A pocas horas de aterrizar por primera vez en Japón, llegamos en tren bala a Yokohama, la que iba a ser nuestra sede durante el mes y medio que estaríamos trabajando allí.
Salimos de la estación y pasamos un buen rato organizando nuestros maletones en el taxi. Hacía frío. Nos arrejuntamos como pudimos en los asientos y entonces le indicamos dónde queríamos ir:
─To Sheraton Hotel.
Entonces el chófer, con gorra bien apretada y guantes de croché, se giró hacia nosotros. Bajó la ventanilla y nos hizo mirar hacia arriba.
El hotel estaba sobre la estación.
Esa mirada incisiva, tan educada, no necesitaba traducción al inglés.
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