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martes, agosto 28, 2018

Respeto

A la muy manida frase de que viajar abre la mente es fácil darle sustancia cuando tienes la suerte de visitar Japón.

Convivir durante varios días con los habitantes de este país y recorrerte sus calles es una lección de vida sobre el margen de progresión que tenemos los occidentales en terrenos tan fundamentales como el respeto al prójimo.

Puede sonar a ciencia ficción, pero en diez días ni una sola persona, ya fuera hotelero, camarero, empleado de metro o ciudadano de a pie nos puso mala cara. No sólo eso, sino que todos se dirigen a ti con una sonrisa. Se respetan las colas de forma ordenada, se cede el paso a los mayores, no se arroja nada al suelo, no se escucha una sola conversación telefónica en el metro o en el tren, bien conectados a la red en todo momento, ¡no suena un móvil en los espacios públicos! Los baños están limpios, en los bares no se grita, se ofrecen a ayudarte en cuanto te ven dudar, no te cobran el billete si has cogido el trayecto equivocado en un autobús, se desviven si les preguntas algo.

Sí vimos a un chaval borracho tirar una lata al suelo, sí a una chica intentar robar un libro en una tienda de manga... No hay mundos perfectos mientras los habite el hombre, pero sí es posible organizarse en sociedad privilegiando el bienestar común.

Puedo sentir, a partir de anécdotas concretas, que son menos maduros en lo emocional o que tienen más limitadas sus capacidades para improvisar.

También a ellos, seguro, les viene muy bien viajar para encontrar otras maneras de entender este mundo inentendible.

Mi duda es si, cuando visitamos otros lugares, sabemos retener e integrar lo mejor de ellos. Si sabemos hacerlo con las defensas bajadas, abiertos a aprender, dispuestos a empatizar, animados por un espíritu de crecimiento personal.

Yo lo intento, y disfruto como un enano olvidándome de mí y de dónde vengo, sin temor a perder, aún, mis ganas infinitas de aprender.

lunes, agosto 20, 2018

Tanizaki

En un esperadísimo vuelo a Tokio he caído en las redes de Junichiro Tanizaki. Leído en dos horas su ensayo 'El elogio de la sombra', he sentido picos del placer que sólo da la lectura, el silencio y la reflexión.

Un intelectual es aquél que sabe abrir tu capacidad de raciocinio a territorios desconocidos por ti sin por ello hacerse incomprensibles.

Escrito en 1933, intuyo que de un tirón y sin esquemas previos, Tanizaki se plantea en voz alta qué habría sido de Japón de no haberse cruzado con un Occidente al que considera más avanzado y ambicioso. ¿Cómo habrían ellos inventado la luz? ¿Qué medios de transporte habrían ideado? ¿Qué cine? ¿Qué fotografía?

En pasajes preciosos donde explicita el éxtasis que puede suponer para un japonés oír el agua hirviendo previo a la ceremonia del té o el disfrute del primer sorbo a una sopa de miso en un cuenco negro lacado con ribetes dorados, nos plantea cómo seríamos cada uno sin habernos cruzado con los otros, cuánto hay de nosotros mismos en lo que somos, con las licencias que da la literatura para fantasear sociedades y vidas que no existirán, que ya no pueden existir, salvo en nuestra cabeza.

lunes, agosto 13, 2018

Mamarrachos

Lo grave no es que existan Trumps, Salvinis o Putins, todos tenemos cerca fanfarrones de medio pelo con genética parecida; lo desgraciado es que haya gente que los vote a mansalva, a estos que se vanaglorian de no tener otra ética que su narcisismo, ni más palabra que sus exabruptos.
Son personajes incultos que no conocen el pasado de sus países más que de oídas, que juzgan a los que no son de su nacionalidad como enemigos y que ven en el inmigrante al terrorista.
Imagino que todos ellos, no puede ser de otro modo, estarían catalogados, de ser tratados por un psiquiatra, como personas con deficiencias mentales que combaten sus propios males, sin conocerlos, a base de bravuconadas.
Estoy convencido que los países debemos dotarnos de herramientas contra el fanatismo, de modo que nuestros dirigentes estén vigilados contra el dislate que supone tratar al ser humano, sea nacional o no, como mercancía barata.
Se están cargando el futuro a golpe de testosterona.

martes, agosto 07, 2018

Sollozo

Estaba terminando mi reunión de departamento, tenía a los míos rodeándome para aclarar varios temas puntuales y vi parpadear el icono del Skype con el nombre de Sardasthi.

Como desde que regresé de Irán las cuestiones técnicas con ella las trataba alguien de mi equipo, supe en ese momento que ese pestañeo del Skype era un grito de socorro.

Con su inglés exquisito me preguntó si podía hablar de un tema personal conmigo, le pedí cinco minutos para estar a solas con ella.

-La situación es terrible en Teherán, Salvador.

Las amenazas de Trump se concretan en embargos y la gente se desespera una vez más. En febrero encontré un país motivado por resurgir, una juventud que abarrotaba las calles y un pueblo amable. Estaban los que hablaban con sumo respeto del líder supremo y quienes, protegidos por el inglés y una mesa apartada de restaurante, confesaban estar hasta el gorro del régimen religioso.

Hoy mi empresa está a punto de salir de allí por las coacciones de Trump.

-No te pido ayuda por mí, Salvador, sino por la gente de mi equipo. Haz lo posible por sacar a alguien de aquí. Perdemos el empleo, nuestro futuro, el de nuestros hijos.

Hoy escuchaba en la radio que la Unión Europea quiere hacer frente a las decisiones del Estados Unidos más retrógrado, que se recrea en el machaque de todas las oportunidades de concordia.

Él dirá una barbaridad, el ayatollah de turno otra más grande, a Europa le temblará el pulso y, entre tanto espectáculo canalla, Sardasthi volverá a su casa, con toda su capacidad resolutiva y liderazgo debajo del brazo, a la espera de una nueva luz.

domingo, agosto 05, 2018

Verdad

Siempre tuve tendencia a adornar las noticias graves, y así, con esa pátina de deseos conseguía endulzar informaciones pesadas de digerir.

Los muchos años de trabajo en mi empresa me han educado a ir quitando edulcorantes a los hechos, enunciarlos con la austeridad de los datos contables, objetivos y no opinables.

El maquillaje suele manchar cuando de comunicar se trata. Sazonar, ocultar o exagerar no suele obrar efectos positivos. Te hace perder credibilidad y provoca reacciones en el otro que no son las que proceden.

Si te ha ocurrido algo que te oprime el corazón, cuéntalo tal como es o no lo cuentes. Si ves que puedes echar un cable a alguien querido, háblale con toda la franqueza de la que puedas hacerte. Decir a un amigo lo que quiere oír suele no traer cosas buenas. Las claves son el tono y el momento.

Cuando se averiaba una máquina durante una hora yo le decía a mi jefe que había sido media; si alguien había llegado una hora tarde, yo decía que media; si provocábamos un incidente a un cliente yo le restaba importancia. Quería evitar conflictos.

Si alguien a quien quiero se le hace un nudo entender por qué las cosas no terminan de irle bien, yo le digo lo que observo con toda la empatía de la que dispongo. Porque quiero que hagan lo mismo conmigo.

La verdad, con ese sonido tan rotundo, es mucho más amigable cuando se la mira de frente. 

viernes, julio 27, 2018

Contadores

Independientemente de dioses, integro en pensamientos subconscientes el embrujo de una justicia universal que nos arropa desde no sabemos dónde. Algún mecanismo automático o apuntador omnipresente que toma nota, hace fotos, graba conversaciones y vigila cada uno de nuestros pasos. Discos duros espirituales con trillones de trillones de datos en los que contadores individuales almacenan sonrisas como puntos verdes y gritos como rojos, desplantes que descuentan, favores que incrementan. Memorias imparciales que nada olvidan en algún lugar del infinito espacio acerca de lo que fuimos, acotando nuestras virtudes como ventajas para calificar con limpieza comportamientos que no siempre son puros, aliviando las cargas negativas a quienes arrastran dolores congénitos de cabeza o ruinas familiares de las que no fueron culpables. Dispositivos que son más benevolentes con humanos nacidos en Uganda que con aquéllos que crecieron en California, aparatos empáticos que no se censuran, ni se estropean, que no juzgan con sesgo ni evalúan los reconcomes de miedo al vivir, sino que almacenan actos, posturas, alardes, besos y empujones sin atender a pensamientos que no saben descifrar; hadas electrónicas notarias de nuestras líneas de conducta.

El subconsciente tiene esos miedos que la razón ignora, aunque sus teorías sean todo lo difusas que su condición subterránea implica.

Mi subconsciente, en duermevelas pausados de soledades, quiere pensar que en algún lugar alguien sabe cómo fuimos, cómo estamos siendo; tal vez porque mi subconsciente tenga elaborada la teoría de que si no existiera esa justicia sabelotodo la gente no tendría escrúpulos en mostrar su peor cara a escondidas de la justicia humana.

miércoles, julio 18, 2018

Triturado

Cada vez que la mañana se complica en el trabajo, me escapo a un bar cercano para abstraerme del mundo con un buen desayuno. El único problema es que cambian mucho de personal y no terminan de quedarse con mis rutinas:

-Un batido de chocolate y media con jamón serrano y tomate.

-¿En rodajas o triturado?

-Tiru... tritru... rado

Hay veces que vengo con la frase preparada.

-Un batido de chocolate y media con jamón serrano y tomate tiru... tritru... rado

Hay una puerta de la fábrica por la que he pasado miles de veces, desde hace más de veinte años. No reparo en ella hasta que me la encuentro de frente y entonces me digo... es de empujar, es de empujar... Pero no. Es de tirar.

Hay genes rebeldes en mí, que se empeñan en provocarme siempre los mismos tropiezos.

Son dos interruptores en la cocina de Conil y uno alumbra un foco agresivo de luz blanca. Cuando acerco el dedo siempre pienso... es el de la derecha... y enciendo con el izquierdo la luz maldita.

Estos días de auditoría me hacen escribir tonterías para bajar 'estreses' que no son buenos. Uno de los técnicos que nos visitan se llama Mustafá, y yo debo presentarlo a mis compañeros conforme se desarrolla la semana de trabajo. Se dan la manos todos entre sí y cuando me toca introducirlo:

-Él es Mohamed.

Mustafá se ríe y le quita importancia, pero yo trato de abstraerme para no repetir el fallo. No me conoce para evitar pensar en mofas extrañas por mi parte. Cambiamos de zona, nuevas presentaciones... No es Mohamed. Es Mustafá. No es Mustafá.

-Os presento a Mohamed.

Hay frustraciones ocultas o defectos de fábrica. Tra-tre-tri-tro-tru... Sé decirlo. Seguro.

-¿El tomate se lo corto?

-¡No!

Maldito el momento en que le cogí manía a las rodajas de tomate.

domingo, julio 08, 2018

Foto

Cuartel general de mis sueños, esta noche volví una vez más a Manhattan, en un caluroso paseo de avenidas coloridas donde, sin previo aviso, me dieron la gran noticia de la visita de mi padre. Estaban mis hermanas como organizadoras y él preguntó por su nieto, que viajó con la velocidad sideral que permiten las reglas oníricas para acompañarnos a la subida de un Empire State que siempre tuve como asignatura pendiente con mi padre desde que muchos años atrás se me quedara sin respiración subiendo la Torre Eiffel. Entrar en la última planta imponía echar 3 monedas de dólar que no teníamos y a mí se me quedó enganchada la mano tratando de manipular el dispositivo para no perder la ocasión única de mostrarle la inmensidad de la ciudad.


Me desveló la luz de amanecer y me negué a irme sin enseñarle la Estatua de la Libertad, con esa gran suerte que tengo de poder entrar en mi otro mundo con la única fuerza de mis ganas de hacerlo.


Protestó por la muchedumbre en la estación de South Ferry, sin saber que yo estaba en un duermevelas entre lo real y lo deseado, disfrutando de su voz inconfundible y su irremediable impaciencia. Le busqué un hueco en la cubierta del barco y se asomó a la barandilla, frágil, para que el viento húmedo le moviera su pelo canoso. Me organicé con un turista para que nos hiciera una foto. Agarré su cintura esquelética a través de su chaqueta y él me pasó el brazo paternal por encima de mi hombro sin saber que yo me derrumbaba de volver a sentirlo.


La muerte, terrible, te quita placeres para siempre; pero quiero esa foto, es mía, agarrados en la cubierta del ferry con la estatua majestuosa detrás. Reivindico esa foto para la mutante casa de mis sueños. Es mía.

miércoles, julio 04, 2018

Reflejo

Hay un ejercicio muy sano que trato de aplicarme desde hace media vida: no empezar las frases con un 'es que...' en conversaciones con gente que me importa.

Al practicarlo saco lo mejor de mí, porque me obliga a reflexionar unos segundos antes de hablar, me hace descartar excusas para posicionarme y, al cambiar la perspectiva de los argumentos, transmito seguridad.

Incluso para decir 'no' se pueden estructurar frases en positivo. No es lo mismo ante una invitación a una cena responder 'es que ya he quedado' que 'me apetece un montón aunque hoy no pueda'.

Va de lo más tonto a lo más profundo y no es sencillo de manejar. Es un reflejo que el ser humano lleva dentro. Defender el castillo, lo conocido, lo calentito, lo fácil, lo propio.

Es que estoy cansado, es que la gente es retorcida, es que los portugueses son tristes, es que la sanidad es un desastre, es que no va a responder, es que va a llover, es que no da tiempo, es que está muy lejos, es que se reirá de mí, es que no me hace caso, es que no tengo tiempo, es que...

Da igual el tema del que se trate, transmite mala energía. Y yo de eso no quiero para mí.

No hay placer más grande que convivir con personas que a todo responden sin excusas, y como a mí me gusta ser como la gente que me gusta, me empeño en ello. Vivir una vida coherente con tus principios no es del todo difícil a partir de cuatro reglas y una pizca de buen humor.

viernes, junio 29, 2018

Generosidad

Hace diez o veinte años la noticia que la mayoría de ciudadanos de nuestra querida España hubiese querido ver en las portadas era el fin de ETA, una banda malhechora, asesina sin escrúpulos, retorcida, siniestra, que se escondía en pasamontañas para pegar tiros en la nuca por la espalda con el pretendido aval de un pueblo maltratado.

Esos criminales fueron entrando en prisión, uno tras otro. Se les fue juzgando con toda la fuerza del estado de Derecho con el que nos dotamos hace décadas y comenzó el declive, acelerado por el repudio propio de una sociedad vasca hastiada de que en su nombre se cometieran salvajadas indefendibles.

Nadie que lo haya vivido puede sacar de su corazón el quebranto que supuso la pérdida de Miguel Ángel Blanco. Ni de tantos otros.

A ETA la vencimos porque, entre otras muchos argumentos, la razón estaba de nuestro lado. La superioridad moral era total. El bien y el mal tenían claramente trazado su camino en ese conflicto.

ETA desapareció porque perdió en todos los frentes. Ya no existe.

Quedan muchos muertos, sí. Un dolor infinito y vidas irrecuperables, sí.

Precisamente porque ganamos los buenos, debemos tener la altura moral de actuar con generosidad hacia con ellos; para terminar de demostrar cuál es el camino del correcto comportamiento humano.

Acercar los presos a sus hogares no es rebajarse, ni achantarse, ni doblegarse. Es mostrar con generosidad que somos una sociedad sana y que estamos muy por encima de los comportamientos execrables que, durante años interminables, demostraron hacia quienes hoy les respondemos con grandeza.

lunes, junio 25, 2018

Sillas

Terminada cada reunión de trabajo, François Frenette venía a quejarse de lo mismo.

-No arrastren las sillas, por favor.

Las sillas hacen ruido al arrastrarse. Un sonido incómodo que molesta más a quien no lo produce, a quien no mueve la silla.

En la vorágine de decisiones por tomar hay mañanas que me escapo a desayunar fuera de la fábrica. Pido mi batido de chocolate y media tostada con jamón. ¿Triturado o en rodajas? Siempre triturado. Me concentro en mis pensamientos, trato de evadirme de todo. De las charlas del bar, de la tele encendida, del sonido de la cafetera. El camarero, sin embargo, recoge las tazas de café como si no pudiera hacerlo sin golpear escandalosamente unas con otras.

Ni que uno fuera a desayunar para relajarse...

No me gusta la gente que no controla los ruidos que provoca. Quien grita a lo lejos sin atender a los que están cerca, quien hace sonar el claxon sin atender al peatón de justo al lado, quien taconea suelos sin pensar en los vecinos de abajo.

El mundo chirría de sillas arrastrándose, tazas golpeándose, cláxones sonando que no dejan observar el silencio con el que muchos otros se manejan con cuidado pensando en ti.

lunes, junio 18, 2018

Ayuda

Escuchaba la radio conduciendo, pocos placeres comparables, y entrevistaban a una voluntaria de la Cruz Roja preparada para recibir a los desheredados del Aquarius.

Ante la pregunta del locutor acerca de sus razones para trabajar de forma altruista, la mujer respondió:

-Porque me gusta ayudar.

Se hizo un silencio en el estudio y un silencio en mi coche.

Ya sobraba el resto de preguntas ni los detalles del dispositivo de acogida a esas personas desorientadas, vacías de mochila y repletas de valentía, que tanto queremos sin conocer.

No imagina ese chica la envidia que nos produce a muchos esa capacidad de ser felices de forma tan pura.

lunes, junio 11, 2018

Claridad

Si desgajamos la asertividad en ingredientes, uno de ellos es el hablar claro. Está también la empatía, la educación, el tacto, la escucha.

Aprecio enormemente a la gente asertiva, tal vez porque deba aprender mucho de ella, y especialmente a aquélla que se expresa sin contemporizar, que no da vueltas en redondo para no decir lo que su interlocutor no llega a interpretar.

Hace mucho más daño andar con rodeos que mirar a los ojos y decir lo que uno siente acerca del otro. Sin necesidad de aleccionar ni mostrarse en posesiones de la verdad que no existen.

Son numerosos los recuerdos, más frecuentes cuanto más joven era, en que perdí oportunidades de expresarme de frente acerca de mis posicionamientos interiores respecto a gente que fue importante para mí. Cuando estas certidumbres internas no enganchan con tus gestos, tus acciones, las miradas hacia aquél que enfrentas, todo se pudre, empezando por la confianza.

Es mucho más parecido a la Vida el quitar filtros que ésta no tiene. La vida es salvaje, transgresora, no tiene piedades, te reta, es directa, no tiene estrategias, impone, golpea, maravilla y no avisa, te revolea, es azarosa, contundente, no tiene reglas, te enamora, te chulea, se ríe de tus proyectos, no se casa con nadie, te da cancha y te ningunea. Somos más vivos cuanto mejor nos mimetizamos con ella para ofrecerle a la gente que queremos el espejo en que ellos se reflejan sin que nos escondamos a la sombra, ni nos pongamos de costado, ni empañemos el cristal de las verdades propias que necesitan encontrar en nosotros. 

Siempre pincelada por el amor, a mí me gusta ver en quien me quiere la imagen que tienen de mí, no la que piensan que yo quiero ver.

lunes, junio 04, 2018

Quoi

Cuando llegué a París, para instalarme a vivir allí durante unos años, comprobé la distancia sideral entre un idioma aprendido, en mi caso con fascículos de Planeta Agostini, y el que se habla en la calle. Entendía con cierta claridad lo que se hablaba en reuniones de trabajo, más cuanto más formales eran, pero me quedaba a cuadros en las charlas junto a la máquina de café. No pillaba una.

Los atascos parisinos, inmensos, me hicieron ganar en paciencia, algo que no es mi fuerte, y en mi capacidad de escucha. Esas dos o tres horas diarias encerrado desesperadamente en el coche me sirvieron para hacerme con la lengua a partir de programas de radio. Entrevistas, debates o programas humorísticos que me abrían puertas a un idioma del que me fui enamorando a partir de que comencé a introducirme en sus sutilezas.

Sin embargo había expresiones, casi todas callejeras, que me sacudían. Yo las repetía como un mono en conversaciones sin saber ni cómo se escribían y observaba las reacciones. Brigitte a veces me miraba con sus grandes ojos pintados de celeste.

-'¡Salva! eso es un taco muy feo' -y me traducía al oído la grosería que yo acababa de soltar sin saberlo.

Un día le pregunté cómo traducir ese 'quoi', pronúnciese 'kuá', que casi todo el mundo colocaba, tarde o temprano, al final de alguna frase. 'Je viens de manger, quoi'. Ella me decía que eso era de gente malhablada. Una coletilla que no aportaba nada y era una forma de ensuciar el francés. Entonces yo esperaba el momento a que ella lo dijese.

-¡Lo has dicho!

-¡¡¡No!!!

-Sí, lo has dicho.

Nunca lo reconocía. Intenté traducirlo al español, más aún, al andaluz. Vendría a ser el '¿sabes?' que remata una frase y que por aquí muchos acaban pronunciando como... ¿abe?, o el 'vamos' final que no viene a decir nada. 'Que no viene a decir nada, vamos...'

-Estuve anoche en el cine, 'abe'

-¡Lo has dicho!

-¡Sí, hombre!

No. No vemos los 'quoi' más que en los otros. El malhablado siempre es el otro, ¿abe?

viernes, mayo 25, 2018

Patria

Vivo con tanta desazón determinadas dinámicas del mundo actual que me está ocurriendo algo impensable en mí: rehuyo las noticias, las miro de reojo, me empieza a dominar la sensación de que atravesamos una época fea en que todo gira en círculos retrógrados. Yo no quiero sentirme así. Siempre he creído, honestamente, que la sociedad evoluciona en positivo. Porque es un hecho que hay menos guerras que nunca, más derechos que nunca, avances médicos y tecnológicos como nunca hubo. Hemos tenido la suerte de vivir una era de transformación en todos los campos imaginables que multiplica por diez, cien, ¡por mil!, las velocidades de ningún tiempo pasado.

De ahí que cuando veo en las portadas de los periódicos la cara a Donald Trump, Kim Jong-Un o Taryp Erdogan se me revuelve físicamente el estómago; algo a lo que no son ajenos los políticos de mi país, llenos de contradicciones, prejuicios y soberbias.

Estoy convencido que una de las principales raíces de esta involución está en la patria, ese concepto maleado que se inculca al ser humano desde pequeño para hacerle ver que su tribu es la buena, por encima de algo tan evidente como es el hecho de que somos una especie única en la inmensidad del universo. El sistema educa en la diferencia con el francés o el chino en base a un porcentaje infinitesimal de cosas que nos distinguen en relación con lo ilimitado que nos une con el francés o el chino. La vanidad del nacionalismo es veneno que se vende gratis, que se te agarra a las venas y te revienta las entendederas para no aceptar que sentirse mejor que el otro por haber nacido más allá de la frontera es de imbéciles avanzados.

Sólo admito en mi moral, tan respetable como cualquier otra, al patriota que lo es por el simple hecho de querer a su gente. Y ya me cuesta horrores. Cualquier paso más allá es peligroso.

Mi patria es la gente de mi tiempo, la generación con la que convivo, aquéllos que estamos viviendo esta transformación brutal de un mundo abducido por la tecnología buscando su lugar en la historia. Yo te puedo querer más por tenerte cerca, por el roce y las risas, por las vivencias en común, pero no te puedo creer mejor o peor por haber nacido a mi lado.


martes, mayo 15, 2018

Aburrido

Lógico en edades del pavo, cuando la sangre fluye rápido y los despistes son mayúsculos, el aburrimiento es para mí un estado que enarbolan personas en las antípodas de aquéllas que me resultan atractivas.

Es sano tirarse en el sofá para hacer nada una tarde cualquiera, disponer tu cuerpo y mente a abstraerse de todo lo externo para levitar por espacios donde no hay reglas ni obligaciones. De hecho, creo que se ejerce poco el arte del 'dolce far niente'; lo triste, a mi entender, es cuando uno llega a ese estado casi vegetal con demasiada frecuencia y por carencia de alternativas personales.

No tener en el intransferible maletín de pequeños, o grandes, placeres un juguete particular del que tirar es para hacérselo mirar, porque si hay algo que nos pertenece es nuestra capacidad para inventar enredos de los que hacernos protagonistas con tal de construir vidas divertidas, entre las que mirar al techo o empaparse infumables programas de televisión no dejan de ser opciones de escasa riqueza.

La curiosidad, el ejercicio, la inventiva, el deseo de aprender, la competencia personal deberían ser asignaturas obligatorias de por vida, pagadas por el seguro para quien carezca de ellas. Meneadores profesionales pagados por el Estado para zarandear vidas insulsas que no tienen otra excusa para ser así que la predisposición íntima al lamento de quienes piensan que todo lo bueno le pasa a los otros.

jueves, mayo 10, 2018

Invisibles

De nuevo Carmela me propuso y de nuevo le dije sí, porque tengo la suerte de tener gente a la que puedo decir sí sin saber cuál es la propuesta.

Me citó a las 8 de la tarde en la Plaza Nueva en plena Feria del Libro. La ONG para la que trabaja, Solidarios, organizaba una actividad literaria con gente sin hogar. Consistía en repartirlos en grupos, tirar unos dados para elegir acciones y temáticas, darles papel y lápiz y media hora para construir un relato. A mí me daba la misión de apoyarles durante esos treinta minutos en la creación de una historia coherente que tuviera como personaje principal... a Frankenstein.

Una decena de corrillos en los escalones que rodean la estatua de San Fernando en un día fresco de primavera soleada, la desconfianza inicial de quienes te ven por vez primera, mi interés por saber qué querían contar, en una frase, los juegos de palabras de gente que no se impresionan por nada porque lo han vivido todo.

Hurgué por las ficciones que creaban para intentar, ingenuamente, entender sus vidas raras, aparentemente destrozadas para los que las observamos desde la normalidad de quienes tienen salario, casa, coche y unos horarios que respetar. Observé a los voluntarios inmiscuidos alentando el espíritu creativo de quienes no saben cada mañana dónde acabarán la noche.

Tuvimos que negociar con la directora de la Feria del Libro más premios. Necesitábamos más libros que regalar. Tercer premio, 'Los 5 fantásticos', segundo premio, 'Los retales', primer premio, 'Sevillanstein'. Y hubo premio del público, al Capitán Morgan, que con su gorro de pirata y la litrona en la mano nos pidió que no nos olvidáramos de ellos.

-No queremos que dejéis de cuidar de nosotros, los que dormimos en la calle, ni queremos que dejéis de mirarnos a los ojos.

Me sentí un intruso feliz y envidioso de tanta gente buena que no sale en los telediarios y regalan sus horas libres para ayudar a construir historias a Frankensteins abandonados que buscan mantas cada noche para abrazar sus sueños en cajeros automáticos con pestillo.

domingo, mayo 06, 2018

Purple

Como Supermán, yo tengo mi kriptonita en forma de canción.

Di un paso al frente ante el agotamiento general en lo anímico y lo físico. Recién cumplidos mis dieciocho, en un septiembre calurosísimo, me ofrecí para quedarme a dormir con ella. El final se vaticinaba tan cercano que no había planes posibles.

Me llevé mis walkmans y cintas de cassette grabadas de los 40 principales. Coloqué mi chiringuito de libros y cintas junto a su cama de hospital, le di un beso en la frente y me dispuse a pasar la noche más larga.

Hace unos años me dieron mis hermanas un sobre ocre en el que ella escribía sus últimos años. Se dirigía a cada uno de nosotros para decirnos qué soñaba de nuestras vidas venideras. Nunca he conseguido la fuerza para abrir el sobre y enfrentarme del tirón, treinta años después, a las reflexiones de mi madre acerca de un futuro que ya nunca sería de ella. Me aseguro de que está a buen recaudo, lo paso de la librería a una cajonera, lo meto en carpetas distintas, pero no lo abro.

Hacía un calor surrealista y ella me pedía que le mojara la frente. Yo desconectaba la música, me sentaba en su colchón y le pasaba la gasa húmeda por la cara. No sé hasta qué punto me reconocía ya. Me miraba fijamente y confirmaba ese placer primitivo de alivio.

-¡Qué fresquita!

Yo volvía a mi asiento, le agarraba la mano y volvía a escuchar 'Purple rain'. Le daba volumen para escapar de allí, para no oír su respirar agitado ni enfrentar sus lamentos agudos.

Creo recordar que me apretaba las mano, que me miraba a los ojos, que me sonreía para evitarme asumir el horror de su muerte.

Tuvimos una cena hace poco en casa, y apareció el sobre entre mis papeles. Vi la última página. Me pedía que fuera ordenado, que cuidara de mis hermanos, que estaba orgullosísima de mí. Hablaba a mi padre para decirle que era lo más hermoso que jamás le había pasado.

Esa noche oscura, siglos después, dejó aparecer por la ventana un tímido rayo de sol.

No puedo oír 'Purple rain' sin desbaratarme por dentro.

domingo, abril 22, 2018

Zazie

Una de las primeras cosas que hice tras instalarme en París, allá por 2001, fue la de preguntar por cantantes y escritores. Los segundos me los escribieron en una servilleta en una cena veraniega en Niza, y de casi todos permanece algo. Me quedé con Anna Gavalda, Amélie Nothomb y Emmanuel Carrère. De los cantantes me hice fan de Calogero, Pascal Obispo y, por encima de todo, de Zazie.

Una cantante pop compositora de sus propias canciones, con hechura de modelo y comprometida con la sociedad. Recuerdo las noches bailando en el desgraciadamente famoso Bataclán al ritmo de Adam et Yves.

Hay, sin duda, una letra que me toca especialmente el corazón, porque tiene mucho que ver con todos los que componemos historias, con mayor o menor acierto: Je n'écris pas sur ce que j'aime.

Es cierto, yo también escribo sobre aquello que me desespera, o lo que me sorprende, o acerca de mis fantasías, del lugar el hombre en el mundo, del miedo y la fascinación por el futuro, de la vida buena, de las enfermedades de la sociedad.

Pero, como dice Zazie, je n'écris pas sur toi.

A pesar de que lo eres todo para mí, de que mi mundo tiene todo el sentido desde que apareciste tú; que me cuidas, me proteges, me deseas y me admiras tanto como yo a ti; no se escribe del amor que se tiene, de los días soleados, de la alegría de sentirse profundamente amado y de saber que mi vida es lo que es gracias a ti.

Por siempre tuyo, amor.


miércoles, abril 18, 2018

Tiempo

La verdadera dimensión del tiempo se adquiere mirando hacia atrás.

En nuestra infancia el futuro es infinito, en la adolescencia todos los proyectos caben. La madurez consiste en elegir caminos para abandonar otros, constriñendo ese horizonte inabarcable cada vez un poquito más, hasta tal punto que llega un día en que confirmas que no podrás ser casi ninguna otra cosa de lo que eres ya.

Con mi edad miro hacia atrás y toco con la punta de los dedos a ese niño que pasaba veranos eternos riendo en la playa, veo con nitidez mis años de universidad e incluso recuerdo los olores de mis primeros días en el trabajo; las declaraciones de amor, que varias hubo, el primer sexo, con el cuerpo temblando de turbación, el primer viaje a Francia, el abrazo de mi padre al firmar mi contrato, las guardias en el cuartel de Caballería. El día que Fran apareció con su camiseta roja en el Barón. Todo está accesible sin necesidad de prismáticos.

Esa comprensión certera me niego a tomarla con la angustia de quien asume la liviandad de los años; saber cuánto estos pesan es la mejor terapia para no desperdiciar tardes en no hacer nada, la mejor medicina para asegurar bien el tiro de las decisiones, todavía muchas, por tomar.

Ver tan de cerca al niño que fui me permite visualizar el viejo que quiero ser y lo mucho que quiero crecer hasta ese día.