Mi reflexión no viene acerca de la capacidad de hacer madurar nuestras amistades de siempre, que más veces de lo que quisiéramos guardamos en formol cuando los puntos de unión y el cariño han ido sustituyéndose muy a nuestro pesar por llamadas formales y felicitaciones de cumpleaños; hago referencia a nuestra capacidad para introducir, a edades adultas, nuevas gentes en nuestro mundo afectivo.
El panorama en el que nos movemos es poco favorecedor a dejar tiempo para aproximarnos a 'extraños', para incluir en nuestra cotidianeidad otras caras, dándonos oportunidades, que merecemos, para descubrir que, aún casados, aún con cuarenta o cincuenta años, aún con niños, aún con diez horas de trabajo diarias, tenemos el derecho a disfrutar del placer de integrar aire fresco en nuetras relaciones personales.
Dicen que no hay nada más estresante que tratar de mantener a flote amistades moribundas, pero sin embargo, y por lo general, no nos damos oportunidades para ir 'recambiando' éstas por otras más semejantes a lo que la vida ha ido construyendo en otros territorios presentes que no queremos a veces reconocer como propios, añorando otras personas con nuestros mismos nombres y apellidos que ya no somos.
Yo dejé de ser el niño introvertido, el adolescente empollón, el universitario juerguista, el competidor en campeonatos de remo, el descubridor del mundo de la perversión, el obsesionado por el trabajo... Ése era yo y algo de mí queda, y en esas estaciones pasadas tomé trenes en compañías muy gratas que, en algunos casos, hermosos, aún comparten mi vida.
Pero quiero seguir cogiendo trenes. Sí tengo tiempo para dedicarlos a nuevos compañeros de viaje, sí quiero saber de sus vidas, sí tengo interés en conocer las intimidades y vivencias de personas que aún no han llegado al andén de una estación en la que uno de mis trenes parará tarde o temprano.
Y, claro que sí, podrán ser tan amigos como aquel Gregorio del parvulario que yo creí inseparable de por vida en esos tiempos en que mi mundo se escribía con libros de caligrafía.
martes, abril 06, 2010
viernes, abril 02, 2010
Paolo
El azar y la buena suerte me llevaron a dar con Paolo a los pocos días de llegar a París, en una misión laboral de tres años acordada con mi empresa.
Italiano algo mayor que yo, llegado a la ciudad por un amor que ya había terminado, traductor freelance como oficio, experto en historia de Egipto y 15 metros cuadrados en el barrio de Les Halles.
Quedábamos cualquier día de la semana para tomar vinos. Escuchábamos con atención todo lo que nos contábamos. Yo le proponía museos, cenas, viajes... y todo le parecía bien. Cada visita de familia o de amigos de España que venía, hacía migas con Paolo y quedaban encantados.
Si le llamaba para ir a visitar Orleans, a él le parecía fantástico, pero si se truncaban los planes él veía una oportunidad para dormir una siesta maravillosa.
Con Paolo no había problemas. Lo bueno y lo malo, todo venía bien.
Era un ejemplo vital para mí. Yo quería ser como él, quería 'paolizarme'.
Recuerdo que, a partir de una noticia leída en el periódico, descubrí que Carmen Maura, actriz fetiche para mí, vivía no muy lejos de mi apartamento parisino. Investigué y conseguí su teléfono. La llamé, inocente, para invitarle a cenar en casa. Pero siempre salía el contestador. Era ella. Hola, soy Carmen, ahora no estoy en casa pero te devolveré la llamada... Llamé muchas veces antes de contárselo a Paolo, que me pidió hacer un nuevo intento delante suya. Él tomó mi móvil y, ni corto ni perezoso, le propuso al contestador:
'Hola Carmen, soy Paolo, llámame...' y a continuación le daba su teléfono en francés.
Nunca lo llamó (que yo sepa).
Cada primavera venía conmigo a Sevilla. No se perdía una Feria, conoció la Semana Santa. Sabía en qué bares de Sevilla ponían cada tapa, hizo migas con todas mis amistades, con mis hermanas, las madres de mis amigas la querían como futuro yerno...
Un día, paseando por París, me contó durante horas la historia de Akhenaton, el primer faraón que intentó imponer un único dios al pueblo. Enlazaba todo con tal fluidez que recuerdo esa tarde otoñal en París como deliciosa.
Eran las tres de la mañana cuando me despertó el móvil. Varios mensajes seguidos, indescifrables. Venían de Paolo. Lo llamé al día siguiente, y durante varios días, sin poder dar con él.
Un mes después me llamó para decirme que un amigo suyo se asustó por haber recibido muchos mensajes en 'egipcio' y llamó a una ambulancia. Se lo llevaron con camisa de fuerza y así lo tuvieron un mes. Yo le confesé haber recibido también esos mensajes. Lo imaginé emporrado hasta las trancas, volando por su estudio de 15 metros cuadrados en comunión con Akhenaton y las momias no lejanas del Louvre.
La última Feria que estuvo en Sevilla yo no sabía dónde meterme. A cada palabra que hablaba trataba de buscarle sus orígenes en Grecia o Roma, salía de copas con los cascos puestos y bailando a Madonna en medio de un bar de tapas, se maquillaba como un faraón para, según él, no infectarse los ojos.
Yo le dije que no podía seguir así con él.
Entonces Paolo me dio la explicación: Salva, hermano mío, tú sabes que yo soy de otro planeta...
Hice un esfuerzo, años después, por quedar con él en París. Yo iba con Mariángeles y Fran, que me animaron a hacer un último intento.
Pero Paolo ya estaba en esos mundos hermosos donde Akhenaton predica que el mundo es fantástico, maravilloso...
Me asusta pensar qué es de él.
Italiano algo mayor que yo, llegado a la ciudad por un amor que ya había terminado, traductor freelance como oficio, experto en historia de Egipto y 15 metros cuadrados en el barrio de Les Halles.
Quedábamos cualquier día de la semana para tomar vinos. Escuchábamos con atención todo lo que nos contábamos. Yo le proponía museos, cenas, viajes... y todo le parecía bien. Cada visita de familia o de amigos de España que venía, hacía migas con Paolo y quedaban encantados.
Si le llamaba para ir a visitar Orleans, a él le parecía fantástico, pero si se truncaban los planes él veía una oportunidad para dormir una siesta maravillosa.
Con Paolo no había problemas. Lo bueno y lo malo, todo venía bien.
Era un ejemplo vital para mí. Yo quería ser como él, quería 'paolizarme'.
Recuerdo que, a partir de una noticia leída en el periódico, descubrí que Carmen Maura, actriz fetiche para mí, vivía no muy lejos de mi apartamento parisino. Investigué y conseguí su teléfono. La llamé, inocente, para invitarle a cenar en casa. Pero siempre salía el contestador. Era ella. Hola, soy Carmen, ahora no estoy en casa pero te devolveré la llamada... Llamé muchas veces antes de contárselo a Paolo, que me pidió hacer un nuevo intento delante suya. Él tomó mi móvil y, ni corto ni perezoso, le propuso al contestador:
'Hola Carmen, soy Paolo, llámame...' y a continuación le daba su teléfono en francés.
Nunca lo llamó (que yo sepa).
Cada primavera venía conmigo a Sevilla. No se perdía una Feria, conoció la Semana Santa. Sabía en qué bares de Sevilla ponían cada tapa, hizo migas con todas mis amistades, con mis hermanas, las madres de mis amigas la querían como futuro yerno...
Un día, paseando por París, me contó durante horas la historia de Akhenaton, el primer faraón que intentó imponer un único dios al pueblo. Enlazaba todo con tal fluidez que recuerdo esa tarde otoñal en París como deliciosa.
Eran las tres de la mañana cuando me despertó el móvil. Varios mensajes seguidos, indescifrables. Venían de Paolo. Lo llamé al día siguiente, y durante varios días, sin poder dar con él.
Un mes después me llamó para decirme que un amigo suyo se asustó por haber recibido muchos mensajes en 'egipcio' y llamó a una ambulancia. Se lo llevaron con camisa de fuerza y así lo tuvieron un mes. Yo le confesé haber recibido también esos mensajes. Lo imaginé emporrado hasta las trancas, volando por su estudio de 15 metros cuadrados en comunión con Akhenaton y las momias no lejanas del Louvre.
La última Feria que estuvo en Sevilla yo no sabía dónde meterme. A cada palabra que hablaba trataba de buscarle sus orígenes en Grecia o Roma, salía de copas con los cascos puestos y bailando a Madonna en medio de un bar de tapas, se maquillaba como un faraón para, según él, no infectarse los ojos.
Yo le dije que no podía seguir así con él.
Entonces Paolo me dio la explicación: Salva, hermano mío, tú sabes que yo soy de otro planeta...
Hice un esfuerzo, años después, por quedar con él en París. Yo iba con Mariángeles y Fran, que me animaron a hacer un último intento.
Pero Paolo ya estaba en esos mundos hermosos donde Akhenaton predica que el mundo es fantástico, maravilloso...
Me asusta pensar qué es de él.
lunes, marzo 29, 2010
Tragedias personales
No hace mucho leí una entrevista al eminente psiquiatra sevillano Luis Rojas-Marcos, en la que venía a afirmar que a una persona no le hace más fuerte haber sufrido una tragedia personal grave y que, de media, un ser humano está preparado para vivir dos grandes conmociones en su vida.
Él es el experto, y por lo que se de su trayectoria profesional, me merece gran respeto y admiración, aunque, como tantas otras especialidades, la psicología no es una ciencia exacta ni se pueden establecer teoremas matemáticos.
No estoy de acuerdo ni con una ni con otra afirmación.
Conozco gente interesantísima que no ha vivido grandes tragedias, no quiero decir nombres. Y conozco gente apesadumbrada por una vida muy difícil que, sin embargo, no termina de dar gran sentido a su vida ni a la de los demás.
A pesar de todo ello, estoy convencido que el haber pasado por una situación límite enriquece. Es jodido, pero es así. Debe ser así.
La cuestión es poner la frontera a lo que es tragedia respecto a lo que son los golpes puñeteros que la vida nos va dando, porque sabemos que hay quien se ahoga en un vaso de agua.
A los que, por ejemplo, nos dejaron jóvenes, contra todo pronóstico, tras una larga enfermedad, siendo nosotros adolescentes, les debemos, al menos, el regalo de haber comprendido qué es lo que es importante en esta vida y qué es lo que son pamplinas.
La belleza de la vida se entiende en toda su plenitud, desgraciadamente, cuando has conocido el precipicio.
Él es el experto, y por lo que se de su trayectoria profesional, me merece gran respeto y admiración, aunque, como tantas otras especialidades, la psicología no es una ciencia exacta ni se pueden establecer teoremas matemáticos.
No estoy de acuerdo ni con una ni con otra afirmación.
Conozco gente interesantísima que no ha vivido grandes tragedias, no quiero decir nombres. Y conozco gente apesadumbrada por una vida muy difícil que, sin embargo, no termina de dar gran sentido a su vida ni a la de los demás.
A pesar de todo ello, estoy convencido que el haber pasado por una situación límite enriquece. Es jodido, pero es así. Debe ser así.
La cuestión es poner la frontera a lo que es tragedia respecto a lo que son los golpes puñeteros que la vida nos va dando, porque sabemos que hay quien se ahoga en un vaso de agua.
A los que, por ejemplo, nos dejaron jóvenes, contra todo pronóstico, tras una larga enfermedad, siendo nosotros adolescentes, les debemos, al menos, el regalo de haber comprendido qué es lo que es importante en esta vida y qué es lo que son pamplinas.
La belleza de la vida se entiende en toda su plenitud, desgraciadamente, cuando has conocido el precipicio.
miércoles, marzo 24, 2010
La China que trabaja
Quizás de tan simple, mi argumento lo cogería un economista y lo destrozaría de un soplo, pero de tan claro que lo veo, voy a exponerlo.
Ya a finales del siglo XX se veía venir la arrolladora apisonadora económica que se nos viene encima: China.
Un país con mil y muchos millones de habitantes que vive quizás en el mejor de los regímenes posibles donde, sin embargo, la libertad de expresión es una quimera ni es posible tomar partido por otra instancia política que la obligada, el imponente Partido Comunista Chino.
En Occidente cada vez tenemos menos capacidad para hacer rentables industrias de producción (aceros, textiles, coches, juguetes, electrónica...). No somos competitivos frente a, sobre todo, el empuje chino.
Hasta ahí, todo es comprensible. La libertad de mercado hace que los productos elaborados en el Lejano Oriente se vean muy poco penalizados por una masa salarial ínfima y se hagan, por tanto, muy atractivos cara a un consumidor europeo o americano que cada vez mira más el precio.
Pero, ¿a costa de qué? Damos empleo a cientos de millones de chinos con nuestro consumo, algo positivo para que ese país tenga futuro. Pero, ¿en qué condiciones?, ¿qué derechos sociales tiene el trabajador chino?, ¿cuántas horas echa al día?, ¿qué protecciones tiene?, ¿cuántas vacaciones?, ¿cómo se vela por su seguridad laboral, por la ergonomía en el trabajo, por las condiciones medioambientales?
Mi sensación es que hay miedo a asustar al Gigante; pero veo una forma de jugar ganador-ganador (Occidente-China).
Mi teoría a aplicar:
No se compra un producto a ninguna empresa de ese país que no admita un decálogo de buenas prácticas que pueda ser auditable (y de hecho, lo sea regularmente). En este decálogo deberá constar un salario mínimo, unas horas semanales máximas, una protección sindical, una edad mínima, unos servicios médicos de empresa, unas condiciones higiénicas, ergonómicas y medioambientales básicas.
Con estos condicionantes, ese producto quedaría registrado como vendible en el resto del mundo. Subiría algo el precio, seguro, pero ganarían los derechos de los trabajadores chinos. Al mismo tiempo, la competencia se basaría en elementos más éticos y daría la oportunidad a nuestros países a luchar con mayor igualdad frente a otros mercados.
Quien no cumpliese las reglas, saldría de ese mercado libre.
No se puede cerrar los ojos y comprar una camiseta por tres euros sin pensar que en algún zulo perdido de las llanuras de China una chavala de 15 años cose, sin apenas luz, de lunes a lunes, durante catorce horas diarias, para llevarse cuatro perras a casa.
Todos somos cómplices.
Ya a finales del siglo XX se veía venir la arrolladora apisonadora económica que se nos viene encima: China.
Un país con mil y muchos millones de habitantes que vive quizás en el mejor de los regímenes posibles donde, sin embargo, la libertad de expresión es una quimera ni es posible tomar partido por otra instancia política que la obligada, el imponente Partido Comunista Chino.
En Occidente cada vez tenemos menos capacidad para hacer rentables industrias de producción (aceros, textiles, coches, juguetes, electrónica...). No somos competitivos frente a, sobre todo, el empuje chino.
Hasta ahí, todo es comprensible. La libertad de mercado hace que los productos elaborados en el Lejano Oriente se vean muy poco penalizados por una masa salarial ínfima y se hagan, por tanto, muy atractivos cara a un consumidor europeo o americano que cada vez mira más el precio.
Pero, ¿a costa de qué? Damos empleo a cientos de millones de chinos con nuestro consumo, algo positivo para que ese país tenga futuro. Pero, ¿en qué condiciones?, ¿qué derechos sociales tiene el trabajador chino?, ¿cuántas horas echa al día?, ¿qué protecciones tiene?, ¿cuántas vacaciones?, ¿cómo se vela por su seguridad laboral, por la ergonomía en el trabajo, por las condiciones medioambientales?
Mi sensación es que hay miedo a asustar al Gigante; pero veo una forma de jugar ganador-ganador (Occidente-China).
Mi teoría a aplicar:
No se compra un producto a ninguna empresa de ese país que no admita un decálogo de buenas prácticas que pueda ser auditable (y de hecho, lo sea regularmente). En este decálogo deberá constar un salario mínimo, unas horas semanales máximas, una protección sindical, una edad mínima, unos servicios médicos de empresa, unas condiciones higiénicas, ergonómicas y medioambientales básicas.
Con estos condicionantes, ese producto quedaría registrado como vendible en el resto del mundo. Subiría algo el precio, seguro, pero ganarían los derechos de los trabajadores chinos. Al mismo tiempo, la competencia se basaría en elementos más éticos y daría la oportunidad a nuestros países a luchar con mayor igualdad frente a otros mercados.
Quien no cumpliese las reglas, saldría de ese mercado libre.
No se puede cerrar los ojos y comprar una camiseta por tres euros sin pensar que en algún zulo perdido de las llanuras de China una chavala de 15 años cose, sin apenas luz, de lunes a lunes, durante catorce horas diarias, para llevarse cuatro perras a casa.
Todos somos cómplices.
domingo, marzo 21, 2010
Triste anonimato
La gran fuerza mediática de internet ha abierto la posibilidad, hasta ahora inédita en la prensa mundial, de dar la palabra en directo a los lectores para comentar las noticias tal como ellas se van produciendo, y narrando.
Lo que en principio se presenta como una ventana atractiva, fresca, sana socialmente, a veces, en un altísimo porcentaje de ocasiones, se convierte en un estercolero donde, gracias al anonimato que da el poder expresarse sin más que dar un nombre inventado, impera el 'todo vale'.
Salen entonces las peores expresiones, si obviamos las garrafales meteduras de pata ortográficas o gramaticales, las de corazones podridos y amargados que se chulean del mundo desde su miserable posición de cobardes topos cibernéticos.
Me duele la no existencia de una mínima moderación por parte, al menos, de la prensa profesional, para evitar tantos insultos, mal habla, despropósitos, fascismo, racismo, homofobia, sexismo, machismo, falta de respeto, imbecilidad, xenofobia.
¡Triste práctica la de expulsar la bilis en forma de comentarios anónimos de seres que no tendrían agallas para insultar mostrando el rostro!
Sé que no sólo es en España, pero eso no me consuela para comprobar el escaso nivel y falta de educación que estas ventanas muestran de nuestra sociedad.
Donde esté la educación y el respeto...
Lo que en principio se presenta como una ventana atractiva, fresca, sana socialmente, a veces, en un altísimo porcentaje de ocasiones, se convierte en un estercolero donde, gracias al anonimato que da el poder expresarse sin más que dar un nombre inventado, impera el 'todo vale'.
Salen entonces las peores expresiones, si obviamos las garrafales meteduras de pata ortográficas o gramaticales, las de corazones podridos y amargados que se chulean del mundo desde su miserable posición de cobardes topos cibernéticos.
Me duele la no existencia de una mínima moderación por parte, al menos, de la prensa profesional, para evitar tantos insultos, mal habla, despropósitos, fascismo, racismo, homofobia, sexismo, machismo, falta de respeto, imbecilidad, xenofobia.
¡Triste práctica la de expulsar la bilis en forma de comentarios anónimos de seres que no tendrían agallas para insultar mostrando el rostro!
Sé que no sólo es en España, pero eso no me consuela para comprobar el escaso nivel y falta de educación que estas ventanas muestran de nuestra sociedad.
Donde esté la educación y el respeto...
viernes, marzo 19, 2010
Estaño
Hay una anécdota de mi niñez que me sirvió como fuerte aprendizaje.
No sé qué o quién estableció en mí, o si eso viene dado, el espíritu competitivo que tanto me disgusta y que voy moderando, afortunadamente, con el paso de los años.
En el colegio de curas donde estudiaba ejercitaban una práctica horrible. Al final de cada evaluación el tutor leía en voz alta toda la lista de alumnos, empezando por el que tenía una mejor media de notas hasta el último, en una operación cruel para niños que no tenían ni doce años. Todo un despropósito.
Yo entraba en el juego, y siempre estaba 'picado' con un compañero por llegar al número uno. Para mí no sacar al menos cuatro sobresalientes era impensable, no digamos un suspenso, algo que no entraba ni en mis peores pesadillas.
Llegué a suspender un examen práctico de música, ¡había que tocar la flauta!, y creo que aún no me he repuesto de ello.
El caso es que ese ansia por ser el mejor, ese miedo al ridículo, a suspender, a bajar la media de mis notas, me llevaba a montar un drama por cada trabajo que no entregaba a tiempo o cada borrón de tinta china en las láminas de dibujo.
En una de las ocasiones, sin yo saber ni preocuparme por la situación económica o los problemas reales en casa, llegué con la 'exigencia' de comprar un papel de estaño para la clase de Pretecnología. Mis padres dijeron que ya me lo comprarían pero yo, agobiado de pensar en no tenerlo a tiempo, les dije que me pondrían un cero de no llevarlo al día siguiente. Tan insistente fui que cabreé a mi familia entera.
Al día siguiente, estando en clase, apareció por las ventanas exteriores el perfil de mi madre. Mi hermosa joven madre, orgullo de mi adolescencia, aparecía mostrando con una sonrisa apurada el papel estaño a través de los cristales de la clase.
El profesor preguntó quién era esa mujer y yo levanté la mano.
Mi madre me dio muchos besos en la puerta, ante la mirada de todos mis compañeros, y yo no podré olvidar esa fuerte sensación mezcla de avergonzamiento con orgullo por sentirme tan querido.
Comprendí que en esta vida no se puede ir amenazando con los 'ceros' que te van a poner.
No sé qué o quién estableció en mí, o si eso viene dado, el espíritu competitivo que tanto me disgusta y que voy moderando, afortunadamente, con el paso de los años.
En el colegio de curas donde estudiaba ejercitaban una práctica horrible. Al final de cada evaluación el tutor leía en voz alta toda la lista de alumnos, empezando por el que tenía una mejor media de notas hasta el último, en una operación cruel para niños que no tenían ni doce años. Todo un despropósito.
Yo entraba en el juego, y siempre estaba 'picado' con un compañero por llegar al número uno. Para mí no sacar al menos cuatro sobresalientes era impensable, no digamos un suspenso, algo que no entraba ni en mis peores pesadillas.
Llegué a suspender un examen práctico de música, ¡había que tocar la flauta!, y creo que aún no me he repuesto de ello.
El caso es que ese ansia por ser el mejor, ese miedo al ridículo, a suspender, a bajar la media de mis notas, me llevaba a montar un drama por cada trabajo que no entregaba a tiempo o cada borrón de tinta china en las láminas de dibujo.
En una de las ocasiones, sin yo saber ni preocuparme por la situación económica o los problemas reales en casa, llegué con la 'exigencia' de comprar un papel de estaño para la clase de Pretecnología. Mis padres dijeron que ya me lo comprarían pero yo, agobiado de pensar en no tenerlo a tiempo, les dije que me pondrían un cero de no llevarlo al día siguiente. Tan insistente fui que cabreé a mi familia entera.
Al día siguiente, estando en clase, apareció por las ventanas exteriores el perfil de mi madre. Mi hermosa joven madre, orgullo de mi adolescencia, aparecía mostrando con una sonrisa apurada el papel estaño a través de los cristales de la clase.
El profesor preguntó quién era esa mujer y yo levanté la mano.
Mi madre me dio muchos besos en la puerta, ante la mirada de todos mis compañeros, y yo no podré olvidar esa fuerte sensación mezcla de avergonzamiento con orgullo por sentirme tan querido.
Comprendí que en esta vida no se puede ir amenazando con los 'ceros' que te van a poner.
martes, marzo 16, 2010
Lopus
Vienen de la habitación de soltera de mi tía Elo, en la casa de mi abuela materna, mis primeros recuerdos de esa ciudad, Lopus.
Hablaban mi madre y mi tía, y al nombrar a las personas nacidas o venidas de ese lugar, casi siempre se trataba de mujeres mayores, con pelo de peluquería, mucha laca, de familias con muchos hijos y beatas.
También había hombres, 'su marido también es de Lopus', pero por regla general eran mujeres de las que yo oía hablar con esa procedencia.
No sabía si eran nacidas allí o empadronadas, porque a veces venían a decir: Ella también se ha hecho de Lopus.
Parecía que hablasen de una secta en vez de una ciudad y que las normas fuesen muy rígidas para entrar. Incluso creí entender en algún momento que tenían que pagar dinero por ello. ¡Por ser de un lugar!
Debía ser una urbanización cerrada, con vigilantes en la puerta que no te dejarían pasar si no fuera previo pago. Y daba miedo pensar que una vez entraras, no te dejasen salir.
Yo no sabía si estaría ese sitio cerca o lejos de Sevilla, porque mi tía Elo salía con un novio madrileño y, al parecer, allí también había mucha gente de Lopus.
En esa ciudad o pueblo debía de haber muchos colegios, por la cantidad de niños que tenían, y muchas iglesias, por todo lo que rezaban.
Tendría yo tres o cuatro años, y ya sabía yo que prefería haber nacido en Sevilla, y no en Lopus.
Hablaban mi madre y mi tía, y al nombrar a las personas nacidas o venidas de ese lugar, casi siempre se trataba de mujeres mayores, con pelo de peluquería, mucha laca, de familias con muchos hijos y beatas.
También había hombres, 'su marido también es de Lopus', pero por regla general eran mujeres de las que yo oía hablar con esa procedencia.
No sabía si eran nacidas allí o empadronadas, porque a veces venían a decir: Ella también se ha hecho de Lopus.
Parecía que hablasen de una secta en vez de una ciudad y que las normas fuesen muy rígidas para entrar. Incluso creí entender en algún momento que tenían que pagar dinero por ello. ¡Por ser de un lugar!
Debía ser una urbanización cerrada, con vigilantes en la puerta que no te dejarían pasar si no fuera previo pago. Y daba miedo pensar que una vez entraras, no te dejasen salir.
Yo no sabía si estaría ese sitio cerca o lejos de Sevilla, porque mi tía Elo salía con un novio madrileño y, al parecer, allí también había mucha gente de Lopus.
En esa ciudad o pueblo debía de haber muchos colegios, por la cantidad de niños que tenían, y muchas iglesias, por todo lo que rezaban.
Tendría yo tres o cuatro años, y ya sabía yo que prefería haber nacido en Sevilla, y no en Lopus.
domingo, marzo 14, 2010
La sonrisa americana
Ni todos los prejuicios del mundo ni mi negación por principios a distinguir entre patrias, me pueden llevar a dudar de que, estadísticamente, el pueblo americano es simpático. Más concretamente, y para no traicionarme, el ciudadano neoyorquino de raza blanca.
Cuatro viajes que suponen, sumándolos, más de un mes pateándome las calles de Manhattan, me permiten aseverar, tal vez equivocadamente, dicha afirmación.
Si hablase sólo de camareros de restaurante, se podría concluir que su simpatía no es sino estrategia por conseguir la propina, que supone tres cuartas partes de su sueldo. Pero no. Los camareros mejicanos, abundantísimos, no son simpáticos, sino serviciales. En cuanto oyen, además, tu acento español, hacen por parapetarse tras su inglés aprendido en las cocinas en una reacción comprensible de orgullo en carne viva. Camareros negros, no sé la razón, hay menos que el porcentaje medio de población. Y no son amables. El negro neoyorquino es ácido en el trato. Aquí hay elementos de análisis que, de tan evidentes en apariencia, no voy a exponer. Pero como muestra un botón, en todo nuestro recorrido por el MoMA no vi una sola persona de color entre los visitantes.
Cruzarte en el metro, en un museo o en Central Park, con un neoyorquino anglosajón es obtener de seguro una sonrisa o una respuesta amable, incluso existe una predisposición impensable en un londinense, menos aún en un parisino, por ayudar.
Con toda su ingenuidad, sus guerras abiertas, su capitalismo masacrador, el neoyorquino blanco es un ser simpático, que no te niega nunca la sonrisa.
Ésa, al menos, es mi percepción. Simplista, como toda generalización. Pero estamos en este mundo, así lo entiendo yo, para buscar nuestras verdades.
Cuatro viajes que suponen, sumándolos, más de un mes pateándome las calles de Manhattan, me permiten aseverar, tal vez equivocadamente, dicha afirmación.
Si hablase sólo de camareros de restaurante, se podría concluir que su simpatía no es sino estrategia por conseguir la propina, que supone tres cuartas partes de su sueldo. Pero no. Los camareros mejicanos, abundantísimos, no son simpáticos, sino serviciales. En cuanto oyen, además, tu acento español, hacen por parapetarse tras su inglés aprendido en las cocinas en una reacción comprensible de orgullo en carne viva. Camareros negros, no sé la razón, hay menos que el porcentaje medio de población. Y no son amables. El negro neoyorquino es ácido en el trato. Aquí hay elementos de análisis que, de tan evidentes en apariencia, no voy a exponer. Pero como muestra un botón, en todo nuestro recorrido por el MoMA no vi una sola persona de color entre los visitantes.
Cruzarte en el metro, en un museo o en Central Park, con un neoyorquino anglosajón es obtener de seguro una sonrisa o una respuesta amable, incluso existe una predisposición impensable en un londinense, menos aún en un parisino, por ayudar.
Con toda su ingenuidad, sus guerras abiertas, su capitalismo masacrador, el neoyorquino blanco es un ser simpático, que no te niega nunca la sonrisa.
Ésa, al menos, es mi percepción. Simplista, como toda generalización. Pero estamos en este mundo, así lo entiendo yo, para buscar nuestras verdades.
miércoles, marzo 10, 2010
New York, New York
Sobrevolando por cuarta vez el Atlántico en dirección a la Gran Manzana, me planteo el porqué de mi gran atracción por esta inmensa metrópoli.
Fue en el verano del 2003, en la época que vivía en París, cuando Kristian, un amigo francés, me invitó al piso de Harlem de un profesor de literatura chileno que andaba de vacaciones por su tierra. Mi desconexión de las rutinas de mi familia y amigos, cada cuál con sus planes hechos, me hizo dar un sí rotundo a Kristian.
Viaje inolvidable, de shock, en que tenía todos los sentidos abiertos para descubrir, admirar, sorprenderme. El llevar a Kristian, una persona imprevisible y provocadora, de cicerone, me hizo ver Manhattan con sus filtros. Gosspel, jazz, musicales de broadway, música clásica... pero ningún museo. La vida de Kristian en Nueva York era música, calle y grandes bocadillos en los Subway.
Tiempo después, una semana santa de mucha nieve en Nueva York, volví con Fran. Me tocaba ser a mí el anfitrión y mi gran disfrute fue ver los ojos de Fran reflejados de rascacielos nevados. Comprendí que la ilusión del que descubre es casi tan grande como del que muestra. Hubo, sobre todo, mucho paseo.
Hace pocos veranos volvimos con Mariángeles y Agustín. Viaje programado con mucho tiempo, no podía ser de otro modo estando Mariángeles por medio, pasamos diez días intensos de museos y cenas espectaculares, que se alargaban con vinos carísimos de sobremesa. Pero había tristeza contenida y no hablada en el ambiente. Tras nueve años de relación ésa era la última aventura compartida de ellos dos. Sergio y Carmela se nos unieron en los últimos días para aportar esa dosis de frivolidad, ingenuidad y risas que nos faltaba.
Ahora anuncian nuestro aterrizaje en el JFK, y es el viaje de madurez.
Ya están vistos los museos, oídos los musicales, subidos los rascacielos, tomados los cafés en el Soho y presenciados los gospels en Harlem. Ahora queda conocer la ciudad en la ciudad, en esta urbe desmadrada multirracial, joven y puta, culta y maleducada, desabrida, seductora, perversa, acogedora, donde nadie se siente del todo diferente porque allí estamos todos.
En cualquier estación de metro encuentras lo mejor y peor de la humanidad.
¿Seguirá seduciéndonos?
Fue en el verano del 2003, en la época que vivía en París, cuando Kristian, un amigo francés, me invitó al piso de Harlem de un profesor de literatura chileno que andaba de vacaciones por su tierra. Mi desconexión de las rutinas de mi familia y amigos, cada cuál con sus planes hechos, me hizo dar un sí rotundo a Kristian.
Viaje inolvidable, de shock, en que tenía todos los sentidos abiertos para descubrir, admirar, sorprenderme. El llevar a Kristian, una persona imprevisible y provocadora, de cicerone, me hizo ver Manhattan con sus filtros. Gosspel, jazz, musicales de broadway, música clásica... pero ningún museo. La vida de Kristian en Nueva York era música, calle y grandes bocadillos en los Subway.
Tiempo después, una semana santa de mucha nieve en Nueva York, volví con Fran. Me tocaba ser a mí el anfitrión y mi gran disfrute fue ver los ojos de Fran reflejados de rascacielos nevados. Comprendí que la ilusión del que descubre es casi tan grande como del que muestra. Hubo, sobre todo, mucho paseo.
Hace pocos veranos volvimos con Mariángeles y Agustín. Viaje programado con mucho tiempo, no podía ser de otro modo estando Mariángeles por medio, pasamos diez días intensos de museos y cenas espectaculares, que se alargaban con vinos carísimos de sobremesa. Pero había tristeza contenida y no hablada en el ambiente. Tras nueve años de relación ésa era la última aventura compartida de ellos dos. Sergio y Carmela se nos unieron en los últimos días para aportar esa dosis de frivolidad, ingenuidad y risas que nos faltaba.
Ahora anuncian nuestro aterrizaje en el JFK, y es el viaje de madurez.
Ya están vistos los museos, oídos los musicales, subidos los rascacielos, tomados los cafés en el Soho y presenciados los gospels en Harlem. Ahora queda conocer la ciudad en la ciudad, en esta urbe desmadrada multirracial, joven y puta, culta y maleducada, desabrida, seductora, perversa, acogedora, donde nadie se siente del todo diferente porque allí estamos todos.
En cualquier estación de metro encuentras lo mejor y peor de la humanidad.
¿Seguirá seduciéndonos?
sábado, marzo 06, 2010
Brillante
Es una discusión que he tenido y mantendré en el futuro porque la considero esencial, en términos laborales pero no sólo, acerca de las estrategias para llegar lejos.
En este mundo tan competitivo, donde se valora con admiración o envidia a quien posee y al que tiene poder, no hay atajos 'sanos' para hacerse un hueco entre los triunfadores. Si por triunfador se entiende, en este caso, el que desarrolla una carrera profesional fuerte, exitosa, en que llega a sentirse realizado como persona y como gestor, líder, emprendedor, ejecutivo o especialista en cualquier campo.
El único camino es la brillantez.
Ser brillante no implica una acumulación de conocimientos bien estructurados, ésa es una mínima parte de la clave del éxito. Brillantes en cuanto a tu trato con tus compañeros, jefes o subordinados, en el sentido más exquisito de la palabra, sin hipocresías. Saber estar, decir que sí y decir que no, escuchar al otro, aceptar la crítica y aplicar a tu filosofía los consejos venidos de personas de confianza, sin resquemores. Un trabajador brillante es aquél que da el mínimo problema a su jefatura, sólo cuando su concurso es necesario o justo, y que atiende a su equipo con la humanidad con la que a ti te gustaría que te tratasen. Ser brillante es ser organizado, cumplidor, trabajar en la misma línea que tu equipo y que tu empresa, compartir objetivos y defenderlos.
Los atajos son malos consejeros, porque cuando se utilizan indebidamente ya no queda más remedio que andar el resto de tu trayectoria laboral mirando hacia abajo, no vaya a ser que un agujero negro te devuelva, por sorpresa, un poco más atrás del camino que estabas empezando a andar cuando decidiste aparentar ser, sin creértelo y forzadamente, brillante.
En este mundo tan competitivo, donde se valora con admiración o envidia a quien posee y al que tiene poder, no hay atajos 'sanos' para hacerse un hueco entre los triunfadores. Si por triunfador se entiende, en este caso, el que desarrolla una carrera profesional fuerte, exitosa, en que llega a sentirse realizado como persona y como gestor, líder, emprendedor, ejecutivo o especialista en cualquier campo.
El único camino es la brillantez.
Ser brillante no implica una acumulación de conocimientos bien estructurados, ésa es una mínima parte de la clave del éxito. Brillantes en cuanto a tu trato con tus compañeros, jefes o subordinados, en el sentido más exquisito de la palabra, sin hipocresías. Saber estar, decir que sí y decir que no, escuchar al otro, aceptar la crítica y aplicar a tu filosofía los consejos venidos de personas de confianza, sin resquemores. Un trabajador brillante es aquél que da el mínimo problema a su jefatura, sólo cuando su concurso es necesario o justo, y que atiende a su equipo con la humanidad con la que a ti te gustaría que te tratasen. Ser brillante es ser organizado, cumplidor, trabajar en la misma línea que tu equipo y que tu empresa, compartir objetivos y defenderlos.
Los atajos son malos consejeros, porque cuando se utilizan indebidamente ya no queda más remedio que andar el resto de tu trayectoria laboral mirando hacia abajo, no vaya a ser que un agujero negro te devuelva, por sorpresa, un poco más atrás del camino que estabas empezando a andar cuando decidiste aparentar ser, sin creértelo y forzadamente, brillante.
jueves, marzo 04, 2010
Mi cuarto de baño
Hay escenas concretas, la terrible pregunta de si los Reyes Magos son los padres mientras mi madre me peinaba, que me hacen situar más o menos en mis 8 o 9 años el período en que en casa se decidió hacer una reforma. Aunque sé que hubo albañiles durante mucho tiempo y que se cambiaron dormitorios de sitio, suelos y otras zonas de la casa, recuerdo especialmente la remodelación total del cuarto de baño.
Cambiando la bañera de sitio, unos horripilantes azulejos turquesas y la ventana desvencijada, pasamos a tener un baño espectacular a los ojos de un niño con gran capacidad de entusiasmo. Todo era nuevo y relucía, los sanitarios de un color blanco roto, grandes losas de color café con leche y un espejo enorme, diáfano, que iluminaba tanto como si hubieran multiplicado por dos el espacio.
En esa época yo recuerdo plantearme, con serias dudas, si podría existir (no sólo en Sevilla, sino en todo el planeta) un cuarto de baño más hermoso.
Había algunas informaciones que me hacían dudar. Pensaba, por ejemplo, en el Palacio de Versalles. Había fotos en un libro de historia del Arte que tenía mi padre que daba pistas de que, tal vez, el baño de ese palacio fuera más impresionante que el nuestro. Estaban, por otro lado, las películas que veíamos en el cine, a todo color, donde aparecían casas que, a lo mejor, también podían existir en realidad.
Conservo muy vivo ese recuerdo intenso en que me planteaba esa gran duda. Si el cuarto de baño de un piso de un barrio obrero de Sevilla sería o no el más hermoso del mundo. Era el colmo de la ingenuidad.
En esa casa ahora vive mi padre, a solas. Cuando lo visito, menos veces de las que quisiera, y entro en el baño, lo encuentro muy pequeño, tan descuidado por el paso del tiempo, con azulejos de un diseño añejo y el entonces gran espejo, roto.
Y se me hace un poco más chico el corazón.
Cambiando la bañera de sitio, unos horripilantes azulejos turquesas y la ventana desvencijada, pasamos a tener un baño espectacular a los ojos de un niño con gran capacidad de entusiasmo. Todo era nuevo y relucía, los sanitarios de un color blanco roto, grandes losas de color café con leche y un espejo enorme, diáfano, que iluminaba tanto como si hubieran multiplicado por dos el espacio.
En esa época yo recuerdo plantearme, con serias dudas, si podría existir (no sólo en Sevilla, sino en todo el planeta) un cuarto de baño más hermoso.
Había algunas informaciones que me hacían dudar. Pensaba, por ejemplo, en el Palacio de Versalles. Había fotos en un libro de historia del Arte que tenía mi padre que daba pistas de que, tal vez, el baño de ese palacio fuera más impresionante que el nuestro. Estaban, por otro lado, las películas que veíamos en el cine, a todo color, donde aparecían casas que, a lo mejor, también podían existir en realidad.
Conservo muy vivo ese recuerdo intenso en que me planteaba esa gran duda. Si el cuarto de baño de un piso de un barrio obrero de Sevilla sería o no el más hermoso del mundo. Era el colmo de la ingenuidad.
En esa casa ahora vive mi padre, a solas. Cuando lo visito, menos veces de las que quisiera, y entro en el baño, lo encuentro muy pequeño, tan descuidado por el paso del tiempo, con azulejos de un diseño añejo y el entonces gran espejo, roto.
Y se me hace un poco más chico el corazón.
martes, marzo 02, 2010
Ganas de trabajar
El lunes de la semana pasada salimos a cenar por la Alameda.
Es una noche poco propicia porque la mayoría de bares y restaurantes aprovechan para dar descanso al personal, como no podía ser de otra forma, ese día.
Recordamos un restaurante al que hacía tiempo que no íbamos, 'La Cocina Naranja', y para nuestra sorpresa nos lo encontramos abierto.
Una chica espigada, joven de pelo muy negro, nos atendió.
Tras explicarnos la carta le comentamos que no contábamos con encontrar el local abierto.
Ella nos explicó que acababan de traspasarle el bar, a ella y dos socios, y que se disponían a abrir a diario porque tenían muchas ganas de trabajar.
Lo dijo con una sonrisa, el boli bien prieto en su mano derecha y la comanda en la izquierda.
Se critica en exceso el consumismo y yo, como persona de izquierdas, reivindico el consumir. El ir al cine para que las salas no mueran, el pegarse una mañana de relax en un Spa para que éste se mantenga, el darte un masaje, el comprar un ramo de rosas, el tener un detalle con tu sobrino comprándole el último monstruo de goma, el cenar en La Cocina Naranja, para dar motivos a esa chica para seguir con sus ganas de trabajar.
Tengo un antiguo amigo que presume que su padre se fue a la tumba con 750 millones de pesetas en el banco.
Es una noche poco propicia porque la mayoría de bares y restaurantes aprovechan para dar descanso al personal, como no podía ser de otra forma, ese día.
Recordamos un restaurante al que hacía tiempo que no íbamos, 'La Cocina Naranja', y para nuestra sorpresa nos lo encontramos abierto.
Una chica espigada, joven de pelo muy negro, nos atendió.
Tras explicarnos la carta le comentamos que no contábamos con encontrar el local abierto.
Ella nos explicó que acababan de traspasarle el bar, a ella y dos socios, y que se disponían a abrir a diario porque tenían muchas ganas de trabajar.
Lo dijo con una sonrisa, el boli bien prieto en su mano derecha y la comanda en la izquierda.
Se critica en exceso el consumismo y yo, como persona de izquierdas, reivindico el consumir. El ir al cine para que las salas no mueran, el pegarse una mañana de relax en un Spa para que éste se mantenga, el darte un masaje, el comprar un ramo de rosas, el tener un detalle con tu sobrino comprándole el último monstruo de goma, el cenar en La Cocina Naranja, para dar motivos a esa chica para seguir con sus ganas de trabajar.
Tengo un antiguo amigo que presume que su padre se fue a la tumba con 750 millones de pesetas en el banco.
viernes, febrero 26, 2010
Sara Montiel
Hay cualidades de las que carezco, que ambiciono a sabiendas de no tener capacidad de obtenerlas y que admiro en los demás.
Una de ellas es la frivolidad.
No me considero un tío en ningún caso aburrido ni plomazo, pero mi incapacidad de reírme de mí y del mundo me mosquea.
Quizás sea una de las razones, ni mucho menos la principal, para compartir mi vida con una persona que me ofrece ese sentido irreverente de la vida que tanto valoro.
Recuerdo el último momento crítico vivido en ese sinvivir mío con el mundo de lo irreverente. Tras un año de mucho 'cachondeo' y buena vida con mis amigos más cercanos, pasado el verano se decidieron a organizar una 'fiesta del terror'.
A mí, por regla general, me dan mal rollo los disfraces. Acepté el reto porque soy fácil, pero no me preocupé por buscar de qué vestirme hasta el mismo día de la fiesta. Isaac y Fran se acercaron a Pichardo y me compraron el traje definitivo: 'La muerte eterna'.
Seguíamos el guión, era una noche de terror.
Antes de llegar a la finca donde se celebraba la fiesta, hicimos parada en casa de unos amigos. Abrieron el plástico del disfraz (no más de veinte euros) y me plantaron la túnica de la muerte eterna. El disfraz traía asociado un lápiz de cera blanca con el que había que pintarse la cara.
Yo me dejé pintar porque llevaba tres cervezas encima.
El tiempo pasó y yo confirmé que no sé ser frívolo ni reírme de mí mismo.
Cuando enseñan las fotos y preguntan quién es el que va vestido de Sara Montiel yo escondo la cabeza y hay quien explica...
Es la Muerte Eterna.
lunes, febrero 22, 2010
Abducidos
Ayer me llegó un mensaje de mi amiga Mariángeles, 'La Polemique', para decirme cuánto le estaba gustando 'El arte de amar', de Erich Fromm. Todo un tratado acerca de los distintos tipos de acercamientos amorosos entre los humanos.
Marian me hablaba hace unas semanas de lo maravilloso que le había resultado leer el 'Tokyo Blues' de Haruki Murakami; Luisfer dice encontrar inigualable la escritura de Le Clezio; Mariángeles, la onubense, me habla entusiasmada de la obra de Khaled Hosseini. Isaac disfrutó como un niño chico con 'Brooklyn Follies' de Paul Auster.
¿Qué nos lleva a leer?, ¿qué aporta al ser humano la lectura? Es más, ¿qué nos aporta cuando es ficción?
Es complicado pensar qué hilos mueve la literatura en el alma humana para conseguir atraparnos con decorados que sabemos falsos pero que, aún así, nos remueven las tripas. Nos hacemos cómplices de personajes que viven en otros tiempos, otras ciudades, tienen otro sexo y preocupaciones muy distintas a las nuestras.
Nos gustan los conflictos generados en esas obras. Experimentar la muerte en otro, los celos, el dolor, el pánico a la enfermedad, la vejez a la que aún no hemos llegado, el beso que un día no supimos dar, la arrogancia de villanos que conocemos con otros nombres y distintas caras.
Suspiramos en la cama, persiguiendo letras en un papel, porque una adolescente sepa decir no a un mequetrefe que la tiene engañada; nos retorcemos metiéndonos en la piel de gente sin escrúpulos que no dudan en destrozar vidas por un puñado de dólares.
Queremos finales felices pero que no nos tomen por tontos, buscamos desenlaces distintos a los que se nos proponen porque nos creemos aquél que nos cuentan. Vivimos vidas que no son nuestras, pero ¿por qué?
Encontrar la clave de esta abducción es un misterio.
Soy un tío feliz y amo la literatura. Me gusta la vida que llevo, pero leo buscando otras. Estoy enamorado, pero encuentro otros amores en los libros. Resido en una ciudad que me ofrece calidad de vida, pero ansío otros mundos al otro lado del papel.
Sé más del mundo por leer, no tengo dudas.
Soy más sensible por entender otras culturas, otras edades, otros sexos, por enfrentar conflictos que no viviré.
Lo sé.
Marian me hablaba hace unas semanas de lo maravilloso que le había resultado leer el 'Tokyo Blues' de Haruki Murakami; Luisfer dice encontrar inigualable la escritura de Le Clezio; Mariángeles, la onubense, me habla entusiasmada de la obra de Khaled Hosseini. Isaac disfrutó como un niño chico con 'Brooklyn Follies' de Paul Auster.
¿Qué nos lleva a leer?, ¿qué aporta al ser humano la lectura? Es más, ¿qué nos aporta cuando es ficción?
Es complicado pensar qué hilos mueve la literatura en el alma humana para conseguir atraparnos con decorados que sabemos falsos pero que, aún así, nos remueven las tripas. Nos hacemos cómplices de personajes que viven en otros tiempos, otras ciudades, tienen otro sexo y preocupaciones muy distintas a las nuestras.
Nos gustan los conflictos generados en esas obras. Experimentar la muerte en otro, los celos, el dolor, el pánico a la enfermedad, la vejez a la que aún no hemos llegado, el beso que un día no supimos dar, la arrogancia de villanos que conocemos con otros nombres y distintas caras.
Suspiramos en la cama, persiguiendo letras en un papel, porque una adolescente sepa decir no a un mequetrefe que la tiene engañada; nos retorcemos metiéndonos en la piel de gente sin escrúpulos que no dudan en destrozar vidas por un puñado de dólares.
Queremos finales felices pero que no nos tomen por tontos, buscamos desenlaces distintos a los que se nos proponen porque nos creemos aquél que nos cuentan. Vivimos vidas que no son nuestras, pero ¿por qué?
Encontrar la clave de esta abducción es un misterio.
Soy un tío feliz y amo la literatura. Me gusta la vida que llevo, pero leo buscando otras. Estoy enamorado, pero encuentro otros amores en los libros. Resido en una ciudad que me ofrece calidad de vida, pero ansío otros mundos al otro lado del papel.
Sé más del mundo por leer, no tengo dudas.
Soy más sensible por entender otras culturas, otras edades, otros sexos, por enfrentar conflictos que no viviré.
Lo sé.
jueves, febrero 18, 2010
Fronteras erróneas
Durante un seminario en Ruán, tuve la oportunidad de cenar con un compañero de Renault Valladolid.
En un intercambio sano de pareceres sobre distintas formas de ver el mundo, él me sorprendió con un discurso, a mi entender, equivocado.
La primera sorpresa fue el hecho en sí. Este hombre me contaba que tenía colocado, no sé dónde, un mapa del horror. Por cada mujer que moría asesinada a manos de la violencia machista, él colocaba una chincheta. De ahí venían los datos para unas conclusiones que yo intenté hacerle comprender que eran erróneas.
Sus deducciones venían dadas por la mayor densidad de chinchetas en Andalucía, el Levante y Canarias.
Algo tiene que haber en la tradición de las gentes del Sur (le faltó decir: 'en los genes') que justifique esa mayor proporción de asesinatos machistas.
Lo decía de forma correcta y civilizada, argumentada. En su discurso había una preocupación sincera. Pero con buenos principios se pueden construir afirmaciones envenenadas.
La frontera no es geográfica, le insistí. A los andaluces no nos enseñan a despreciar a las mujeres, ni los castellanos son personas respetuosas por definición con ellas.
La frontera es la mala educación, la falta de educación, los ambientes en que se nace y la crueldad que uno ve y asume. La frontera es la que divide la maldad de la bondad.
No hay genes especiales en los guatemaltecos que les haga asesinos, ni en los suecos para ser como son. La clave es la educación.
Gente mala, estoy convencido, hay en la misma proporción en cada territorio. Pero por cada mujer que muere asesinada en Estocolmo lo hacen treinta en Guatemala. ¿Dónde está la clave?
En la educación.
El respeto al otro se educa, se enseña, se transmite, se aprende.
Es peligroso poner chinchetas en mapas equivocados.
El mapa no es la clave ni hay que criminalizar territorios.
En un intercambio sano de pareceres sobre distintas formas de ver el mundo, él me sorprendió con un discurso, a mi entender, equivocado.
La primera sorpresa fue el hecho en sí. Este hombre me contaba que tenía colocado, no sé dónde, un mapa del horror. Por cada mujer que moría asesinada a manos de la violencia machista, él colocaba una chincheta. De ahí venían los datos para unas conclusiones que yo intenté hacerle comprender que eran erróneas.
Sus deducciones venían dadas por la mayor densidad de chinchetas en Andalucía, el Levante y Canarias.
Algo tiene que haber en la tradición de las gentes del Sur (le faltó decir: 'en los genes') que justifique esa mayor proporción de asesinatos machistas.
Lo decía de forma correcta y civilizada, argumentada. En su discurso había una preocupación sincera. Pero con buenos principios se pueden construir afirmaciones envenenadas.
La frontera no es geográfica, le insistí. A los andaluces no nos enseñan a despreciar a las mujeres, ni los castellanos son personas respetuosas por definición con ellas.
La frontera es la mala educación, la falta de educación, los ambientes en que se nace y la crueldad que uno ve y asume. La frontera es la que divide la maldad de la bondad.
No hay genes especiales en los guatemaltecos que les haga asesinos, ni en los suecos para ser como son. La clave es la educación.
Gente mala, estoy convencido, hay en la misma proporción en cada territorio. Pero por cada mujer que muere asesinada en Estocolmo lo hacen treinta en Guatemala. ¿Dónde está la clave?
En la educación.
El respeto al otro se educa, se enseña, se transmite, se aprende.
Es peligroso poner chinchetas en mapas equivocados.
El mapa no es la clave ni hay que criminalizar territorios.
domingo, febrero 14, 2010
Las campanas de la catedral
Hay personas afortunadas que tienen una memoria estructurada, diáfana, que les hace volver a cualquier punto, de cierta relevancia, de su pasado, y describirlo con naturalidad, como si lo estuviesen viendo.
Conozco mucha gente con esa capacidad, pero si en alguien es especialmente pronunciada es en mi querida Mariángeles.
Al tener tanto pasado compartido, ella me sirve de catalizador para explotar sensaciones olvidadas en el batiburrillo de recuerdos desordenados de mi memoria.
Creo, sin embargo, que el camino más corto para llegar a escenas fijas de mi pasado, feliz o no, me vienen por los olores. Un perfume que me puede llevar a mi madre, un aroma de madera a la casa de mi abuela, pasar al lado de jazmines a mi infancia, arena húmeda de lluvia, no sé en qué porcentaje ni qué tipo de tierra, me puede hacer pensar en mi primera declaración de amor, acercarme a una cocina, a una piscina, a una iglesia.
Se dice que en la vida siempre hay que mirar hacia adelante, algo con lo que no puedo estar más de acuerdo; pero siempre teniendo presente, en algún rincón íntimo de ti, las experiencias pasadas.
Hay tanta gente que ha pasado por mi vida, he reído tanto con ciertas personas que siempre estarán ahí, que sería una falta de respeto a mí mismo olvidar.
No olvido los amores pasados, ni las confidencias, ni esos viajes por medio mundo, ni los llantos por muertos que lo son menos al recordarlos.
Cernuda lo describía desde el exilio mexicano, cuando las campanas de la catedral le llevaban a las de la Sevilla de su infancia, a la que nunca volvió.
Conozco mucha gente con esa capacidad, pero si en alguien es especialmente pronunciada es en mi querida Mariángeles.
Al tener tanto pasado compartido, ella me sirve de catalizador para explotar sensaciones olvidadas en el batiburrillo de recuerdos desordenados de mi memoria.
Creo, sin embargo, que el camino más corto para llegar a escenas fijas de mi pasado, feliz o no, me vienen por los olores. Un perfume que me puede llevar a mi madre, un aroma de madera a la casa de mi abuela, pasar al lado de jazmines a mi infancia, arena húmeda de lluvia, no sé en qué porcentaje ni qué tipo de tierra, me puede hacer pensar en mi primera declaración de amor, acercarme a una cocina, a una piscina, a una iglesia.
Se dice que en la vida siempre hay que mirar hacia adelante, algo con lo que no puedo estar más de acuerdo; pero siempre teniendo presente, en algún rincón íntimo de ti, las experiencias pasadas.
Hay tanta gente que ha pasado por mi vida, he reído tanto con ciertas personas que siempre estarán ahí, que sería una falta de respeto a mí mismo olvidar.
No olvido los amores pasados, ni las confidencias, ni esos viajes por medio mundo, ni los llantos por muertos que lo son menos al recordarlos.
Cernuda lo describía desde el exilio mexicano, cuando las campanas de la catedral le llevaban a las de la Sevilla de su infancia, a la que nunca volvió.
miércoles, febrero 10, 2010
Lo ya vivido
He tenido la oportunidad esta tarde de pasearme, como tantas veces, por Valladolid.
Es una ciudad que conozco gracias a Renault, mi empresa. Quién lo diría, una ciudad milenaria, antigua capital de España, del Gran Imperio, donde la Grandeza reluce por cualquier esquina, y que yo la conozco gracias a la multinacional francesa donde trabajo desde…siempre.
Cuando llegué esta tarde, tenía claro que había una cuenta pendiente por quitar de mi mala conciencia. El museo del Patio Herreriano. Museo de Arte Contemporáneo construido sobre el derruido Monasterio de San Benito, un edificio austero de piedra blanca, majestuoso.
A mí el arte contemporáneo me pone. A pesar de lo difícil que es sostener esa sensación.
Había varias exposiciones temporales, pero si hubo una que me impresionó fue la de Carlos León. Grandes tapices blancos ‘manchados’ de azules y carmines, con esponjas y gotas cayendo incontroladas, ensuciando el cuadrado perfecto.
A mí el arte contemporáneo me hace volar y las pinceladas gruesas de Carlos León me llevaban a pensar en lo ya vivido.
Visitaba sus salas pensando que somos títeres del existir. Todo lo que vamos descubriendo ya ha sido descubierto por nuestros antepasados, no digo los inmediatos, sino los de milenios atrás. El despertar al amor, el miedo al compromiso, la ilusión de la infancia, el querer arreglar el mundo, el descubrirnos mortales, el horror ante un amigo que nos defrauda, el dolor por un familiar que perdemos, los celos, la enfermedad, el comerse el mundo, el dejarse comer…
Viendo los grandes lienzos de Carlos León me planteaba hasta qué punto me produce tristeza, o no, saber que vivo una vida previsible.
¿Es previsible o no saber que el amor ya lo han conocido antes que yo en todas las versiones posibles?, ¿es previsible o no saber que poco a poco vas perdiendo el miedo a tus jefes?, ¿es previsible o no verte arrugas en el espejo?
Todo es previsible y, sin embargo, entiendo como un placer supremo haber tenido la posibilidad de, como individuo inintercambiable y específico, haber descubierto la vida a mi manera, a mi ritmo y con mi sensibilidad.
Ante el fatalismo de pensar que todo muere, el optimismo de saber que nosotros tenemos la enorme dicha de, con pinturas abstractas, lieders de Mahler o tablas de windsurf, apreciar la vida en su totalidad a nuestra manera.
Es una ciudad que conozco gracias a Renault, mi empresa. Quién lo diría, una ciudad milenaria, antigua capital de España, del Gran Imperio, donde la Grandeza reluce por cualquier esquina, y que yo la conozco gracias a la multinacional francesa donde trabajo desde…siempre.
Cuando llegué esta tarde, tenía claro que había una cuenta pendiente por quitar de mi mala conciencia. El museo del Patio Herreriano. Museo de Arte Contemporáneo construido sobre el derruido Monasterio de San Benito, un edificio austero de piedra blanca, majestuoso.
A mí el arte contemporáneo me pone. A pesar de lo difícil que es sostener esa sensación.
Había varias exposiciones temporales, pero si hubo una que me impresionó fue la de Carlos León. Grandes tapices blancos ‘manchados’ de azules y carmines, con esponjas y gotas cayendo incontroladas, ensuciando el cuadrado perfecto.
A mí el arte contemporáneo me hace volar y las pinceladas gruesas de Carlos León me llevaban a pensar en lo ya vivido.
Visitaba sus salas pensando que somos títeres del existir. Todo lo que vamos descubriendo ya ha sido descubierto por nuestros antepasados, no digo los inmediatos, sino los de milenios atrás. El despertar al amor, el miedo al compromiso, la ilusión de la infancia, el querer arreglar el mundo, el descubrirnos mortales, el horror ante un amigo que nos defrauda, el dolor por un familiar que perdemos, los celos, la enfermedad, el comerse el mundo, el dejarse comer…
Viendo los grandes lienzos de Carlos León me planteaba hasta qué punto me produce tristeza, o no, saber que vivo una vida previsible.
¿Es previsible o no saber que el amor ya lo han conocido antes que yo en todas las versiones posibles?, ¿es previsible o no saber que poco a poco vas perdiendo el miedo a tus jefes?, ¿es previsible o no verte arrugas en el espejo?
Todo es previsible y, sin embargo, entiendo como un placer supremo haber tenido la posibilidad de, como individuo inintercambiable y específico, haber descubierto la vida a mi manera, a mi ritmo y con mi sensibilidad.
Ante el fatalismo de pensar que todo muere, el optimismo de saber que nosotros tenemos la enorme dicha de, con pinturas abstractas, lieders de Mahler o tablas de windsurf, apreciar la vida en su totalidad a nuestra manera.
viernes, febrero 05, 2010
No tengo tiempo
Es la frase de esta generación: No tengo tiempo.
Es cierto que vivimos en una época paranoica en nuestro mundo occidental.
Sería duro criticar esa frase si es dicha por una madre joven trabajadora con varios niños a los que atender en casa, un marido, una lavadora, un... en esta sociedad aún tan machista.
Pero, en mi opinión, abusamos de ella, de la frase. De mostrar a los demás que no tenemos tiempo para nada, en parte para convencernos a nosotros mismos.
Nuestras vidas se construyen de proyectos, de actividades, de relaciones, de formaciones y aprendizajes. Pero también de silencios.
Hay que luchar por encontrar tiempo para nosotros. Tiempo para leer con buena música, para una siesta sin despertador, para un paseo por la playa, o en bici por el parque.
En mi caso particular, valoro como el oro encontrar esos momentos en que estar enredado tratando de leer una novela de Auster en inglés, sin prisas, o conectado al youtube buscando un aria que me guste de Anna Netrebko, escuchándolas de principio a fin, sin acelerar el vídeo, hipnotizado. La gente me pregunta cómo hago para irme a Conil casi cada fin de semana, y yo les respondo que necesito caminar por la playa, a solas o en compañía, sin más objetivo que oír el mar.
En esta vida de estreses la medicina menos contaminante para nuestro cuerpo es encontrar tiempo para nosotros, porque encontrándolo y disfrutándolo nos hacemos personas más sanas, y siendo más sanos, oxigenamos el mundo.
Es cierto que vivimos en una época paranoica en nuestro mundo occidental.
Sería duro criticar esa frase si es dicha por una madre joven trabajadora con varios niños a los que atender en casa, un marido, una lavadora, un... en esta sociedad aún tan machista.
Pero, en mi opinión, abusamos de ella, de la frase. De mostrar a los demás que no tenemos tiempo para nada, en parte para convencernos a nosotros mismos.
Nuestras vidas se construyen de proyectos, de actividades, de relaciones, de formaciones y aprendizajes. Pero también de silencios.
Hay que luchar por encontrar tiempo para nosotros. Tiempo para leer con buena música, para una siesta sin despertador, para un paseo por la playa, o en bici por el parque.
En mi caso particular, valoro como el oro encontrar esos momentos en que estar enredado tratando de leer una novela de Auster en inglés, sin prisas, o conectado al youtube buscando un aria que me guste de Anna Netrebko, escuchándolas de principio a fin, sin acelerar el vídeo, hipnotizado. La gente me pregunta cómo hago para irme a Conil casi cada fin de semana, y yo les respondo que necesito caminar por la playa, a solas o en compañía, sin más objetivo que oír el mar.
En esta vida de estreses la medicina menos contaminante para nuestro cuerpo es encontrar tiempo para nosotros, porque encontrándolo y disfrutándolo nos hacemos personas más sanas, y siendo más sanos, oxigenamos el mundo.
jueves, febrero 04, 2010
Perdonavidas
Si hay algo que no soporto en los demás es la mirada por encima del hombro. No digo sobre mí, sino sobre el mundo.
Clasificar por con quién te mueves y sacar conclusiones gratuitas por un gesto.
Sin derecho al error.
La vida es más sencilla que todo eso.
Recuerdo la época en que comencé a salir con los amigos de copas, tiempos de bachillerato.
Ya por entonces me sublevaban las chavalitas que te despreciaban por ir con un par de copas encima un viernes por la noche.
'Yo no necesito beber para divertirme', sentenciaban.
Con frases rotundas pretendían clasificar a una persona que, simplemente, les había hecho algún comentario inocente en una noche adolescente.
O esos compañeros de trabajo que te sueltan '¿ya te vas?', cuando la noche ha caído hace rato y lo único que hacen ellos es rellenar sudokus en espera de que el jefe salga y los vean 'trabajando'.
No soporto las sonrisas falsas de desprecio, ni la gente estirada que se declara tolerante por simular su intransigencia.
Me desagradan los que hablan sin escucharte, aquellos que consideran que no hay vida fuera de un matrimonio por la iglesia y cuatro niños, los que presumen de nómina y modelo de coche, la gente que critica los excesos que ellos quisieran cometer, los que ven en el sexo pecado, aquellos piadosos que se cagan en los negros o las ecuatorianas. Los que quieren verte por cómo vistes, por dónde naciste y no por cómo piensas, que te definen por tu trabajo y no por cómo te llevas con tus amigos.
A mí me gusta el alcohol para desinhibirme de vez en cuando, el sexo porque sí, reconocer que, en algunos momentos y por instantes, me da miedo vivir; y estoy por la ruptura de las reglas convencionales que no llevan a otro lugar que al encorsetamiento.
Pero, por encima de todo, no soporto a los perdonavidas.
Clasificar por con quién te mueves y sacar conclusiones gratuitas por un gesto.
Sin derecho al error.
La vida es más sencilla que todo eso.
Recuerdo la época en que comencé a salir con los amigos de copas, tiempos de bachillerato.
Ya por entonces me sublevaban las chavalitas que te despreciaban por ir con un par de copas encima un viernes por la noche.
'Yo no necesito beber para divertirme', sentenciaban.
Con frases rotundas pretendían clasificar a una persona que, simplemente, les había hecho algún comentario inocente en una noche adolescente.
O esos compañeros de trabajo que te sueltan '¿ya te vas?', cuando la noche ha caído hace rato y lo único que hacen ellos es rellenar sudokus en espera de que el jefe salga y los vean 'trabajando'.
No soporto las sonrisas falsas de desprecio, ni la gente estirada que se declara tolerante por simular su intransigencia.
Me desagradan los que hablan sin escucharte, aquellos que consideran que no hay vida fuera de un matrimonio por la iglesia y cuatro niños, los que presumen de nómina y modelo de coche, la gente que critica los excesos que ellos quisieran cometer, los que ven en el sexo pecado, aquellos piadosos que se cagan en los negros o las ecuatorianas. Los que quieren verte por cómo vistes, por dónde naciste y no por cómo piensas, que te definen por tu trabajo y no por cómo te llevas con tus amigos.
A mí me gusta el alcohol para desinhibirme de vez en cuando, el sexo porque sí, reconocer que, en algunos momentos y por instantes, me da miedo vivir; y estoy por la ruptura de las reglas convencionales que no llevan a otro lugar que al encorsetamiento.
Pero, por encima de todo, no soporto a los perdonavidas.
martes, febrero 02, 2010
Un hombre bueno
Ahora que está sobre la mesa de los políticos la discusión sobre la edad de jubilación que nos tocará 'padecer' a aquéllos que aún no vemos ni de lejos el día de la retirada, he tenido la oportunidad, por vez primera, de celebrar como 'jefe' la jubilación de alguien perteneciente a mi equipo de trabajo en la empresa.
Rafael nos invitó a una comida en un bar cercano a la fábrica. Iba impecable con su corbata y, lo principal, su sonrisa de oreja a oreja.
Cuando recibió la llamada de mi jefe mientras tomábamos esa cerveza de despedida (es decir, el jefe de su jefe), él aún tuvo tiempo para pedir por el futuro de los compañeros que dejaba en el tajo.
Con este hombre he tenido oportunidad de viajar, siempre en condiciones de mucha tensión, al tratarse de problemas de calidad que requieren nuestro análisis y soluciones inmediatas. Los viajes dan oportunidad de charlar, de conocer a las personas.
Rafael llevaba casi cuarenta años trabajando, realizando sus tareas con honestidad, sin faltar un día, enseñando a quienes se acercaban a su rincón de análisis de cajas de cambio toda la sapiencia acumulada durante tantas décadas. Siempre con una sonrisa en la boca.
Luchó, hasta el último día, más por sus compañeros (que podían ser sus hijos) que por él mismo.
Ahora le toca vivir la libertad de no tener que pensar más en cajas de cambio ni viajes de empresa, ahora vienen los días de buscar ofertas para irse de crucero con su mujer, o de organizarse para conocer ese París que, a pesar de tanto viaje con una empresa francesa, nunca llegó a conocer.
Él es un hombre sin grandes estudios, con faltas de ortografía, que se emociona tratando de justificar sus derechos laborales y los de sus compañeros, currante como el que más y, sobre todo, humilde.
La humildad que tanto admiro.
Un hombre bueno.
Rafael nos invitó a una comida en un bar cercano a la fábrica. Iba impecable con su corbata y, lo principal, su sonrisa de oreja a oreja.
Cuando recibió la llamada de mi jefe mientras tomábamos esa cerveza de despedida (es decir, el jefe de su jefe), él aún tuvo tiempo para pedir por el futuro de los compañeros que dejaba en el tajo.
Con este hombre he tenido oportunidad de viajar, siempre en condiciones de mucha tensión, al tratarse de problemas de calidad que requieren nuestro análisis y soluciones inmediatas. Los viajes dan oportunidad de charlar, de conocer a las personas.
Rafael llevaba casi cuarenta años trabajando, realizando sus tareas con honestidad, sin faltar un día, enseñando a quienes se acercaban a su rincón de análisis de cajas de cambio toda la sapiencia acumulada durante tantas décadas. Siempre con una sonrisa en la boca.
Luchó, hasta el último día, más por sus compañeros (que podían ser sus hijos) que por él mismo.
Ahora le toca vivir la libertad de no tener que pensar más en cajas de cambio ni viajes de empresa, ahora vienen los días de buscar ofertas para irse de crucero con su mujer, o de organizarse para conocer ese París que, a pesar de tanto viaje con una empresa francesa, nunca llegó a conocer.
Él es un hombre sin grandes estudios, con faltas de ortografía, que se emociona tratando de justificar sus derechos laborales y los de sus compañeros, currante como el que más y, sobre todo, humilde.
La humildad que tanto admiro.
Un hombre bueno.
viernes, enero 29, 2010
La Ética
Es una de mis palabras preferidas por todo el significado que contiene.
Sus formas austeras corresponden con su esencia. Su pronunciación, metálica, sonora, marmórea, le concede majestuosidad. Y acompañada de su artículo, La Ética, resulta definitiva.
Ética contra nada, sino a favor del hombre.
Biblia laica de personas valientes.
Lo leí a una escritora irlandesa, Julia O'Faolain, 'cuando la religión te abandona, la ética funciona bastante bien'.
La mayor parte de los seres humanos tienen un sentido de transcendencia en su sentir personal, sean creyentes o no. La espiritualidad puede ser perfectamente asumida por un agnóstico si definimos ésta como la capacidad de expresar sentimientos, de comunicar emociones, de proyectar ilusiones.
Independientemente de la creencia en un ser superior o no, el hecho innegable es que los seres humanos existimos, que convivimos, nos relacionamos, tenemos que compenetrarnos para evitar el caos que sería no tenernos en cuenta los unos a los otros.
¿Cuál sería entonces la Regla Suprema para moderar estas conexiones entre humanos, sujetas por hilos que siempre rozan, cuando no entran de lleno, en el conflicto?
¿Qué es lo que nos debe guiar a la hora de definir una buena práctica, para considerar quién tiene razón?, ¿cuál es el mejor comportamiento?
¿En qué Principios morales apoyarse cuando te enfrentas a situaciones injustas, cuando la desesperación se apodera de ti, en esos momentos en que todo pierde sentido?
¿Bajo qué prisma valorar al otro?, ¿cómo valorar y valorarse?
Yo encuentro todas las respuestas en La Ética, a la que, independientemente de lo que diga la Real Academia de la Lengua, yo la definiría de una forma sencilla.
Es la forma más correcta de actuar, entendiendo por correcto todo lo que emana de la bondad.
La Ética es actuar pensando en el otro como si estuvieses pensando en ti.
Ir de frente, evitar las medias verdades, boicotear al mal, entendido como aquello que hace daño, que denigra, que embrutece, que estropea, que saca de nosotros la persona que viviría feliz en el caos.
Sus formas austeras corresponden con su esencia. Su pronunciación, metálica, sonora, marmórea, le concede majestuosidad. Y acompañada de su artículo, La Ética, resulta definitiva.
Ética contra nada, sino a favor del hombre.
Biblia laica de personas valientes.
Lo leí a una escritora irlandesa, Julia O'Faolain, 'cuando la religión te abandona, la ética funciona bastante bien'.
La mayor parte de los seres humanos tienen un sentido de transcendencia en su sentir personal, sean creyentes o no. La espiritualidad puede ser perfectamente asumida por un agnóstico si definimos ésta como la capacidad de expresar sentimientos, de comunicar emociones, de proyectar ilusiones.
Independientemente de la creencia en un ser superior o no, el hecho innegable es que los seres humanos existimos, que convivimos, nos relacionamos, tenemos que compenetrarnos para evitar el caos que sería no tenernos en cuenta los unos a los otros.
¿Cuál sería entonces la Regla Suprema para moderar estas conexiones entre humanos, sujetas por hilos que siempre rozan, cuando no entran de lleno, en el conflicto?
¿Qué es lo que nos debe guiar a la hora de definir una buena práctica, para considerar quién tiene razón?, ¿cuál es el mejor comportamiento?
¿En qué Principios morales apoyarse cuando te enfrentas a situaciones injustas, cuando la desesperación se apodera de ti, en esos momentos en que todo pierde sentido?
¿Bajo qué prisma valorar al otro?, ¿cómo valorar y valorarse?
Yo encuentro todas las respuestas en La Ética, a la que, independientemente de lo que diga la Real Academia de la Lengua, yo la definiría de una forma sencilla.
Es la forma más correcta de actuar, entendiendo por correcto todo lo que emana de la bondad.
La Ética es actuar pensando en el otro como si estuvieses pensando en ti.
Ir de frente, evitar las medias verdades, boicotear al mal, entendido como aquello que hace daño, que denigra, que embrutece, que estropea, que saca de nosotros la persona que viviría feliz en el caos.
sábado, enero 23, 2010
Limpiadora
Mi último viaje de trabajo a Eslovenia me ha servido para charlar largo y tendido con un compañero de empresa acerca de las expectativas profesionales de cada uno. No concretamente de las nuestras, sino de cómo cada cuál se establece fronteras más o menos rígidas a la hora de plantearse su carrera profesional.
Afortunadamente, los seres humanos están influenciados por tantos factores internos, carácter, salud, nivel intelectual, vitalidad, fuerza de voluntad, pragmatismo, como externos, situación familiar, entorno educativo, valores recibidos o lugar de residencia, que no hay dos personas que se puedan definir con el mismo patrón en ese difícil equilibrio que supone compensar una vida personal satisfactoria con una proyección en el trabajo que le haga sentirse realizado.
En mis momentos de mayor estrés en el trabajo, le contaba, yo envidiaba a una limpiadora que llegaba todas las mañanas a mi despacho, con una sonrisa de oreja a oreja y tarareando coplas. Me echaba tres piropos mientras me limpiaba el teclado del ordenador, sin importarle si estuviese encendido, apagado; recogía la bolsa de la papelera, limpiaba los cristales y se iba.
Yo quería esa vida tan sana para mí, porque quizás hubo una época en que veía que mi día a día se estaba volviendo insano.
Me planteaba que no tenía grandes pretensiones económicas, que me apetecía tener mucho tiempo libre, para leer y escribir, para estar con los amigos, pasear, hacer deporte, dormir, aprender a cocinar, viajar, leerme el periódico con calma cada día, que no quería morir de un infarto con 40 años.
Cierto es que asumí hace tiempo que no quiero esa vida de rutinas aparentemente felices. Veía a esa mujer cinco minutos cada mañana, pero no el resto de su día ni sus posibles miserias familiares.
Con el tiempo a mí las cosas se me complicaron en lo económico: hipotecas, préstamos, negocios familiares, al tiempo que me fui sintiendo satisfecho con el trabajo que hacía, por muy distante que esté la ingeniería del automóvil de mi primigenia vocación humanista de escribir.
¿Uno se plantea dónde están sus límites?
A veces la vida no te da demasiada opción a elegir con frialdad.
Este compañero con el que estuve en Eslovenia es feliz trabajando a tope sus ocho horas, jugando al futbito los jueves y teniendo todo el resto del tiempo para disfrutarlo él, sin condicionantes.
¿Cuáles son las claves del equilibrio laboral-emocional?
Las que nosotros sepamos ponernos (y el dinero, venenoso, siempre estará ahí para influirnos).
La infelicidad viene cuando esos condicionantes nos vienen, en un porcentaje insoportable, dados.
Pero sobre todo viene cuando no hay trabajo del que hablar.
Afortunadamente, los seres humanos están influenciados por tantos factores internos, carácter, salud, nivel intelectual, vitalidad, fuerza de voluntad, pragmatismo, como externos, situación familiar, entorno educativo, valores recibidos o lugar de residencia, que no hay dos personas que se puedan definir con el mismo patrón en ese difícil equilibrio que supone compensar una vida personal satisfactoria con una proyección en el trabajo que le haga sentirse realizado.
En mis momentos de mayor estrés en el trabajo, le contaba, yo envidiaba a una limpiadora que llegaba todas las mañanas a mi despacho, con una sonrisa de oreja a oreja y tarareando coplas. Me echaba tres piropos mientras me limpiaba el teclado del ordenador, sin importarle si estuviese encendido, apagado; recogía la bolsa de la papelera, limpiaba los cristales y se iba.
Yo quería esa vida tan sana para mí, porque quizás hubo una época en que veía que mi día a día se estaba volviendo insano.
Me planteaba que no tenía grandes pretensiones económicas, que me apetecía tener mucho tiempo libre, para leer y escribir, para estar con los amigos, pasear, hacer deporte, dormir, aprender a cocinar, viajar, leerme el periódico con calma cada día, que no quería morir de un infarto con 40 años.
Cierto es que asumí hace tiempo que no quiero esa vida de rutinas aparentemente felices. Veía a esa mujer cinco minutos cada mañana, pero no el resto de su día ni sus posibles miserias familiares.
Con el tiempo a mí las cosas se me complicaron en lo económico: hipotecas, préstamos, negocios familiares, al tiempo que me fui sintiendo satisfecho con el trabajo que hacía, por muy distante que esté la ingeniería del automóvil de mi primigenia vocación humanista de escribir.
¿Uno se plantea dónde están sus límites?
A veces la vida no te da demasiada opción a elegir con frialdad.
Este compañero con el que estuve en Eslovenia es feliz trabajando a tope sus ocho horas, jugando al futbito los jueves y teniendo todo el resto del tiempo para disfrutarlo él, sin condicionantes.
¿Cuáles son las claves del equilibrio laboral-emocional?
Las que nosotros sepamos ponernos (y el dinero, venenoso, siempre estará ahí para influirnos).
La infelicidad viene cuando esos condicionantes nos vienen, en un porcentaje insoportable, dados.
Pero sobre todo viene cuando no hay trabajo del que hablar.
martes, enero 19, 2010
Rompecristales
Antes de mi época parisina, cuando tenía mi clío blanco, vivía ya en mi piso del centro de Sevilla y no tenía garaje, me enfrentaba cada día a una búsqueda imposible de aparcamiento cada vez que volvía del trabajo, del gimnasio, de la playa o de casa de mis amigos, de mi padre, del cine o de cualquier sarao.
En la calle Santa Clara, donde vivía y sigo viviendo, se instaló un 'gorrilla' que se hizo dueño de la calle. Pasé por todas las fases con él. Pagarle, ser amable, traté de explicarle que no podía darle dinero todos los días varias veces... hasta que un día me enfrenté sin remedio. Me chuleó cuando yo decidí aparcar para subir a mi casa cinco minutos a recoger un teléfono olvidado. Me maldijo y amenazó con rajarme el coche.
Yo, invadido de ira, le grité que si me rajaba el coche yo le rajaría a él.
Desde ese momento, una vez cada mes o dos meses, mi coche aparecía con las lunas rotas, o la rueda pinchada, o el retrovisor destrozado. Yo sabía que era él. Él se reía de mí.
Mi jefe de por entonces en el trabajo, viéndome entrar en cólera cada poco tiempo, me recomendaba hablar con él, 'negociar'.
Yo me negaba.
Un día, saliendo de casa, vi lo inimaginable. Le habían robado las ruedas al coche. Se apoyaba sobre los cubos en unas cuantas piedras. Llamé a la grúa y admití mi derrota.
Cuando volví de París a instalarme de nuevo en mi casa, me compré otro coche y busqué desesperadamente una plaza cercana de garaje, que encontré.
Sigo cruzándome con este individuo a diario.
Él sabe quién soy yo y sé quién es él.
Pero yo comprendí la lección.
Él me busca la mirada, deseando verme un día aparcar en la calle y dejarle a la víctima a su alcance. Una víctima que ya tiene heridas de chapa por todos lados.
Pero yo no me dejo embaucar. Paso a su lado cada día, dirijo mi mirada al infinito en busca de mi guarida.
Quien no tiene más argumento que el odio siempre saldrá derrotado con los que miramos mucho más allá. Perderemos batallas, pero la vida es nuestra.
En la calle Santa Clara, donde vivía y sigo viviendo, se instaló un 'gorrilla' que se hizo dueño de la calle. Pasé por todas las fases con él. Pagarle, ser amable, traté de explicarle que no podía darle dinero todos los días varias veces... hasta que un día me enfrenté sin remedio. Me chuleó cuando yo decidí aparcar para subir a mi casa cinco minutos a recoger un teléfono olvidado. Me maldijo y amenazó con rajarme el coche.
Yo, invadido de ira, le grité que si me rajaba el coche yo le rajaría a él.
Desde ese momento, una vez cada mes o dos meses, mi coche aparecía con las lunas rotas, o la rueda pinchada, o el retrovisor destrozado. Yo sabía que era él. Él se reía de mí.
Mi jefe de por entonces en el trabajo, viéndome entrar en cólera cada poco tiempo, me recomendaba hablar con él, 'negociar'.
Yo me negaba.
Un día, saliendo de casa, vi lo inimaginable. Le habían robado las ruedas al coche. Se apoyaba sobre los cubos en unas cuantas piedras. Llamé a la grúa y admití mi derrota.
Cuando volví de París a instalarme de nuevo en mi casa, me compré otro coche y busqué desesperadamente una plaza cercana de garaje, que encontré.
Sigo cruzándome con este individuo a diario.
Él sabe quién soy yo y sé quién es él.
Pero yo comprendí la lección.
Él me busca la mirada, deseando verme un día aparcar en la calle y dejarle a la víctima a su alcance. Una víctima que ya tiene heridas de chapa por todos lados.
Pero yo no me dejo embaucar. Paso a su lado cada día, dirijo mi mirada al infinito en busca de mi guarida.
Quien no tiene más argumento que el odio siempre saldrá derrotado con los que miramos mucho más allá. Perderemos batallas, pero la vida es nuestra.
viernes, enero 15, 2010
Conflictos eternos
Hay una serie de situaciones en la vida que exigen posicionamiento. Te puede tocar cerca o lejos, pero se suele tener opinión.
¿Quién no ha discutido sobre el enfrentamiento israelo-palestino?, ¿cómo poder quedar indiferentes?
Cuando hay argumentos sólidos por ambos lados, cada cual abraza una causa en función de su ética, sus compromisos morales o religiosos, su desgana, su pasión, su pesimismo o sus ganas de vivir.
Precisamente uno de estos puntos mayores de la complejidad humana es el tema del aborto. Y parece que los que defendemos sin ruborizarnos el derecho de la mujer a abortar no tengamos ganas de vivir, o queramos hacer la puñeta a una criatura, tengamos instinto asesino, seamos muerte, oscura y sangrienta muerte.
Yo tengo razones sobradas para defender el derecho a la mujer a abortar.
Hay quien opina que lo que hay que fomentar es la educación sexual. Estoy al cien por cien de acuerdo. Pero es ingenuo pensar que por mucho que uno eduque no llegarán embarazos indeseados.
Habría que enseñar a beber, pero siempre habrá alcohólicos. Habría que enseñar a comer, pero siempre existirá la obesidad incontrolada. Habría que enseñar a utilizar preservativos, pero puede fallar, olvidarse, dejarse uno llevar, equivocarse. Y una equivocación no puede costar tan cara.
Ante estos embarazos sobrevenidos hay quien implora piedad por el futuro niño, enviarlo a una casa de acogida o darlo a la familia. Es un argumento fuerte, pero tiene sus connotaciones morales. Basan su razonamiento en dos principios: la vida es sagrada y el feto es una persona.
Efectivamente, el feto es vida. Pero no es ni de lejos una persona.
Y el feto de una mujer que no quiere tener a su hijo es un proyecto de vida desgraciada.
Claro que sí, que si se le da la oportunidad de nacer puede ser una persona maravillosa. Ese feto puede llegar a ser un futuro Obama, un Vicente Ferrer, un gran investigador... o una persona sin más.
Pero si se aborta no se mata a nadie. Se mata un sueño, tal vez. La ilusión de una nueva criatura, seguro. Pero no se asesina a nadie.
Porque si llevamos el razonamiento al extremo estaríamos matando niños cada vez que nos ponemos un preservativo, cada vez que decidimos no hacer el amor una noche.
Abortar tiene que ser un plato difícil de tragar para la mujer que se ve obligada a abrir sus piernas para quitar un trozo de futura vida. Un drama para ella, sin duda.
Para mi modesto entender, apoyar la penalización del aborto es jugar con populismo. Es cantar a la vida con argumentos equívocos y, más veces de las deseadas, mezquinos.
Atacar el derecho a abortar me parece cobarde, taparse los ojos a la realidad de la existencia humana.
Con cada aborto se mata un proyecto de persona que nunca existirá, se termina una ilusión, seguro. Pero no se asesina a nadie. Nadie existe.
Fomentemos una educación sexual sana, y ante los errores o la ignorancia, demos los medios como sociedad civilizada que somos. Primero la pastilla del día después, y si es tarde, una ley de plazos bien estructurada y respetuosa con el alma humana.
Sí, creo profundamente en una ley de plazos, que despenalice el aborto, respetuosa con el alma humana.
El aborto no es historia de asesinatos, el aborto es un drama personal.
¿Quién no ha discutido sobre el enfrentamiento israelo-palestino?, ¿cómo poder quedar indiferentes?
Cuando hay argumentos sólidos por ambos lados, cada cual abraza una causa en función de su ética, sus compromisos morales o religiosos, su desgana, su pasión, su pesimismo o sus ganas de vivir.
Precisamente uno de estos puntos mayores de la complejidad humana es el tema del aborto. Y parece que los que defendemos sin ruborizarnos el derecho de la mujer a abortar no tengamos ganas de vivir, o queramos hacer la puñeta a una criatura, tengamos instinto asesino, seamos muerte, oscura y sangrienta muerte.
Yo tengo razones sobradas para defender el derecho a la mujer a abortar.
Hay quien opina que lo que hay que fomentar es la educación sexual. Estoy al cien por cien de acuerdo. Pero es ingenuo pensar que por mucho que uno eduque no llegarán embarazos indeseados.
Habría que enseñar a beber, pero siempre habrá alcohólicos. Habría que enseñar a comer, pero siempre existirá la obesidad incontrolada. Habría que enseñar a utilizar preservativos, pero puede fallar, olvidarse, dejarse uno llevar, equivocarse. Y una equivocación no puede costar tan cara.
Ante estos embarazos sobrevenidos hay quien implora piedad por el futuro niño, enviarlo a una casa de acogida o darlo a la familia. Es un argumento fuerte, pero tiene sus connotaciones morales. Basan su razonamiento en dos principios: la vida es sagrada y el feto es una persona.
Efectivamente, el feto es vida. Pero no es ni de lejos una persona.
Y el feto de una mujer que no quiere tener a su hijo es un proyecto de vida desgraciada.
Claro que sí, que si se le da la oportunidad de nacer puede ser una persona maravillosa. Ese feto puede llegar a ser un futuro Obama, un Vicente Ferrer, un gran investigador... o una persona sin más.
Pero si se aborta no se mata a nadie. Se mata un sueño, tal vez. La ilusión de una nueva criatura, seguro. Pero no se asesina a nadie.
Porque si llevamos el razonamiento al extremo estaríamos matando niños cada vez que nos ponemos un preservativo, cada vez que decidimos no hacer el amor una noche.
Abortar tiene que ser un plato difícil de tragar para la mujer que se ve obligada a abrir sus piernas para quitar un trozo de futura vida. Un drama para ella, sin duda.
Para mi modesto entender, apoyar la penalización del aborto es jugar con populismo. Es cantar a la vida con argumentos equívocos y, más veces de las deseadas, mezquinos.
Atacar el derecho a abortar me parece cobarde, taparse los ojos a la realidad de la existencia humana.
Con cada aborto se mata un proyecto de persona que nunca existirá, se termina una ilusión, seguro. Pero no se asesina a nadie. Nadie existe.
Fomentemos una educación sexual sana, y ante los errores o la ignorancia, demos los medios como sociedad civilizada que somos. Primero la pastilla del día después, y si es tarde, una ley de plazos bien estructurada y respetuosa con el alma humana.
Sí, creo profundamente en una ley de plazos, que despenalice el aborto, respetuosa con el alma humana.
El aborto no es historia de asesinatos, el aborto es un drama personal.
miércoles, enero 06, 2010
Entre nosotros
Llevaba poco tiempo en la fábrica donde he desarrollado, hasta ahora, casi toda mi vida laboral. Tendría ventitantos años, cerca de la treintena. Yo trabajaba en Mantenimiento y, como tal, tenía contacto a pie de taller con multitud de técnicos, operarios, especialistas y mandos de la empresa. Estaba inmerso en el duro ciclo de trabajar a tres turnos (mañana, tarde y noche).
En uno de estos turnos había un hombretón, apocado, especialista en una zona de máquinas que se dedican a dar el mecanizado final a las piezas que luego van montadas en la caja de cambio.
Este hombre era servicial, con escaso bagaje formativo, pero con una gran experiencia. Él se dedicaba a realizar los reglajes a las máquinas, cambiar herramientas, prepararlas para pasar a otro tipo de pieza... mientras mi tarea consistía en reparar las averías de dichas máquinas y, fundamentalmente, intervenir antes de que éstas se produjeran.
No puedo olvidar un turno de noche, yo estaba ya bastante cansado y llevaba varias horas trabajando codo a codo con él.
Entonces, sin más trato conmigo que el puramente profesional, me comentó que en cuanto llegase a su casa iba a coger a su mujer y se la iba a follar como se merecía, y que si a ella no le apetecía a él le daría igual, que más le valía que no se resistiera si no quisiese llevarse una paliza.
'Las mujeres no se enteran para lo que sirven, Salvador'.
Ese hombre ya se jubiló y yo siempre me arrepentiré de haberme quedado petrificado, inerte.
En uno de estos turnos había un hombretón, apocado, especialista en una zona de máquinas que se dedican a dar el mecanizado final a las piezas que luego van montadas en la caja de cambio.
Este hombre era servicial, con escaso bagaje formativo, pero con una gran experiencia. Él se dedicaba a realizar los reglajes a las máquinas, cambiar herramientas, prepararlas para pasar a otro tipo de pieza... mientras mi tarea consistía en reparar las averías de dichas máquinas y, fundamentalmente, intervenir antes de que éstas se produjeran.
No puedo olvidar un turno de noche, yo estaba ya bastante cansado y llevaba varias horas trabajando codo a codo con él.
Entonces, sin más trato conmigo que el puramente profesional, me comentó que en cuanto llegase a su casa iba a coger a su mujer y se la iba a follar como se merecía, y que si a ella no le apetecía a él le daría igual, que más le valía que no se resistiera si no quisiese llevarse una paliza.
'Las mujeres no se enteran para lo que sirven, Salvador'.
Ese hombre ya se jubiló y yo siempre me arrepentiré de haberme quedado petrificado, inerte.
domingo, enero 03, 2010
Zapatero
Reconozco especial simpatía por este hombre, vilipendiado en tantos medios de comunicación, tachado de incompetente, indeciso, integrista, ingenuo, voluntarista sin más, chaquetero, improvisador...
Desde mi propio campo, muy cercano al suyo, son muchos los errores que identifico en su trayectoria, los cuáles los resumiría en haber sido poco claro en sus estrategias políticas (a nivel de aliados, especialmente hablando de los grupos nacionalistas, cuyo único ideal es el terruño), en haber dado imagen de improvisación en cuestiones económicas (no me parece muy socialista ese beneficio de 400 euros en el IRPF o la ayuda universal de 2500 euros por nacimiento, debería de haberse hecho en función del nivel económico del interesado). Creo que ha errado en cuestiones internacionales, al menos no veo una línea clara, en que se moje en asuntos trascendentes (Cuba, Marruecos, Venezuela, la Unión Europea, Afganistán).
No se puede estar a bien con todo el mundo, sobre todo cuando el mundo es tan terriblemente injusto.
Creo que a Zapatero le ha faltado más contacto con la realidad de la calle, un impulso realmente fuerte en los terrenos de la investigación y la innovación científica, más valor a la hora de redactar la Ley Antitabaco. Creo que fue un error por su parte nombrar a Bermejo como ministro de Justicia, o a César Molina como Ministro de Cultura. Me hubiera gustado que durante esta terrible crisis que le ha tocado padecer se hubiese rodeado de un equipo técnico-economista de primer nivel. Se pueden mantener principios de izquierda pero coger el timón con las dos manos, el país se juega mucho. Y el timón no se puede coger si no se tienen todos los conocimientos necesarios.
Dicho esto, considero que Zapatero es una gran persona y un político con aún muchas cosas que aportar.
En su haber está la valiente reforma de la ley del aborto, la ley de Dependencia, pensando en los que más sufren, la ley del matrimonio homosexual, dando dignidad a los que siempre estuvieron marginados. Siempre ha luchado por mantener los derechos de los trabajadores, en una época en que hubiera sido fácil apoyar políticas más agresivas contra éstos, porque en época de grandes crisis vale todo.
Es una persona con principios, por mucho que se le quiera tratar de apocado. Es un hombre bueno que sueña con una sociedad que funcione bajo principios más humanos.
Poco a poco se acerca su final político en esta su etapa como Presidente del Gobierno de mi país. Dijo en su primer discurso, que yo escuché emocionado desde Francia días después del atentado del 11-M, que no nos fallaría.
Ha fallado como fallan todos los humanos, pero yo no tengo ningún reproche que hacerle a su persona.
Me parece un hombre digno, que enaltece la política, que se mueve exclusivamente por sus ideales y que siempre lo hará así.
Sería una gran alegría para mí que consiguiese frenar, reflexionar, tomar las medidas oportunas para los que tanta esperanza pusimos en él volvamos a creer que es posible construir un mundo más justo a base de buenas políticas.
Estos días celebramos menos muertos que nunca en carretera, menos mujeres muertas a manos de sus maridos que nunca. La muerte de ETA está más próxima que jamás lo ha estado. Algo han tenido que ver sus ministerios en todo esto y leyes aprobadas durante su mandato.
Deseo que estos años que queden hasta las próximas elecciones haga lo que esté en su mano para que, los que creemos en él, sigamos criticándolo con energía pero orgullosos de su quehacer como Presidente.
Mucho ánimo
miércoles, diciembre 30, 2009
Tomarse en serio
A veces resulta sutil la diferencia, saber encontrar la frontera entre lo que es tomarse en serio a uno mismo y ser una persona comprometida, disciplinada, fiable, consecuente.
Mi reflexión se centra en aquellos que pasan por la vida, y son muchos, haciendo ostentación del yo. Pensar en la valía de uno y tomar este argumento como base para su desarrollo personal.
Soy un ferviente defensor de la frivolización de nuestros propios egos. Nadie es tremendamente importante, diferente, esencial.
Hay quien pasa por la vida encantado de haberse conocido. Eso lleva por caminos complicados que, en gran parte de las ocasiones, tiene como meta la más aciaga de las soledades.
Me gusta ver a compañeros de trabajo discutiendo como si les fuera la vida en ello sobre la presión de enmangue de un rodamiento sobre el alojamiento de un cárter de aluminio. Eso es pasión por el trabajo. Admirable. La decepción para con esa persona, en mi caso, viene dada por su incapacidad para asumir que un rodamiento no deja de ser un elemento inerte que se dedica simplemente a permitir que un eje ruede libremente en el centro de un taladro. Y que ahí acaba la grandeza de su trabajo.
Cuando por encima de la persona está el ser marqués, arquitecto, médico de prestigio, escritor o astronauta, ese disfraz no nos deja ver a la persona y, lo más grave, ellos se ven en el espejo con disfraz.
Es bueno ver carne al otro lado del espejo, y legañas, comprobar que cada año que se nos va tenemos más arrugas y eso no nos hace menos interesantes, sino más personas.
Sí, hablo de humildad, virtud pocas veces valorada.
Tomarse uno en serio es dañino para el equilibrio mental. Hay que quererse por cómo somos, tratar de establecer vías de progreso para ser mejor persona, buscar las maneras de sacar la sonrisa en los demás, estar ahí, con sinceridad, cuando alguien nos requiera.
Mirarnos al espejo, guiñarnos un ojo y sonreír.
Mi reflexión se centra en aquellos que pasan por la vida, y son muchos, haciendo ostentación del yo. Pensar en la valía de uno y tomar este argumento como base para su desarrollo personal.
Soy un ferviente defensor de la frivolización de nuestros propios egos. Nadie es tremendamente importante, diferente, esencial.
Hay quien pasa por la vida encantado de haberse conocido. Eso lleva por caminos complicados que, en gran parte de las ocasiones, tiene como meta la más aciaga de las soledades.
Me gusta ver a compañeros de trabajo discutiendo como si les fuera la vida en ello sobre la presión de enmangue de un rodamiento sobre el alojamiento de un cárter de aluminio. Eso es pasión por el trabajo. Admirable. La decepción para con esa persona, en mi caso, viene dada por su incapacidad para asumir que un rodamiento no deja de ser un elemento inerte que se dedica simplemente a permitir que un eje ruede libremente en el centro de un taladro. Y que ahí acaba la grandeza de su trabajo.
Cuando por encima de la persona está el ser marqués, arquitecto, médico de prestigio, escritor o astronauta, ese disfraz no nos deja ver a la persona y, lo más grave, ellos se ven en el espejo con disfraz.
Es bueno ver carne al otro lado del espejo, y legañas, comprobar que cada año que se nos va tenemos más arrugas y eso no nos hace menos interesantes, sino más personas.
Sí, hablo de humildad, virtud pocas veces valorada.
Tomarse uno en serio es dañino para el equilibrio mental. Hay que quererse por cómo somos, tratar de establecer vías de progreso para ser mejor persona, buscar las maneras de sacar la sonrisa en los demás, estar ahí, con sinceridad, cuando alguien nos requiera.
Mirarnos al espejo, guiñarnos un ojo y sonreír.
domingo, diciembre 27, 2009
Air Comet
El tiempo pasa rápido, pensaría estos días Gerardo Díaz Ferrán.
En pocos días, tal vez semanas, estas pobres familias de desheredados que compraron con ahorros de años sus billetes para pasar las navidades con los suyos, en su tierra, habrán olvidado el sofocón.
De hecho, tiene la poca vergüenza de decir que él no hubiera nunca comprado billetes de su compañía.
No sólo no se digna a disculparse, sino que se arroga con menosprecio como incrédulo ante gente tan 'analfabeta', que no sabe que al hacer una compra por internet hay que estar al tanto de las cuentas subterráneas, pagarés sin fondos y mentiras consumadas a los bancos que son prácticas habituales, al menos, en sus empresas.
Y éste es el hombre que se levanta de las mesas de diálogo social con aires de grandeza diciendo en corrillos informales que el Gobierno es un desastre.
Éste, que se permite tener sin cobrar a setecientos empleados y solicita en voz baja el despido libre.
Claro que así no puede funcionar nunca un país en condiciones, señor Ferrán, con gente de su calaña, empresarios que arriesgan los sueños y los salarios de los demás para que usted tenga una silla, de hecho la silla central, de los que hacen empresa en España. ¡Qué mal ejemplo!
Afortunadamente, en nuestro querido país, hay mucha gente que se levanta bien temprano arriesgando su patrimonio para emprender, para sacar adelante negocios que son la clave de una sociedad que se quiere llamar desarrollada y respetuosa con el primer capital con el que cuenta, el humano.
Y pida perdón por el dolor causado. Aunque sea tarde, aunque parezca que es en vano.
En pocos días, tal vez semanas, estas pobres familias de desheredados que compraron con ahorros de años sus billetes para pasar las navidades con los suyos, en su tierra, habrán olvidado el sofocón.
De hecho, tiene la poca vergüenza de decir que él no hubiera nunca comprado billetes de su compañía.
No sólo no se digna a disculparse, sino que se arroga con menosprecio como incrédulo ante gente tan 'analfabeta', que no sabe que al hacer una compra por internet hay que estar al tanto de las cuentas subterráneas, pagarés sin fondos y mentiras consumadas a los bancos que son prácticas habituales, al menos, en sus empresas.
Y éste es el hombre que se levanta de las mesas de diálogo social con aires de grandeza diciendo en corrillos informales que el Gobierno es un desastre.
Éste, que se permite tener sin cobrar a setecientos empleados y solicita en voz baja el despido libre.
Claro que así no puede funcionar nunca un país en condiciones, señor Ferrán, con gente de su calaña, empresarios que arriesgan los sueños y los salarios de los demás para que usted tenga una silla, de hecho la silla central, de los que hacen empresa en España. ¡Qué mal ejemplo!
Afortunadamente, en nuestro querido país, hay mucha gente que se levanta bien temprano arriesgando su patrimonio para emprender, para sacar adelante negocios que son la clave de una sociedad que se quiere llamar desarrollada y respetuosa con el primer capital con el que cuenta, el humano.
Y pida perdón por el dolor causado. Aunque sea tarde, aunque parezca que es en vano.
sábado, diciembre 19, 2009
Es un fenómeno a analizar.
Parece ser que el porcentaje de internautas asociados a facebook (o a redes sociales similares) es considerable, siendo ya de por sí llamativo el porcentaje de seres humanos (sobre todo en el mundo occidental) conectado a internet. Vaya, que es difícil encontrar una persona que no tenga más de la mitad de sus amistades en este invento.
Reconozco ser de los que se dedican a observar. Sólo puse un mensaje una vez, cuando consideré que algo importante me podía pasar, el pasado 27 de noviembre. Quería compartirlo con los míos.
Seguro que facebook no está pensada para gente tan austera como yo en los comentarios, pero observando al personal, creo que hay gente que se plantea qué habría sido de facebook sin ellos.
He tenido que sacar a determinadas personas de entre mis contactos porque escriben un comentario hasta para decir que se están lavando los dientes.
'¡Eh!, amigos del mundo mundial, que me lavo los dientes durante cinco minutos, justo después de desayunar'
Hay carne de psicólogo en estos sistemas. Uno que se dedique al psicoanálisis y descubra a su paciente en la red, no tiene nada más que pasarse por un personaje anónimo y pedirle entrar como amigo. Siempre le dejará pasar porque están deseosos de 'amigos' a los que abrirles las puertas y darles el placer de explicarles qué ropa se van a poner ese día y cómo de fuerte ponen el termostato en el cuarto de baño mientras se duchan.
El psicoanalista haría un trabajo aún más efectivo con esa información de más.
Sin pudor en las fotos, en los comentarios hacia los otros y hacia sí mismos, en un pequeño ventanuco al que asomarse porque no todo el mundo puede tener su 'Gran Hermano', para recordar a los demás que ahí están ellos.
Admitir gente, más gente, acaparar espectadores para sus vidas grises, sin saber que cuanto más 'heroicidades' huecas cuentes de ti, menos respetado eres.
Afortunadamente, son casos excepcionales.
Parece ser que el porcentaje de internautas asociados a facebook (o a redes sociales similares) es considerable, siendo ya de por sí llamativo el porcentaje de seres humanos (sobre todo en el mundo occidental) conectado a internet. Vaya, que es difícil encontrar una persona que no tenga más de la mitad de sus amistades en este invento.
Reconozco ser de los que se dedican a observar. Sólo puse un mensaje una vez, cuando consideré que algo importante me podía pasar, el pasado 27 de noviembre. Quería compartirlo con los míos.
Seguro que facebook no está pensada para gente tan austera como yo en los comentarios, pero observando al personal, creo que hay gente que se plantea qué habría sido de facebook sin ellos.
He tenido que sacar a determinadas personas de entre mis contactos porque escriben un comentario hasta para decir que se están lavando los dientes.
'¡Eh!, amigos del mundo mundial, que me lavo los dientes durante cinco minutos, justo después de desayunar'
Hay carne de psicólogo en estos sistemas. Uno que se dedique al psicoanálisis y descubra a su paciente en la red, no tiene nada más que pasarse por un personaje anónimo y pedirle entrar como amigo. Siempre le dejará pasar porque están deseosos de 'amigos' a los que abrirles las puertas y darles el placer de explicarles qué ropa se van a poner ese día y cómo de fuerte ponen el termostato en el cuarto de baño mientras se duchan.
El psicoanalista haría un trabajo aún más efectivo con esa información de más.
Sin pudor en las fotos, en los comentarios hacia los otros y hacia sí mismos, en un pequeño ventanuco al que asomarse porque no todo el mundo puede tener su 'Gran Hermano', para recordar a los demás que ahí están ellos.
Admitir gente, más gente, acaparar espectadores para sus vidas grises, sin saber que cuanto más 'heroicidades' huecas cuentes de ti, menos respetado eres.
Afortunadamente, son casos excepcionales.
jueves, diciembre 17, 2009
Masajes de amor
Por mi familia y mis amigos es conocido mi casi eterno dolor de espalda. Yo lo relaciono con mi época de remo, en que compartí bote durante años con un chaval a quien llamaban 'El Muerto' y del que cogí la anti-ese de su espalda a base de intentar nivelar el barco con los movimientos antisimétricos al suyo.
Los años estudiando en la Biblioteca de la Universidad tampoco ayudaron a calmar esos dolores de columna desviada.
Los mayores arrechuchos los relaciono con el susto que para mí supuso el problema de corazón que padeció mi padre y su larguísima, y tensa, operación.
Voy cambiando de fisioterapeuta, osteópata o masajista como quien cambia de pantalones vaqueros. La seducción de sus artes dura unos meses. Me envían deberes a casa para realizar todo tipo de posturas, me proponen cambiar de lado de la cama, me aconsejan pilates, natación...
En la Seguridad Social me hicieron una radiografía y me dijeron que lo que yo tenía era una pequeña desviación de columna sin mayor importancia y con una sonrisa gritaron '¡que pase el siguiente!', sin saber que el tipo al que tenían enfrente es un gran defensor de la Sanidad Pública. Snifff...
A través de mi amigo Miguel, di con la última masajista diplomada.
Llevo ya dos sesiones.
Cuando le expliqué con calma el dolor concreto que siento, dónde está situado, cómo me crujen las costillas y se me comprime todo el pecho, ella me escuchó atentamente. Puso música oriental, apagó luces, extendió gotas de aroma anti-estrés por mi pecho desnudo y me dijo que me colocase boca abajo.
Colocó sus manos sobre mi trozo de espalda dolorida y me dijo que esa zona le transmitía una infinita tristeza y muchas ganas de llorar.
¿Has sufrido alguna muerte cercana en tu vida?
Le hablé de mi madre muerta a mis 18 años.
Entonces ella me propuso un juego. Mi desesperación dorsal no podía no dejarse llevar por sus propuestas.
Mientras me masajeaba, suavemente, la espalda, me dijo que visualizara a mi madre. ¿Cómo la ves?, sonriendo -le contesté-, ¿cómo de lejos estás de ella?, a dos metros, ¿qué hacéis?, nos miramos, ¿no os tocáis?, no...
Me pidió que le hablase, a mi madre, que le dijese que la quería, y yo me agarraba a las patas de la camilla.
En ese momento me relató un cuento muy dulce, en que la Tristeza y la Rabia se iban a bañar a un arroyo. Cuando terminó el baño, la Tristeza se puso por error el traje de la Rabia.
'Eso veo en tu espalda, Salvador, tristeza y rabia que no ha podido evacuarse'
¿Hiciste el duelo debido por su muerte o lo reprimiste?; lo reprimí -le confesé.
Entonces me hizo agachar la cabeza imaginariamente y pedirle perdón por esa rabia inconsciente hacia ella por haberme abandonado. 'Ofrécele la mano, Salvador, dile a tu madre que comprendes su infinito dolor'. Yo le di la mano y mi madre me la acarició.
Mi espalda estaba relajada como nunca.
La espalda del humano más racional que conozco estaba relajada.
¿Y si fuese verdad?
Los años estudiando en la Biblioteca de la Universidad tampoco ayudaron a calmar esos dolores de columna desviada.
Los mayores arrechuchos los relaciono con el susto que para mí supuso el problema de corazón que padeció mi padre y su larguísima, y tensa, operación.
Voy cambiando de fisioterapeuta, osteópata o masajista como quien cambia de pantalones vaqueros. La seducción de sus artes dura unos meses. Me envían deberes a casa para realizar todo tipo de posturas, me proponen cambiar de lado de la cama, me aconsejan pilates, natación...
En la Seguridad Social me hicieron una radiografía y me dijeron que lo que yo tenía era una pequeña desviación de columna sin mayor importancia y con una sonrisa gritaron '¡que pase el siguiente!', sin saber que el tipo al que tenían enfrente es un gran defensor de la Sanidad Pública. Snifff...
A través de mi amigo Miguel, di con la última masajista diplomada.
Llevo ya dos sesiones.
Cuando le expliqué con calma el dolor concreto que siento, dónde está situado, cómo me crujen las costillas y se me comprime todo el pecho, ella me escuchó atentamente. Puso música oriental, apagó luces, extendió gotas de aroma anti-estrés por mi pecho desnudo y me dijo que me colocase boca abajo.
Colocó sus manos sobre mi trozo de espalda dolorida y me dijo que esa zona le transmitía una infinita tristeza y muchas ganas de llorar.
¿Has sufrido alguna muerte cercana en tu vida?
Le hablé de mi madre muerta a mis 18 años.
Entonces ella me propuso un juego. Mi desesperación dorsal no podía no dejarse llevar por sus propuestas.
Mientras me masajeaba, suavemente, la espalda, me dijo que visualizara a mi madre. ¿Cómo la ves?, sonriendo -le contesté-, ¿cómo de lejos estás de ella?, a dos metros, ¿qué hacéis?, nos miramos, ¿no os tocáis?, no...
Me pidió que le hablase, a mi madre, que le dijese que la quería, y yo me agarraba a las patas de la camilla.
En ese momento me relató un cuento muy dulce, en que la Tristeza y la Rabia se iban a bañar a un arroyo. Cuando terminó el baño, la Tristeza se puso por error el traje de la Rabia.
'Eso veo en tu espalda, Salvador, tristeza y rabia que no ha podido evacuarse'
¿Hiciste el duelo debido por su muerte o lo reprimiste?; lo reprimí -le confesé.
Entonces me hizo agachar la cabeza imaginariamente y pedirle perdón por esa rabia inconsciente hacia ella por haberme abandonado. 'Ofrécele la mano, Salvador, dile a tu madre que comprendes su infinito dolor'. Yo le di la mano y mi madre me la acarició.
Mi espalda estaba relajada como nunca.
La espalda del humano más racional que conozco estaba relajada.
¿Y si fuese verdad?
Frío
Cuando llega una ola de frío siberiano como la que hemos padecido esta semana, tan desacostumbrados como estamos en Sevilla a ver el termómetro bajo cero, a mí se me despiertan determinados sentidos dormidos.
Ese golpetazo de aire helado en la cara al salir para el trabajo a primera hora de la mañana, cuando aún es de noche, me causa un efecto de subidón.
Y no me gusta el frío.
Será una sensación particular o compartida por una gran parte del género humano, nunca es bueno generalizar, ésta de sentir un cosquilleo cuando el mundo cambia.
Andamos recluidos en nuestras rutinas de temperaturas, paisajes, ruidos y olores habituales. A mí me agranda el pecho ese golpe de aire frío.
Supone despertar el cuerpo, decirle ‘ves, estás vivo’.
Si observo a la gente metida en sus coches yendo al trabajo, a los estudiantes con sus mochilas hacia la universidad, a los jubilados paseando por Torneo… los veo ensimismados en sus pequeñas burbujas de cotidianeidad, burbujas que seguramente les hagan felices en la tranquilidad que da saberse seguro.
Tal vez por todo eso soy tan partidario de viajar, de embarcarse en aviones que lleven lo más lejos posible cada cierto tiempo, para descubrir otros fríos, montañas inimaginables, lagos azules como no podríamos sospechar, aromas agresivos por distintos.
Nos sentimos seguros en nuestras rutinas y la rutina mata.
A gran parte de los humanos le gusta en cambio esa tranquilidad de no mover nada, de dejarse llevar por el día a día sin más pretensión que no sea un día diferente, obnubilados por ese perfume venenoso del calorcito de lo más cercano.
A mí un golpe de frío siberiano a las puertas de mi casa sevillana me lleva a respirar hondo y decir, ‘estoy vivo’.
Ese golpetazo de aire helado en la cara al salir para el trabajo a primera hora de la mañana, cuando aún es de noche, me causa un efecto de subidón.
Y no me gusta el frío.
Será una sensación particular o compartida por una gran parte del género humano, nunca es bueno generalizar, ésta de sentir un cosquilleo cuando el mundo cambia.
Andamos recluidos en nuestras rutinas de temperaturas, paisajes, ruidos y olores habituales. A mí me agranda el pecho ese golpe de aire frío.
Supone despertar el cuerpo, decirle ‘ves, estás vivo’.
Si observo a la gente metida en sus coches yendo al trabajo, a los estudiantes con sus mochilas hacia la universidad, a los jubilados paseando por Torneo… los veo ensimismados en sus pequeñas burbujas de cotidianeidad, burbujas que seguramente les hagan felices en la tranquilidad que da saberse seguro.
Tal vez por todo eso soy tan partidario de viajar, de embarcarse en aviones que lleven lo más lejos posible cada cierto tiempo, para descubrir otros fríos, montañas inimaginables, lagos azules como no podríamos sospechar, aromas agresivos por distintos.
Nos sentimos seguros en nuestras rutinas y la rutina mata.
A gran parte de los humanos le gusta en cambio esa tranquilidad de no mover nada, de dejarse llevar por el día a día sin más pretensión que no sea un día diferente, obnubilados por ese perfume venenoso del calorcito de lo más cercano.
A mí un golpe de frío siberiano a las puertas de mi casa sevillana me lleva a respirar hondo y decir, ‘estoy vivo’.
lunes, diciembre 14, 2009
Dejarse ir
Quizás todos los humanos tengamos en mayor o menor medida ese miedo a atravesar la barrera del abandonarse, dejándonos ir.
Yo tomo como gran ejemplo a mi padre. Un señor de 77 años, operado a vida o muerte del corazón hace relativamente poco, viudo desde hace un cuarto de siglo, viviendo solo desde que se marchó mi hermano David de casa.
A pesar de los años vividos, los muertos enterrados, las enfermedades límites y su espíritu despistado, él sigue vistiendo impecable, manteniendo conversaciones simpáticas e inteligentes, seduciendo a sus amigas con toda la juventud de sus by-passes.
Muchas veces me he cruzado con compañeros del colegio, con vecinos, primos, colegas de trabajo, conocidos que han envejecido decenios en años. Soltando barriga, demacrados, vestidos por la simple obligación de no ir desnudos.
El cuidarnos nos lo debemos por encima de todo a nosotros. Cuidarnos para sentirnos vivos pero también por respeto a la gente que queremos.
Si supiéramos lo que alegramos inconscientemente la vida a los que nos quieren cuando nos ven guapos, atentos, vitales, daríamos la importancia suficiente a esto que puede parecer una frivolidad.
Atravesar la frontera del 'dejarse ir' siempre tiene retorno, pero cuanto más lejanos estemos de esa puerta al abandono, más difícil nos será encontrar el camino de vuelta hacia el respeto a nosotros mismos.
No es cuestión de maquillajes ni operaciones de cirugía estética, ni hablo de no saber envejecer.
La prueba está en mi padre, que aún deja el asiento de los autobuses a señores que tienen veinte años menos que él, un hombre impecable de corazón frágil.
Yo tomo como gran ejemplo a mi padre. Un señor de 77 años, operado a vida o muerte del corazón hace relativamente poco, viudo desde hace un cuarto de siglo, viviendo solo desde que se marchó mi hermano David de casa.
A pesar de los años vividos, los muertos enterrados, las enfermedades límites y su espíritu despistado, él sigue vistiendo impecable, manteniendo conversaciones simpáticas e inteligentes, seduciendo a sus amigas con toda la juventud de sus by-passes.
Muchas veces me he cruzado con compañeros del colegio, con vecinos, primos, colegas de trabajo, conocidos que han envejecido decenios en años. Soltando barriga, demacrados, vestidos por la simple obligación de no ir desnudos.
El cuidarnos nos lo debemos por encima de todo a nosotros. Cuidarnos para sentirnos vivos pero también por respeto a la gente que queremos.
Si supiéramos lo que alegramos inconscientemente la vida a los que nos quieren cuando nos ven guapos, atentos, vitales, daríamos la importancia suficiente a esto que puede parecer una frivolidad.
Atravesar la frontera del 'dejarse ir' siempre tiene retorno, pero cuanto más lejanos estemos de esa puerta al abandono, más difícil nos será encontrar el camino de vuelta hacia el respeto a nosotros mismos.
No es cuestión de maquillajes ni operaciones de cirugía estética, ni hablo de no saber envejecer.
La prueba está en mi padre, que aún deja el asiento de los autobuses a señores que tienen veinte años menos que él, un hombre impecable de corazón frágil.
viernes, diciembre 11, 2009
Catetos
No hace mucho estuve trabajando en la fábrica que Renault tiene en Eslovenia, nuestro principal cliente de cajas de cambio.
En un intercambio durante la comida con una ingeniera de producción, rubia, de jersey negro de cuello alto, medalla de oro bien a la vista y cara de señorita Rotenmeyer, me habló con desdén de mi vida viajero-laboral.
'Yo no tengo necesidad de viajar. En mi país lo tengo todo: sol, montaña y buena comida'.
Me decía esto mientras en el exterior caían chuzos de punta y nos metíamos entre pecho y espalda un pollo empanado que tenía más aceite que pan rayado.
'Eslovenia es precioso', le contesté. Porque lo pienso así. Ljubljana es una ciudad abierta, llena de veladores siempre ocupados por gente que reta al frío, los paisajes alpinos son de postal y la calidad de vida es aceptable.
Pero la comida me sirvió para corroborar lo que ya sabía, que no todos los catetos están en mi tierra.
No hay nada que me resulte más 'ceporro' que decir que tu ciudad es la mejor del mundo, que en tu país se vive mejor que en ningún sitio y que el sol calienta aquí más que en ninguna otra parte.
Es la definición más cercana a 'cateto' que puedo encontrar.
A mí me gusta pasear a mis amigos de fuera por Sevilla haciéndosela sentir como propia, porque a nadie pertenece. Cuando algún amigo extranjero viene a Andalucía le muestro Cádiz o Córdoba con la alegría de sentirlas mi casa.
No hay nada más hermoso para un viajero que sentirse bien acogido y pensar que, con más frío, humedad o verdor en las montañas, no hay sitio malo ni pueblos menos interesantes.
Cateto es creerse el ombligo del mundo; ombligo donde, por cierto, casi siempre se queda la pelusa.
En un intercambio durante la comida con una ingeniera de producción, rubia, de jersey negro de cuello alto, medalla de oro bien a la vista y cara de señorita Rotenmeyer, me habló con desdén de mi vida viajero-laboral.
'Yo no tengo necesidad de viajar. En mi país lo tengo todo: sol, montaña y buena comida'.
Me decía esto mientras en el exterior caían chuzos de punta y nos metíamos entre pecho y espalda un pollo empanado que tenía más aceite que pan rayado.
'Eslovenia es precioso', le contesté. Porque lo pienso así. Ljubljana es una ciudad abierta, llena de veladores siempre ocupados por gente que reta al frío, los paisajes alpinos son de postal y la calidad de vida es aceptable.
Pero la comida me sirvió para corroborar lo que ya sabía, que no todos los catetos están en mi tierra.
No hay nada que me resulte más 'ceporro' que decir que tu ciudad es la mejor del mundo, que en tu país se vive mejor que en ningún sitio y que el sol calienta aquí más que en ninguna otra parte.
Es la definición más cercana a 'cateto' que puedo encontrar.
A mí me gusta pasear a mis amigos de fuera por Sevilla haciéndosela sentir como propia, porque a nadie pertenece. Cuando algún amigo extranjero viene a Andalucía le muestro Cádiz o Córdoba con la alegría de sentirlas mi casa.
No hay nada más hermoso para un viajero que sentirse bien acogido y pensar que, con más frío, humedad o verdor en las montañas, no hay sitio malo ni pueblos menos interesantes.
Cateto es creerse el ombligo del mundo; ombligo donde, por cierto, casi siempre se queda la pelusa.
martes, diciembre 08, 2009
Vividor
Sé que es una descripción que puede resultar en muchos casos pedante, pero a mí me gusta definirme como un vividor, en el sentido literal de la palabra.
Si miramos el diccionario encontramos la explicación a ese tono peyorativo, porque te habla de quien vive al máximo la vida... pero a expensas de los demás.
Tendré que recurrir por tanto a otro término para describir mi actitud ante mi propia existencia y la del mundo que me rodea.
La vida es compleja y dura, el mundo un valle de lágrimas para gran parte de una humanidad que sufre, se desespera, padece; sometidos a hambrunas, injusticias, ilegalidades, represiones, miseria, despotismo, maltratos.
Sé, también, que no todo es dolor.
Soy consciente de dónde vivo y trato de que mi paso por este mundo sea coherente.
¿Cómo encontrar esa coherencia definiéndome como vividor, si trato de exprimir la vida al máximo, si no renuncio a una buena cena, un viaje largo, una ópera, un libro de Auster, un vino, una excursión, una casa confortable...?
¿Cómo hay que enfocar realmente la existencia humana?
Sé que dejo muchas cosas por hacer, reconozco que no soy un héroe, ni siquiera una persona comprometida con causas mayores. Tranquilizo mi conciencia con donativos mensuales a ONG's que se lo curran, votando a los partidos que más se acercan a mi ideal de sociedad.
Trato, simplemente, de ser una persona buena, un demócrata convencido, respetuoso con el entorno en el que vive, teniendo como guía de vida los principios éticos fundamentales.
Podría ser mucho más feliz, seguro, abandonando todo y yéndome a las misiones de Nigeria o Bolivia, compartir mis conocimientos y mi esfuerzo con los más desfavorecidos. Sé que no debe existir mayor felicidad que dar a los que no tienen.
Pero no soy así de fuerte.
Mi fortaleza está en saber posicionarme, encontrar el punto crítico para buscar mi lugar en el mundo, reconocer mis flaquezas.
Trabajar con responsabilidad, dar todo el amor posible a la gente que me rodea, ser consecuente con mis pensamientos políticos, tratar de construir una sociedad sana a partir de mi voto.
Todo eso, sin embargo, no debe estar reñido a mi entender con el querer disfrutar al máximo. Tratar de buscar la belleza del universo en las pequeñas y grandes cosas, satisfacer mi curiosidad por visitar otras culturas, ciudades y paisajes, compartir mis mejores ilusiones en cenas o paseos con los míos, emocionarme ante las canciones que hablan de amor, amar a la persona que eligió vivir a mi lado.
Buscar la felicidad es nuestro derecho, casi nuestra obligación. Sintiéndose uno completo hace la vida más agradable al círculo más cercano y eso, en sí, ya es dar sentido a nuestro caminar.
lunes, noviembre 30, 2009
Morir un poco
Hay una escena imborrable en mi época adolescente. Había que llegar a clase de 'Pretecnología' con una lámina de estaño. Yo había insistido en mi casa en que tenía que llevarla ese día, pero mis padres se olvidaron. Cuando fui consciente de que tendría que ir a esa clase sin el estaño quería morirme. '¡Me van a poner un cero!'. Una vez empezada la clase vi a través de las cristaleras a mi madre. Traía el estaño para su hijo.
Me sentí tan feliz y tan avergonzado al mismo tiempo...
Hace algo más de un mes me llamaron del Ayuntamiento de San Fernando para decirme que había entrado como finalista en el Premio Internacional de Novela Luis Berenguer. Lo organizaba la Editorial Algaida, por allí habían pasado escritores de renombre, llevaba asociada una publicación a lo grande y una importante cuantía económica.
Yo no podía ser más feliz.
Pude compartir esa felicidad con Leo Mares, Elena y Fransús en una tarde-noche que no olvidaré.
Ya me daba por satisfecho. Todos mis sueños de 'contador de historias' se me hacían realidad. Un jurado imparcial había elegido mi obra entre 74 novelas como finalista. Estaba entre los cinco elegidos...
El ser humano es insaciable.
Veía sentido a todo y consideraba que habría un antes y un después del 27 de noviembre, día de la elección definitiva del ganador.
El 27 llegó y yo ando tomando cervezas por Lille, en una semana más de trabajo por mi querida Francia. Hace un frío enorme, llueve como si alguien te tirara cubos de agua encima y soy un tío moderadamente feliz.
El mundo de los vivos, de los que han vivido, viven y vivirán, está lleno de perdedores, de luchadores, de gente que sueña la ilusión de sentir que sus vidas tienen sentido.
A cada ilusión rota, morimos un poco... No es cuestión de dramatizar, no me pondrán un cero mañana, no hay estaño que presentar en clase...
Pero morimos un poco.
Me sentí tan feliz y tan avergonzado al mismo tiempo...
Hace algo más de un mes me llamaron del Ayuntamiento de San Fernando para decirme que había entrado como finalista en el Premio Internacional de Novela Luis Berenguer. Lo organizaba la Editorial Algaida, por allí habían pasado escritores de renombre, llevaba asociada una publicación a lo grande y una importante cuantía económica.
Yo no podía ser más feliz.
Pude compartir esa felicidad con Leo Mares, Elena y Fransús en una tarde-noche que no olvidaré.
Ya me daba por satisfecho. Todos mis sueños de 'contador de historias' se me hacían realidad. Un jurado imparcial había elegido mi obra entre 74 novelas como finalista. Estaba entre los cinco elegidos...
El ser humano es insaciable.
Veía sentido a todo y consideraba que habría un antes y un después del 27 de noviembre, día de la elección definitiva del ganador.
El 27 llegó y yo ando tomando cervezas por Lille, en una semana más de trabajo por mi querida Francia. Hace un frío enorme, llueve como si alguien te tirara cubos de agua encima y soy un tío moderadamente feliz.
El mundo de los vivos, de los que han vivido, viven y vivirán, está lleno de perdedores, de luchadores, de gente que sueña la ilusión de sentir que sus vidas tienen sentido.
A cada ilusión rota, morimos un poco... No es cuestión de dramatizar, no me pondrán un cero mañana, no hay estaño que presentar en clase...
Pero morimos un poco.
domingo, noviembre 29, 2009
Casablanca
Hace unas semanas tuve que organizarme para ir con unos compañeros de trabajo a Casablanca. Había surgido un problema en la fábrica que Renault tiene en las afueras de esa ciudad y consideramos que la mejor forma de solucionarlo era presentarse allí.
Lo preparamos sin mayor dificultad. Un coche de empresa y la reserva de dos hoteles, uno en Casablanca la primera noche y otro en Tánger para hacer escala de vuelta.
Tánger es una ciudad que me apasiona. O que me apasionaba...
Justo cuando entrábamos en el puerto de Tánger les pedí a mis colegas paciencia. 'Esto es Marruecos y aquí los ritmos son otros'.
No había que alterarse si un empleado de las aduanas te pedía una propina por entregarte los papeles al firmar, o que en el espacio cerrado de tránsito del puerto ya hubiera quien te estuviera ofreciendo relojes o pulseras. Les das propinas porque estás vendido y se te quejan.
Mis anteriores veces en Tánger habían sido visitas de unas cuantas horas, organizadas y en grupo. No imaginé lo que suponía que se abriesen las puertas del puerto y nos lanzáramos, como un toro en Sanfermines, a la caótica ciudad de Tánger. Había que encontrar el camino para llegar a la carretera de Rabat y teníamos que hacerlo por instinto. No se respetaban los semáforos, los cedas al paso, no había letreros, la gente se abalanzaba sobre el coche.
Una inversión realizada por mis hermanas en Assilah nos endulzó el viaje. Me habían pedido el favor de acercarme por allí para ver si un dinero que habían entregado para la compra de un apartamento tenían que darlo por perdido o no. Afortunadamente pudimos ver que la promoción sigue construyéndose.
Assilah es un oásis en este país de contrastes. Dimos un paseo agradable, sin presiones ni vendedores siguiéndonos los pasos, nos fotografíamos en la Medina y comimos muy bien en el humilde 'Casa García'.
Pero quedaba Casablanca.
Todas las anotaciones que yo había hecho para visitar, ir de cena, pasear... se me vinieron abajo nada más llegar con la noche ya cerrada. Afortunadamente que existía la Gran Mezquita de Hassan II para guiarnos como faro porque no existe una sola indicación en toda la ciudad. Ya en la autopista entre Rabat y Casablanca comprobamos el poco respeto por las normas de circulación, sobre todo de los peatones, pero la ciudad de Casablanca es el caos absoluto. No hay normas.
Tardamos hora y media en llegar al hotel, donde tuvimos que cenar a deshora porque ya no había tiempo ni nervios para coger de nuevo el coche.
Desorganizada, ruidosa, construida a trozos, la ciudad me decepcionó tanto que me tengo que dar una nueva oportunidad para visitarla. No me gusta no dar segundas oportunidades.
A principios del siglo XX no tenía más de 10.000 habitantes, ahora parece que supera los cinco millones.
Eso lo explica todo.
Me hablan del encanto de Marrakech, de las playas de Agadir, de la sensualidad de Fez, del cosmopolitismo de Tánger.
En Casablanca hay mucha miseria, pero mucha vida también. Parece imposible vivir tan cerca de esa civilización tan distinta a la nuestra.
Al día siguiente solucionamos en la fábrica y pudimos visitar la Gran Mezquita, impresionante.
Impresionante ese derroche en un terreno ganado al mar a menos de doscientos metros de un barrio que se cae a trozos.
Volveré a Casablanca, seguro que me perdí algo.
Siempre hay que dar segundas oportunidades.
Lo preparamos sin mayor dificultad. Un coche de empresa y la reserva de dos hoteles, uno en Casablanca la primera noche y otro en Tánger para hacer escala de vuelta.
Tánger es una ciudad que me apasiona. O que me apasionaba...
Justo cuando entrábamos en el puerto de Tánger les pedí a mis colegas paciencia. 'Esto es Marruecos y aquí los ritmos son otros'.
No había que alterarse si un empleado de las aduanas te pedía una propina por entregarte los papeles al firmar, o que en el espacio cerrado de tránsito del puerto ya hubiera quien te estuviera ofreciendo relojes o pulseras. Les das propinas porque estás vendido y se te quejan.
Mis anteriores veces en Tánger habían sido visitas de unas cuantas horas, organizadas y en grupo. No imaginé lo que suponía que se abriesen las puertas del puerto y nos lanzáramos, como un toro en Sanfermines, a la caótica ciudad de Tánger. Había que encontrar el camino para llegar a la carretera de Rabat y teníamos que hacerlo por instinto. No se respetaban los semáforos, los cedas al paso, no había letreros, la gente se abalanzaba sobre el coche.
Una inversión realizada por mis hermanas en Assilah nos endulzó el viaje. Me habían pedido el favor de acercarme por allí para ver si un dinero que habían entregado para la compra de un apartamento tenían que darlo por perdido o no. Afortunadamente pudimos ver que la promoción sigue construyéndose.
Assilah es un oásis en este país de contrastes. Dimos un paseo agradable, sin presiones ni vendedores siguiéndonos los pasos, nos fotografíamos en la Medina y comimos muy bien en el humilde 'Casa García'.
Pero quedaba Casablanca.
Todas las anotaciones que yo había hecho para visitar, ir de cena, pasear... se me vinieron abajo nada más llegar con la noche ya cerrada. Afortunadamente que existía la Gran Mezquita de Hassan II para guiarnos como faro porque no existe una sola indicación en toda la ciudad. Ya en la autopista entre Rabat y Casablanca comprobamos el poco respeto por las normas de circulación, sobre todo de los peatones, pero la ciudad de Casablanca es el caos absoluto. No hay normas.
Tardamos hora y media en llegar al hotel, donde tuvimos que cenar a deshora porque ya no había tiempo ni nervios para coger de nuevo el coche.
Desorganizada, ruidosa, construida a trozos, la ciudad me decepcionó tanto que me tengo que dar una nueva oportunidad para visitarla. No me gusta no dar segundas oportunidades.
A principios del siglo XX no tenía más de 10.000 habitantes, ahora parece que supera los cinco millones.
Eso lo explica todo.
Me hablan del encanto de Marrakech, de las playas de Agadir, de la sensualidad de Fez, del cosmopolitismo de Tánger.
En Casablanca hay mucha miseria, pero mucha vida también. Parece imposible vivir tan cerca de esa civilización tan distinta a la nuestra.
Al día siguiente solucionamos en la fábrica y pudimos visitar la Gran Mezquita, impresionante.
Impresionante ese derroche en un terreno ganado al mar a menos de doscientos metros de un barrio que se cae a trozos.
Volveré a Casablanca, seguro que me perdí algo.
Siempre hay que dar segundas oportunidades.
lunes, noviembre 23, 2009
La princesa Leia
Desde hace unos días mi hermana Raquel me había pedido quedarme a cargo de Iván este pasado sábado. Ella y Mónica tenían boda, era el fin de semana que le tocaba a su hijo y sabía que yo estaría encantado de pasar el día con él.
A punto de cumplir siete años, tantos fines de semana de excursión por los alrededores de Conil, Iván ya tiene recorrido con su tío casi todos los parajes, faros, playas, museos, pueblos, recodos de la Cádiz atlántica.
Decidí proponerle montaña. Recorreríamos todo el trayecto que nos permitieran nuestras fuerzas entre El Bosque y Benamahoma.
El día se presentaba espléndido. Las reglas de partida eran claras. Él iba a ser, como habitualmente, Lobezno. Yo sería, como siempre, Thor.
Pero el camino en coche era largo y el paisaje de toros y gigantes molinos eléctricos no llenaban toda la conversación entre conductor y pasajero en sillita trasera.
Así que pasamos a Star Wars.
Yo elegí ser Luke Skywalker y él Darth Veider.
Llegando al destino nos llamó mi amiga Mariángeles. Se unía inesperadamente a la excursión y eso descolocaba a Darth Veider.
¿Es la profe de Mates?, me preguntó; no, le contesté, es mi amiga 'la Polemique'.
Pasamos cerca de dos horas saltando de un lado a otro del arroyo Majaceite, en un sendero poblado de hojas secas, muy naranjas, piedras con verdina y árboles retorcidos que permitían fotos espectaculares, mientras él seguía preguntando por la inesperada Mariángeles desconocida.
La excursión terminó y se tranquilizó al verla. Ya la conocía.
Mariángeles supo además conquistarlo con sus dotes de profesora de infantil. Tomamos sopa de ‘Brazalema’, mientras él escuchaba atento acerca de las clases de yoga de ella, o las historias que Mariángeles y yo llevábamos tiempo sin contarnos, filtradas por el cuidado con que dos adultos hablan delante de un niño en que todo es curiosidad y preguntas.
Decidió bautizarla como superheroína, ‘La Mujer Invisible’.
Nos lanzamos a la carretera para tomar un café con pasteles en Medina Sidonia. Comenzaba a refrescar y anochecer. Mariángeles descubrió un pueblo precioso que casi no recordaba. Iván nos guió por la escalera de caracol en piedra de la gran iglesia del pueblo, ella hizo fotos del interior, nos tomamos los pasteles y, antes de volver al coche, Iván me comentó con tono serio que tenía que decirme algo a solas.
Al haberme preguntado últimamente cosas trascendentales acerca de las relaciones humanas, apreté los dientes.
Mariángeles se fue a su coche, para seguirnos camino de Conil.
Fue entonces cuando me confesó que no le parecía adecuado que fuese la Mujer Invisible.
Darth Veider y Luke Skywalker debíamos confirmarle algo importante:
Que ella era La Princesa Leia.
A punto de cumplir siete años, tantos fines de semana de excursión por los alrededores de Conil, Iván ya tiene recorrido con su tío casi todos los parajes, faros, playas, museos, pueblos, recodos de la Cádiz atlántica.
Decidí proponerle montaña. Recorreríamos todo el trayecto que nos permitieran nuestras fuerzas entre El Bosque y Benamahoma.
El día se presentaba espléndido. Las reglas de partida eran claras. Él iba a ser, como habitualmente, Lobezno. Yo sería, como siempre, Thor.
Pero el camino en coche era largo y el paisaje de toros y gigantes molinos eléctricos no llenaban toda la conversación entre conductor y pasajero en sillita trasera.
Así que pasamos a Star Wars.
Yo elegí ser Luke Skywalker y él Darth Veider.
Llegando al destino nos llamó mi amiga Mariángeles. Se unía inesperadamente a la excursión y eso descolocaba a Darth Veider.
¿Es la profe de Mates?, me preguntó; no, le contesté, es mi amiga 'la Polemique'.
Pasamos cerca de dos horas saltando de un lado a otro del arroyo Majaceite, en un sendero poblado de hojas secas, muy naranjas, piedras con verdina y árboles retorcidos que permitían fotos espectaculares, mientras él seguía preguntando por la inesperada Mariángeles desconocida.
La excursión terminó y se tranquilizó al verla. Ya la conocía.
Mariángeles supo además conquistarlo con sus dotes de profesora de infantil. Tomamos sopa de ‘Brazalema’, mientras él escuchaba atento acerca de las clases de yoga de ella, o las historias que Mariángeles y yo llevábamos tiempo sin contarnos, filtradas por el cuidado con que dos adultos hablan delante de un niño en que todo es curiosidad y preguntas.
Decidió bautizarla como superheroína, ‘La Mujer Invisible’.
Nos lanzamos a la carretera para tomar un café con pasteles en Medina Sidonia. Comenzaba a refrescar y anochecer. Mariángeles descubrió un pueblo precioso que casi no recordaba. Iván nos guió por la escalera de caracol en piedra de la gran iglesia del pueblo, ella hizo fotos del interior, nos tomamos los pasteles y, antes de volver al coche, Iván me comentó con tono serio que tenía que decirme algo a solas.
Al haberme preguntado últimamente cosas trascendentales acerca de las relaciones humanas, apreté los dientes.
Mariángeles se fue a su coche, para seguirnos camino de Conil.
Fue entonces cuando me confesó que no le parecía adecuado que fuese la Mujer Invisible.
Darth Veider y Luke Skywalker debíamos confirmarle algo importante:
Que ella era La Princesa Leia.
jueves, noviembre 19, 2009
Cyrano
Presenciar un espectáculo de ópera puede resultar snob, clasificarse de cultura elitista, minoritaria, de pijos, se puede calificar de tostón, de anticuado, de sibarita… Entiendo que es un lujo que no todo el mundo puede permitirse, pero yo sé dónde sí quiero gastarme los euros.
La ópera conjuga lo mejor de las grandes artes, comenzando por la música, lenguaje universal. La música de orquesta y la coral, la íntima y la arrebatadora. Nos ofrece una escenografía habitualmente rompedora, por lo colosal, arriesgada, impactante, regalándonos los ojos. Ataca nuestro corazón con historias no necesariamente complejas, pero sí centradas en conflictos universales, muchas veces con apoyo en grandes literatos.
Recuerdo cuando presencié Turandot en la Bastilla de París. Sentí que salía flotando. ¡Era un espectáculo absoluto! ¿Cómo podía haber llegado a crear el hombre algo tan hermoso?
Tan hermoso y tan inútil, podría criticarse… Inútil para el que no tiene ojos, ni oídos, ni corazón, ni alma.
Ayer volví a flotar, ésta vez con Cyrano de Bergerac y en el Maestranza.
Momentos en que te apetece abrazar a la humanidad entera, en que encuentras sentido total a la existencia en la pura belleza de la composición total realizada por el hombre.
Venir del simio y llegar tan lejos.
Feliz de pensar que pude compartir esos momentos de éxtasis con Mariángeles y Fran, con Txema y Paula, con Iker.
¿Se necesita sensibilidad para apreciar una ópera de cinco actos en toda su intensidad?
Sí.
Que no te guste no implica nada, supongo.
Aunque me resulta difícil imaginar que pudiese parecerme interesante una persona que anoche asistiese a la velada que nos regaló Franco Alfano y se mantuviese impávida.
A vueltas con mis prejuicios, seguramente…
La ópera conjuga lo mejor de las grandes artes, comenzando por la música, lenguaje universal. La música de orquesta y la coral, la íntima y la arrebatadora. Nos ofrece una escenografía habitualmente rompedora, por lo colosal, arriesgada, impactante, regalándonos los ojos. Ataca nuestro corazón con historias no necesariamente complejas, pero sí centradas en conflictos universales, muchas veces con apoyo en grandes literatos.
Recuerdo cuando presencié Turandot en la Bastilla de París. Sentí que salía flotando. ¡Era un espectáculo absoluto! ¿Cómo podía haber llegado a crear el hombre algo tan hermoso?
Tan hermoso y tan inútil, podría criticarse… Inútil para el que no tiene ojos, ni oídos, ni corazón, ni alma.
Ayer volví a flotar, ésta vez con Cyrano de Bergerac y en el Maestranza.
Momentos en que te apetece abrazar a la humanidad entera, en que encuentras sentido total a la existencia en la pura belleza de la composición total realizada por el hombre.
Venir del simio y llegar tan lejos.
Feliz de pensar que pude compartir esos momentos de éxtasis con Mariángeles y Fran, con Txema y Paula, con Iker.
¿Se necesita sensibilidad para apreciar una ópera de cinco actos en toda su intensidad?
Sí.
Que no te guste no implica nada, supongo.
Aunque me resulta difícil imaginar que pudiese parecerme interesante una persona que anoche asistiese a la velada que nos regaló Franco Alfano y se mantuviese impávida.
A vueltas con mis prejuicios, seguramente…
jueves, noviembre 12, 2009
Ser francés
No escondo mi querencia por nuestro vecino del Norte. Admiro en Francia el gusto por la educación, sus políticas culturales, la predisposición al debate y la conversación de su ciudadanía, la histórica defensa de los derechos sociales, humanos, su implicación en el devenir de la humanidad. De ahí que pueda resultar contradictorio mi siguiente razonamiento:
Desde el gobierno de Sarkozy, un político por quien no confieso ninguna simpatía, se ha lanzado a su pueblo la siguiente pregunta:
¿Qué es ser francés?
Y la sociedad francesa ha acogido con entusiasmo este anzuelo envenenado.
Porque engañoso es, a mi parecer, tratar de poner etiquetas a un pueblo por el simple hecho de serlo.
¿Qué es ser andaluz?, ¿y ser parisino?, ¿que es ser somalí?
¿Ser somalí es ser pirata?, ¿ser francés es ser culto?, ¿ser andaluz es ser amable?
¿Debo saber hacer reír por ser andaluz?, ¿debo añorar ser francés porque me guste su cultura?
Ser francés no es otra cosa que una cuestión de azar. Cada uno nace donde le toca e individualizar en una persona adjetivos extraños a los que son exclusivamente de su propia circunstancia es peligroso.
Es cierto que todo lo que suene a nacionalismo me da grima. Incluso si la respuesta que diera el conjunto de la ciudadanía francesa fuera 'ser francés es ser una persona educada, culta...', me chirriaría la definición en sí.
Ser francés es tanto como ser español o eslovaco. La verdadera pregunta vendría dada por ¿qué es ser persona? y sobre ello vienen meditando los grandes sabios desde tiempo inmemorial, encontrando la riqueza no en la respuesta, que no es única ni universal, sino en la reflexión en sí misma.
Tengo tres amigos franceses, Brigitte, Guillaume y Kristian. Los quiero por cómo son, por lo que me aportan, por su forma de entender el mundo.
El único nexo entre ellos es que hablan francés, pero también lo hablan muchos belgas o suizos. Yo también intento mejorar día a día mi dominio de esa lengua.
Lo grave no es que se lancen preguntas envenenadas, lo preocupante es que éstas se reciban con entusiasmo.
Me gustaría que la respuesta global que diera el pueblo francés fuese:
'Ser francés es ser una persona más'
domingo, noviembre 08, 2009
El puño cerrado
Había un compañero de clase en la universidad del que apenas me separaba durante la mañana. Teníamos un nivel similar, íbamos a las mismas clases, nos conocíamos de la época del bachillerato y estudiábamos en la Biblioteca de la Escuela de Ingenieros.
De los mejores recuerdos que tengo de por entonces eran los ratos que pasábamos en la cafetería. Íbamos ampliando nuestro círculo de amistades, nos pasábamos apuntes, nos explicábamos temarios inentendibles, hacíamos cábalas sobre nuestro futuro, ¿seremos capaces de acabar una carrera tan difícil?, ¿encontraremos trabajo en Sevilla?, ¿trabajaremos de aquello para lo que nos preparábamos?, ¿nos gustaba realmente lo que estudiábamos?
Luego pagábamos el café, recontando las monedas del poco dinero que teníamos, aún dependientes de nuestra familia, y volvíamos a la Biblioteca.
Es de esos años de cuando tengo la percepción clara del concepto de ‘tacaño’.
Por entonces pagábamos en pesetas, yo era consciente de que el poco dinero que teníamos lo conseguíamos de dar clases particulares, de trabajar alguna vez tras la barra de un bar, de hacer encuestas por la calle o, en la mayoría de los casos, de una paga semanal de nuestros padres.
Este compañero siempre se hacía el remolón a la hora de pagar el mísero café, pero no tardaba en perseguirte para recuperar el duro que te prestó para tomarte una palmera de chocolate diecisiete días antes. Poco importaba que tú le hubieras pagado el café más de la mitad de esos diecisiete días.
El duro de la palmera era imperdonable.
Memoria prodigiosa para el céntimo que prestó, enormes ganas de ir al baño a la hora de pagar.
Yo presumo de estar en el mundo. Sé quién tiene, quién pasa apuros, quién amasa fortunas y quién vive con lo justo.
No hay nada más ruin que una persona tacaña con sus amistades.
‘¡Es que el dinero cuesta mucho ganarlo!’
Precisamente por eso, porque cuesta mucho ganarlo, porque dedicamos tanto tiempo de nuestra vida a currar para que nos den a final de mes una nómina de la que somos esclavos; o beneficios aquellos que tienen sus propias empresas.
El fruto de mi esfuerzo lo comparto contigo, porque eres importante para mí.
Sé a quien no voy a dejar nunca pagar por muchas veces que ponga el dinero encima de la barra, porque de las personas cercanas me preocupo por saber.
No hay nada más hermoso que pelearse, de corazón y sin la mano tonta, por pagar. El tacaño nunca podrá imaginar el placer que se está perdiendo.
Ser desprendidos con lo material no es pura pose.
Afortunadamente, entre la gente a la que quiero presumo de tener personas generosas al máximo, seguramente en caso contrario no las querría tanto.
Bárbara, Isaac, Mariángeles, David, Alberto y Marian, Helio, Marta y Miguel, Beli, Montse, Bea Vega, Javi y Cristina, mi padre…Ni qué decir de Fran.
Gente espléndida.
De los mejores recuerdos que tengo de por entonces eran los ratos que pasábamos en la cafetería. Íbamos ampliando nuestro círculo de amistades, nos pasábamos apuntes, nos explicábamos temarios inentendibles, hacíamos cábalas sobre nuestro futuro, ¿seremos capaces de acabar una carrera tan difícil?, ¿encontraremos trabajo en Sevilla?, ¿trabajaremos de aquello para lo que nos preparábamos?, ¿nos gustaba realmente lo que estudiábamos?
Luego pagábamos el café, recontando las monedas del poco dinero que teníamos, aún dependientes de nuestra familia, y volvíamos a la Biblioteca.
Es de esos años de cuando tengo la percepción clara del concepto de ‘tacaño’.
Por entonces pagábamos en pesetas, yo era consciente de que el poco dinero que teníamos lo conseguíamos de dar clases particulares, de trabajar alguna vez tras la barra de un bar, de hacer encuestas por la calle o, en la mayoría de los casos, de una paga semanal de nuestros padres.
Este compañero siempre se hacía el remolón a la hora de pagar el mísero café, pero no tardaba en perseguirte para recuperar el duro que te prestó para tomarte una palmera de chocolate diecisiete días antes. Poco importaba que tú le hubieras pagado el café más de la mitad de esos diecisiete días.
El duro de la palmera era imperdonable.
Memoria prodigiosa para el céntimo que prestó, enormes ganas de ir al baño a la hora de pagar.
Yo presumo de estar en el mundo. Sé quién tiene, quién pasa apuros, quién amasa fortunas y quién vive con lo justo.
No hay nada más ruin que una persona tacaña con sus amistades.
‘¡Es que el dinero cuesta mucho ganarlo!’
Precisamente por eso, porque cuesta mucho ganarlo, porque dedicamos tanto tiempo de nuestra vida a currar para que nos den a final de mes una nómina de la que somos esclavos; o beneficios aquellos que tienen sus propias empresas.
El fruto de mi esfuerzo lo comparto contigo, porque eres importante para mí.
Sé a quien no voy a dejar nunca pagar por muchas veces que ponga el dinero encima de la barra, porque de las personas cercanas me preocupo por saber.
No hay nada más hermoso que pelearse, de corazón y sin la mano tonta, por pagar. El tacaño nunca podrá imaginar el placer que se está perdiendo.
Ser desprendidos con lo material no es pura pose.
Afortunadamente, entre la gente a la que quiero presumo de tener personas generosas al máximo, seguramente en caso contrario no las querría tanto.
Bárbara, Isaac, Mariángeles, David, Alberto y Marian, Helio, Marta y Miguel, Beli, Montse, Bea Vega, Javi y Cristina, mi padre…Ni qué decir de Fran.
Gente espléndida.
lunes, noviembre 02, 2009
Prejuicios
Hay un sustantivo que me resulta horrible y, más veces de lo que yo quisiera, es utilizado por gente que me quiere para definirme.
‘Eres un tío con prejuicios’
Me duele, evidentemente. Como persona interesada en progresar por el buen camino, trato de razonar por qué a veces se me valora de ese modo.
Analicemos la palabra. Prejuicio.
Según leo en el diccionario:
‘Juicio que no está basado en la razón ni en el conocimiento, sino en ideas preconcebidas’.
Si razonamos al extremo, nunca podría ser amigo de un fascista. ¿Sería eso prejuicio? Entenderíamos que no. No se trata de ideas preconcebidas, sino de hechos constatados. Un fascista tiene ideas totalmente incompatibles con las mías. No podría establecer una relación de amistad con esa persona.
Pero, claro, eso es irse al extremo. Demasiado fácil de razonar.
Sin embargo, es cierto que muestro cierto resquemor a relacionarme con gente excesivamente religiosa, o folclórica, o pija, o superficial, o charlatana, o muy de derechas… Y pierdo grandes posibilidades.
Esta semana tuve la oportunidad de cenar con una empresaria sevillana hiper-pija. Coqueta, guapísima, emprendedora, de conversación hilarante, de mirada directa a los ojos. Me hablaba de la gentuza que se encuentra por la ciudad, de sus asistenta venticuatro horas… pero pasé una gran velada.
El pasado viernes me encontré con una llamada inesperada. Estaba en la playa y un amigo del que ya había perdido su número (no expresamente, simplemente el cambio de móvil me ha hecho perder muchos teléfonos de gente cercana) me llamó. Le animé a venir a cenar al bar de mis hermanas. Se presentó con un grupo de sevillanos, típicos en el sentido ‘estándar de la palabra’, flamenquitos, ‘graciosos’, habladores… Yo me dejé llevar. Me invitaron a la cena, me insistieron en tomar una copa con ellos. Encantadores.
Este domingo de puente de noviembre nos fuimos dos parejas a una casa rural, de éstas ‘con encanto’, a Marbella. Esta misma mañana tuvimos una conversación con la dueña mientras desayunábamos. En su discurso se mezclaban latigazos políticos que no dejaban lugar a dudas, pasando por la derecha al PP, al que casi demonizaba. Sin embargo nos habló de su recorrido vital por Colombia, Argentina, Marruecos, Bali… De qué descubrió en esos lugares, del placer que le supondría vivir en Senegal, entre negros que viven su religión sin estridencias y aman una vida pausada…
Nunca seré como ellos, pero ahí están… Mis prejuicios seguirán, pero yo iré luchando por moderarlos, sin dudas ganaré como persona.
‘Eres un tío con prejuicios’
Me duele, evidentemente. Como persona interesada en progresar por el buen camino, trato de razonar por qué a veces se me valora de ese modo.
Analicemos la palabra. Prejuicio.
Según leo en el diccionario:
‘Juicio que no está basado en la razón ni en el conocimiento, sino en ideas preconcebidas’.
Si razonamos al extremo, nunca podría ser amigo de un fascista. ¿Sería eso prejuicio? Entenderíamos que no. No se trata de ideas preconcebidas, sino de hechos constatados. Un fascista tiene ideas totalmente incompatibles con las mías. No podría establecer una relación de amistad con esa persona.
Pero, claro, eso es irse al extremo. Demasiado fácil de razonar.
Sin embargo, es cierto que muestro cierto resquemor a relacionarme con gente excesivamente religiosa, o folclórica, o pija, o superficial, o charlatana, o muy de derechas… Y pierdo grandes posibilidades.
Esta semana tuve la oportunidad de cenar con una empresaria sevillana hiper-pija. Coqueta, guapísima, emprendedora, de conversación hilarante, de mirada directa a los ojos. Me hablaba de la gentuza que se encuentra por la ciudad, de sus asistenta venticuatro horas… pero pasé una gran velada.
El pasado viernes me encontré con una llamada inesperada. Estaba en la playa y un amigo del que ya había perdido su número (no expresamente, simplemente el cambio de móvil me ha hecho perder muchos teléfonos de gente cercana) me llamó. Le animé a venir a cenar al bar de mis hermanas. Se presentó con un grupo de sevillanos, típicos en el sentido ‘estándar de la palabra’, flamenquitos, ‘graciosos’, habladores… Yo me dejé llevar. Me invitaron a la cena, me insistieron en tomar una copa con ellos. Encantadores.
Este domingo de puente de noviembre nos fuimos dos parejas a una casa rural, de éstas ‘con encanto’, a Marbella. Esta misma mañana tuvimos una conversación con la dueña mientras desayunábamos. En su discurso se mezclaban latigazos políticos que no dejaban lugar a dudas, pasando por la derecha al PP, al que casi demonizaba. Sin embargo nos habló de su recorrido vital por Colombia, Argentina, Marruecos, Bali… De qué descubrió en esos lugares, del placer que le supondría vivir en Senegal, entre negros que viven su religión sin estridencias y aman una vida pausada…
Nunca seré como ellos, pero ahí están… Mis prejuicios seguirán, pero yo iré luchando por moderarlos, sin dudas ganaré como persona.
miércoles, octubre 28, 2009
Soy como soy
Cuando esta expresión se utiliza en términos de obcecación, tiendo a incomodarme.
-Soy así de desagradable diciendo las cosas, porque es mi forma de ser. Si te pego un grito es porque no sé expresarme mejor, a estas alturas no voy a cambiar...
En esta vida que disfrutamos, cada minuto es una oportunidad para cambiar el tiro y mejorarlo. Se nos ofrecen infinitas ocasiones de enderezar rumbos, en pequeñas cosas, en actitudes habituales.
No hay predestinaciones diabólicas que nos hagan ser un tipo antipático, protestón, desagradecido, envidioso o poco de fiar. No valen los argumentos de los años, de los tiros dados, de los desengaños vividos.
Los que se nos cruzan por nuestra vida a diario no tienen por qué aguantarnos frustraciones pasadas.
A ellos, a los conocidos y por conocer, les debemos nuestro intento constante de mostrar nuestra mejor cara.
La vida debe ser una prueba continua de que esto tiene sentido, como animales racionales válidos que somos.
Si un día te pego un grito, te pediré las disculpas sinceras de quien no se escuda en argumentos cansinos para justificar las carencias propias.
Si te pego un grito, perdóname.
No volverá a ocurrir.
-Soy así de desagradable diciendo las cosas, porque es mi forma de ser. Si te pego un grito es porque no sé expresarme mejor, a estas alturas no voy a cambiar...
En esta vida que disfrutamos, cada minuto es una oportunidad para cambiar el tiro y mejorarlo. Se nos ofrecen infinitas ocasiones de enderezar rumbos, en pequeñas cosas, en actitudes habituales.
No hay predestinaciones diabólicas que nos hagan ser un tipo antipático, protestón, desagradecido, envidioso o poco de fiar. No valen los argumentos de los años, de los tiros dados, de los desengaños vividos.
Los que se nos cruzan por nuestra vida a diario no tienen por qué aguantarnos frustraciones pasadas.
A ellos, a los conocidos y por conocer, les debemos nuestro intento constante de mostrar nuestra mejor cara.
La vida debe ser una prueba continua de que esto tiene sentido, como animales racionales válidos que somos.
Si un día te pego un grito, te pediré las disculpas sinceras de quien no se escuda en argumentos cansinos para justificar las carencias propias.
Si te pego un grito, perdóname.
No volverá a ocurrir.
miércoles, octubre 21, 2009
Empresas vitales
Quien trabaja en la empresa privada sabe que toda su estrategia está enfocada a conseguir unos objetivos medibles en euros. Estos se despliegan, se comparten, se veneran y, a partir de una racionalización de las mejores prácticas posibles para conseguirlos, se lucha por triunfar.
Es difícil no compartir la necesidad de esas estrategias para que la empresa sea solvente, pueda mantenerse en el mercado y, de esa forma, garantice el empleo que, no siendo un objetivo en sí, es la base para conseguir una sociedad sana, en que las personas puedan vivir con dignidad.
La empresa es la bestia que hay que alimentar, mimar, para que nos proteja de los avatares de una vida que, sin ese monstruo en busca de metas onerosas, sería desoladora.
Hay muchas personas que tratan de plantear sus vidas personales con la misma racionalidad que una empresa. Marcarse objetivos, definir estrategias.
El problema es que la meta final de nuestras vidas siempre es una derrota. Si aceptamos que toda la lucha e ilusiones acaban indefectiblemente en la muerte, toda estructuración pierde sentido.
La racionalidad, por tanto, es incompatible en un alto grado con los planteamientos de progreso personal; toparíamos con la más alta de las frustraciones.
Las personas más cuadriculadas en sus hábitos, en sus consignas y autoexigencias, las que tratan de llevarlo todo al terreno de lo estrictamente conveniente, son las más alejadas del terreno de aguas movedizas en que se regodea eso que llamamos felicidad.
Frente a la racionalidad, locura, mano izquierda, bases flexibles, mente abierta, risa tonta, ojos directos de miradas sinceras de comprensión hacia lo extraño.
No podemos exigirnos objetivos absolutos, los rendimientos no se pueden valorar en términos de rentabilidad.
La estrategia en sí es el objetivo cuando se trata de vivir.
A una empresa le importan los fines, a un ser vivo decente le importan los medios.
Cuando se asume que no hay donde llegar ni consejo de administración a quien rendir cuentas, uno entiende el acierto de la locura.
Rematadamente locos para saber vivir.
Es difícil no compartir la necesidad de esas estrategias para que la empresa sea solvente, pueda mantenerse en el mercado y, de esa forma, garantice el empleo que, no siendo un objetivo en sí, es la base para conseguir una sociedad sana, en que las personas puedan vivir con dignidad.
La empresa es la bestia que hay que alimentar, mimar, para que nos proteja de los avatares de una vida que, sin ese monstruo en busca de metas onerosas, sería desoladora.
Hay muchas personas que tratan de plantear sus vidas personales con la misma racionalidad que una empresa. Marcarse objetivos, definir estrategias.
El problema es que la meta final de nuestras vidas siempre es una derrota. Si aceptamos que toda la lucha e ilusiones acaban indefectiblemente en la muerte, toda estructuración pierde sentido.
La racionalidad, por tanto, es incompatible en un alto grado con los planteamientos de progreso personal; toparíamos con la más alta de las frustraciones.
Las personas más cuadriculadas en sus hábitos, en sus consignas y autoexigencias, las que tratan de llevarlo todo al terreno de lo estrictamente conveniente, son las más alejadas del terreno de aguas movedizas en que se regodea eso que llamamos felicidad.
Frente a la racionalidad, locura, mano izquierda, bases flexibles, mente abierta, risa tonta, ojos directos de miradas sinceras de comprensión hacia lo extraño.
No podemos exigirnos objetivos absolutos, los rendimientos no se pueden valorar en términos de rentabilidad.
La estrategia en sí es el objetivo cuando se trata de vivir.
A una empresa le importan los fines, a un ser vivo decente le importan los medios.
Cuando se asume que no hay donde llegar ni consejo de administración a quien rendir cuentas, uno entiende el acierto de la locura.
Rematadamente locos para saber vivir.
lunes, octubre 12, 2009
Best sellers...
Seguro que existen lecturas no recomendables, aunque me resulta difícil pensar que leer pueda significar un paso atrás.
Tiene que haber incluso connotaciones físicas, neuronales, que hagan recomendable pasar grandes ratos pegado a un libro, a una revista, a un periódico. Argumentos del tipo ‘haces trabajar al cerebro’, ‘integras informaciones de forma natural’, ‘te hace reflexionar’.
Cuando hablamos ya no de leer, sino de literatura, todo viene bien. Me explico. Incluso cuando lo que se tiene entre manos es de calidad ínfima, esa lectura supone un aprendizaje.
En nuestra época infantil leímos libros que ahora nos resultarían infumables. Historias juveniles en que se va en busca del tesoro perdido entre piratas sin atender en exceso a sutilezas, a personajes bien perfilados, incluso con estructuras poco trabajadas.
Cada cuál se queda en el escalón en el que se encuentra más cómodo.
Trato de llegar a la disyuntiva entre dos extremos: los best-sellers y la literatura, digamos… de culto. Enfrentar a Dan Brown con Sándor Márai, a Ildefonso Falcones con García Márquez, a Marc Lévy con Anna Gavalda.
Me reconozco perezoso para gastarme los euros en novelas donde la mercadotecnia consigue lanzar cientos de miles de ejemplares y venderlos, pero no les quito mérito.
Un best-seller lleva implicado obligatoriamente el concepto de calidad. Nadie vende millones de ejemplares si no hay una buena trama detrás. La gente no es tan borrega.
Simplemente cada cual es libre de tener motivaciones diferentes para leer o ir al cine. A gran parte de la sociedad no le apetece que le ‘coman la cabeza’, que le planteen preguntas transcendentes, existenciales, prefiere dejarse llevar por una sucesión de acciones bien conectadas sin importarle el que se profundice más o menos en el entorno, en los personajes, en el porqué…
Al leer un buen best-seller se disfruta deseando llegar al final, casi con paroxismo.
Cuando, en cambio, lees a Dostoievski, Mann o Martín Gaite, disfrutas queriendo que nunca acabe…
Tiene que haber incluso connotaciones físicas, neuronales, que hagan recomendable pasar grandes ratos pegado a un libro, a una revista, a un periódico. Argumentos del tipo ‘haces trabajar al cerebro’, ‘integras informaciones de forma natural’, ‘te hace reflexionar’.
Cuando hablamos ya no de leer, sino de literatura, todo viene bien. Me explico. Incluso cuando lo que se tiene entre manos es de calidad ínfima, esa lectura supone un aprendizaje.
En nuestra época infantil leímos libros que ahora nos resultarían infumables. Historias juveniles en que se va en busca del tesoro perdido entre piratas sin atender en exceso a sutilezas, a personajes bien perfilados, incluso con estructuras poco trabajadas.
Cada cuál se queda en el escalón en el que se encuentra más cómodo.
Trato de llegar a la disyuntiva entre dos extremos: los best-sellers y la literatura, digamos… de culto. Enfrentar a Dan Brown con Sándor Márai, a Ildefonso Falcones con García Márquez, a Marc Lévy con Anna Gavalda.
Me reconozco perezoso para gastarme los euros en novelas donde la mercadotecnia consigue lanzar cientos de miles de ejemplares y venderlos, pero no les quito mérito.
Un best-seller lleva implicado obligatoriamente el concepto de calidad. Nadie vende millones de ejemplares si no hay una buena trama detrás. La gente no es tan borrega.
Simplemente cada cual es libre de tener motivaciones diferentes para leer o ir al cine. A gran parte de la sociedad no le apetece que le ‘coman la cabeza’, que le planteen preguntas transcendentes, existenciales, prefiere dejarse llevar por una sucesión de acciones bien conectadas sin importarle el que se profundice más o menos en el entorno, en los personajes, en el porqué…
Al leer un buen best-seller se disfruta deseando llegar al final, casi con paroxismo.
Cuando, en cambio, lees a Dostoievski, Mann o Martín Gaite, disfrutas queriendo que nunca acabe…
sábado, octubre 10, 2009
Paella
A mi modesto entender, el principal desaliento de toda la burbuja de estiércol aparecida con el caso Gürtel no es ver la cara de pijo revenido de Ricardo Costa intentando justificar lo injustificable, ni la risa socarrona de Francisco Camps contestando lo buena que está la paella valenciana cuando le preguntan por todo el dinero que él ha visto pasar por debajo de las mesas, ni siquiera la vergüenza ajena que supone escuchar las conversaciones con ese personaje llamado Bigotes (¡pidiéndole a este tipejo cambios en el gobierno de la comunidad!). No. Para mí el principal desaliento es que la sociedad valenciana mire a otro lado, que todas las encuestas digan que el PP volvería a obtener mayoría absoluta.
Ocurre de forma similar en la ciudadanía italiana, que aún apoya en más del cincuenta por ciento al chulo de Berlusconi, un desvergonzado machista, amenazador, engreído, chantajista que no sabe otra cosa que gritar más alto que el resto para intentar callar con dinero a quien piensa diferente.
Tenemos lo que nos merecemos.
No imagino a una sociedad como la sueca o la holandesa permitiendo este tipo de comportamientos. Allí ya llevarían varios meses fuera de la vida política, no me atrevo a decir en la cárcel, aunque lo piense, los Costa, Camps y compañía.
Estos son los que quieren dar 'Educación para la Ciudadanía' en inglés, porque ya que hay que darla, que al menos los alumnos no se enteren.
¿La ética?
Déjeme de ética, que a mí lo que me gusta es la paella valenciana.
Gente miserable.
Ocurre de forma similar en la ciudadanía italiana, que aún apoya en más del cincuenta por ciento al chulo de Berlusconi, un desvergonzado machista, amenazador, engreído, chantajista que no sabe otra cosa que gritar más alto que el resto para intentar callar con dinero a quien piensa diferente.
Tenemos lo que nos merecemos.
No imagino a una sociedad como la sueca o la holandesa permitiendo este tipo de comportamientos. Allí ya llevarían varios meses fuera de la vida política, no me atrevo a decir en la cárcel, aunque lo piense, los Costa, Camps y compañía.
Estos son los que quieren dar 'Educación para la Ciudadanía' en inglés, porque ya que hay que darla, que al menos los alumnos no se enteren.
¿La ética?
Déjeme de ética, que a mí lo que me gusta es la paella valenciana.
Gente miserable.
domingo, octubre 04, 2009
La Gratomat
No sé si era exactamente así como se escribía el nombre del fabricante de una de las numerosas máquinas que teníamos en la fábrica donde trabajo.
Ésta servía para quitar las rebabas de acero a una pieza de la caja de cambios, el planetario de tulipa, con una estructura muy rudimentaria: Tres potentes trompos actuaban al unísono, a muchas revoluciones y sincronizados, para ‘pelar’ los bordes de esta pieza.
El artefacto en sí daba muchos problemas. Generaba tanta viruta que ésta se depositaba en la base, donde se situaban el motor y una reductora que caían averiados más veces de lo aconsejable.
Era el terror de los mecánicos. Tener que entrar debajo de la Gratomat a reparar sus mecanismos. Por mucho que se protegiesen, salían llenos de ‘pinchos’ de acero clavados por todos lados.
Como decía uno de los encargados de Mantenimiento de la época: ‘Yo sé cuál es la solución para la Gratomat’.
‘Tirarla al Guadalquivir’.
El tiempo pasó, la tecnología evolucionó y ahora las piezas vienen con un nivel de calidad que no necesitan de ese ‘pelado’. Adiós a las virutas.
Recuerdo por entonces a un mecánico muy gordo, todo barriga. Recuerdo los turnos de noche que me tocaba compartir con él.
Pasaba esas noches contándome historias divertidísimas de su matrimonio. Al parecer su mujer era tan delgada como él gordo. Me hablaba de sus paseos con ella por el barrio, de las comidas que le preparaba, de sus vacaciones en la playa, mientras se comía unos bocadillos inabordables para otra persona que no fuese él.
Ese hombre, que ya no trabaja en la fábrica, era un personaje de sainete al estilo de los que aparecen en las obras de Manuel Machado. Cada vez que la Gratomat se estropeaba y le llamaban se ponía lívido y casi se le quitaba el hambre. Me decía entonces que le esperaba una larga mañana con su mujer quitándole la virutilla de los dedos con una pinza.
Esas noches en que tenía que meter su barriga entre los entresijos de la máquina terminaban con una llamada de timbre a eso de las ocho de la mañana en su piso de Pino Montano.
Su mujercita de 40 kilos le abría, él subía las manos, con dedos como erizos y ponía cara de puchero. Ella colocaba los brazos en jarra y le gritaba con voz de pito:
-¡Ay, niño! ¿Otra vez la Gratomat?
Ésta servía para quitar las rebabas de acero a una pieza de la caja de cambios, el planetario de tulipa, con una estructura muy rudimentaria: Tres potentes trompos actuaban al unísono, a muchas revoluciones y sincronizados, para ‘pelar’ los bordes de esta pieza.
El artefacto en sí daba muchos problemas. Generaba tanta viruta que ésta se depositaba en la base, donde se situaban el motor y una reductora que caían averiados más veces de lo aconsejable.
Era el terror de los mecánicos. Tener que entrar debajo de la Gratomat a reparar sus mecanismos. Por mucho que se protegiesen, salían llenos de ‘pinchos’ de acero clavados por todos lados.
Como decía uno de los encargados de Mantenimiento de la época: ‘Yo sé cuál es la solución para la Gratomat’.
‘Tirarla al Guadalquivir’.
El tiempo pasó, la tecnología evolucionó y ahora las piezas vienen con un nivel de calidad que no necesitan de ese ‘pelado’. Adiós a las virutas.
Recuerdo por entonces a un mecánico muy gordo, todo barriga. Recuerdo los turnos de noche que me tocaba compartir con él.
Pasaba esas noches contándome historias divertidísimas de su matrimonio. Al parecer su mujer era tan delgada como él gordo. Me hablaba de sus paseos con ella por el barrio, de las comidas que le preparaba, de sus vacaciones en la playa, mientras se comía unos bocadillos inabordables para otra persona que no fuese él.
Ese hombre, que ya no trabaja en la fábrica, era un personaje de sainete al estilo de los que aparecen en las obras de Manuel Machado. Cada vez que la Gratomat se estropeaba y le llamaban se ponía lívido y casi se le quitaba el hambre. Me decía entonces que le esperaba una larga mañana con su mujer quitándole la virutilla de los dedos con una pinza.
Esas noches en que tenía que meter su barriga entre los entresijos de la máquina terminaban con una llamada de timbre a eso de las ocho de la mañana en su piso de Pino Montano.
Su mujercita de 40 kilos le abría, él subía las manos, con dedos como erizos y ponía cara de puchero. Ella colocaba los brazos en jarra y le gritaba con voz de pito:
-¡Ay, niño! ¿Otra vez la Gratomat?
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