El tiempo que estuve trabajando en Francia, con treinta y pocos años, fue uno de los períodos en que más dudas tuve sobre mi capacidad como ingeniero. Me encomendaban proyectos diversos que implicaban tratar con gentes desconocidas para conseguir unos objetivos complicados.
Viviendo solo en el centro de París, había tardes en las que me escapaba al gimnasio desfondado por la presión.
Ocurrió que llegó el día, tras cuatro años, de volver a Sevilla.
─Salvador, no hagas planes para mañana al mediodía ─me comunicaron la última semana de trabajo.
Jefazos que controlaban Renault a nivel mundial me invitaron a comer, ¡a mí!, en un barco-restaurante sobre el Sena. Conociendo mi espíritu literario, me regalaron libros sobre literatura francesa y me entregaron una placa de reconocimiento por mi labor.
Esa comida podría no haber ocurrido, pero los libros están ahí, en casa, bien colocados, para recordarme que sí sucedió.
No hay comentarios:
Publicar un comentario