Hay situaciones reales que se convierten en sueños y quedan allí instaladas para reaparecer cuando menos las esperas.
Estábamos rodeando Central Station, en Manhattan. Hubo un momento en el que había tal cantidad de gente caminando hacia todos lados que perdí pie: descubrí una grieta por la que se asomaba un dios juguetón. ¡Nadie sabía dónde iba! Sus criaturas se le habían ido de las manos. Íbamos como ositos de Duralex en todas las direcciones.
En décimas de segundo me recompuse y seguí mi camino para escapar.
Sé que estuve allí. ¿Lo estuve?
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