadraba. Esos momentos llegan. Más a menudo de lo que pensamos. Esos instantes en que piensas que sí tomaste las decisiones acertadas.

Ocurre, también a menudo, que tratas de volver a esos sitios mágicos, físicos o imaginarios, y te das cuenta que nada vuelve a ser igual. ¡Qué decepción cuando crees retornar al lugar en que un día todo se conectó!

Hay una pequeña pizzería en Brooklyn que se llama Orégano. Tienes que comprar el vino en la enoteca al otro lado de la calle y te dan de postre una tarta de queso al pistacho indescriptible. Nunca volveré. Porque creo que, al contrario de lo que dice Kundera, la felicidad se revienta al repetir.

viernes, mayo 13, 2016

Modernizada

En el competitivo mundo de la industria en el que me muevo quien no corre vuela, por la necesidad imperiosa de fabricar de forma rentable para sobrevivir. El futuro nunca está garantizado, el cliente siempre es libre de elegir a otro.

Una de las formas de mantenerse líder es hacer las cosas como el mejor, algo que sólo se consigue sabiendo qué y cómo producen, se organizan y planean su estrategia los que están en cabeza de la rentabilidad.

A esto le llaman 'benchmarking': copiar las mejores prácticas.

Un término más dentro de los muchos que incorporamos de otros idiomas para entendernos en nuestra fábrica de Sevilla. Ya cuando nos asociamos con Nissan empezamos a tomar palabras japonesas con las que empezamos a familiarizarnos. Un 'poka-yoke' es un dispositivo antierror, el 'gemba' es un taller y 'dojo' es un espacio de formación, vocablos que se unían a los ya usuales en francés, lógicos por la nacionalidad de nuestra empresa matriz. El oficio es el 'métier', los registros de datos se hacen en 'borderaux' y cuando nos presentamos en equipo hacemos un 'tour de table'.

La unión de Nissan con Renault hizo que se instalara el inglés como idioma de consenso, introduciendo en nuestro día a día el 'kick-off' para lanzar una nueva dinámica de trabajo, el 'ramp-up' para la subida de producción de un modelo o el 'lead time' para definir al tiempo base de montaje de cada producto.

Un batiburrillo de palabras fácilmente traducibles al castellano que no cesa de incrementar.

La última, con sonido arcaico, viene del inglés y significa modernizar: 'retrofit'.

Ante la disyuntiva de comprar una nueva máquina o renovarla, sin darnos cuenta hemos ido adquiriendo esta expresión, de tal forma que ya nos suena habitual la expresión 'hacerle un retrofit a tal o cual medio de producción'. La estética lingüística poco importa en la industria del automóvil.

La pasada semana no pude más que soltar una carcajada incomprendida cuando hacíamos una visita a una de las líneas de mecanizado de piezas y un directivo preguntó a un técnico, a la vista de los problemas de rendimiento, cuándo íbamos a invertir en una máquina de los ochenta con aspecto, como mínimo, mejorable.

El chaval le respondió con pasión, aclarándole con un fuerte acento andaluz que no era necesario hacer nada, que todas las tripas de esa máquina se habían renovado:

-¡Pero si está 'retrofitá'!


lunes, mayo 09, 2016

Banal

Me atrae escuchar conversaciones de las que no soy partícipe, como espía ajeno de otros mundos que no son míos. Si hay algo que envidie de no usar transporte público es la posibilidad de filtrar charlas cotidianas de gente anónima. Mi vida sevillana, con coche de ida y vuelta al trabajo, es de tertulias radiofónicas y música de spotify, donde no se cuelan voces de gente con mi acento ni nadie que no sea elegido por mí.

Envidio, racionalmente, esos parloteos en que se habla durante largos ratos de nada. Añoro, con humildad, lo banal. La capacidad para mantener la atención en un diálogo sobre alineaciones de fútbol, compras de supermercado o de previsiones meteorológicas.

Nací intenso, dramático, novelero, incómodo con frivolidades, arisco con lo soez, beligerante a mi pesar con la risa tonta, la más feliz y sana de las risas.

Hablar sin decirse nada esencial es una medicina perfecta para disfrutar del otro que yo no sé recetarme. Charlar sobre un muro blanco en días primaverales comiendo pipas junto a un amigo balanceando los pies, sin prisas ni nada que solucionar.

Debería echar de menos conversaciones así, pero mi yo más mío no las echa en falta. Es mi mente racional quien las pide. Es mi espíritu reflexivo el que me dice que debería aprender a banalizar. Pero mi cuerpo, el de carne y hueso, el que observa la vida pasar, el que adora sus espacios y es selectivo, el de los silencios buscados y las cenas largas, en cambio, me pide marcha.


jueves, mayo 05, 2016

Incendios

Jugar al límite es una opción vital por la que ciertas personas optan en su relación con los demás.

Se trataría de establecer una continua medición de fuerzas con el otro, de forma que cada momento en que hay un contacto con alguien cercano el susodicho saca el cronómetro, la balanza, el libro de notas y la cámara de fotos para controlar cómo de bien, rápido y pasionalmente ha actuado cada uno frente al otro, para anotarlo con todo lujo de detalles en el cuaderno de sus recelos.

Yo era así de joven.

Son individuos excesivamente exigentes consigo mismos, por lo general, que aplican a los demás el mismo nivel de severidad en la evaluación del otro, sin comprender que la vida no es una competición ni hay medallas que repartir al final del camino. Suele ser gente interesante, con muchos valores que, sin embargo, no empatizan con las virtudes que no le son propias.

Si uno al madurar no se aplica el cuento de quitarse de encima estos comportamientos infantiles corre el riesgo de convertirse en un incendiario dedicado a regodearse en el reproche, especialista en ver en los demás el labio seco pero no la mirada brillante, incapaz de disfrutar de la parte luminosa de su pareja para centrarse en las lavadoras no puestas y los cumpleaños no felicitados por sus amigos.

Estas personas, de cuya secta salí hace tiempo, te lanzan a la cara sus frustraciones de analfabeto emocional para hacerte reaccionar, con la torpeza de quien lo hace en la creencia de ayudarte a ser mejor. Te calientan con frases irónicas, comparaciones basadas en medias verdades y autoflagelaciones que muestran cómo ellos sí son de raza; si se pasan de frenada en sus reconvenciones, son especialistas en lanzarse en tromba a apagar el incendio con una sonrisa, seguramente sincera.

Llega el día en que los amigos juzgados prefieren dejar de dar explicaciones de sus propias flaquezas y vuelven la cara a quien hubo un día que vieron desnudo de prejuicios.

viernes, abril 29, 2016

Martín

Al calor de unos vinos, en una de nuestras cenas en casa, le pregunté a un amigo reciente cuál era la persona a quien más admiraba. Por su amplio mundo social y ser un hombre inquieto, quise conocer más de él a través de esa pregunta.

Él me respondió que a nadie. Terrorífica respuesta.

A mí cuando me preguntan eso (la pregunta me la hago yo mismo, porque es difícil que nadie me la haga) respondo que Saramago. O Benedetti. Sí, son personas a las que no he conocido, pero me parecen modelos de conducta, mentes sensibles y almas buenas.

Con el paso de los años, y este amigo reciente roza los sesenta, uno se convierte en un acumulador de desengaños. Nadie tiene el currículo perfecto para ser considerado ejemplar. Todos tienen, tenemos, taras insoslayables.

Es cierto, sí, que la lista de 'gente que no vale un pimiento' es extensa; que los egoísmos, los desplantes, la inconstancia y los feos son moneda común en nuestra sociedad. Y es tal vez por ello que de vez en cuando lanzo esa pregunta al aire. ¿A quién admirar?

Hace años entró en la vida de mi amiga Mariángeles un hombre llamado Martín. Humilde, atento y buen 'escuchador', con el tiempo he ido conociéndolo más y más a través de cenas, viajes, paseos, copas y cafés. Independientemente de lo feliz que la hace a ella, Martín es una persona que transmite tanta verdad, ¡es tan honesto!, que sabes que puedes contar con él, de corazón y en todo momento.

Entonces me rehago la pregunta y digo que sí, que tengo en mi círculo cercano a una persona más que admirar, y que lo que me mueve a hacerlo no es otra cosa que su bondad.

La bondad como atractivo; la bendita, transparente y carísima bondad.

Soy de los que piensan que hay que potenciar las cualidades de la gente. Trato de hacerlo en mis equipos de trabajo, con la familia y entre mis amigos. Hay que hacerlo. Levantar la voz con orgullo para decirle a la gente que queremos que hay cosas en ellos que admiramos.

A Martín lo quiero por hacer feliz a mi amiga de más de media vida y lo admiro por su pureza de corazón, su fidelidad como amigo, su ejemplaridad como padre y su capacidad, casi infantil, para indignarse con lo injusto.

jueves, abril 21, 2016

Voladores

Almorzaba con mi padre en la última planta del Hotel Sevilla Center, tomábamos un ajoblanco espeso delicioso, asomados al espectáculo de ver el centro de la ciudad desde tan alto, en un mediodía reciente en que él se vistió de domingo para disfrutar de una comida con su hijo como en los tiempos en que nos turnábamos para invitarnos a comer en sitios especiales.

-Me da pena pensar que me perderé los coches volando al otro lado de este ventanal -reflexionó en voz alta.

Ya hay drones que se levantan por encima de nuestros tejados filmando nuestra pequeñez, así que no dudo que antes que después esos aparatos se pilotarán y las azoteas se llenarán de zonas marcadas donde aparcar nuestros vehículos.

Es inmenso el futuro, desasosegante, inabarcable, infinito, tremendo para todo ser humano de días contados. Más alucinante aun cuando el ciclo de la vida te va llevando a los tiempos finales.

En esos mágicos momentos en que mi padre se desprende del día a día, de medicinas y crónicas cotidianas, para abarcar con una frase el destino del hombre, yo siento mis pulmones llenos y cosquilleos en la cabeza.

¿Qué será de nosotros cuando yo no pertenezca a ese nosotros del que aún soy parte?

Sé que un día, en no sé qué ciudad ni a qué altura, me encontraré tomando un vino delante de un plato de comida con alguien querido y veré un coche pasar volando al otro lado de la ventana. Sé que cruzaré la mirada con quien lo conduzca y, seguro, esa persona verá en mis ojos la mirada de mi padre.



lunes, abril 11, 2016

Amargado

Ayer vi Julieta.

Debo confesar que iba con tantas ganas como miedo de volver a sentirme defraudado. La anterior película de Almodóvar, Los amantes pasajeros, me pareció un despropósito, con un guión deslavazado de humor soez y apenas varias escenas gamberras de su primera época que salvar.

Julieta es triste, muy triste, tan triste como emotiva. Los títulos de crédito me dieron cierta pista cuando descubrí que se sirvió de varios relatos de Alice Munro para componer esta historia de ausencias. La vida puede torcerse en un suspiro y así perder, de golpe y para siempre, el paso y la ilusión de quien tropieza.

Soy relativamente influenciable por las críticas cinematográficas; en este caso quería leer, ya tras ver la peli, la reseña que Carlos Boyero habría hecho en El País. Es de sobra conocida su aversión por Almodóvar desde hace lustros.

A Boyero lo oía ya en mi juventud adolescente, cuando los viernes se me hacían una tortura al no encontrar amigos con quien salir y las puertas del sexo se abrían aterradoras para mí. Tenía un programa esas noches de viernes en que conseguí aprender a amar el cine escuchando sus crónicas, los entresijos de las producciones, las manías de los directores, los guiones adaptados de grandes novelas...

La reseña sobre Julieta es un compendio de odio visceral tan indisimulado que da grima. Porque la película puede gustar más o menos, pero hay que tener poca sensibilidad para no reconocer un mínimo de emotividad en determinadas escenas. Todo no puede ser malo en esta cinta.

Especialmente cruento es en una frase, cuando define a Ava, el personaje interpretado con maestría por Inma Cuesta, especialmente en su última escena, como una ceramista cancerosa. Se deja adivinar burla y desprecio. A mí, y entiendo que a todos los que han vivido el cáncer de cerca, esta falta de empatía hacia esta enfermedad produce algo más que repulsión.

De ser Almodóvar yo tendría bien claro mi próximo guión: la vida amargada de un crítico de cine de vuelta de todo, ya incapaz de sentir la mínima empatía por los personajes que observa en la gran pantalla.

jueves, abril 07, 2016

Agujas

Cuando suena el despertador cada mañana se interrumpen de bruces mis sueños. Es un momento de shock en el que de golpe uno se asoma a lo real; sin embargo, tengo el privilegio de saber encontrar el camino de vuelta en los cinco minutos de tregua que el móvil me concede antes de volver a cacarear diana.

Uno atesora la suerte de recordar los sueños y la enorme fortuna de poder volver a ellos sin dificultad, conectando con el momento preciso en que una alarma me sacó de allí sin miramientos; siempre he pensado que ese don con el que nací me permite poseer un mayor nivel de felicidad que la media de los humanos.

Al tener la capacidad de sumergirme de nuevo en mi otro mundo, puedo deshacer, como quien viaja en el tiempo, las desconexiones que se manifiestan (tal vez para repararse) en esas horas en que disfruto de mi doble vida, aquélla en que sigo riendo a carcajadas en mis veraneos infantiles, en la que mi madre me besa para dormir, en que tomo palmeras de chocolate junto a Mariángeles en Reina Mercedes o navego por el Guadalquivir con mi bote de remo escuchando las campanas de la Giralda al amanecer; esa vida, también, en la que los fantasmas de la soledad me acechan como cuervos negros, junto a los complejos, las broncas de la gente que no me quiere y mis dudas sobre la naturaleza de una fortaleza propia que no sé si es ficticia.

El caso es que tengo cinco minutos de gracia en esas horas tempranísimas en que sé que mi cuerpo despierta agarrotado, y buceo entre mis sueños para desenmarañar los entuertos, extrayendo las agujas que me pinchan, riéndome de los que buscan las cosquillas de mi infelicidad, desbloqueando informaciones que atacan para atrincherarse en mi subconsciente y dedicarse el día entero, en la vida real, a martillearme mis miedos sin piedad.

sábado, abril 02, 2016

Paz

Suele ser universal afirmar, en toda época y lugar, que el pasado fue mejor; tal vez como axioma lógico de entender que arranca de lo más conservador del alma humana. Todo avance, incluido el propio devenir del hombre, trae algo desconocido y lo desconocido asusta, nos saca de lo calentito, lo conocido, lo que creemos saber controlar.

Esta generación, aquellos que hoy en día estamos vivos, sufre un especial estrés, mayor que ninguna otra en el pasado, debido a la evolución acelerada de los cambios que la tecnología está introduciendo en nuestro día a día.

Quien se sustrae a ellos comienza a ser señalado como un ermitaño. Aquél que no tiene un smartphone, no participa en redes sociales o no hace compras por internet es un bicho raro.

No sé si cabe calificar el progreso que nos inunda como bueno o malo. Es indescifrable el futuro o cómo el hombre va a enfrentar las sucesivas propuestas que van a dar la vuelta a nuestro mundo cada vez en menos tiempo; lo que sí se puede certificar es aquéllo que vamos dejando atrás.

Uno de mis mayores miedos es perder la paz interior. Paz para leer de un tirón una tarde completa, para cenar sin un móvil en que mirar nada importante cada cinco minutos y perder la mirada de quien nos ama, paz para recordar el nombre de una película sin ayuda de google, para pasear una ciudad desconocida sin GPS, para conversar con un amigo centrándonos, de lleno, en él, para crear sin interrupciones, para pensar sin tropezones; para meditar hacia dónde vamos y qué queremos de nosotros mismos. Algo nada baladí. No caer en la paranoia de vivir esclavizado de un mundo que, en su torbellino, nos arrastre hacia la vacuidad.

lunes, marzo 28, 2016

Mármol

Mi recién acabado e inolvidable viaje a Florencia me ha servido, como tantos otros, para conocerme mejor. Se aprende al triple de velocidad de uno mismo cuando te apartas de los escenarios y los tiempos de siempre.

La ciudad toscana ofrece un espejo donde ver el recorrido del ser humano, individual y colectivo, en su perpetua búsqueda del sentido de la existencia a través de la belleza, de la política, de la religión, del urbanismo; de la cultura, en suma.

A Florencia le pierde, quizás, su propia grandeza. Son tantos los que andan buscando la clave de la ciudad, que ésta se pierde entre personas que no son de allí y que ansían encontrar con sus móviles, en un tiempo récord, las fotos que capten la esencia de un lugar privilegiado; es esta circunstancia la que dificulta el sosiego necesario para conectar con una sociedad florentina que se escapa entre estatuas que no dejan de ser de mármol.

Comes entre japoneses, americanos y franceses que impiden escuchar el verdadero acento de los siglos de sabiduría con que un colectivo se impregna a través de generaciones.

Lo más parecido a ese momento creímos encontrarlo en el silencio absoluto de la iglesia de San Gaetano la noche del jueves santo. Dimos allí con la inercia que nos hacía entrar por toda puerta abierta.

El incienso invadía la oscuridad que proyectaban las candelas de las velas y sobre el duro suelo verdoso hincaban sus rodillas mujeres cubiertas con velos blancos de monja y sacerdotes de rígido negro. Todos alrededor de una capilla pequeña, único foco luminoso, en un silencio perfecto. Allí nos colocamos abducidos por la llamada de lo eterno.

Al día siguiente quisimos mostrárselo a Bea, y volvimos a ese recinto amplísimo de lo no existente. Sin embargo no había velas, ni oscuridad, ni humo, ni velos blancos. Tan sólo quedaba una estampa más, maravillosa como todas, de una ciudad encubierta por su propia grandeza.

martes, marzo 22, 2016

Tracey


Mi adolescencia fue infinitamente más desasosegante que cualquiera de los peores días de mi última década. El período del nacimiento a la edad adulta está inundado de complejos, hormonas aceleradas batiendo en cualquier dirección y horizontes normalmente brumosos en que no se adivina un camino claro.

Fue en esa época a medio camino entre el colegio de curas y la universidad pública cuando descubrí a 'Everything but the girl'. Dormía una siesta y en mis sueños se introdujo 'The language of life'. Tuve la suerte de despertar antes de que el locutor pasara a la siguiente canción, con el tiempo de apuntar el nombre del grupo. 'Todo salvo la chica'.

Compré todos los vinilos existentes y los CD futuros conforme iba haciéndome un hombre. Estudiaba horas y horas con la música de Ben Watt y la voz de Tracey Thorn, que cantaba para mí desde Londres mientras yo veía mi mundo personal extraviado por mil sitios en una casa que se medio deshacía con la desaparición de mi madre.

Un día de soledad, ésos en que uno cree que no será capaz de llegar a ningún lado y todos los amigos parecen falsos, escribí una carta manuscrita desde mi habitación de estudiante. Con un inglés de Planeta Agostini les conté lo que significaba su música para mí, tratando de evitar en lo posible la ñoñería de quien se siente obnubilado.

Una tarde, semanas después, llegó mi padre con una carta que tenía el sello de la reina de Inglaterra.

Ben me escribía con boli y a mano, agradecía mis palabras con frases sensibles bien dirigidas al chaval que era yo y me aseguraba que un día vendrían a tocar para mí a la 'beautiful Seville' en que yo vivía. Tracey firmaba la carta.

Tengo 48 tacos y aún recuerdo la inmensa emoción de esas líneas dirigidas a ese chaval que un día fui.

Yo existía.

miércoles, marzo 16, 2016

Palillos

El primer día que visité Japón, hace ya 15 años, descubrí que la mayoría de los nombres de mujer acababa en 'o', que sus habitantes se tocan la punta de la nariz al referirse a ellos mismos y que la cerveza se les sube rapidísimo a la cabeza.

Nuestra primera reunión de trabajo, en Yokohama, fue alrededor de una mesa redonda en la que estábamos unos cuantos españoles, otros tantos franceses y nuestros anfitriones nipones, que tuvieron la deferencia de hacerse acompañar de dos traductoras.

La de francés era racial, de pelo largo y negro; la Pantoja, la bautizaron mis compañeros de Valladolid. La nuestra, con un castellano exquisito aprendido en Salamanca, era una señora mayor pequeñísima de acento muy dulce.

Un mes después, cuando el enorme diccionario que me había comprado no hacía más que molestar en mi maleta cargada de regalos, su marido nos buscó por todo el hotel para regalarnos unos abanicos en agradecimiento por haberme desprendido de ese libraco, en forma de detalle a su mujer. No he visto a ningún niño hacerle tanta fiesta a un regalo como nuestra querida traductora, ¿Mitsuko?, a mi diccionario.

Hacíamos las presentaciones en un interminable 'tour de table' ese primer día, con múltiples explicaciones cruzadas para entender qué hacía cada cual en sus respectivas fábricas, de tal modo que se hizo la hora de comer antes de empezar realmente a trabajar. Sesiones largas en que Mitsuko traducía 'eje' como 'palo' y 'taladro' como 'hoyo', perdida en un lenguaje técnico de ingenieros acelerados.

Llegaron unas grandes bandejas de carey a esa mesa, como pequeños ataúdes, en un tiempo ya lejano en que la comida oriental aún no se había hecho popular en Occidente.

Mitsuko, entregada a la causa de los españoles, nos quiso explicar cómo proceder. Nos pidió que levantásemos la tapa a la caja y nos encontramos con múltiples platos pequeños de mil colores.

-Debéis tomar el primer palillo como si fuese un lapicero, apoyado en el pulgar y movido por el índice y el corazón...

Cuando ya hicimos varios ensayos, se dispuso a explicarnos en qué orden dar cuenta de la comida.

-Los japoneses empezamos a comer por la verdura...

Todos teníamos nuestros palillos lanzados al viento en espera de coger nuestra primera presa, con los ojos puestos en los movimientos lentos de Mitsuko.

-Así que... el nabo, ¡metedlo en salsa!

lunes, marzo 14, 2016

Tacataca

No es nuevo en mí declarar mi amor por las mañanas de los sábados; aquéllas sin obligaciones en que me despierto a buena hora y tengo todo el tiempo para pasearme la ciudad, comprar el periódico y sentarme en un café a leerlo hasta casi memorizarlo, yendo y viniendo de las páginas de Cultura hacia las de Internacional pasando por las de Opinión.

Esta pasado sábado no podía ser menos. Recién duchado, tras una espléndida noche de viernes, atravesaba la Gavidia para ir al Starbucks de la Campana, en cuyo 'soberao' últimamente encuentro mi refugio donde el mundo se detiene para sumergirme en él, escondido entre papeles, a tumba abierta.

Cruzaba esa plaza una señora mayor, muy entrada en carnes, profusamente maquillada y maqueada, con un cigarro en la mano izquierda, empujando un carrito de bebés. Iba a un paso lento en el sentido contrario al mío. Me dio por observarla en tanto avanzaba hacia mi desayuno, observar su andar pausado y su coquetería, algo que me llevaba a reflexionar acerca de la grandeza de creer en uno mismo, de quererse.

¡Qué más dan los años ni los kilos, si uno se siente guapo!

Conforme me acerqué, en ese cruce a paso lento, comprobé que tras las sábanas removidas no había niño ninguno, ni siquiera un muñeco. Ella vio mi mirada, apoyada en un cochecito que avanzaba a duras penas, y yo pude comprender que la coquetería era más extrema de lo que yo pude intuir.

Esa mujer, abuela simulada, no podía con su cuerpo.

miércoles, marzo 09, 2016

Barra

Nos sacaron del aula y nos colocaron en mitad del pasillo. Había una larguísima barra de aluminio en el suelo, dividiendo el apretado corredor en dos. El monitor nos hizo colocarnos a un lado y otro del tubo metálico para comenzar el juego, cuyo objetivo no era otro que subir la barra en el menor tiempo posible a la altura de nuestras cabezas sin que se nos cayera, y nos explicó las reglas del juego a los veinte alumnos:

"Vuestras manos siempre deben estar en contacto con ella y ésta debe subir paralela al suelo'.

Cuando dio el 'ok' de salida, con todos en cuclillas, la barra salió por los aires. No tardó un segundo en caer al suelo. Nadie se lo explicaba y nadie se sentía responsable. ¡Qué gente más desastre! pensamos todos de los demás.

Otra vez lo intentamos, y de nuevo igual, como si un fantasma camuflado nos estuviera haciendo la puñeta.

Volvimos al aula y el profesor nos explicó:

"Os he dado dos reglas: una individual y otra de equipo. Sólo habéis hecho caso a la primera. Cada cuál ha tirado de la barra hacia arriba sin pensar en el resto".

No hizo falta decir más. Salimos de nuevo al pasillo, nos colocamos en silencio cada uno en nuestro lugar y atendimos al pitido inicial.

La barra subió suave, ligera, equilibrada, hasta justo colocarse a la altura de nuestras cabezas.

domingo, marzo 06, 2016

Chalá

Es uno de nuestros últimos descubrimientos: La Chalá. Calle Alfonso XII arriba, en la pequeña plaza de la Puerta Real, un restaurante informal regentado por gente joven con ganas de hacerse un hueco, serviciales y en el mundo, donde te ponen un ajoblanco espectacular que te obliga a repetir cada cierto tiempo, con una carta llena de propuestas mestizas de cocina de aquí y del otro lado del charco y una carta de vinos reducida, bien trabajada y a buenos precios.

El ir entre semana nos hace estar mal acostumbrados. Nos conocen ya por nuestros nombres y nos prestan una atención que fue imposible de mantener este pasado viernes noche, con el local y la terraza repletos de una clientela abundante en turistas y gente interesante.

Eso provocó que nos sirvieran con cierto desorden y a impulsos, pero todo se perdona en los comienzos de un fin de semana, sobre todo cuando hay cosas que celebrar.

El ajoblanco se hizo esperar, pero llegó. Fran se esmeró en hacerle una foto al tarro de cerámica donde lo sirven; la comida no sólo se disfruta con el paladar y las presentaciones también forman parte del hermoso ritual que supone una buena cena.

La sorpresa llegó cuando, un par de horas después, oíamos nuestro habitual recital de jazz en el hotel Colón, con la impresionante Rosie Dee al micrófono: Google enviaba un mensaje a Fran diciéndole si autorizaba a asociar la foto de su galería, el ajoblanco, a la página del restaurante La Chalá.

Nos quedamos a cuadros.

Fran dijo que sí e inmediatamente apareció la foto en la primera posición de búsqueda del restaurante.

Yo miré al techo del salón del hotel Colón, pensando si alguien estaría fotografiando mi gintónic para asociarlo a la promoción de los futuros conciertos de la cadena Meliá.

sábado, marzo 05, 2016

Odio

Independientemente de la política, los pactos y los programas de gobierno, esta última semana de investidura me ha dejado grabada la imagen obscena del odio.

No es sano construir nada a partir del rencor y la difamación, incluso aunque hubiese razones que lo justificasen. Pablo Iglesias tiene treinta y tantos años, pero sus soflamas políticas en el parlamento van cargadas de palabras gruesas y tonos amenazantes. Poco me importa que pueda tener más razón que un santo en algunas de sus denuncias; yo no quiero ser gobernado por gente que grita cuando puede hablar, que se recrea en sus propias verdades sin humildad, que se afana en demonizar al otro.

España necesita entendimiento y diálogo para que entre todos los que pensamos distinto podamos construir un país mejor, más solidario y más justo, respetuosos con las personas y donde la libertad sea un bien supremo.

Ojalá que esas palabras escupidas con tono amenazante comiencen a ser el principio de su fin político y deje paso a personas de mayor corazón, que piensen que esta querida España nuestra se puede defender desde posiciones diversas sin tener que fustigar al contrario con una verborrea populista nacida del puro narcisismo patológico.


miércoles, marzo 02, 2016

Ejemplo

Es jodida la vejez.

Desde joven he pensado en ella como una época hermosa de paz interior en la que, siempre que la mente rule de forma correcta, los días pueden pasar cadenciosos viendo girar el mundo, tomando el tiempo para el paseo cotidiano, la lectura acumulada, la observación de los que se comen el futuro, el descanso de los músculos cansados, las charlas sin ansiedad acerca de lo divino y de lo humano.

Si no fuera por un maldito by-pass mal operado, mi padre tendría esa vejez lúcida, y plácida, que se merece un hombre que ha sido, y siempre será, una persona buena en el amplio sentido del término, como marido, como padre, como trabajador; de esos seres humanos que dan sentido a la existencia por su capacidad para vivir la vida con coherencia, humor y generosidad.

El azar, maldito azar cuando viene de frente, hizo que un problema cardíaco que podría haberse quedado en un susto, se eternizara por una operación mal finiquitada, robándole al Bori el derecho a unos años tranquilos de salud.

Su corazón, débil, bombea con dificultad un cuerpo que, por lo demás, nunca lo conocí enfermo y una mente en perfecto juicio, en una época en que sus cuatro hijos disfrutan de una vida asentada y feliz, cada cual en su territorio y todos en el mundo nuestro de familia que se quiere.

Hace pocos días, con apenas fuerza para respirar, estaba tendido en la consulta de urgencias para intentar que dieran con la tecla de su medicación para volver a los días felices que, de vez en cuando, retornan. La médico, buena profesional de trato distante, llamó por el altavoz al siguiente paciente tras darnos las instrucciones precisas.

Apresurado, sin apenas fuerzas, trató de vestirse aprisa y corriendo.

-Tranquilo, papá. Ya te visto yo.

-Venga, Borete, que hay gente esperando....

jueves, febrero 25, 2016

Lorca

Con García Lorca pasa como con El Quijote, que todo el mundo dice, y cree, que lo ha leído.

Yo, que no soy de poesía, recuerdo tomar con una enorme ilusión un ejemplar de 'Poeta en Nueva York' hace muchos años. Era verano, estaba de vacaciones y los días eran largos.

Mi primera reacción fue de sorpresa. No entendía nada. El surrealismo lo invadía todo. Era castellano y los términos sí podían tener relación con la Gran Manzana, pero cada poema se desbordaba en construcciones imposibles contra las que mi intelecto luchaba. Había negros, hormigón, óxido, marineros y mucho cielo que me transportaban a un mundo insólito al que no me quería adaptar.

Dice Amélie Nothomb en una de sus novelas que el hecho de asomarte a una obra de arte es una manera de ponerte a prueba: alguien ha construido algo y te lo quiere mostrar.

Amar el surrealismo es mucho más difícil que hacer lo propio con la belleza diáfana de lo previsible, aunque el proceso de eliminar tabúes y liberar barreras autoimpuestas para interpretar mensajes a veces indescifrables es una forma de crecimiento personal.

Terminé el poemario de Lorca, como lo hice con Aleixandre y 'la destrucción o el amor', con la inexplicable sensación de que mi cerebro no está desarrollado al máximo ni mi sensibilidad es lo exquisita que yo quisiera.

Yo sí quiero artistas transgresores que me muestren sus universos sin filtros ni explicaciones, quiero cuadros de colores únicos y líneas divergentes, poesías que se enreden para reírse de mí, fotografías realizadas desde ángulos contradictorios que me hablen de lo retorcido y sugerente que es el ojo que fabrica las perversiones del hombre.

martes, febrero 23, 2016

Silbidos

El alma humana puede recibir todos los adjetivos extremos sin desmelenarse; es conmovedora, divertida, inocente, perversa, frágil, exquisita, inamovible, holgazana, luchadora, perspicaz, despistada, asustadiza, impasible, solidaria, fanfarrona...

Es única de cada cual y cada uno conocemos sus vilezas, que se nos asoman sin que nadie las intuyan mientras hacemos que somos gente normal delante de gente que garabatea sus instintos en circuitos cerrados de obsesiones que no se dejan traslucir.

Caminamos por aceras, esquivándonos, con nuestros mundos a cuestas percutando nuestras cabezas como lavadoras centrifugando, mientras la ciudad sigue ofreciendo paisajes de una normalidad escandalosa.

¿Quién se atreve a discernir cuándo nuestra comunicación dejará atrás el lenguaje como enlace entre unos y otros? ¿Cuánto no se pierde al traducir nuestra mezcla heterogénea de reflexiones, sensaciones, sentimientos, miedos, tics y deseos al idioma de los humanos?

De vez en cuando llega un momento en que nuestra cabeza se acelera tanto, las barbaridades que nos asaltan son tan soeces, que el cuerpo se delata emitiendo un silbido extemporáneo de mejillas enrojecidas al viento de la ciudad impávida.

miércoles, febrero 17, 2016

Escalofrío

Estaba echado en el sofá justo después de comer, solo en casa. Sin estar dormido ni despierto, sentí el escalofrío aterrador de la muerte; la conciencia exquisitamente diáfana del no existir, la desaparición de mi mundo, el único que conozco a pesar de la eternidad teórica que nadie conocerá; la comprensión perfecta de mi pequeñez como persona; el retorcido sentido de la existencia.

Paralizado por el horror, con el frío de invierno colándose bajo la manta, busqué un alivio a la certeza de que no hay salida, que pude vislumbrar en un axioma duro de admitir aunque efectivo: si no existo, no sufro.

Entendí que el pánico se contenía, moví los brazos, me desperecé en un intento exitoso de salir de la pesadilla, abrí los ojos, me paseé el techo de mi casa, busqué con la mirada interior al amor, al profundo amor que siento por los míos, a ese cielo azul que se colaba por la ventana de un mundo al que podré siempre decir, aunque no exista, que un día pertenecí.

miércoles, febrero 10, 2016

Playboy

Hace años me tocó lidiar con la primera estocada; le había prometido un regalo a Iván por leerse un libro, Momo, de Michael Ende, y él eligió un videojuego para su Xbox cuando me demostró que se había leído la historia.

Llegados al Corte Inglés, el dependiente me hizo un gesto para explicarme, fuera del alcance de mi sobrino, que ese juego estaba repleto de sexo, drogas y prostitución. Yo miré a Iván y le dije que cambiara de elección, pero él se echó a llorar como sólo se hace en los dibujos animados, con las lágrimas saliendo en chorros, y se fue muy digno escaleras abajo.

Esta semana hemos tenido clase de francés y dentista. A pesar de la preparación, la concentración en todas las actividades que le tengo preparadas para las clases, canción de Zazie incluida, no llega a más de media hora.

Ya camino del dentista me pidió mi conexión de internet para abrir una aplicación de preguntas y respuestas que me horrorizó. Preguntas escatológicas acerca de si prefieres morir ahogado en un charco de sangre o de caca, que le hacen reír a carcajadas, u homófobas, planteando si prefieres ser un heterosexual mediocre o un homosexual triunfador, o directamente sádicas hablando de violaciones.

—¿De dónde has sacado esa aplicación, Iván?

Él pasaba de mí y me insistía a cada pregunta en que me posicionase y yo seguía bloqueado pensando como un chaval de 13 años puede tener acceso a ese tipo de programas. Estaba deseando llegar a su casa para poner al corriente a mi hermana, que poco después me confirmó que le había borrado la aplicación del móvil.

Justo antes de llegar, y ante mi silencio, lanzó al aire la penúltima disyuntiva de ese juego perverso para ser usado por críos.

—¿Prefieres pasar un día entero en Disney o en la central de Playboy?

Sin dejar de prestar atención a la conducción, lo miré con cara de espanto. Por supuesto, Iván eligió el día entero en Disney.

—La gente está tonta, Borete. ¡Un día entero en Disney!... y el 90 por ciento elige irse al Playboy ese.

lunes, febrero 08, 2016

Tortilla

Siempre he sido muy novelero. O melodramático. O tremendista. Incluso para las cosas tontas. Quizás de ahí venga mi espíritu novelista.

Cada vez que llegaba a casa de pequeño y me contaban algo, mi pregunta acababa siendo:

¿Pero se ha muerto alguien?

Estábamos tranquilos un domingo reciente en casa. Día de los que me gustan. Con manta, muchos libros, suplementos semanales, ordenador y música. De dar cabezadas entre rato y rato mientras ves cómo va cayendo la noche.

De golpe, se me vino a la cabeza una gran tortilla de patatas. 

Mi amiga Nuria tiene una teoría que yo comparto (con sonadas excepciones): a quien no le gusta comer no es una persona de fiar.

Me organicé para ver si teníamos todos los ingredientes en la cocina y lo compartí eufórico con Fran. 

Voy a hacer un tortillón de los míos para cenar.

Él me miró con cara de susto y me insistió en que olvidara la idea.

Pondrás, como siempre, toda la casa perdida de aceite.

Tras un fin de semana impecable, de no parar, y una tarde de domingo tranquila en casa, mi espíritu teatrero sacó toda su fuerza para protestar:

¡Para una vez que le encuentro sentido a un domingo!


martes, febrero 02, 2016

Exigencia

Lo hermoso y dramático del vivir es que no hay períodos de prueba ni somos intercambiables. Observamos a los que nos rodean y sentimos sus ojos puestos en nosotros, pero seguimos nuestro camino a base de decisiones unipersonales más o menos condicionadas por el entorno.

Sería fantástico tener la posibilidad de alquilar por cierto tiempo el interior de otros, ponerte sus capuchas humanas y mirar en el espejo a los ojos con los ojos de quien no eres tú, cercano o no, pudiendo disfrutar de ese mundo distinto; permitirte olvidar, aunque fuese por un instante, tu cara de siempre, tus gestos y obsesiones, las exigencias acumuladas, los proyectos futuros y las restricciones asumidas.

Sentir en propia carne las imperfecciones ajenas tan solo por calibrarte, disfrutar con situaciones simples que dejaste de valorar en el vacío de los tiempos. Abandonar tu cuerpo y circunstancias para regalarlas a otro por el tiempo suficiente para que esa persona entienda el porqué de tus indecisiones.

No. No hay posibilidades de intercambiar el alma, no hay juegos mágicos en que escapar de ti para saber cómo de bien lo estás haciendo, si has sabido exprimir todos los valores con los que la vida te ha regalado, si los colores se ven igual desde otros ojos, si los demás también sienten que en los sueños está la clave de las cosas, cómo de insano resulta exponerse tanto al mundo, hasta qué punto tu forma de exigirte ser mejor persona es excesiva o no eres más que otro mediocre más que no se entera de la misa la media.