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salvador-navarro.com

sábado, noviembre 30, 2024

escenario

Venía de hacerme con una novela de Auster y las calles de Sevilla se rompieron por la mitad.

Rápido, entra, cuánto más natural seas más tiempo estarás con ella.

Me metieron por una rendija del escenario y allí la vi, sentada, esperándome.

Mamá. Me derrumbé. Vengo de comprar este libro de Paul Auster.

Borete... me acogió en su cuerpo.

Este libro de Paul Auster... no dejaba de llorar, mientras ella me acariciaba.

No supe ser natural, ¿o sí?, pero no me concedieron más tiempo.

Las calles volvieron a su sitio, ella desapareció y yo, agarrado a mi libro, pensé en cuántas cosas nos podríamos habernos contado.

miércoles, noviembre 27, 2024

Platos

—Fran, tenemos un problema con los platos.

Él me miró con cara de mosqueo.

—No hay donde colocarlos todos —insistí—. Y somos dos personas viviendo en esta casa.

—¿Y qué hacemos cuando invitamos a cenar?

Es cierto que nuestra casa es un templo de las celebraciones entre amigos, al que nunca vamos a renunciar, pero le aclaré que su empresa tiene un almacén donde organizar tanta vajilla.

—Ve cambiando los platos de vez en cuando —le propuse.

Cuando se le pasó el sofocón, me dio la razón. Teníamos platos, vasos y cubiertos para cincuenta personas.

—Es cierto que ahora está todo más cómodo —me confesó hace poco.

Cada día necesito menos objetos, más espacios libres de todo; el paso de los años me pide, nos pide, simplicidad.


Hamburgo

Era sevillano, pero vivía en Hamburgo.

Una noche, en una cena que compartí con él y otros amigos, les comenté que me habían ofrecido un puesto en Bucarest.

—Lo he rechazado —expliqué.

Entonces este hombre soltó un discurso sobre lo catetos que somos la gente del Sur, que estamos atrasados, que no hacemos más que mirarnos el ombligo.

Yo, con calma, le hablé de mis años viviendo en Francia, mis largas temporadas en México o Japón, pero que ya había atravesado la barrera de los cincuenta y no me parecía la oferta lo suficientemente interesante como para dejar atrás la familia.

Él insistió.

—Vivís con 20 años de retraso respecto a Hamburgo. ¡Allí se vive el futuro!

Entonces yo, que sabía de sus búsquedas inmobiliarias, le espeté.

—Por eso estás buscando piso en Sevilla entonces, para hacer un viaje astral al pasado.

Se levantó indignado, tiró 50 euros con soberbia para pagar su cuenta y se largó. Mi amiga Susana se quiso acercar a calmarlo, pero yo la paré.

—Deja que se vaya, por favor...

Fantasma

Conocí en Conil a un tipo que te vendía felicidad.

Simpático, sociable, liante, siempre tenía un buen plan y anécdotas divertidísimas por contar.

El día que se enteró que presentaba mi novela 'Andrea no está loca' en Madrid, donde él vivía, me aseguró:

—Salva ¡cuenta conmigo!

Y no se quedó ahí:

—¿Qué tipo de gente te interesa que vaya? ¿Cuánto es el aforo? ¿Te viene bien gente de la farándula o mejor políticos?

Yo, emocionado, le dije que todo aquel a quien le gustase leer era bienvenido y me planteé si el local se me iba a quedar pequeño.

El acto lo presentaba mi querida Montse, con su ciruelita gateando entre las mesas de los muchos que me acompañaron. ¡Qué evento más bonito!

Estaba en mis inicios y había cariño del bueno hacia mí en ese café, pero ni el tipo de la felicidad apareció, ni vino nadie en su nombre.

Sí, yo creo en los fantasmas.

martes, noviembre 26, 2024

Bol

Fran tiene modales tan exquisitos que no me deja pasar ni una.

Con lo que a mí me gusta empujar con la punta del dedo el último trozo del pastel para que no se me escape del tenedor, o bascular el plato sopero para cazar la última cucharada de la crema de verduras.

Borete, ¡por favor!

Parece que viviera con un príncipe, que ni acomodados en la mesa de casa viendo una peli me deja juguetear con el cuchillo para hacerme con los restos del pescado.

Entonces nos disfrazamos de gato y de ratón, yo aprovecho que él se distrae con una llamada para sacar al gamberro que habita en mí.

Borete, que te he visto.

lunes, noviembre 25, 2024

Jabonera

Es un restaurante al que nos gusta ir cuando tenemos alegrías que celebrar.

No es un lugar al que puedan habituarse la media de los mortales, porque el menú, delicioso, tiene unos precios muy por encima de la media.

De hecho, mucha gente no podría permitirse ir nunca.

La pareja que lo regenta, majísima, nos contaba la otra noche la incapacidad de mantener los baños al nivel del resto del local, coquetísimo.

—Teníamos unas jaboneras muy chulas, que no han dejado de robar.

Es una clientela que no necesita meterse en el bolso o la chaqueta un objeto de decoración, ni destrozar la tapa del váter, ni reventar los espejos; una clientela que presume de elegancia y sonrisas cuando abre el pestillo del baño.

Así se está volviendo nuestra sociedad, exquisita por fuera, tremebunda cuando se encierra y no la ven.

viernes, noviembre 22, 2024

Elegancia

La elegancia es un don con el que se nace, pero que estoy seguro de que se puede aprender.

Para ello, hay que saber cómo de útil es, y para saberlo hay que ser sensible y disponer de un estante lleno de bondad.

Saber dar su sitio a la gente que lo merece, agradecer de corazón los favores recibidos, interesarte por aquellos que te hicieron bien, escuchar con atención a quien tiene una historia que le oprime el corazón, visibilizar al que otros transparentan, guiñar el ojo a aquel que ha pensado en ti.

La elegancia es saber estar y saber que estén.

Azotea

Tras una conversación tensísima de teletrabajo, cerré el ordenador y me asomé a la cristalera de mi balcón.

Las nubes pasaban rápidas y vi ropa tendida en la azotea.

Pensé entonces en lo infiel que le he sido desde entonces, recordé las mañanas enteras tumbados al sol, los paseos en círculo, las charlas calmadas con los vecinos, las sillas subidas desde casa y esas mismas nubes, rápidas, sobre mi cabeza.

Infiel a los tiempos de cuando, encerrados, nos dimos cuenta de que la vida se podía vivir con otros ritmos y cabía en nuestra cabeza la posibilidad, incluso el placer, de perderse en las nubes y seguirles el rumbo con la mirada.

Periodismo

Nos encontramos en los pasillos de un hospital. Ella iba con una mascarilla y tardé en reconocerla.

—¡Salva!

Le expliqué qué hacía yo por allí.

—Recibí tu libro dedicado...

Ella es una de las periodistas culturales que siempre me ha apoyado en mi carrera literaria, con la fuerza que me proporciona el que lo haga desde un medio de prestigio.

Yo noté el desgarro en su voz.

—Me han detectado un cáncer.

Todo se paralizó en ese momento, en ese pasillo, en ese hospital. Sus ojos me miraban fijo y dejé de ver a la periodista.

—Todo va a salir bien —le susurré.

Todo, me consta, le está saliendo bien.

Lejía

Fran y yo le llamamos lejía.

A ese momento, no siempre fácil de encontrar en un buen queso, en el que asoma un regusto a amoniaco que sube por la nariz justo antes de terminar de ingerirlo.

Tiene la fuerza de una reacción química en la que aparecen todas las descomposiciones que ha sufrido la leche antes de transformarse en queso y convierte la experiencia de comerlo en sublime.

Si luego das un sorbo, lento, al tinto, para mezclar sabores en la boca, el orgasmo culinario está servido.

La vida es compleja, sí, pero también tiene su lejía.



jueves, noviembre 21, 2024

Gracia

Hay gente que me cae bien y no me hace gracia.

Personas a las que le reconozco su atractivo, pero que no me atraen, muy probablemente porque vivamos en mundos paralelos que no se cruzan, por tener aspiraciones diferentes en la vida, por explicarnos las cosas con relatos discordantes.

A mí me gusta cruzarlos en mi camino, escucharlos atentamente durante una cena, ponerme en sus cuerpos para empatizar un rato con ellos, incluso sabiendo que luego nuestros caminos continuarán separados.

A veces, incluso me hacen replantearme mis propias certidumbres. Oye, pues a lo mejor se vive mejor sintiendo así.

Es enriquecedor aprender de quienes nada tienen que ver con uno.

martes, noviembre 19, 2024

Decir que no

Hay veces que me enfrento a la ridícula sensación de ver que me dicen que no a cosas que no he propuesto.

Me encuentro a alguien por la calle, lo saludo y me suelta que anda muy liado, como si yo pretendiera bloquearlo allí para someterlo a un interrogatorio y no simplemente ser cortés con él.

—Lo siento —se disculpan—, me tengo que ir.

Los hay que me buscan para que les aconseje un modelo de coche para comprar y me advierten, de antemano, 'me resulta imposible tomarme una cerveza contigo, estoy hasta arriba'. Como si yo le hubiese pedido consejo, y no él, o le hubiese propuesto irnos de cañas.

—Ay, Salva, me encantaría leer tus novelas, pero no tengo tiempo.

—Pero, ¿cuándo te he pedido a ti que lo hagas, que sé que no lees ni las cartas del banco?

O cuando muestro fotos mías en algún lugar de España y alguien de allí me dice, 'siento no poder tomarme un café contigo'.




Polemizar

Si me planteo el juego de elaborar un texto que concite unanimidad, tengo todas las de perder. ¿De qué tendría que hablar? ¿Qué mensaje no crearía controversia? 

Incluso si ensalzara el amor entre los pueblos del mundo, alguien diría que está en contra.

Se hable de lo que se hable, siempre hay quien pone el punto sobre las íes, que polemiza, que opina justo lo contrario, que verá tu razonamiento demasiado ingenuo, provocador, sesgado, que lo puede tachar de simplón o de enrevesado.

Afortunadamente es así, claro. 

Desgraciadamente, también.

Somos máquinas de protestar. A veces viene bien, a veces cansa.

lunes, noviembre 18, 2024

Incertidumbre

Cada vez que organizo eventos asociados a mis novelas atravieso por varios picos de inquietud al tirar de agenda.

¿Qué será de este hombre? ¿Cómo le irá a esta mujer? 

Hay personas queridas a las que no ves durante años, salvo que se encuentren ocasiones felices en las que aprovechar para decirles que cuentas con ellas. Tenemos el alma llena de personas que nos importan, pero que quedaron en la distancia de los días pasados, sin necesidad de buscar culpables de por qué hubo un tiempo en el que nos dejamos de llamar.

Entonces vienen las respuestas, que en algunos casos confirman enfermedades, despidos, divorcios o que traen consigo la alegría de un nuevo amor o el trabajo soñado.

¡Qué vertigo da llamar a puertas a las que llevas tiempo sin asomarte!

jueves, noviembre 14, 2024

Serenidad

Tras leer dos de mis novelas y comentar mis textos durante años, dio la casualidad de que Rosa coincidió conmigo en su viaje a Roma con dos amigas granadinas, Encarni, puro nervio vitalista, y Maren.

Ella, malagueña de biografía dura, recién entrada en la sesentena, me reconoció rápido al encontrarme en nuestro lugar de encuentro de Piazza di Spagna, bajo una luz templada de noviembre.

Nos dimos un achuchón sincero.

Encontramos, tras varios intentos fallidos, un café donde instalarnos. Cuatro capuccinos y cuatro cornettos dieron para mucho. Tres mujeres libres me abrieron su corazón.

Hay quienes utilizan las redes sociales desde el rencor, y no saben lo que se pierden.

Maren, sanitaria que brega por casas de ancianos, de mirada tan cansada como curiosa, me dijo, cuando nos despedimos, algo que no olvidaré:

—Salva, transmites serenidad.

martes, noviembre 12, 2024

Azafata

Porque soy muy despistado, era la segunda vez que me pasaba en pocos meses. Me ocurrió en el vuelo a Bucarest de septiembre y en este de noviembre a Roma.

La compañía aérea Wizz-air te cobra las maletas pero, además, debes facturarla previamente en el mostrador.

Harto de viajar, me parece una práctica antediluviana, así que se me olvida y aparezco con la maleta en el embarque.

—Señor, no puede embarcar, a no ser que pague 50 euros por la maleta.

—Pero, ¡si la he pagado!

—Tenía que facturarla previamente.

No era yo el único, sino que había unas diez personas en mi situación. Es una forma poco elegante de sacarte los cuartos.

En el vuelo a Bucarest enfurecí y pagué los 50 euros. En el de Roma calmé a la gente, saqué mi mejor sonrisa, me excusé con la azafata y conseguimos pasar todos, gratis, gracias a su 'simpatía'.

—Excúsanos, no volverá a ocurrir.

Siempre gana la sonrisa.

Ragú

Comía unos tagliatelle al ragú en una esquina de la Vía del Corso, con un pichet de tinto de la casa y un sol de otoño de temperatura perfecta. Había visitado todo lo visitable entre Santa María Maggiore y la Piazza del Populo. Tan feliz como cansado, no tenía piernas para volver al apartamento.

Cuando fui a pedir un Uber vi que apenas tenía batería y me impacienté por pedir la cuenta, que tardaron en traer. Ya en la calle, el móvil se me apagó por completo.

Estaba a tres kilómetros de mi alojamiento y no sabía ni hacia dónde tirar. Sin Google maps ni Uber, pensé en meterme en un kiosco a comprar un plano de la ciudad.

De pronto tuve una visión. ¡Un taxi con la luz verde!

La tecnología nos vuelve tontos. No tuve más que levantar la mano.

Hamaca

Hay quien relaciona las vacaciones con una hamaca.

Y suena bien.

¡El dolce far niente!

Yo, en cambio, casi nunca lo he visto así, porque creo que el descanso tiene más que ver con vaciar la mente, de lo de siempre, más que con poner las piernas en alto.

Estos días que llegan a su fin en Roma son buena prueba de ello. Tengo las piernas reventadas, pero la cabeza renovada, limpia, rejuvenecida y el alma abierta a retomar la vida con más ganas que nunca.

Ya habrá tiempo de dormir.

Roma

Roma me desborda de belleza.

Suena tan cursi como lo es en realidad, pero no hay que acomplejarse de expresar lo que uno siente, y a mí, esta ciudad, tras decenas de kilómetros recorridos en todas las direcciones posibles, me resulta arrebatadora.

Es una cura terapéutica, porque a determinadas edades uno cree que va menguando la disposición a la emoción, que uno empieza a estar de vuelta de todo, sin embargo uno llega aquí y se da de bruces con la grandeza del hombre para construir belleza.

Con mucha sangre por medio, sí, con intolerancias, envidias, saqueos, guerras, epidemias y persecuciones.

En Roma todo eso se mete en una minipimer y te encuentras con algo que supera las expectativas de cualquier persona que se considere sensible.

Hay momentos, ¡muchos!, en que te reconcilias con el ser humano. ¡Hemos sabido crear algo así!

Maps

Hay un verbo francés, 'flâner', que viene a expresar lo que es pasear sin rumbo, deambular, pero sin la connotación negativa que implica este último, porque añade al término un concepto que no integra el español, el de voluntariedad. ¡Querer perderse! ¡Estar abierto a todo lo que vaya saliendo al paso! ¡No tener necesidad de llegar a ningún lado!

Esta semana en Roma es de puro 'flâner'.

Lo que no esperaba es construirme una técnica que combina lo mejor del pasado y del futuro, que no consiste sino en pararse allí donde ves algo que te llama la atención y buscarlo en el mapa del móvil. Si el sitio en cuestión tiene muchas estrellas y variadas opiniones, entonces lo busco en Wikipedia para saber más y, la mayoría de las veces, acabo entre los pasillos o caminos de ese recinto, con la lección recién aprendida de qué es lo que paso allí, los lienzos, las estatuas, las fuentes que hay que ver, las leyendas que fraguaron el mito de ese palacio, parque o iglesia.

Entonces, con el alma llena de belleza, salgo de nuevo a 'flâner' hacia donde el cuerpo me pida.

(Sí, hay ocasiones en que me permito hacerme con términos en otras lenguas)