Teníamos una convención de empresa en Versalles.
Tanta presión a veces tiene recompensa y allí nos fuimos toda la dirección de la fábrica, para reunirnos con todas las del resto de plantas del grupo.
La primera noche, tras una jornada agotadora, el director nos invitó a cenar en un restaurante pequeño de vigas de madera, no lejos del palacio.
Pasaron a explicarnos los platos apoyando un panel de pizarra sobre un caballete. Uno de mis compañeros a punto de jubilarse, adicto al trabajo, celebró aquello como si hubiesen venido en nave espacial a recitarnos los platos.
─¡Pero traen el menú en una pizarra! ─insistía, como un crío.
Hay quien no sabe dedicarse, también, a vivir.
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