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sábado, junio 24, 2017

Presente

Hay quien dice que no se puede vivir de los recuerdos, son muchos los que opinan que no hay vida estimulante sin proyectos. Pasado y futuro como condicionantes de nuestro presente. Los errores que cometimos para evitar aquéllos por cometer, las carcajadas de entonces para saber elegir con qué personas desearemos encontrar la risa.

Pero ocurre que todo es ficción, salvo el presente. Que nada de lo que existió o lo que existirá es real, salvo como puro artificio que nos libera pretendidamente de lo único cierto, el ahora de mí escribiendo en una mañana luminosa de sábado frente al Mediterráneo; el ahora tuyo leyendo estas ingenuas reflexiones acerca de lo que somos.

Las certidumbres del pasado frente a los dilemas del futuro se cruzan en un instante preciso en el que evaluamos nuestro presente, como elixires preciosos que nos permiten soñar con aquél que fuimos y sonreír con la persona que querremos ser.

La grandeza del ser humano es ésa, ser capaces de meterle a nuestra realidad unívoca, tan previsible a veces, la magia de la ficción de lo que no existe: aquello que fuimos y seremos.


Nadie nos puede quitar el disfrute de rebobinar los mejores recuerdos las veces que queramos, con los aderezos que los años o nuestros deseos vayan superponiendo, ni de construir, con la libertad que da el deseo, vidas futuras imposibles de edificar con los ladrillos del presente.

domingo, junio 18, 2017

Abadía

Volando de vuelta a casa tras unos maravillosos días en Londres, traigo un regalo especialmente valioso en la maleta, intangible como todo buen tesoro, y no es otro que las horas pasadas en la Abadía de Westminster.
Soy de los de regurgitar recuerdos en mis sueños para aderezarlos con especias de irrealidad que los aderecen hasta llevarlos a la combinación perfecta con la que disfrutar de ellos en el futuro.
Aún frescas, y vírgenes, mis imágenes de ese templo habitado por reyes muertos, inquilinos de tumbas de madera reblandecida, no son sino un fogonazo de la grandeza del pueblo británico por retener a sus héroes adormecidos en el susurro de la eternidad, con piedras que se acumulan con formas humanas retando a la certidumbre de la muerte.
Dickens, Haendel, Newton, Lord Byron... dormidos para la posteridad entre escudos de armas, codeándose con los que no tuvieron más mérito que nacer reyes, humanos con el poder de crear un recinto mágico de piedra y cristal en la que derretir su carne como la madera para que ciudadanos de un tiempo futuro pudiéramos incluir en nuestros sueños las batallas cruentas entre la fama del hombre audaz y el designio feroz de un porvenir maldito.

miércoles, junio 14, 2017

Riñones

Francófilo como soy, llegué muy tarde por vez primera a Londres. Tenía 30 años, vivía una relación sentimental desastrosa y acepté una invitación de mi prima Bele para pasar unos largos días allí. Todo Londres me gustó, lo viví con la ilusión de un adolescente y me integré sin las angustias del turista que quiere visitar cada rincón. Hay una escena recurrente en mi cabeza de esos días, subido al tejado de la casa de mi prima, al anochecer, con mucho alcohol, en el clásico suburbio británico donde vivían, observando a la gente pasar. Chispazos de felicidad.

He vuelto varias veces, siempre entregado. Tengo con la ciudad el romance propio de quien la ha conocido sin las tonterías propias de la seducción forzada por la ingenuidad. La paseo siempre sin rumbo, como se hace con las ciudades que sientes propias.

Ahora aterrizo aquí, en una ciudad convulsionada por el terror y expulsada a su pesar de Europa, con ganas de integrar de una vez el mapa visual de su estructura en mi cabeza. Hacerme con las distancias y los barrios como en mi amado París. Tengo tiempo y ninguna prisa.

En una de mis últimas visitas, deliciosa, con Mariángeles y mis hermanas, de pintas de cerveza y museos a toda prisa, hubo una noche en que, de vuelta al hotel, mi amiga se asustó al ver que nuestro taxi, de conductor paquistaní, cruzaba el Támesis. '¡Pero si Gloucester Road está al otro lado del río!'. Mis hermanas se morían de risa con sus gritos de mujer 'sabelotodo' y yo me planteaba que no conocía los parámetros de la ciudad. '¡Reíd, reíd!', nos decía, incluso al taxista del turbante, que también reía sin saber de qué, 'que este hombre nos está llevando a cualquier sitio para sacarnos los riñones'.

Ése podría ser mi máximo objetivo de estos días, un viaje romántico al Londres más cosmopolita para aprender a cuidar de mis riñones.

lunes, junio 12, 2017

Sol

En los duros días de invierno uno relaciona la felicidad con una jornada al sol, pero esas mañanas llegan y me percato de lo incómodo que me resulta tirarme sobre una toalla a dejar pasar las horas como una sardina.

Así estaba el sábado cuando decidí que, para no aguarle la fiesta a Fran, aprovecharía ese rato de exposición solar para hacer algo de deporte. No hay nada como la gimnasia pasiva. Así que me concentré en hacer estiramientos de lumbares de 30 segundos. Levantar lentamente la columna, desde el coxis hasta el cuello y permanecer con todo el cuerpo levantado, en forma de pirámide, para reforzar los lumbares. El silencio de esa zona de la playa acompañaba. Cada vez complicaba más el ejercicio, levantando una pierna, cruzándola, luego la otra...

Me giré boca abajo para continuar con los ejercicios. Decidí hacer una plancha. Colocar los codos sobre la toalla y subir todo el cuerpo manteniendo bien firme los abdominales. El sol pegaba de plano.

Entonces me acordé de que estaba a punto de terminar la deliciosa novela 'Un cuento dulce', premio Goncourt del 2016. La abrí por la hoja pellizcada por la que la dejé la noche anterior. Decidí que aguantaría en la posición de plancha el tiempo de leer las páginas pares. Las impares para descansar.

De pronto vi a Fran mirarme tomando el sol, haciendo abdominales, sumergido en una novela francesa.

domingo, mayo 28, 2017

Encierro

Firmaba la conformidad a la auditoría que AENOR había realizado a mi fábrica, con sobresaliente como siempre, cuando tenía que tirar en coche para casa, tomar acelerado un salmorejo e ir con la moto para Nervión. Era el encuentro definitivo con el director de la editorial. Me invitó a un café.

Despojado de todo lenguaje industrial, entramos de lleno en la novela. El enorme despacho luminoso atiborrado de libros me recibía con el manuscrito repleto de anotaciones en colores fluorescentes.

-¿Tú has conocido a mujeres que les hagan fotos a las VISAS de sus amantes?

Le aclaré que no. Me interrogó acerca de las prácticas sexuales de mis protagonistas, de las menciones a Saramago, de mi uso de la perífrasis, de la potencia de los diálogos.

Tomé nota de los consejos, aclaré sus dudas. Nos hemos dado unos días para el repaso final. Este miércoles entrego la versión definitiva. Sigo llorando en el capítulo 72 cuando me releo. Ando estos días encerrado como un ermitaño, en mi santuario de Marbella, dando forma a la versión definitiva de la novela.

-¿Qué te parece si consultamos por las redes sociales cuál de los dos títulos es más potente?

Al editor le pareció buena idea.

-¿Y hacer un concurso fotográfico para la portada?

'Genial'

Llevo el 47% de la novela revisada. Mis personajes se despiden de mí, mientras yo les pongo las últimas sonrisas.

Publicamos en otoño.

miércoles, mayo 17, 2017

Rubia

La imagen es potente. Él en un sillón, ella en la esquina izquierda del sofá, una lámpara de pie de barro y los dos cogidos de la mano. 'Rubia', le decía. Imagen tan lejana en el tiempo como reconfortante. Así transcurrieron años largos de infancia luminosa.

Una noche aciaga la infancia se rompió. Nos reunieron para comunicarnos que mamá estaba enferma. A ella, años después, le seguía llamando rubia, mi padre, en su lecho de muerte. Él le tenía cogida una mano, yo la otra. ¡Era tan pequeño!

La rubia nos dejó cartas a cada uno de sus hijos, escritas con la calma de quien ve un final inexorable, para decirnos que cuidáramos de él. Sé que ese sobre beige anda por algún cajón de entre mis cosas. De vez en cuando aparece, pero nunca me atrevo a leerlo. Han pasado treinta años, sigo sin tener las fuerzas para volver a leer lo que mi madre me decía a mí.

Hace justo un año mi padre se estaba yendo, también tuvo sus manos entre las nuestras. Murió en una atmósfera repleta de amor. En esos últimos días, en las últimas horas, con la cabeza ya perdida, llamaba a la rubia, y seguramente se abrazó a mi hermana Mónica creyendo que era ella, que venía a por él, a tomarle de nuevo la mano.

Preparé unas palabras para leer en su funeral lo bueno que había sido, para cantar mi orgullo de hijo en nombre de mis hermanos. Pero no supe. Me faltó el mismo valor que no encuentro para abrir el sobre beige de una madre que pedía que cuidásemos de él como merecía una persona a la que, hoy como siempre, no podemos querer más.

miércoles, mayo 10, 2017

Dinero

Al poco tiempo de comenzar a trabajar en Renault, con veintitantos, me vi salpicado de un puntual problema económico, ajeno a mí y que no viene a cuento detallar, en que de golpe me encontré totalmente arruinado en el corto plazo. Todo mi capital era una nómina interesante, un contrato fijo y ganas de comerme el mundo.

Al tener la suerte de contar, desde que tengo uso de razón, de tanta gente que me quiere, decidí explicar el detalle de mi situación a aquéllos de entre mis amigos que podían ayudarme. Así lo hice, a corazón abierto.

Bárbara, con la que hoy he pasado una tarde deliciosa, me dijo que me veía al día siguiente en la calle Virgen de Luján. 'Allí tengo las dos sucursales de mis dos cuentas. Sacamos tanto dinero como sea posible'. Mi querida Montse no tardó en firmarme un cheque. Jose Ignacio me prestó un millón de las antiguas pesetas. Incluso Paco, mi jefe, se involucró con quinientas mil pesetas. ¡Confiaban a ciegas en mí!

No tardé en recuperarme, en menos de un año ya les había invitado a cada uno de ellos a una cena, en la que les entregaba el dinero prestado con la mayor de las emociones.

Hubo alguien, sin embargo, que me dijo no.

Durante los años siguientes, en las numerosas veces en que nos veíamos los fines de semana para salir de copas, siempre que bebía más alcohol de la cuenta me decía: 'Salva, lo que daría por volver a esa tarde y poder decirte que sí, que tenías mi dinero a tu disposición'. 

viernes, mayo 05, 2017

Ostia

Qué ostia me he dado en la Plaza de Cuba. He caído redondo. Tengo las rodillas como los niños chicos, con moratones. Como ese niño chico gamberro que nunca fui.

Iba en zig-zag.

Borracho. Tela. Y feliz.

Nunca supe si se dice ostia u hostia. La u en medio es seguro. Porque detrás suena ´o´.

Me gusta la feria de Sevilla. Es un canto a la vida. Sin excusas religiosas ni mundanas. Beber y bailar. Porque sí.

Iba en zig-zag.

Mi sobrino Iván (daría la vida por él) me dijo a media tarde que se iba a la calle del Infierno. Yo le di dos besos y me sentí mi padre sacando la cartera para darle dinero.

-Ya tengo 30 euros -me dijo- Yo le di 20, por no darle la cartera.

Me he caído redondo en la Plaza de Cuba. Mis rodillas contra el asfalto. Duele. Nadie se ha dado cuenta. Me he levantado como un resorte. ¡Qué ostia!

Buscaba un taxi. Qué gustazo perder la cabeza.

Quería escribir esto, en zig-zag. Antes de acostarme.

Soy pueril y plano. Me gusta mi Sevilla. Vivir. No hay otra cosa. Vivir.

Mañana me arrepentiré. Una mancha en mi blog de 10 años.

Caminaba en zig-zag, pensaba en cuánto quiero a tanta gente.

Y me caí.

De bruces.

Tengo sangre en las rodillas.

lunes, abril 17, 2017

Vivir

Mi trabajo, del que tan orgulloso me siento, como no podía ser de otra forma, me ha dado muchas oportunidades de crecer como persona; entre ellas, una que no tiene precio, la de conocer mundo. Visitar una fábrica de Renault en Brasil, Eslovenia o Turquía, o una de Nissan en Japón, México o Inglaterra no es sólo practicar tus conocimientos de inglés, francés o escuchar otra forma de recitar el español, ni comprobar diferentes maneras de afrontar la misma política de empresa. Viajar por cuestiones de trabajo es una forma diferente de conocer mundo, uno se quita el traje de turista y se siente integrado como uno más, aunque sea por unos días, en otra sociedad distinta; tomas cafés en máquinas donde se habla de temas comunes; ves cómo otros te integran en su forma de afrontar tareas encomendadas similares a las tuyas.

Son oportunidades, también, para compartir horas de charla, cenas, aeropuertos y paseos con compañeros de trabajo. Tengo en mi cabeza momentos memorables, como cuando fui con mi amigo Rivo a París y me tiré las copas de bourbon por encima con un resbalón, o el accidentado viaje con Elisa a Eslovenia en que entramos en Venecia sin saber que era carnaval, o el divertidísimo con mi tocayo Salva, recién casado, a Japón, cuando nos llevaron a un bar de alterne y él no hacía más que tocarse su anillo recién estrenado, o el mes circulando por todo Asia con Pablo, comiendo serpientes en China y untándonos de pintura en la India.

Hay una persona con la que, especialmente, resulta divertido viajar. Se llama Fernando. De hecho, es una bendición trabajar con gente que siempre tiene una sonrisa en la boca y predisposición a solucionar los problemas que se presentan sin plantear excusas.

En el último viaje con él, hace pocos días, me vino a decir que había cosas que no le gustaban de mí como jefe, que no me quiso contar, aunque yo las intuya. Sin embargo, sí insistió en decirme qué admiraba de mí. Yo, azorado, le pregunté qué era.

-Tus ganas de vivir, Salva.

miércoles, abril 05, 2017

Indulgencia

No olvidaré el artículo de una jueza en una revista dominical: 'no hay que llamarse a engaños, hay gente mala malísima'.

Es cierto que en la vida estamos, casi todos, en una carrera loca por escapar del influjo de lo negro, lo dañino, de las personas que sabes que te la pueden jugar porque necesitan hacer sangre para saciar su odio a la vida. ¡Pero son pocas! Ocurre que, cuando algún hecho lamentable se produce, miramos al colectivo como envenenado, cuando son dos los que ponen las bombas.

Yo he conocido gente mala, no sé si malísima. He construido mis relaciones evitando la compañía de este tipo de personajes esquizofrénicos, que se regodean en las disculpas de los males cometidos para volver a pegártela en cuanto vuelves a su redil. Me vienen al menos dos caras a la cabeza. Pero no más.

Con el resto, donde me incluyo, practico la indulgencia. Me enternece, en cierta medida, la imperfección humana. Cuando coges una mentira, o te cogen en un renuncio; los sentimientos contradictorios, las promesas incumplidas, los falsos propósitos sinceros, la mentira piadosa; el creerte más de lo que eres, en nuestros millones de particulares centros del universo; las lágrimas de cocodrilo, los golpes en el pecho exagerados, las maldiciones de boquilla.

Nos debemos un poco de indulgencia, a nosotros mismos, humanos defectuosos que nos pretendemos dioses, que vivimos nuestra existencia caduca con la dignidad propia de quien no quiere entender que somos una efímera partícula volando en lo inmenso de la eternidad.

sábado, marzo 25, 2017

Liturgia

Mi agnosticismo es a prueba de bombas, bien asentado en las reglas básicas de la razón y respetuoso con el pensamiento ajeno.

Hay en mí, en cambio, una particular devoción por la liturgia de las religiones. Hace casi un año quedé postrado en una silla de una iglesia florentina silenciosa, a oscuras, inundada de incienso, con las figuras tapadas de terciopelo, en la celebración de unos actos propios del Jueves Santo. Se repetían unos rezos por parte de mujeres vestidas de azul, como virgencillas, arrodilladas en el suelo de mármol y orientadas hacia una pequeña capilla lateral, único foco luminoso de la imponente iglesia de San Gaetano. Quedé transportado a una parte interior de mí que no suelo visitar.

Hago por entrar en las iglesias de las ciudades que visito, tengo la costumbre de hacerlo en las de mi ciudad. Me siento a disfrutar de su belleza. Me recreo en sus silencios.

Sé que el hombre, por tanto yo, no tiene argumentos para demostrar la existencia, o inexistencia, de un Dios. Admiro, aún así, el afán del ser humano por acercarse a él.

Me subyuga participar en liturgias construidas durante cientos de años, perfectamente sincronizadas e integradas en aquéllos que las practican, en busca de la conexión con ese ser supremo. De ahí que cuando me acerco a esa escalera de lo litúrgico, me apetece subirla con toda mi alma puesta en ello, para aproximarme a la frontera última a la que el hombre ha llegado con idea de asomarse a la mirilla con la que observar a quien nadie nunca ha visto.

jueves, marzo 16, 2017

Amargor

Llego al aeropuerto el pasado viernes al mediodía. Reconozco que estoy especialmente contento por salir de viaje. Hay poca gente para ser comienzo de fin de semana.

- No hay mucho movimiento, ¿no? -comento a la azafata de facturación.

No hay respuesta por su parte.

Una hora después, es ella misma quien toma mi tarjeta de embarque. Le doy las gracias.

No hay respuesta.

Esa misma noche llego a Venecia. Busco un restaurante en el que cené con Elisa. No lo encuentro. Entramos en una 'ostería' clásica a las espaldas de San Marco. Nos atiende un camarero que bien podría tener 70 años. La espalda encorvada, un caminar dificultoso entre las sillas y una sonrisa en la boca. Nos explica con paciencia, en un español aprendido en años de turismo impersonal, las especialidades de la casa. Cada diez minutos se acerca sonriente.

-Tutto bene?

-Tutto bene.

Es mucho más costoso no ser amable. Ser amable no aporta sino beneficios para la salud. Es barato y contagioso, reconfortante, te hace crecer, subes dos centímetros de estatura, pierdes años, ganas en admiración de los demás, sientes el poder de la vida.

viernes, marzo 10, 2017

Venecia

La primera vez que pisé Venecia entré en ella sin saber que estaba dentro. Apresurado en mi viaje hacia Eslovenia, llegué con el coche de alquiler a Piazzale Roma, lo dejé con las llaves puestas, desconfiado, en un parking cutre donde me mostraron todos los vehículos con sus llaves, para convencerme, y me adentré a la carrera. De golpe, el Gran Canal, a mis pies; un fogonazo brutal que aún perdura, arrollador, en mi memoria. Atemorizado por perder el coche, troté, borracho de belleza, siguiendo las indicaciones que me llevaban al Puente Rialto. Cruzaba canales, atravesaba soportales, olía la comida de mediodía bajo un sol espectacular. No hay emoción como la de atravesar Venecia por vez primera. Compré un trozo de pizza que comí extasiado ante la Basílica dorada de San Marco. Volví por el Puente de la Academia hasta dar con un coche que no sirvió sino de acicate para enamorarme de la ciudad en carne viva, deprisa, deprisa.

Hoy, tras muchas otras visitas, pausadas, y varios años sin meterle mano, vuelvo a ella, a dejarme de nuevo erotizar, poniendo a prueba mi capacidad de sentirme desarbolado por su mirada, en un juego de verme en el espejo de sus encantos, falsos, eternos, retadores, sibilinos, majestuosos. A la vieja socarrona Venecia, dada tantas veces por muerta y enterrada.

Quiero ver si sigo siendo aquél que se estremece ante la grandeza de lo sublime. Retozar entre sus muros para hacer valer mi derecho a decidir que nunca renunciaré a la vida.

jueves, marzo 09, 2017

Péndulo

Los mayores beneficios se consiguen de aquellas terapias a las que uno llega, que incluso construye, a partir de las experiencias propias; entendiendo por terapias aquellas rutinas a las que nos abrazamos para encontrar nuestro equilibrio personal.

No sé cómo se ha producido en mí, pero hay una cierta metamorfosis en mi forma de enfrentar los tiempos que me lleva a practicar, sin haberlo pretendido, la tan cacareada meditación venida de la cultura oriental, asociada al yoga o al budismo. Sin imposiciones externas ni reglas de funcionamiento, mi cuerpo, encabezado por mi mente, busca espacios de silencio en los que encontrarse, en una huida involuntaria de cualquier factor externo. Adorar el silencio como mantra motivador, bucear en lo más recóndito de mí para establecer una armonía imprescindible para tener una vida coherente.

La sociedad, como sujeto, acabará también encontrando sus terapias. Está sometida a tal revolcón de estímulos que debe reaccionar por mera supervivencia. No puede crecer exponencialmente el tantán de la cotidianidad sin que acabemos desestructurándonos como pueblo. Tengo la certeza de que la pervivencia de la especie humana debe venir de una reacción colectiva, en una evolución natural, innata, sutil y espontánea, contra el torbellino de excitaciones que sustraen al colectivo del necesario espíritu reflexivo para admitir que no podemos seguir aumentando la escalada tecnológica sin saber hacia dónde caminamos ni para qué.

El péndulo tendrá que girar.

sábado, marzo 04, 2017

Sugestión

Sin que nadie me oiga, practico una técnica sencilla que produce muy buenos efectos, en estos tiempos en que nos hemos vuelto tan refinados. Consiste en algo tan simple como lo es el dar una opinión radicalmente positiva en cuanto, estando entre gente amiga o conocida, da comienzo una comida, asistimos a una exposición, damos un paseo por un pueblo o se conoce a una persona nueva venida de  otros entornos.

'¡Qué rico está este vino!' (el vino debe estar decente). Condicionas al resto para así evitar que el entendido de turno ponga cara de cuerno y haga que todos nos contagiemos de la supuesta mediocridad de la bebida. Darán el sorbo de rigor influidos por tu comentario y les sabrá a gloria. 'Esta chica es encantadora' es otra frase que conjura las críticas propias de a quien nadie le cae bien. Funciona, incluso, con la meteorología. Siempre llega el cansino de turno para amargarnos con un 'vaya día de perros', cuando tú lo has podido neutralizar previamente diciendo 'cómo me gustan los días fresquitos'. Es especialmente útil cuando acudes a una exposición de arte contemporáneo. Si al ver el primer cuadro comentas un 'qué buen rollo me transmite', rápidamente inoculas el virus de la belleza en la mirada de los otros y terminan haciendo fotos de recuerdo a cada pintura.

Vaya, me he delatado...

miércoles, febrero 22, 2017

Ambición

Tengo una teoría aún no del todo desarrollada que versa sobre la ambición.

Como toda teoría, tiene fundamentos experimentales. Salvo excepciones, pienso que llega más lejos aquel que piensa en la perfección del presente. Quien cree en la excelencia de su trabajo diario o quien echa toda la carne en el asador de sus relaciones personales de hoy, aquí y ahora.

Es imprescindible para ser una persona completa tener un proyecto de vida. Las ilusiones son la zanahoria que nos hace tirar hacia delante, no hay discusión al respecto; pero la fórmula más cercana a una perfección que no existe pasa por potenciar la brillantez en el tiempo en el que vivimos. No podemos contemplar el éxito personal como meta si no entregamos nuestro esfuerzo en construir un presente sin parapetos.

No hay nada más lejano a las ecuaciones matemáticas que la existencia humana, ni reglas que determinen qué será de nosotros en función de cómo nos comportemos. Todo se puede poner patas arriba en cualquier momento y debemos estar preparados para ello. Partiendo de esa base insoslayable, la de la aleatoriedad de un chaparrón de condicionantes que nos determinan, soy de los que piensan que no hay mejor receta para ser una persona válida que la de mantener la coherencia en el día a día con nuestros principios, la de currarnos un presente excepcional y apasionado para no lamentar haber perdido el castillo futuro construido en nuestros sueños de justicia personal y merecimientos teóricos que nos hagan convertirnos en amargados por lo que debiera haber sido y no fue.

sábado, febrero 18, 2017

Dios

No tengo fisuras en lo que a mi agnosticismo se refiere. No puedo asumir ninguna creencia más allá del mundo terrenal que conozco.

He sido educado, sin embargo, en el catolicismo. En mi mente infantil se sembró un relato, muchas veces hermoso, otras tenebroso, de premios y castigos.

El otro día, durante décimas de segundo, tras una discusión fea, se me apareció de nuevo Dios. Me reprobaba, imagino. Ese Dios de los cristianos que habita en los que nos hemos criado con su presencia. Esa figura que, aunque no queramos ni creamos en ella, se cuela de estrangis para juzgarnos.

Puede llegar a ser ridículo que en los pliegues más recónditos de nuestro raciocinio, desplegado en circuitos hackeados de nuestra materia gris, hayamos creado, sin pretenderlo, a ese Dios imaginario que rechazamos, para toparnos con él en las soledades de nuestra habitación a oscuras, una figura holográfica que nos riñe y nos dice, 'ven a mí', 'no seas malo', 'yo cuido de ti'.

domingo, febrero 12, 2017

Ventanilla

Sólo un tercio de los asientos de un avión estándar tiene ventanas.

Recuerdo un comentario que hacía mi madre acerca de un viaje a Galicia con un matrimonio amigo: 'Atravesábamos unos paisajes tan diferentes de Andalucía, ¡y ella iba leyendo el Lecturas!'

No sé hasta qué punto mi rareza, pero no entiendo que la gente no dé bofetadas por coger ventanilla en el avión. Ese placer inmenso de ver el mundo desde arriba parece que gran parte del género humano lo considera normal, contemplar cordilleras nevadas o grandes valles, las costas arenosas, los pueblos escondidos, tratar de adivinar qué ciudad es ésa, qué río aquél. Aun cuando las nubes lo tapan todo y juegas a imaginar cómo de oscuro estará ahí abajo, cuánto frío no hará allí donde no termina de calentar el sol; incluso cuando todo es igual, aun cuando es noche cerrada. En mi mente almaceno largos viajes sobre el Atlántico, con todo el pasaje dormido y yo asomado al gran balcón que me ofrece mi ventana para ver el océano a mis pies, con la luna sola, para mí, mostrándome lo pequeño que somos; cruzar los Andes y ver los lagos turquesas escondidos entre cumbres heladas; sobrevolar el Amazonas viajando hacia Bolivia, tapado con una manta y viendo amanecer con el sol proyectándose sobre un manto verde infinito; imaginar los tiburones durmiendo alrededor de un Puerto Príncipe iluminado en medio del Caribe; emocionarme con islas diminutas repartidas en un mar de Indonesia tan azul que no lo distingues del cielo, en una suerte de levitación en que todo podría acabarse y hacerlo bien; saltar el mar de Japón desde Corea con un gintónic hasta divisar tierra nipona y contemplar los pequeños templos desperdigados entre sus montañas; aterrizar por primera vez en Nueva York y admirar la inmensidad de esa urbe con la que tanto sueño desde que la pisé; ver acercarse el Teide cuando vas a Canarias, o entrar en la hermosa costa de Huelva y su espectacular Coto de Doñana al volver de allí; despegar de Ciudad de México para alucinar con la vastedad de una tierra maltratada, donde sobreviven colinas no urbanizadas de épocas grandiosas; saborear los momentos en que el avión balancea para tomar tierra, instantes de cosquillas en que se atraviesan los algodones de nubes para asumir con orgullo lo lejos que ha llegado el hombre, para felicitarme por haberlo sabido siempre disfrutar.

sábado, febrero 11, 2017

Excusas

La dignidad es necesaria, la humildad aún más.

Somos, los humanos, expertos en excusarnos. Nos disgusta admitir el error propio. 

Tengo en mi mente numerosos ejemplos de meteduras de pata imperdonables con terceras personas en las que estuve, como poco, desacertado, en muchas ocasiones injusto; situaciones en las que utilicé la información a mi conveniencia, para jugar a mi favor.

Mi mente, cuando acudía a esos recuerdos, tendía a encontrar el argumento para justificar mi conciencia. 'Le grité porque me gritó', 'lo ridiculicé porque se lo merecía', 'lo desprecié porque me falló'.

Llevo tiempo dedicado a trabajar el perdón propio, que no pasa sino por practicar una acción bien simple, nada costosa. Cuando alguien critique algo en mí que está mal, debo admitirlo. No es cuestión de hacerlo por santidad, sino por egoísmo. Buscar los 'es que...', los 'sí, pero...', los 'déjame que te explique...' son esfuerzos que me ennegrecen, consumen mi energía y desbordan mis principios.

'Salva, no es justo cómo me has hablado'.

'Tienes razón. Lo siento'.

Es egoísta, porque lo hago principalmente por mí. Sale gratis, purificas tu corazón y sacas una sonrisa sin pliegues en la persona que se interesa, seguramente sin saberlo, por hacerte crecer.

domingo, febrero 05, 2017

Ridículo

Tengo devoción por mis verdaderos amigos y Carmen Tamayo ocupa un lugar privilegiado entre ellos, porque la quiero, la admiro y me aporta luz.

Siempre enredada en proyectos creativos, esta licenciada por la Escuela de Interpretación de Cristina Rota, compagina su trabajo como coordinadora en un centro de personas sin hogar, como trabajadora social que es, con la dirección de una compañía teatral para adolescentes en su pueblo.

Hace pocos días inauguró, junto con un par de socios, un centro cultural en un barrio humilde de Sevilla donde crear cultura: teatro, fotografía, cine, literatura, música. Todo tiene cabida allí.

-Salva, empezamos fuerte con un intensivo de teatro todo un fin de semana. Cuento contigo.

Allí estaba yo. Por ella y contra mi sentido del ridículo. Entregado e incómodo a la vez. 12 alumnos que nos citamos en ese espacio de la Macarena un viernes por la tarde, con más vergüenza en el cuerpo de la que queríamos reconocer.

Extirpando nuestros prejuicios con mucha música, coreografías imposibles, a base de hacernos gritar, inventar vehículos con que desintegrarnos, utilizando nuestros textos, animándonos a llevar objetos personales, provocando abrazos, Carmen nos ha ido llevando a un territorio en el que no pensar tanto en el qué dirán para concentrarnos en el qué sentir y cómo transmitirlo; nos ha arrimado al país donde se escucha de verdad, aquél en que los humanos alejan sus tonterías para rozarse sin mirar qué ropa llevas o cuántos años acabas de cumplir. Nos ha hecho abrir los cajones atascados de nuestras emociones para convencernos de que se pueden airear al viento sin complejos, porque nadie se va a asustar de ver en ti lo que ellos esconden, sin querer, de sí mismos.

Anoche, tras una cena con amigos, me abrí un pasillo en el bar de copas para mostrar mi coreografía entre el asombro general de quien me conoce.


martes, enero 31, 2017

Atormentado

Quizás esté especialmente sensible estos días, aunque si echo la vista atrás aparecen no pocas personas que se han cruzado en mi vida con la tipología del atormentado.

Reconozco mi querencia de otras épocas por ese estereotipo de personas que me ganaban con sus desgracias, algo así como si me purificara escuchándolos, una suerte de terapia de choque para minimizar mis problemas. Afortunadamente esa actitud en mí quedó enterrada en la juventud; lo hizo desde que descubrí que la supuesta terapia no era sino un sumidero de vitalidad descontrolado.

Hay gente que se condena en vida. Se recrea en su mundo de complejos, se agarra a sus debilidades como martirio, incapaz de ver la luz del día ni su sonrisa en el espejo. Lo más grande es que muchas de ellas tienen un trabajo, no padecen ninguna enfermedad importante, viven en ciudades amables, tienen incluso muchos atractivos que compartir.

Son carne de cañón porque se agarran a la parte mala de los demás, se aventuran a jugar con sus miserias como señuelo para llegar al otro, te seducen con la pena de su incapacidad para abrir los pulmones de lleno, sin darse cuenta que cuando te agarran te manchan, chantajeando ¡sin querer! la parte de ti que está dispuesta a dar sin recompensas.

lunes, enero 23, 2017

Bimba

41 años de transgresiones, de ver vivir vidas poco habituales, de construirse un futuro de mujer distinta, de aprovechar un cuerpo andrógino, unas facciones duras, de elegir y disfrutar esta única vida que tenemos.

Sospechamos el dolor intenso, la muerte a pellizcos, imaginada tan de frente que hasta se ven sus curvas, tan certera en su caminar hacia ella que se le ven los ojos; recreadas mil veces las escenas del después cuando no estás, de tus niñas creciendo con tu recuerdo; los recortes de revistas, los vídeos musicales, los pases de modelos, tatuajes, descaro, sinvergonzonería, provocación, ansias de comerse el mundo.

Maldito cáncer insensible, asesino, demonio infinito, castigo injustificable, veneno perverso. Benditas las criaturas que lo sufren, que se rebelan, que se agitan a patadas contra un enemigo que se ríe, rata amargada de odios inentendibles. Bendito el que se arma contra la muerte en plena vida, que lucha por los suyos aun en batallas perdidas.

Un aplauso por los que batallan contra el infierno en vida. Os queremos, nos dais el sentido de la existencia. Somos de vosotros.

viernes, enero 20, 2017

Tiempo

Una de las frases más repetidas de la época en que nos ha tocado vivir es la de 'no tengo tiempo'. No tenemos tiempo, nos decimos. Lo malo no es decirlo, sino creérselo. Volvernos víctimas de una frase lapidaria falsa.

Los días pueden ser extraordinariamente largos si los aprovechamos, lo que ocurre es que somos poco ambiciosos con nuestras pretensiones. Si uno se plantea que la mañana del sábado la dedica a hacer la compra, esas largas horas matinales se le harán poco productivas porque sólo tiene una tarea con la que rellenarla.

Puede parecer contradictorio, pero estoy convencido de que quienes más se quejan de la falta de tiempo son los que menos actividades realizan y victimizan sus excusas aparándose en esa dimensión intocable, subjetiva y voraz que son las 24 horas del día. Incapaces de comprometerse a nada por falta de tiempo y lamentarlo desde el fondo del sofá con el mando de la tele en las manos.

Cuando, en cambio, amanecemos con varias tareas por delante, diversas, proyectos personales, culturales, laborales, sociales, deportivos, sensuales... nos damos cuenta de cómo de fácil puede resultar estirar una sola tarde.

Yo sólo me quejo del tiempo, en lo más íntimo, con un solo motivo: no disfrutar más de la gente que quiero.

martes, enero 10, 2017

Baile

Siempre he pensado que disfruto de una doble vida por mi capacidad para retener los sueños, para disfrutarlos una vez despierto y volver a ellos cuando quedan hilos pendientes al abrir los ojos. Reconozco paisajes deformados que sólo son de ese otro lado, escenas repetidas que retratan mis obsesiones, personas que me buscan a través de ellos.

Desde la reciente muerte de mi padre, tengo la suerte de recibir su visita a menudo en ese mi otro yo que transita a otros ritmos que el de por estos lares.

Compartía con mi amigo Esteban uno de esos sueños recurrentes, en que él se me aparece de forma dramática, arrastrado por un torbellino de agua, con los brazos estirados, pidiéndome ayuda a mí, que desde tierra firme lo consigo agarrar, incapaz de salvarlo, de traerlo conmigo. Brazos estirados contra brazos estirados, entrelazados.

Cerré los ojos para explicarlo, simulé la escena y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Aparecía mi padre con el torso desnudo, agarrado a mí, sosteniéndose de pie a duras penas. Eran las urgencias del Virgen del Rocío, su corazón débil no conseguía evacuar el líquido de su pleura y le pinchaban por la espalda para quitarle ese agua que le encharcaba los pulmones sin dejarle respirar. A mí se me dormían los pies aguantando la posición sin moverme, para retenerlo firme, apoyado en mí, mientras la botella se llenaba de litros de líquido turbio, en tanto yo miraba de reojo su delgadez y le sonreía palabras de ánimo.

Yo sostenía a mi padre, que sentía una vez más la liberación de poder abrir el pecho para respirar, frágil, con todo el peso de su vejez encima, agarrando fuerte a su hijo, que hacía de padre. Y me decía, apretándome fuerte:

-Qué baile más bonito nos estamos pegando.

Hay muchas noches en que el agua lo arrastra para bailar conmigo, pero no lo puedo retener.

martes, enero 03, 2017

Débil

Hubo un día crítico en mi vida, de ésos en que uno ve que se le derrumba todo, en que mi hermana Raquel me dijo:

-No te vengas abajo, tú eres muy fuerte.

Y yo le respondí:

-Estoy harto de serlo.

No sé cómo nos vamos encauzando las personas, cuánto cuenta la genética o la sensibilidad, para tomar un rol de autocontrol respecto a nuestras decisiones y las de los demás. No sé en qué momento uno se da cuenta de que no sabe dejarse ir, ni tomar de vez en cuando papeles secundarios en que poder observar el mundo correr sin querer intervenir para modificar el curso de las cosas.

Es probable que nuestros actos nos vayan definiendo y que esa figura que construimos de nosotros mismos a base de gestos nos condene a ser lo que somos, enredados en nuestra propia tela de araña.

Lo cierto es que cada uno de nosotros, en el lado del camino que nos hayamos colocado, vamos instintivamente buscando la felicidad. A mí me gusta ser como soy, tal vez por eso sea así. Ser fuerte, como me reconozco, a pesar del agotamiento que provoca tomar mochilas que no siempre me corresponden; pero no como virtud ni defecto.

Seguramente nadie haga nada gratuitamente y, en el fondo, todos busquemos el reconocimiento a nuestro comportamiento, sea el que sea. Quizás el fuerte lo que sea es un egocéntrico que no busca sino su independencia, tal vez persiga el no apreciar los valores en el otro, a lo mejor el que presume de fortaleza no es sino un desconfiado del mundo que le rodea. Un orgulloso incapaz de creerse digno de ser amado sin más.

No olvido la frase de Milan Kundera en 'La insoportable levedad del ser', envidio al personaje que la pronuncia, me reconozco en aquél a quien se dirige:

''Quiero que seas débil, quiero que seas tan débil como yo''.

lunes, diciembre 26, 2016

Peor

2016 ha sido el año del triunfo de los amargados. De aquéllos que, jodidos por serlo, actúan para que el mundo se vuelva hostil a aquéllos que lo disfrutan.

La proporción es alta, pero no nos ganarán. Son un ejército de almas incómodas con su cuerpo que se las afanan para hacer de nuestra sociedad algo despreciable que esté a la altura de lo que ellos son, que se relamen pensando en que las leyes se elaboren con las tripas y que la culpa de que lleven una vida frustrada no está en ellos, sino en los demás, especialmente si esos otros valen menos que ellos o tienen menos derechos, seguramente porque sean de fuera.

Son los que creen que todo tiempo pasado fue mejor, aunque tengan que adulterar sus recuerdos para extraer imágenes de felicidad, los que piensan que la mezcla, la diversidad o el diferente son malos de por sí.

Tienen un lema sencillo de memorizar, 'cuanto mejor, peor', y ése es su peligro, que son gentes binarias que actúan embelesadas detrás de líderes analfabetos que no saben que el mundo es lo que es gracias a los que pensaron justo lo contrario que ellos.

A los amargados se les combate con una sonrisa de amor.

jueves, diciembre 22, 2016

Joven

Nos habían cursado una invitación para asistir a un comité de automoción de la Asociación Española de la Calidad. El director de la fábrica delegó la representación en mí y con ese cometido me planté en Madrid el miércoles pasado. Nos recogían en Atocha y conocía con antelación el orden del día.

Días antes, un directivo del Instituto Renault, con sede en Valladolid, me contactó para decirme que él también participaría. Quedamos en vernos allí. Me quedé con su foto tras investigar en su tarjeta electrónica de empresa.

Seríamos 70 personas. La media de edad, alta. Mucho traje de chaqueta. Asistí con atención a la primera parte del comité, en un salón de actos a medio llenar. Al no ver a mi compañero de Renault, decidí enviarle un wasap. Me respondió excusándose:

'No he podido ir por un problema de última hora, pero he enviado a alguien de mi equipo. Hace por buscarte en la pausa del café'.

Cuando terminó la primera charla y anunciaron la pausa, me quedé entre los últimos en salir para hacerme ver. Ya por fin un hombre se me acercó.

-¿Salvador?

-Sí, soy yo.

-Verás, no estaba seguro. He estado intentando buscar desde mi asiento, hasta que he visto por fin a un tipo joven.

Se me subió el ánimo al oír eso.

-Hombre, muchas gracias.

-No... Pero no eras tú.

miércoles, diciembre 14, 2016

Izan

Seguramente por no tener hijos, tengo una sensibilidad especial para sorprenderme con los niños a los que quiero. Además de a mi sobrino Iván, hay un chavalillo de 3 años con el que he pasado largas horas desde que naciera en San Sébastian: Izan.

En euskera 'izan' significa 'ser'.

Este pasado puente hemos estado en su casa, la de mis amigos Txema y Paula, padres de Izan. Al estar ellos trabajando algunos de esos días, he tenido mucho tiempo para pasear con él y comprobar cómo va avanzando en su dominio del lenguaje. Me cuenta todo de sus compañeros de clase, con esas 'eses' tan marcadas del norte. No para de hablar.

A mí me gusta preguntarle, para ponerme al día de sus progresos y poder calibrar hasta qué punto comprende las cosas, cuál es su nivel de conocimiento del mundo que le rodea. Él, simpático donde los haya, no huye ninguna respuesta.

Íbamos caminando por La Concha cuando le pregunté:

-Izan, ¿tú sabes dónde vivimos Fran y yo?

-En Sevilla -respondió raudo.

-Ahá. ¿Y tú? ¿Dónde vives tú?

-En mi casa.

-Ya, pero... ¿dónde está tu casa?

-No muy lejos de aquí -me respondió serio, señalando hacia atrás, extrañado de mi despiste y de mi risa floja.

Me contaba Paula, su madre, que un día llegó del colegio y le preguntó:

-Amá, ¿tú sabes decir tacos?

Paula negó rápidamente con la cabeza, pero él se adelantó.

-Yo sí se uno.

-¿Cuál? -Preguntó Paula.

-¡Tonto!

-Ay, mi niño. Pues sí, sabes decir un taco.

-Venga, dilo tú.

Paula se lanzó:

-¡Tonto!

-¡Hijoputa! -Respondió él.

Días después le comunicaba a su madre lo que había decidido hacer cuando fuera mayor.

-¿Qué harás, mi niño?

-Cuando sea mayor, diré todo el tiempo ¡hostia!

lunes, diciembre 05, 2016

Emoción

El sentido de la emoción tendría que llevar asociado un potenciómetro, un regulador que permitiera aumentar o disminuir nuestra capacidad de sobrecogernos o inmunizarnos ante determinadas situaciones con que la vida nos regala.

La edad lleva a la repetición y ésta nos priva sutilmente de las sorpresas cotidianas, de forma que cada día que pasa nuestra manera de sentir una puesta de sol es menos entusiasta que la del día anterior; esa rutina vestida de negro que nos confina a un ver pasar el tiempo sin las pulsaciones de otras épocas.

Al no tener libro de instrucciones, ni termostato de emociones, el único método para no dejarnos llevar por el desencanto de lo ya vivido es nuestra inteligencia emocional, saber encontrar los resortes, donde no parece haber sino páramos infinitos del mismo amarillo plano, para enlazar esa plaza con tu infancia, ese olor con tu padre, ese café con el de la primera vez, ese vuelo en avión con aquéllos en que el estómago se revolvía de emoción ante lo desconocido.

La pasividad no es medicina, no, para encontrar la chispa al episodio de cada día. Hay que lucharlo, buscar los ojos, proyectar el futuro, tirar de recuerdos, estirar el alma contra la impavidez a que nos lleva lo ya conocido.

Cada año que pasa somos menos propensos a la sorpresa, más proclives al desencanto de las frustraciones confirmadas, pero también hemos vivido otras experiencias, somos más sabios, hemos aprendido a apreciar lo que es hermoso y no nos hace daño.

La vida no vale con vivirla, hay que pensarla, retorcerla, airearla, recolocarla de perfil, taparle sus agujeros, darle capas de pintura, desobedecerla incluso, arriesgarla a veces, para entenderla, y disfrutarla así, cada día.

miércoles, noviembre 30, 2016

Así

Es muy recurrente la falsa disculpa del 'yo soy así ' cuando se mete la pata. No hay mayor problema si los errores son llevaderos, porque aún no nació quien actúe sin tacha; lo desagradable empieza cuando la persona en cuestión abusa de su asumido defecto 'de fábrica' para fastidiar.

No creo en los maleficios ni en la irreversibilidad cuando éstos se aplican a los comportamientos humanos. Siempre estamos a tiempo de corregir el rumbo.

Hablarle sin respeto a un camarero, para mí, entra en la categoría de lo imperdonable. El abuso de la posición de cliente es detestable de todo punto. Pocas cosas me sublevan tanto como la no infrecuente prepotencia de quien paga.

La falta de solidaridad al volante es otro hábito fácil de encontrar a diario, como lo es el desprecio al diferente.

Cuánta gente no hay, por otro lado, que no sabe escuchar, que no considera a los demás si no es para contarles su vida, cansinos en su analfabetismo emocional de ególatras malcriados, ineptos para ponerse en la piel de quien se sienta a su mesa.

Son pautas, sin embargo, que acaban por perdonarse o asumirse de tan vistas.

Pues mire, no. El camarero, el que conduce a tu lado, quien te ofrece un pañuelo en un semáforo o quien aguanta con una sonrisa forzada tus mediocridades no tienen por qué saber que tú eres así.

Y si lo eres, ¡cambia!

domingo, noviembre 20, 2016

Andaluz

Suele ocurrir que a quien se ridiculiza de forma constante acaba por cabrearse. A nadie le gusta que se le perdone la vida un día sí y otro también, ni que se le utilice para ocultar las propias vergüenzas.

Yo nací en una tierra llena de historia, con mezcla de sangres y culturas, acogedora, alegre, buena interpretadora de la vida y de la muerte, elegante en su forma de enfrentar el futuro sin perder su alma. Un lugar del mundo donde no triunfan los discursos nacionalistas ni excluyentes porque somos ciudadanos universales que relativizan las soflamas del odio. Mi tierra, terriblemente imperfecta, sí,  está maleada, como otras, por actos corruptos, tiene cierta querencia por el presente que penaliza lo vanguardista, está salpimentada de picaresca y desconfianza por lo público. Pero Andalucía es un territorio que lucha con dignidad por su día a día, orgullosa sin banderas de formar parte de una España que no siempre la entiende.

Ya no son sólo los nacionalistas catalanes, sino determinada clase política madrileña, los que nos desprecian con discursos paternalistas y agresivos para empequeñecernos como pueblo. ¿Qué sería de nosotros sin su dinero?

Un andaluz paga los mismos impuestos que el resto de españoles. Desgraciadamente nuestro tejido industrial es menor, el nivel de paro más alto y las sedes centrales de todas las grandes empresas que operan en nuestra comunidad están radicadas en Madrid o Barcelona, donde pagan sus impuestos.

No insulten más nuestra inteligencia porque el andaluz es un pueblo sabio que no va a permitir que se rían de los suyos. No busquen provocar en nosotros sentimientos de agravio que rechazamos, no nos hagan refugiarnos en nuestras razones para priorizar a la tierra que nos vio nacer frente a aquéllos que se mofan de la Andalucía a la que amamos como es: libre, grande y orgullosa.


lunes, noviembre 14, 2016

Pecho

Llegué a punto de cumplir 18 años a mi playa de La Antilla de todos mis veraneos, tras disputar los que serían mis últimos campeonatos de España de remo. En la puerta del chalet me esperaban mi madre, que me había comprado unos zapatos de deportes nuevos, y mi tía Elo.

Sabía que iba a resultar un verano difícil, pero no que estaría yo solo con ella en la casa cuando mi madre se derrumbó redonda en la puerta de su habitación. Tenía 49 años.

Mi eterna carrera de quinientos metros hasta el local de la Cruz Roja, descalzo entre veraneantes, se repite como una secuencia de terror azul en mis pesadillas.

―¡Mi madre se está muriendo!

Me pedían una calma que mis pulmones no alcanzaban. Les expliqué el tumor, las convulsiones, el tratamiento. La ambulancia no tardó en llegar y las imágenes se vuelven oscuras hasta que, tumbada en su cama con el camisón de croché, me llama.

―Mamá quiere hablar contigo.

Yo me senté en el borde de la cama y ella me pidió cuidar de mi padre en el futuro. Yo se lo prometí y me derrumbé en su pecho, mientras ella me acariciaba la cabeza con suavidad, diciéndome las palabras más hermosas que escucharse puedan.

Tenía 17 años y no puedo volver a esa playa de mi infancia, esa larga y arenosa playa kilométrica donde pasé una infancia tan feliz.

Donde sí tengo la suerte de volver, cada vez que quiero y sin pedirle permiso a nadie, cuando me equivoco, cuando sufro, cuando la vida me sonríe, cuando creo no entender nada, donde vuelvo es a ese filo de la cama desde donde se veía el mar y sentir el abrazo de mi madre, mi cabeza en su pecho, sus caricias y las palabras hermosas.

Eso es mío para siempre y le da sentido a todo.

miércoles, noviembre 09, 2016

Desconsuelo

Independientemente de la alta política y la lucha de poderes, lo ocurrido en la elecciones americanas de ayer produce un profundo desconsuelo a quienes creemos con convicción en el progreso de la humanidad.

Se puede decir que fue ese mismo pueblo americano el que dio su confianza, por dos veces, al carismático y humano Barack Obama, que tanto echaremos de menos; pero no vale como argumento comparar dos opciones que navegan en espacios éticos que nada tienen que ver.

Es necesario establecer mecanismos que directamente eliminen de la contienda a personas que no suscriban la Declaración de los Derechos del Hombre, a hombres que consideren a las mujeres como objetos sexuales, a personajes que utilicen el racismo como factor movilizador, a ciudadanos que no hayan cumplido con sus obligaciones fiscales.

Es retorcido el argumento de comentaristas contraponiendo el voto de latinos, mujeres, afroamericanos o gays con el voto de los hombres blancos. ¿Quiere decirse que hay que sumar todo el voto del hombre blanco en el haber de Donald Trump? ¿Es que el hombre blanco americano del siglo XXI ha salido de las cavernas? Hablamos de un país con un 6 o 7 por ciento de paro, de la nación más poderosa del mundo.

Yo no culpo a la sociedad americana, sino al hombre en sí, a su falta de dignidad y de grandeza ante el futuro, a su manera de dejarse movilizar por sus miedos, el egoísmo y la insolidaridad. Al hombre que admite que alguien de otra raza recoja su basura y le ponga la comida por delante, pero al que le molesta compartir un trozo de calle, o de país, con él.

¿Qué viene ahora? ¿Marine Le Pen en Francia? ¿La vuelta a las aldeas y el garrotazo?

Hay días perturbadores en que me confieso desconsolado por la pequeñez del ser humano, miserable y esperpéntico. 

lunes, noviembre 07, 2016

Chenoa

Viven debajo de mi casa unos chinos que no pueden ser más simpáticos. Se instalaron hace pocas semanas, cuando compraron el desavío que regentaba un hombre seco y triste como él solo, que dedicaba el día a recortar etiquetas de cartón para ir colocando precios a las latas de conserva que nadie compraba.

Es un matrimonio joven, el chino, con muchos niños. Abren casi todo el día, aun en horas en que no pasa nadie por la calle, y te atienden con una sonrisa de oreja a oreja, de forma que acabas comprando lo que no necesitas cuando vas en busca de pan. 

Junto a la tienda está la plaza de mi garaje, con una puerta amplia, automática, que se abre hacia un lado dejando ver una rampa muy inclinada hacia el sótano. A los chinillos, traviesos con energía para regalar y acento sevillano perfecto, se les excita la cara cada vez que se abre la puerta del parking, de forma que cuando subo con el coche me los veo gritando, retadores, esperando a puerta gayola a que yo salga para salir corriendo cuando me acerco. Tengo que subir poco a poco para asegurarme de no atropellarlos, pero me da apuro reñirles.

En un bloque lleno de gente mayor, esta familia china ha traído un rayo de sol y me encanta la idea de ver cómo se mezclan con los vecinos, en esta época llena de Trumps que sólo quieren lo blanco y puro, como si la humanidad no hubiese ganado siempre con el mestizaje.

Cuando creí tener a todos los niños localizados, apareció una hermana mayor con las carpetas del cole. Se arremolinaron en torno a ella los pequeños hasta que la madre la vio llegar y le gritó desde bien lejos:

-¡Ya está la comida, Chenoa!

domingo, noviembre 06, 2016

Limbo

El limbo es un lugar en el que no me gusta vivir, ni siquiera por temporadas o a trozos. Ese espacio viscoso de suelo de chicle en el que tus deudas pendientes y proyectos por rematar te ralentizan hasta el punto de no saber cuál es el siguiente paso a dar ni hacia dónde. Cuando se me presenta una oportunidad, o un problema, trato de atacar la situación de forma directa e inmediata.

La incertidumbre es sustancia propia del ser humano, pero en nosotros está trabajar en nuestra particular receta para eliminar la parte sobrante de este componente mal amigo de andar a buen ritmo. No puede elegirse una cosa y la contraria, lo que no es óbice para que la parálisis, tan cómplice de los indecisos, haga de nosotros personas en lamento continuo.

Si pienso en las personas cercanas que más admiro encuentro en ellas una capacidad innata para tomar decisiones. No hacerlo nos sumerge en la mediocridad de los que encuentran siempre la excusa para justificar el no, sin ser conscientes de que los trenes acaban por no parar en su estación.


lunes, octubre 31, 2016

Juicio

La madurez es un espacio donde no hay dogmas, éstos quedaron en el país de la juventud o en el territorio frío de los despechados. Cuando uno dice que es maduro, con toda la pérdida de frescura que eso conlleva, de oropeles, pasiones y sangre, admite que nada es definitivo.

En el terreno de la sana madurez uno está dispuesto a rehacer el juicio sobre los otros, a escuchar los argumentos para no calificar de forma extrema a nadie. Uno está dispuesto a rectificar.

Dejé mucha gente en el camino cuando no había vislumbrado este mundo en el que hoy me muevo, personas a las que etiqueté por actos concretos movido por el dolor, los celos, el egoísmo o porque realmente eran personas tóxicas para mí en aquel momento.

Sigo alejándome de la gente tóxica, no quiero nubes negras en mi vida sino gente que me aporte, pero estoy dispuesto a escuchar la opinión de otros para corregir el tiro de mis decisiones con respecto a los demás.

El ser humano es tan complejo, y tan simple, que no podemos evaluar la vida de los otros con nuestros propios criterios. Nadie busca ser infeliz, aunque haya personas muy torpes.

La madurez es comprender que somos terriblemente imperfectos y que el mundo está lleno de gente que no vale un pimiento, sí, pero también plagado de personas cercanas que merecen una segunda oportunidad.

Madurar es pensar, sentir y mirar con calma.

sábado, octubre 29, 2016

250

Soy un convencido del carpe diem, de aceptar los retos cuando surgen y de no programar los futuros momentos felices.

Tal vez por haber padecido una adolescencia atormentada, he aprendido a ser una persona fácil.

El hecho de valorar el presente como la clave del bienestar personal me hace ser un avezado gestor del tiempo. Un lema que tengo integrado desde que me conozco es el de que hay tiempo para todo. Mucha gente, en general, se queja de lo contrario, mientras se les pasan las tardes en el sofá, bloqueados frente al televisor, o no saben qué hacer cuando llega el viernes tarde y el trabajo ya no necesita de ellos.

El disfrutar de la vida, según mi teoría, no está reñido con la organización. Hay que saber cuáles son los objetivos.

En mi caso hay dos irrenunciables: mi salud y mi carrera literaria. La primera se puede ir al garete en cualquier momento y la segunda puede no llegar nunca a explosionar, pero en mi mano está hacer lo posible por que eso no ocurra.

Cada día hago deporte, aunque sea testimonial. Hay mil ejercicios sanos con los que ejercitarse en la alfombra de casa y un sinfín de senderos urbanos por los que correr. Me cuido porque me apasiona la vida.

En mi devenir como escritor tengo grabada una consigna: todos los días escribo al menos 250 palabras de mi próxima novela (siempre hay una próxima novela). No me privo de mis viajes, mi callejeo casi diario o los encuentros con los amigos, pero siempre busco el hueco al llegar a casa tras el trabajo para componer esas 250 palabras que me conectan a mi capacidad para contar historias y encontrar esa parte creativa en mí que me hace tanto bien explorar.

Tener unas rutinas que busquen lo mejor de ti y encontrar la constancia para desarrollarlas es también una manera, hay infinitas, de ser feliz.

lunes, octubre 24, 2016

Hogar

Hablaba con amigos de la gente que está enganchada al trabajo. Personas que echan 12 o 14 horas cada día de lunes a viernes y se pasan el fin de semana mirando en el móvil los correos de empresa. Hago cálculos y me sale, quitando las horas de sueño básicas, muy poca vida personal, aquélla que se comparte con la familia, esos ratos indispensables para estar con uno mismo, desarrollar tus habilidades, cuidar de los amigos, ejercitar tu cuerpo, ver una buena película, perderte en un libro, pasear sin rumbo la ciudad.

Más grave es aún cuando, en la mayoría de los casos, presumen de esa carga agotadora de trabajo. Enviar el último email antes de salir para dejar constancia de las horas a las que se sale, tener la luz encendida del despacho para que no haya duda de quién es el último en cerrar.

Son personas, en muchos casos, desorganizadas y que no confían en sus equipos. Distribuyen su tiempo laboral partiendo de la base de sus doce horas de trabajo, con lo que los ritmos se congelan y permiten reuniones interminables, poco atentos a la vida personal de los demás, charlas largas de café y conversaciones insensatas a horas prohibidas.

Pueden ser desorganizados, sí, o incompetentes para realizar sus tareas, o sencillamente egocéntricos, pensando que la calidad de una persona se mide en la duración de las jornadas de trabajo, refugiando su mediocridad tras discursos de quienes se sienten imprescindibles.

El otro día, sin embargo, un compañero de trabajo me dio la clave: 'no soportan estar en casa'. Me impresionó la sentencia por ser tan evidente y no haber pensado en ella. Gente que huye de su propio hogar.

Mi objetivo cada día es rendir al máximo para conseguir los mejores resultados en el tiempo preciso para no descuidar todo lo que de mí debe hacer una persona completa, de forma que al día siguiente llegue fresco para volver a dar lo mejor de mí a la empresa de la que tan orgulloso me siento.

Nadie, en su lecho de muerte, se lamenta de no haber trabajado más.

jueves, octubre 20, 2016

Casete

Ayer asistí a una conferencia, en el seno de mi empresa, en que se hablaba del futuro inmediato del automóvil. Hay grandes líneas de investigación abiertas que se pueden resumir en dos: el coche eléctrico y el coche autónomo. Me quedé con una frase clave: 'en los próximos diez años veremos avances equivalentes a los 50 años que dejamos atrás'.

El otro día, paseando por la costa de Málaga, soñé con la posibilidad de que pudiera grabarse el pasado como un gran time-lapse, desde siglos atrás. Dar marcha atrás a la cinta y ver cómo iban desapareciendo las grandes torres, el hotel Don Carlos, los edificios de primera línea de playa, las urbanizaciones crecidas en las laderas de las montañas, hasta llegar a los originales pueblos blancos, más esquivos con el mar. Seguir dando hacia atrás hasta que el rastro del hombre casi desapareciera, tener la posibilidad de ver esa naturaleza montañosa totalmente desnuda de artificios e incluso llegar al momento en que se uniera el estrecho de Gibraltar.

Pensé, más tarde, en dar a la cinta hacia delante. ¿Qué aparecería? ¿Subirá realmente el nivel del mar hasta comerse los paseos marítimos, las ciudades? ¿Cómo de altos serán los edificios si avanzáramos la cinta a 1 año por segundo?

Seguro que, en ese vídeo, de golpe aparecería un coche despegando, luego dos, luego una multitud, en el 2200, en el 2075 o tal vez en el 2022... En los próximos diez años avances como en los pasados 50.

No sé hasta qué nivel el hombre asumirá con serenidad esta progresión geométrica de la tecnología, invadiendo espacios para supuestamente hacernos la vida más fácil. ¿Hasta qué punto la comodidad arrastrará de nuestros miedos?

El otro día paseaba con mi sobrino Iván y, no sé cómo, salió el tema de la música. Tú sabes lo que eran los casetes -le pregunté para explicarle cómo grababa yo mis canciones favoritas de los 40 principales- ¿verdad?

Era una cosa así -gesticuló con sus manos-, cuadrada. ¿No?

sábado, octubre 15, 2016

Silencio

Soy un apasionado del silencio. Lo busco y protejo los espacios donde lo encuentro.

No renuncio a nada por ello, sigo siendo una persona sociable a la que la comunicación le parece esencial. Me gusta la calle, el jaleo, la música, la charla y, sobre todo, la risa contagiosa.

El silencio no debe, a mi entender, circunscribirse a los minutos previos a conciliar el sueño. Estoy convencido de que es necesario enfrentarse a él a menudo, con todos los sentidos, y regodearse; tenerlo como compañero de paseo, en el sofá, frente al ordenador, haciendo deporte, cocinando.

Hace tiempo que no corro por esas inmensas playas de Conil con auricular. Escuchaba canciones escogidas de entre mis listas de favoritas, pero me perdía el sonido de la naturaleza, el rugir del mar, el viento siempre presente en Cádiz. En casa, a determinadas horas de la tarde, mientras escribo, se escuchan las golondrinas a través de la ventana.

Nunca existe el silencio absoluto, ése dicen que sería insoportable, pero sí podemos elegir el silencio de la introspección, nuestra dosis diaria de clausura, el dejar venir los fantasmas y sudarlos, el soñar la consecución de nuestros proyectos y sonreírnos, el pensar en la vida de los que queremos, con calma, dedicando horas a sentir como sienten ellos; encontrar el espacio para imaginar el mundo entero o a trozos.

Bucear hacia dentro para sincronizarnos con la naturaleza a la que pertenecemos y entender, aunque sea por ínfimos instantes preciosos, esa parte de nosotros que es inmortal.

lunes, octubre 10, 2016

Caña

Dice Fran que siempre salgo de casa con la caña de pescar. No lo niego. Mariángeles se mofa con cariño de mí al comentar que siempre que viene a alguna de mis cenas o fiestas está expectante para ver qué invitado desconocido, para ella, aparece. Tiene razón también.

Espero seguir así muchos años, con capacidad para integrar gente nueva en mi vida.

A determinadas edades hay quien dice que ya tiene su cupo de amistades cubiertas. ¡Yo no! Tengo, y la gente que me conoce lo sabe, grandes amigos. Pero el mundo es grande y, pese a lo frustrantes que resultan muchas personas y actitudes, sé que aún existe gente circulando por cualquier lado a la que estoy destinado a encontrar y tomar un sincero aprecio, que serán imprescindibles en mi futuro.

Me decía el otro día Nuria lo mucho que disfrutó tomando una cerveza con un par de portugueses a los que conoció en el bar de El Corte Inglés. ¡Claro que sí!

La pena, le comentaba yo, es la poca oportunidad que nos damos los humanos para conversar e interesarnos por el otro, para charlar con los de la mesa de al lado en el restaurante, para comentar un cuadro con alguien desconocido mientras visitamos un museo, para entablar conversación con quien acaba de reconocer que lee a Murakami, que le encanta Venecia, que viaja con una ONG, que es creativo, bloguero, inventor de máquinas inservibles o pescador de personas sin pescar.

miércoles, septiembre 28, 2016

Mirada

Me miró fijo a los ojos, sentado en el borde de la cama y sin fuerzas para levantarse, el penúltimo de sus días. La cabeza había desconectado de un cuerpo en ruina y entre Iván y yo conseguimos acompañarlo, pasito a pasito, en su último paseo entre el dormitorio y el salón. Me miró fijo a los ojos en un efímero instante de lucidez y su mirada comprendía toda una vida, sus ojos pequeños casi infantiles de quien no quiere ver que todo se acaba; una mirada de derrota, de alerta, de amor y miedo.

Se me heló la espalda.

Los meses han pasado, las rutinas han hecho su trabajo y el sol de verano ha quemado las imágenes más terribles; pero esa mirada no desaparece, como un testigo ancestral de padre a hijo.

Las risas se han vuelto transparentes, tengo mil proyectos y sigo levantándome tempranísimo cada día para desayunar con tiempo pensando en el día por venir.

No vienen las lágrimas, que algún día aparecerán en catarata; él se me aparece en sueños, afortunadamente, para recordarme que está vivo en mí. Llegan los abrazos de entonces, cuando yo me acercaba a él para decirle que mi vida era de esta y aquella otra manera, que las cosas iban bien, que cuidaría de todos.

¡Cómo lo echo de menos!

miércoles, septiembre 21, 2016

Hablar

Tengo una gran amiga que comenta con transparencia que vota al Partido Popular. Tengo otra gran amiga que manifiesta en público su fidelidad a Podemos. Yo, lejano al voto de estas dos opciones, las quiero y las admiro.

Hubo una época no necesariamente antediluviana en que creí que esto no era posible. Pensaba, en mi ingenuidad, que no podría tener nada en común con quien tuviera convicciones políticas opuestas a las mías. Si ve el mundo de esa manera, me decía, no tenemos posibilidad de entendernos.

Ahora, en cambio, me gusta organizar cenas en casa con amigos que sepan explicar con pasión sus diferencias sin temor a la controversia, pero sin gritos.

Hay que ponerle corazón a nuestras convicciones y saber defenderlas, tanto como saber escuchar las del otro y darle su espacio.

No me muevo con fascistas ni con muertos de hambre, ni con corruptos o ladrones, ni me gusta que haya odio en los argumentarios. Ése ya se lo dejamos a los políticos profesionales.

Cada vez estoy más convencido de que nuestra sociedad no estará del todo madura hasta que no sepamos escuchar las razones del otro sin presuponerle maldad.

Yo aspiro a convencer a los demás de cómo debería gobernarse el mundo, pero hay millones de mundos imperfectos posibles.

lunes, septiembre 12, 2016

Ego

Ser un buen patriota es querer a tu país por haber nacido en él. Así pienso. Es obsceno pensar que tu país es mejor por ser el tuyo, no lo elegiste tú. Es como la familia de uno: la quieres porque es la tuya, no porque sea impecable. La quieres con sus momentazos y sus miserias, y siempre haces lo posible por que vaya a mejor, en lo económico, en lo social, en lo afectivo.

Así entiendo yo mi cariño por España. La quiero porque me tocó nacer aquí. Y quiero que mejore porque es el lugar de los míos.

El problema es cuando se alardea de país porque uno piensa que es 'el más guay', el de la sociedad más avanzada, los que trabajan de verdad, los que ganan más medallas, los que no tienen nada que aprender de los vecinos, ni nada que compartir.

Mucho de eso hay en los nacionalismos más rancios. El Brexit no es sino eso, un egocéntrico canto a la supremacía de un pueblo que se considera elegido y no quiere que otros, los otros, le digan cómo tienen que hacer las cosas, ni desea compartir su riqueza con esos que no son tan brillantes como ellos.

El nacionalismo se entiende cuando se mimetiza al plano individual. Yo, guapo, alto y bien situado, no tengo por qué ser solidario con quien no lo es. Los que me rodean son sanguijuelas que se arriman a mí por lo que yo les aporto.

No se dan cuenta los nacionalistas de que nadie es más que nadie y de que los egocéntricos que sólo saben mirarse al espejo acaban por quedarse solos, hipnotizados con una belleza que acabarán viendo ellos solos.

Yo coloco una bandera con una estrella en mi balcón para decir a los que no tienen mi sangre que aquí hay un patriota que no quiere a su país por ser el que le vio nacer, sino porque es el mejor país entre los países, y tú, pobre diablo, no has tenido esa suerte.

Yo me quedo con el balcón con macetas y una mesa para observar a la gente pasar. ¡Qué gusto! 

jueves, septiembre 08, 2016

Tontos

Desde la distancia de quien no se dedica a la cosa pública, uno tiende a pensar de forma subconsciente que los grandes dirigentes mundiales están hechos de una especial madera, que tienen agallas para enfrentar situaciones críticas, capacidad para empatizar con los pueblos a los que representan, liderazgo para tirar de ellos y un intelecto por encima de la media para poder mover tantos hilos sin aturullarse. 

España tiene un máximo dirigente que tira por tierra toda esa teoría y te hace dudar de las verdaderas razones que hacen llegar a una persona a responsabilidades tan altas.

Un hombre como Rajoy que es capaz de aprobar el nombramiento de Jose Manuel Soria como representante del gobierno español en el Banco Mundial con un sueldo estratosférico pocos meses después de que los españoles hubiéramos escuchado con estupor las declaraciones contradictorias y mentirosas del que fuera ministro de Industria antes de caer de su cargo por su incompetencia, un presidente que autoriza esta felonía es una persona, por encima de todo, de una cortedad emocional grave, de una falta de empatía con el pueblo y una ineptitud inexcusable, sin aprecio por la ética ni respeto a los ciudadanos. No todo se corrige con la rectificación. No se nos puede tomar por tontos y luego hablar de despiste.


sábado, septiembre 03, 2016

Serio

El gran desafío del hombre es cómo vivir una existencia que no tiene sentido en sí: no hay un objetivo concreto que cumplir ni hay que llegar a ningún lado. De ahí que cada cual tenga que aplicar sus metodologías personales para motivarse en el corto y el largo plazo.

Yo me aplico una que me va muy bien: entender la vida como un juego. Considero que tomarse las cosas muy en serio es perjudicial además de ridículo. Quien dramatiza con el trabajo, los amigos, la política o la familia, quien camina aprisa por la ciudad con mal humor acaba por transmitir una ansiedad que comienza por destruirle a sí mismo y a contaminar todo lo que le rodea.

Aceptar el sinsentido de le existencia es el axioma fundamental a asumir para encontrar una vía de salvación, e incluso para construir el propio destino con alegría. Se requiere ser valiente y la clave es aplicar mucho amor.

Hay sólo un aspecto del ser humano como tal, sin embargo, que sí me tomo en serio: la maldad.

Precisamente porque esta vida nuestra es un espacio confuso en el que tenemos que aprender a desenvolvernos para salir adelante y para cuidar de los nuestros, y tal vez porque la entienda como un gran juego del que somos partícipes, no soporto quien aprovecha para zancadillear a los demás, el que aplica su inteligencia en destrozar, corromper, envidiar, difamar, engañar, maltratar, ridiculizar, despreciar.

Sólo la maldad me hace ponerme serio. ¡Y se manifiesta de tantas maneras!