Cuando quedamos a celebrar cenas de postín con amigos aún se asoma a la mesa el niño que hay en mí.
Esas charlas largas, los brindis con copas grandes, los cruces de mirada los veo desde mi planeta de espectador.
No es que renuncie a ser mayor, es que sé verme con los ojos de quien observaba escenas similares en tiempos de ingenuidad.
A veces, muchas, mis amigos no saben que están cenando con un intruso.
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