Cuando terminamos de trabajar y nos vamos a Portugal o a Conil, le pido a Fran ser yo quien conduzca, aunque ese día esté cansado.
—Me despeja estar al volante —le explico.
Poner música, fijar los ojos en el horizonte y dejarme llevar.
Si voy de copiloto, me acordaré de una receta que vi en el periódico, querré ver qué tiempo hará el fin de semana, cuántos pasos he hecho cada día de la semana, qué ciudades visitaremos en verano, cómo está el euribor, cuándo será nuestro concierto de Pet Shop Boys, que día habíamos quedado con Elisa, si hay sitio en el restaurante de las coquinas, cuándo nació Madonna, cuántos habitantes tiene Estepona y cómo son las plantas de las que sale el aguacate.
Prefiero conducir.
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