Los días que trabajo en Madrid comienzan con un romance con Sevilla, porque me levanto tan pronto para zigzaguearme el inmenso centro histórico para ir a Santa Justa que apenas tengo quien comparta conmigo la ciudad. Es toda mía.
A las cinco de la mañana no hay más que ella y yo. Sus conventos, sus palacios, las calles estrechas, los patios, los naranjos, las iglesias.
Paseos donde presumimos del eterno noviazgo que nos traemos entre manos.
Que no se entere Fran.
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