─¡A mí me pican los tobillos! ─grité, en cuanto llevaba diez segundos en el agua.
─A mí también ─confirmó Iván.
Miramos a Fran y entendimos que no éramos los únicos.
Habíamos decidido pasar una mañana de playa en la isla veneciana del Lido e hicimos lo posible por llegar a la orilla sin tener que pagar el precio de una hamaca, casi obligatorio en una Italia donde el acceso libre a la costa es una quimera.
Le preguntamos a la inteligencia artificial qué nos podía haber pasado y nos respondió.
─Son larvas del Adriático, que atacan a la parte más sensible de la piel: los tobillos.
Nos quedamos a cuadros.
─Menos mal ─ironizó Iván─, pensé que nos habían echado unos polvitos por colarnos en la playa.
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