No hay familia que se libre de la ruina que trae una enfermedad grave.
Cuando convivimos con alguien que la padece, conviene extremar el cuidado con lo que decimos y preguntamos.
Un comentario sin maldad puede convertirse en mil noches de insomnio para quien lo recibe. Más vale, entonces, no llenar el aire con opiniones inútiles por no saber sostener el silencio.
Si algo que sabemos no va a ayudar, ¿para qué decirlo?
A veces, la empatía también es saber callar.
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